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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Aguas Termales de Lula
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24: Aguas Termales de Lula 24: Aguas Termales de Lula —¡Urugas!

—se escuchó resonar en el lugar.

Eran los dos amigos de Paltio quienes habían mencionado el nombre del misterioso ser.

—¿Quién es Urugas?

—preguntaron Alita y Ron al unísono, mirándose entre ellos con curiosidad.

Pax respondió con su habitual seriedad: —Urugas es nuestro dios, nuestro dios de la oscuridad.

—Así es —añadió Paltio, cruzándose de brazos con una mezcla de irritación y frustración—.

El mismo que mandó a todos esos ejércitos de sombras a atacar los reinos.

Alita se volvió hacia Jorl, el mercader Pinkerton, y preguntó: —¿Lo conoce, señor Jorl?

Jorl negó con la cabeza, ajustándose los aretes de plumas en sus orejas.

—¿Conocer a Urugas?

¡Qué preguntas haces, muchacha!

Nadie lo ve.

Este permiso nos fue otorgado por uno de sus tantos secretarios.

Ni siquiera sabemos quién era exactamente.

—Entiendo… —murmuró Alita, procesando la información.

Paltio intervino entonces, con una pregunta más directa: —Entonces, ¿sabe dónde vive ese Urugas?

El mercader negó nuevamente, extendiendo las manos como si quisiera alejar la pregunta.

—No, niño.

Nadie sabe dónde queda el reino de donde proviene Urugas.

Ni siquiera creo que tenga un reino físico.

Pax, siempre dispuesto a corregir, interrumpió con su voz firme: —Tontos.

Urugas no tiene un reino físico ni nada de eso.

Ni yo sé dónde está.

Solo sé que comanda al ejército de las sombras y puso a Tejod al mando.

Ron frunció el ceño, confundido.

—Entonces, ¿cómo obtuvieron ese permiso si Urugas no se deja ver?

¿El único que lo ha visto es Tejod?

Jorl asintió lentamente, recordando el incidente.

—Pues verás… Una vez, algo envuelto en sombras nos encontró en nuestro camino.

Nos dijo: “Les daré libertad para comercializar, pero a cambio me darán el 80 por ciento de sus ganancias”.

Yo traté de decirle que era mucho, pero me abrumó con su oscuridad.

No tuve opción; tenía que pensar en mi familia.

—Y qué es lo que comercializan, exactamente… —preguntó Alita, aunque ya temía la respuesta.

El mercader bajó la mirada, incómodo.

—Diversas cosas… Además de esclavos.

—¿Esclavos?

—exclamaron los cuatro al unísono, sorprendidos y consternados.

—Sí, esclavos —confirmó Jorl sin rodeos—.

De estos reinos y de otros lugares.

También traemos gente fuerte contenida en algunos de nuestros carruajes.

Es parte del trato.

—Interesante… —comentó Pax, analizando la situación con su habitual frialdad.

Paltio, sin embargo, no pudo contener su molestia.

—O sea, que son esclavistas también.

Jorl levantó las manos rápidamente, tratando de calmar al muchacho.

—Tranquilo, muchacho.

Mok intervino entonces, limpiando su monóculo.

—Tranquilo, señorito Paltio, un príncipe debe mantener la compostura ante cualquier cosa.

—¿Eres príncipe, muchacho?

—interrumpió Jorl, sorprendido—.

Bueno, no pensé que lo fueras cubierto de ese líquido ámbar.

Ron intervino entonces, orgulloso: —Sí, es el príncipe de Avocadalia.

Jorl hizo una reverencia apresurada, visiblemente nervioso.

—Vaya, un príncipe… Me disculpo si lo ofendí, señor.

No soy un esclavista; solo hago mi trabajo.

Comercio con cosas, personas, productos mágicos… Lo que sea necesario.

Pero, dígame, ¿qué hace un príncipe tan lejos de su reino?

Pax respondió antes de que Paltio pudiera hablar: —Está en una búsqueda: las piezas del cetro mágico de Avocios.

Una misión encomendada por mi amo, Tejod.

Jorl asintió lentamente, mostrando respeto.

—Ya veo… Bien, les deseo suerte con eso.

Y, como gesto de buena voluntad, puedo ofrecerles esto a mitad de precio para su viaje.

Sacó algo envuelto en tela de sus manos y lo presentó al grupo.

—¿Qué es eso?

—preguntó Paltio, levantando una ceja con curiosidad.

Jorl retiró cuidadosamente la tela, revelando un huevo grande que cabía perfectamente en sus manos.

Brillaba intensamente, como si el arcoíris mismo estuviera contenido dentro de él.

—Esto, señor, es un huevo misterioso —dijo Jorl con un tono solemne.

Ron se inclinó hacia adelante, intrigado.

—¿Y qué hay ahí dentro?

—Ah, esto es un huevo misterioso —explicó Jorl con un brillo intrigante en los ojos—.

Como ya dije, puede salir cualquier criatura…

incluso un dragón.

Eso es lo que me comentaron.

—¿Y qué determina qué criatura sale?

—preguntó Alita, inclinándose hacia el huevo con curiosidad.

El mercader sonrió misteriosamente.

—Depende de lo que haya en el corazón de la persona que lo tenga consigo.

Paltio frunció el ceño, mirando el huevo con escepticismo.

—¿Y eso para qué me va a servir?

¿Un dragón o algo así?

Además, no tengo dinero ahora mismo para pagarle.

Jorl se rascó la barbilla pensativamente antes de hablar: —Bien, príncipe.

Ya que nos salvaste, te lo daré.

Pero luego, cuando nos volvamos a ver, me pagarás 500 monedas de oro.

Ron se acercó a Paltio y le susurró al oído: —Eso podría ayudarte a acabar con las sombras.

Después de meditarlo un momento, Paltio asintió.

—Está bien, acepto.

Pero también necesito provisiones para llegar al siguiente pueblo.

El mercader sonrió, extendiendo una mano hacia el príncipe.

—Bien, eso sí se lo puedo dar como recompensa por ayudarnos.

Entonces, ¿es un trato?

—Es un trato —respondió Paltio, estrechando la mano de Jorl con firmeza.

—Gracias una vez más, príncipe —dijo Jorl, haciendo una reverencia.

Luego, él y su grupo comenzaron a retirarse poco a poco, dejando libre nuevamente la ruta.

Alita rompió el silencio incómodo que siguió al despedirse del mercader.

—Bueno, ¿qué les parece si vamos a las aguas termales que nos mencionó?

Podríamos cambiarnos esta ropa sucia.

—Buena sugerencia, señorita Alita —aprobó Mok con una leve inclinación de cabeza.

—Sí, es una buena idea —añadió Ron, ajustándose el cinturón.

—Creo que tienes razón —dijo Paltio, saliendo de su trance mientras observaba el huevo brillante en sus manos.

Todos subieron al carruaje y se dirigieron hacia las aguas termales siguiendo las indicaciones de Jorl.

Finalmente, llegaron a un lugar que parecía casi abandonado: una pequeña casa con una cascada cercana que caía suavemente como un adorno natural.

Mok se acercó a la puerta corrediza y tocó dos veces.

Luego tres.

Nadie respondió inicialmente, pero una voz tenue y desgastada resonó desde el interior: —Ya voy…

El sonido rasposo de la voz provocó que todos se pusieran tensos.

La puerta se deslizó lentamente hacia un lado, revelando a una anciana diminuta con lentes gruesos y un bastón.

Parecía ser la dueña del lugar.

—Oh, clientes… —dijo la anciana con una sonrisa amable—.

No veo muchos por aquí últimamente.

Por favor, pasen.

—Me llamo Lula —se presentó, invitándolos a entrar—.

Estas son mis aguas termales, que también funcionan como spa.

¿Cómo puedo ayudarlos?

Veo que están todos sucios…

Me imagino que vienen a darse un baño y dejar su ropa para que la limpiemos, ¿no es así?

—Sí, así es —respondió Mok con cortesía.

—Bien —dijo Lula, aplaudiendo dos veces.

De inmediato, seis señoritas vestidas con kimonos aparecieron, listas para atender a los viajeros.

—Chicas, enséñenles a los viajeros dónde pueden asearse y recojan su ropa para lavarla —ordenó Lula con voz suave pero autoritaria.

Ron, sin embargo, levantó una mano, interrumpiendo el momento.

—Oiga, señora, pero no nos ha dicho cuánto va a costar todo esto.

Lula soltó una risita suave y se acercó a Ron, tapándole la boca con una mano arrugada.

—Shh, muchachito.

Eso lo vemos luego.

Por ahora, con que estén limpios y cómodos mientras preparamos algo para que coman, estará bien.

Después hablamos del precio.

—¿Cuánto irá a costar todo esto?

—susurró Paltio a Mok mientras caminaban hacia el interior del spa.

—No lo sé, señorito —respondió Mok, ajustándose el cuello de la camisa con preocupación—.

Espero tener algunas monedas entre mis cosas y las que le di a guardar.

Pax intervino entonces con su habitual frialdad: —No nos quedaremos, señora Lula.

Tenemos trabajo que hacer.

La anciana sonrió cálidamente, inclinando la cabeza hacia Pax.

—No hay problema, pero veo que necesitan relajarse.

Y, por favor, llámame, Lula, no “señora”.

Veo que eres una sombra roja.

El servicio será gratis.

Ron soltó una risita nerviosa.

—Vaya, eso es genial.

A veces tener a Pax de nuestro lado ayuda.

Pax respondió sin mirarlo, su voz firme como siempre: —No estoy de tu lado.

Una de las chicas que atendía el lugar se acercó al grupo con una reverencia.

—Por favor, síganme por aquí, muchachos.

—Luego, dirigiéndose a Alita, añadió—: Y usted, síganos por aquí, muchachita.

El grupo se separó, ya que los baños estaban divididos por género.

Sin embargo, Pax no siguió a nadie.

Una de las chicas lo notó y preguntó con curiosidad: —¿Qué pasa, señor?

¿Por qué no va con los demás?

Pax cruzó los brazos, su expresión inmutable.

—Quiero algo más privado.

La chica asintió con respeto y señaló un camino diferente.

—Bien, puede venir por aquí conmigo.

—Miró brevemente a su jefa, Lula, quien asintió con una sonrisa antes de regresar a sus tareas.

Mientras tanto, Alita entró en el baño de mujeres.

Se sumergió lentamente en las aguas termales, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba y su mente se liberaba de las tensiones acumuladas.

Por un momento, dejó de pensar en todas las cosas feas que habían estado pasando.

En el lado de los hombres, Paltio, Ron y Mok también decidieron entrar en las aguas.

Sin embargo, Paltio seguía absorto en sus pensamientos, recordando la conexión extraña que había sentido con la reina Curchacos durante la batalla.

Pero cuando su cuerpo tocó el agua, experimentó una sensación similar.

—Te encuentras bien, muchacho —preguntó Golden desde su vínculo mental, percibiendo la confusión del príncipe.

—Sí, es solo que sentí lo mismo que cuando peleamos con la reina de los Curchacos… Me pregunto qué podrá ser —respondió Paltio, frunciendo el ceño.

—No lo sé.

No puedo sentirlo, pero puedo ver en tu mente.

¿No quieres que lo haga?

—No, quizás no —dijo Paltio, evitando profundizar en el tema por ahora.

En ese momento, Ron se levantó de repente y señaló hacia el gran muro de madera que dividía los baños.

—Oigan, amigos, ¿cómo está Alita?

Creo que esta es la cerca que divide los baños… Paltio lo miró con desconfianza.

—Ron, no seas un pervertido.

—¡No, no es por eso!

Bueno, no del todo… Es solo que me preocupa que esté sola —balbuceó Ron, sonrojándose visiblemente.

Mok lo miró con una mezcla de diversión y reproche.

—Seguro, señorito Ron, seguro… Avergonzado, Ron se sumergió completamente en el agua, dejando solo su cabello visible mientras su rostro se ponía tan rojo como una fresa.

Paltio, ignorando la escena, se volvió hacia Mok con seriedad.

—Mok, ¿crees que podamos lograr todo a tiempo y salvar a mi familia y a los pueblos?

Mok ajustó su cola de caballo, pensativo.

—Bueno, señorito, espero que sí.

Hemos avanzado bastante: llevamos cinco días y ya tenemos una pieza del cetro en nuestro poder.

Con toda la ayuda posible en el camino, espero que pueda completarlo.

Sé que lo hará.

—Sí, tienes razón, Mok.

Pero también espero encontrar a Avocios pronto para que solucione todo este embrollo —añadió Paltio, su voz cargada de determinación.

—Eso espero, señorito.

Eso espero.

Terminados los baños, salieron con batas: Alita llevaba una rosa, y los chicos, azules.

—Bueno, mientras lavan nuestras ropas, nos cambiaremos con las que nos regalaron los comerciantes —indicó Ron, aunque arrugó la nariz al revisarlas—.

Aunque estas ropas están un poco gastadas…

La señora Lula apareció de repente, negando con la cabeza.

—¿Se van a poner eso, niños?

No, no deberían.

Ustedes deben vestir bien.

Ya les hemos puesto ropa nueva en sus cuartos mientras terminan de secar las suyas.

Todos inclinaron la cabeza con gratitud.

—Se lo agradecemos mucho —respondieron al unísono.

—Bien, a cambiarse —indicó Lula con una sonrisa maternal.

Cada uno entró en una habitación.

En la de Paltio, encontró ropa limpia, pero decidió sacar un traje de sus guardarropas que traía en su bolsa dimensional.

También revisó la caja que Mok le había dado para guardar.

Mientras se cambiaba, no pudo evitar preguntarse qué habría dentro del huevo misterioso que guardaba en su bolsa.

Paltio salió de su habitación luciendo un traje verde esmeralda impecable, combinado con una camisa blanca y las botas que Golden le había dado.

Mok emergió con su clásico atuendo de mayordomo, aunque ahora llevaba un saco negro renovado que realzaba su porte elegante.

Ron, por su parte, vestía un traje azul oscuro con un chaleco que dejaba ver las mangas negras de su camisa.

Sin embargo, todos se quedaron asombrados al ver a Alita.

En especial Ron, cuya mandíbula casi tocó el suelo y quien parecía estar a punto de babear.

La chica llevaba un vestido rosa hasta las rodillas, con hombreras sutiles que le daban un aire moderno pero elegante.

Complementaba el conjunto con unas zapatillas blancas inmaculadas y su cabello recogido en una pequeñita coleta que resaltaba su rostro fresco y juvenil.

—Te ves bien —dijeron Paltio y Mok casi al unísono, sonriendo con cortesía.

Ron, sin embargo, no podía articular palabra alguna.

Estaba completamente paralizado por la belleza de Alita.

—¡Tierra a Ron!

¡Oye, despierta!

—gritó Paltio, agitando una mano frente al rostro del muchacho.

Finalmente, Ron emergió de su trance y murmuró: —Está… está buena.

Todos lo miraron con expresiones mezcla de diversión y reproche.

—¿Qué?

Digo que se le ve bien —respondió rápidamente, dándose la vuelta para ocultar lo colorado que estaba.

En ese momento, una de las mucamas apareció en el pasillo.

—Chicos, pasen al comedor —indicó con una sonrisa amable.

El grupo la siguió y llegó a un amplio salón donde una mesa larga los esperaba.

Era lo suficientemente grande como para doce personas, pero solo ellos ocupaban los asientos principales.

—¿Y Pax?

—preguntó Paltio mientras tomaban sus lugares.

Una de las mucamas respondió con calma: —Bueno, él aún no ha regresado.

No contesta la puerta.

—Típico de ese sujeto —comentó Alita, cruzándose de brazos con una mueca de fastidio.

La comida fue servida poco después, y todos comenzaron a degustarla.

Sin embargo, tras unos minutos, empezaron a sentirse mareados.

Uno a uno, fueron cayendo sobre la mesa, quedando plácidamente dormidos.

—Perfecto —dijo Lula entrando al comedor con una sonrisa siniestra.

Su apariencia cambió drásticamente: de una anciana frágil a una serpiente gigante, similar a una anaconda, con un cascabel en la cola que resonaba ominosamente.

Las demás mucamas también revelaron su verdadera forma, transformándose en serpientes largas.

—El alimento ha llegado, chicas —siseó Lula, moviendo su lengua bífida mientras observaba a los indefensos viajeros.

—Lula, ¿y qué hay del sujeto de las sombras?

—preguntó una de las serpientes.

—Ese tonto será comida para Susan, quien fue a buscarlo —respondió Lula con un tono de superioridad.

Ese sujeto no probó nada ni tomó los baños indico una de las presentes.

—Lo sé, querida, pero Susan le echará su veneno directamente para paralizarlo.

Mientras tanto, nosotros nos banquetearemos con estos —siseó Lula, haciendo sonidos de serpiente mientras mostraba su verdadera forma.

Mientras tanto, Susan, la mucama convertida en serpiente, tocaba insistentemente la puerta de la habitación privada de Pax.

Nadie respondió.

Finalmente, decidió abrir la puerta con la llave que llevaba consigo.

Al entrar, notó que la habitación estaba vacía.

La ventana estaba abierta, y una brisa ligera indicaba que alguien había escapado por allí.

—Este sujeto se escapó —siseó Susan, furiosa.

Su lengua se movía rápidamente mientras emitía sonidos propios de una serpiente—.

Se escapó este maldito sujeto.

Justo cuando intentaba regresar hacia la puerta, algo pesado cayó sobre su cola.

Era un armario que la inmovilizó contra el suelo.

—Bien, serpiente… ¿Qué hicieron con los tontos?

—preguntó Pax, apareciendo detrás de ella con su espada desenvainada y colocándola directamente en la garganta de Susan.

—Pronto serán alimento para mis hermanas —respondió Susan con desprecio, tratando de morderlo.

Pero Pax fue más rápido y hábil.

Con un movimiento certero, cortó a la serpiente antes de que pudiera reaccionar.

—Sabía que algo malo pasaba aquí —murmuró Pax, limpiando su espada con calma.

Sabía que no había tiempo que perder: debía de buscar y salvar a los demás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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