La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 239
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- Capítulo 239 - 239 Una Sorpresa
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239: Una Sorpresa 239: Una Sorpresa “¡Paltio!, ¡Paltio!, ¡Paltio!” gritaban todos sus amigos al unísono, sus voces llenas de emoción al verlo de nuevo en pie.
“Señorito, me preocupé mucho por usted, pero veo que está de nuevo con nosotros,” dijo Mok con lágrimas que no pudo contener, mientras blandía su espada para proteger a Paltio de los ataques de Urugas, el señor de las sombras.
“¡Vaya!
Qué bueno que estás con nosotros, en el mundo de los vivos,” comentó Ron con sarcasmo, aunque detrás de sus palabras se notaba un profundo alivio.
“¡Paltio!” gritaron varios en el campo de batalla mientras luchaban contra las fuerzas enemigas, alzando sus cabezas al ver la luz que emanaba desde el lugar donde estaba el príncipe.
Era evidente que su regreso había devuelto la esperanza a todos.
“¡Paltio!” exclamaron sus padres al ver a su hijo a lo lejos, nuevamente con vida.
“Mi nieto está de nuevo con vida… no lo puedo creer,” murmuró Rodelos, limpiándose unas cuantas lágrimas de los ojos.
“¡Paltio!” dijeron Ban, sus compañeros y los reyes que el muchacho había conocido durante su travesía por los reinos.
Todos estaban emocionados, deseando abrazarlo.
Alita y Ron fueron los primeros en acercarse.
“Tonto, nos tenías preocupados,” dijo Alita con lágrimas en los ojos, su voz temblorosa por la mezcla de alivio y felicidad.
“¡Eres tú, papi!
¡Sí, eres tú!” exclamó Rykaru, reconociendo el aura familiar de Paltio.
Sin pensarlo dos veces, saltó hacia él y lo abrazó con todas sus fuerzas.
El pequeño no quería soltarlo, aferrándose como si temiera que desapareciera de nuevo.
“Tranquilo, Rykaru.
Sé que te preocupé, pero tu papi está de nuevo aquí con ustedes,” dijo Paltio, acariciando la cabeza del niño con ternura.
Rykaru tenía lágrimas en los ojos mientras lo abrazaba y lloraba a la vez, como un niño que reencuentra a alguien a quien no ha visto en mucho tiempo.
“No lo aprietes tanto o lo volverás a mandar al otro mundo,” bromeó Lukeandria con sarcasmo, aunque sus ojos brillaban de alegría al ver a Paltio de regreso.
Lo miró con otros ojos, recordando la ilusión de un posible futuro que Lusta le había mostrado.
“Está bien, ve y dale un abrazo.
Exprésale lo que sientes.
Ya sé que no eres de ese tipo de chicas, pero puedes hacerlo,” le dijo Lume, recuperándose lentamente y colocándose en el hombro de la muchacha.
“Bien, sí… pero dejaré que por ahora el pequeño Rykaru lo abrace,” respondió Lukeandria, volteando la mirada un poco sonrojada por el comentario de Lume.
Todos estaban emocionados, deseando disfrutar del momento, pero sabían que no había tiempo para celebraciones.
La batalla aún no había terminado.
“Vaya, todos se ven cambiados,” dijo Paltio con una mezcla de asombro y nostalgia mientras miraba a su alrededor, observando a sus amigos.
Cada uno de ellos parecía más decidido, más fuerte, como si hubieran crecido en medio de las pruebas que enfrentaron durante su ausencia.
Sin embargo, antes de que pudiera seguir reflexionando sobre esos cambios, Mok interrumpió sus pensamientos con urgencia.
“Señorito, no puedo mantener esto por mucho más,” dijo el mayordomo, esforzándose al límite mientras bloqueaba los ataques de Urugas con su espada.
Cada golpe del enemigo era devastador, y las energías oscuras que emanaban de él comenzaban a agotar incluso la resistencia de Mok.
Paltio frunció el ceño, notando la gravedad de la situación.
Sabía que no había tiempo que perder.
“Bien, es tiempo de que yo acabe con esto de una vez por todas,” declaró Paltio con una nueva y renovada mirada de determinación.
“Pero, Paltio, ese sujeto es muy poderoso para ti,” protestó Alita, preocupada por su decisión.
“Lo sé, tranquilos.
Pero ahora es mi deber acabar con él… por Avocios,” indicó Paltio con firmeza, su voz cargada de resolución.
“Príncipe, déjenos acompañarlo en la pelea,” dijo Lucca, listo para unirse a la lucha.
“No, es mejor que yo me encargue de ese señor de las sombras mientras ustedes se encargan de apoyar a los demás para acabar con las tropas enemigas,” respondió Paltio.
“¡No, papi, no irás solo!
¡Rykaru irá contigo!” exclamó el pequeño, decidido a no separarse de él.
“No, pequeño, voy a estar bien.
Debo acabarlo yo mismo,” dijo Paltio con calma mientras acariciaba la cabeza de Rykaru.
“Hazme un favor y apoya a los demás como un buen Domadoin, ¿podrás hacerlo, mi pequeño?” le pidió con una sonrisa cálida.
“Bien, Rykaru hará lo que papi diga, pero si ve que está en peligro, ¡iré a ayudarlo!” respondió el niño con determinación.
“Está bien, es una promesa,” dijo Paltio, guiñándole un ojo al pequeño antes de prepararse para enfrentar a Urugas.
“Oye, principito, no te vayas a morir de nuevo,” comentó Lukeandria con su habitual sarcasmo, aunque sus ojos reflejaban preocupación.
“Bien, nos volveremos a ver,” respondió Paltio, dedicándole una última mirada antes de dar un paso al frente.
Mok repelió el último ataque de energía lanzado por Urugas, colocando una mano sobre el hombro del príncipe.
“Señorito, con cuidado,” le dijo con seriedad.
“Lo tendré,” respondió Paltio, asintiendo con firmeza.
Con un gran salto, llegó frente a Urugas, bloqueando un ataque del enemigo con un solo puño.
“¿Qué haces aquí, mocoso?” gruñó Urugas, molesto por la audacia del joven príncipe.
“He venido a acabar con esta guerra sin sentido de una vez por todas,” declaró Paltio con una voz firme y cargada de determinación.
“¡No lo creo!” exclamó el señor maligno, lanzando un poderoso ataque de rayos de fuego hacia Paltio.
El príncipe quedó envuelto en una tormenta de fuego abrasador, producto de los rayos oscuros de Urugas.
Urugas se mofó del resultado, pensando que había sido fácil acabar con ese “principito” cuya arrogancia lo llevó a enfrentarlo solo.
Sin embargo, la realidad era otra.
Con una simple mano, Paltio apagó el fuego que lo rodeaba y, acto seguido, lanzó una fuerte patada al estómago de Urugas, enviándolo lejos del campo de batalla.
Sin perder tiempo, Paltio saltó tras él, asegurándose de alejar la pelea de sus amigos y aliados.
Sabía que Urugas no sería un oponente fácil de derrotar, y no quería poner en peligro a quienes confiaban en él.
“¡Muchachos, les encargo el resto!” gritó Paltio antes de desaparecer en la distancia, persiguiendo a Urugas.
“¡Pero!
¡cómo se atreve a hacerle eso a nuestro señor!” exclamó Tertrol, observando desde primera fila cómo Paltio pateaba a Urugas y se alejaba para continuar la lucha.
“Maldito mocoso, siempre se le suben los humos,” murmuró Meloc entre dientes, apretando su puño con rabia.
“¡Lo odio!
Yo quería acabar con él… Quizá con su cuerpo muerto hubiera creado otro Gibrido,” añadió con frustración, preguntándose por qué todo estaba saliendo mal cuando estaban tan cerca de cumplir su objetivo.
En ese momento, Mok y Lucca aparecieron rápidamente frente a ellos, cortando sus pensamientos.
El líder de las sombras y su ayudante no habían notado su llegada.
“Es momento de que se rindan,” dijo Mok con firmeza, blandiendo su espada mientras su mirada se clavaba en Tertrol y Meloc.
“Ustedes son los últimos que comandan el ejército de las sombras que aún están en pie,” añadió Lucca, su voz resonando con autoridad.
“Es hora de que terminen esta guerra y acepten su derrota.” “Si, es mejor que den la orden de que sus ejércitos se rindan.
Y ustedes también.
Que todo sea de forma pacífica… Ya mucha sangre se ha derramado,” dijo Mok con calma, aunque su voz contenía un tono firme y autoritario.
“¿Rendirnos?” respondió Tertrol con incredulidad, mirando a Meloc con una sonrisa cómplice.
“No lo creo.” “Así es, no nos vamos a rendir,” añadió Meloc con desdén, mientras sus ojos brillaban con malicia.
“¿Y saben por qué?
Porque ustedes no tienen escapatoria.” En ese momento, Meloc apretó un botón oculto bajo su manga.
Una serie de fuertes explosiones resonaron en la distancia, justo donde estaban reunidos el profesor y los demás aliados.
“¡Pero!
¡qué has hecho!” gritó Toco-Toco, horrorizado al escuchar las detonaciones.
“¡Ve, Toco-Toco!” le dijeron Alita y Ron casi al unísono, empujándolo hacia adelante.
“¡Eres el más rápido de todos!
¡Ve a ver si hay sobrevivientes!” Mientras Toco-Toco corría a toda velocidad hacia el lugar de las explosiones, Meloc soltó una carcajada siniestra que heló la sangre de quienes lo escuchaban.
“Esa arma… era para acabar con el inútil de Tejod,” dijo con desprecio, su voz goteando veneno.
“Pero no creo que hubiera durado ni un segundo contra lo que se avecina.
Y ustedes… mucho menos.” Una sonrisa retorcida se dibujó en su rostro mientras sus ojos brillaban con una mezcla de locura y triunfo.
“Pronto lo verán… La gran sorpresa hará su aparición.” Su risa endemoniada resonó como un eco macabro en el aire, cargando el ambiente de tensión y miedo.
Cada palabra que pronunciaba parecía un presagio oscuro, envuelto en amenazas implacables.
“Pronto conocerán el sufrimiento y el dolor a gran escala,” continuó, su tono frío y cortante como el filo de una espada.
“Nadie podrá escapar.
El arma secreta ya está activa.” La última frase quedó suspendida en el aire, pesada como una losa, mientras su mirada se oscurecía aún más, revelando la profundidad de su maldad.
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