La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 241
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- Capítulo 241 - 241 El Misterio de las Torretas
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241: El Misterio de las Torretas 241: El Misterio de las Torretas Los rayos láser cayeron implacablemente, destruyendo a Rose por completo.
Toco-Toco, al ver la devastación desde la distancia, se lamentaba por no haber llegado antes.
“Pude haberlos salvado… pude haber hecho algo,” murmuró, sus palabras cargadas de frustración.
En ese momento, otro láser se dirigió hacia él, pero el gato lo esquivó con su característica velocidad.
Determinado a encontrar el origen del ataque, comenzó a buscar frenéticamente.
Un nuevo disparo surgió, y esta vez logró identificar su procedencia.
Con rapidez sobrenatural, Toco-Toco llegó al lugar, solo para encontrarse con una especie de torreta automatizada que lanzaba los letales rayos.
Sin vacilar, desenvainó sus armas y destruyó el aparato en mil pedazos.
“¿Acaso esto era el arma secreta de la que hablaba Milok?” pensó Toco-Toco, aunque aún tenía sus dudas sobre si realmente se trataba de aquello.
Es verdad, debo verificar si hay sobrevivientes,” dijo el felino, recordando su prioridad.
Regresó rápidamente al lugar de la explosión y comenzó a inspeccionar entre los escombros.
Lo que encontró fue desolador: cuerpos calcinados, casi irreconocibles, dispersos por el área.
Eran pocos, probablemente soldados que habían estado fuera cuando el ataque ocurrió.
“Miau,” murmuró Toco-Toco mientras intentaba identificar los cuerpos.
“Estos debieron estar afuera cuando pasó todo.” Mientras tanto, Dall finalmente logró ponerse de pie tras el impacto inicial.
Observó con horror cómo Rose había sido destruida frente a sus ojos.
“¿Qué está pasando?” se preguntó en voz alta, su voz temblorosa.
En ese momento, Toco-Toco escuchó una voz débil y se dirigió rápidamente hacia ella.
Al llegar, vio a Dall, quien se llevó un susto al ver al gato con una nueva apariencia.
“¿Quién eres?” preguntó Dall, asustado por la figura imponente frente a él.
“Soy yo, Toco-Toco.
Esta es mi nueva forma gracias a la ayuda de una joya familiar,” explicó el felino rápidamente.
“Pero no hay tiempo para eso.
Muchacho, ¿sabes lo que pasó aquí?
¿Hay más sobrevivientes?
¿Algo?” El torrente de preguntas abrumó a Dall, quien no sabía cómo responder.
“Siempre eres tan inútil, muchacho,” dijo Toco-Toco con cierta molestia, aunque su tono no era completamente duro.
“No lo sé… Acabo de perder a mis compañeros en ese ataque… y a personas que apenas empezaba a conocer,” respondió Dall, imaginándose a Paris, quien había sido amable con él.
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
“No puede ser…” sollozó, cubriéndose el rostro con las manos.
“Compórtate,” dijo Toco-Toco, dándole un ligero golpe con su pata en la mejilla.
El chico se quedó helado, sorprendido por el gesto inesperado.
“Tranquilo, está bien.
Ya pasó,” dijo Toco-Toco con un tono más suave, acercándose para abrazar al muchacho.
Después de todo, el felino se había vuelto más abierto y empático tras las aventuras que había compartido con sus compañeros.
Ambos permanecieron abrazados por un momento, en una escena de tristeza compartida y unión por los amigos caídos.
Luego de unos segundos, Toco-Toco rompió el abrazo.
“Ya puedes soltarme, muchacho,” dijo con su habitual brusquedad, aunque sin perder la calidez en su voz.
Pero Dall no quería soltarlo.
Sentía que necesitaba aferrarse a alguien, que abrazar al gato era lo único que podía aliviar, aunque sea mínimamente, el peso de la pena que lo aplastaba.
Sabía que había sido inútil, que no había podido hacer nada para salvar a los demás.
“Ya está bien,” dijo Toco-Toco, liberándose con cuidado de las manos de Dall.
El joven cayó al suelo con un pequeño golpe.
“¡Auch!” exclamó Dall, sobándose la frente mientras miraba al felino con una mezcla de molestia y gratitud.
Ambos estuvieron en silencio por un buen rato, hasta que Dall finalmente rompió el mutismo.
“Me siento culpable,” dijo con voz baja, cargada de remordimiento.
“Bien, no es tu culpa.
Además, no podrías haber hecho nada contra esa cosa que encontré,” respondió Toco-Toco con franqueza, aunque su tono no era cruel.
“¿Qué cosa?
¿Acaso encontraste un ataúd?” preguntó Dall, confundido.
“¿Un ataúd?” repitió el felino, arqueando una ceja.
“¿No era eso lo que encontraste?” “No, yo vi un ataúd mientras venía aquí.
Pensé que tal vez tú también lo habías encontrado,” explicó Dall, aún más desconcertado.
“No, lo que yo encontré fue una especie de arma que disparaba láseres a diestra y siniestra, ¡cuatro rayos a la vez!” dijo el gato, haciendo énfasis en la peligrosidad de su descubrimiento.
“Un ataúd…
Sí que es raro que haya algo como eso en este lugar,” reflexionó Toco-Toco en voz alta.
“¿Puedes indicarme dónde lo viste?” le preguntó al muchacho.
Dall señaló el lugar rápidamente, y sin darle tiempo a decir más, Toco-Toco salió corriendo en esa dirección a toda velocidad, dejando al joven solo en el lugar.
“¡Oye, espérate!
¡No me dejes solo aquí!” gritó Dall, mirando alrededor con desesperación.
“¡Estoy triste!
¡Necesito a la señorita Paris a mi lado!
Ella era muy amable…” Su voz se quebró, casi al borde de las lágrimas.
Solo el silencio del lugar le respondió.
Toco-Toco llegó al lugar que Dall le había señalado.
Frente a él estaba el ataúd, ligeramente abierto, con un aire inquietante.
“Así que este es el ataúd que mencionó ese chico, miau,” murmuró el felino, acercándose con cautela.
“Pero, ¿qué hace una cosa como está aquí?
¿Algún muerto revivió, o es para enterrar a alguien?
Qué extraño,” se dijo a sí mismo, colocando una pata sobre su mentón mientras analizaba el objeto.
En ese momento, Toco-Toco escuchó algo moviéndose en la distancia.
Algo se dirigía hacia donde había dejado a Dall.
Mientras tanto, Dall seguía lamentándose por todo lo que había pasado cuando, de pronto, Toco-Toco reapareció y lo hizo agacharse bruscamente.
El joven volvió a golpearse la cara contra el suelo.
“¡Un enorme rayo láser!” exclamó el gato, observando cómo pasaba justo por encima de ellos.
“¿De dónde viene esto ahora?” El felino evaluó la situación rápidamente.
“Será mejor que revise la zona.
Mocoso, quédate aquí y no te muevas,” ordenó antes de desaparecer nuevamente.
“¿Qué cosa?” murmuró Dall, escupiendo pasto que había quedado atrapado en su boca tras la caída.
Intentó levantar la cabeza, pero algo dentro de él lo instó a mantenerse agachado.
Y justo a tiempo: otro rayo láser cruzó por encima de él, esta vez desde la dirección opuesta.
“¡Otro láser!” exclamó Toco-Toco al verlo pasar cerca.
“Entonces debe haber varias de esas armas,” dedujo el felino, avanzando con rapidez hacia una torreta cercana.
Con precisión y velocidad, la destruyó en cuestión de segundos.
Acto seguido, corrió hacia el otro punto donde detectó actividad.
“Será mejor que vea cómo está ese mocoso.
Espero que no se haya muerto,” pensó Toco-Toco mientras regresaba al lugar donde había dejado a Dall.
Al llegar, más láseres comenzaron a activarse desde todas las direcciones.
“¡Pero!
¡qué es esto!” exclamó Toco-Toco, agachándose y asegurándose de que Dall permaneciera pegado al suelo.
“Señor gato, ¿ya me puedo parar?” preguntó el muchacho, intentando incorporarse.
“¡Aún no!
Dame un rato,” respondió el felino mientras evaluaba la situación.
Sin perder un segundo, Toco-Toco corrió como alma que lleva el viento, eliminando torretas a su paso.
“Espero que esta sea la última,” murmuró el gato mientras destruía otra torreta con sus armas.
En ese momento, volvieron a dispararse rayos láser desde todas las direcciones.
“¿Pero?
¿cómo?
Si ya acabé con todas,” murmuró Toco-Toco, confundido.
Luego miró hacia Dall, quien seguía agachado en el suelo.
“Y ya viste el ataúd que te dije.” “El ataúd…” repitió Toco-Toco, pensativo.
“Ahora que lo pienso, ¿por qué estaría algo como eso en este lugar?
Además, ¿qué hacían esos engranajes dentro de él?” El gato recordó entonces algo crucial.
“Es verdad, vi unos números… Había un contador en su interior,” dijo mientras conectaba las piezas en su mente.
“No te muevas de ahí, Dall,” ordenó nuevamente Toco-Toco antes de salir corriendo hacia el lugar del ataúd.
Los láseres seguían cayendo sin cesar, provenientes de todas las direcciones posibles.
El felino actuó rápidamente, formulándose una teoría en su mente.
Primero destruyó las torretas restantes, asegurándose de neutralizar cualquier amenaza inmediata.
Luego, regresó al lugar de donde estaba el ataúd.
Al llegar, observó el contador en el interior del sarcófago.
Este estaba en cero, pero segundos después comenzó a moverse, mostrando el número 8.
En ese preciso instante, los láseres comenzaron a dispararse desde ocho direcciones distintas, algo que Toco-Toco confirmó con su ojo rojo.
“Bien, ya veo… Fuiste tú.
Tú eres como el interruptor,” dijo el gato, mirando fijamente el ataúd con desconfianza.
Sin perder tiempo, destruyó el ataúd partiéndolo por la mitad.
Acto seguido, se cercioró de la ubicación de las torretas, pero estas ya no estaban.
Era como si se hubieran esfumado por arte de magia.
“Así que esa cosa funcionaba como un interruptor mágico creando esas armas,” concluyó Toco-Toco, regresando donde Dall.
“Dall, eres un genio, o eso creo,” dijo el gato, mirándolo con una mezcla de admiración y sarcasmo.
“¿En serio?” preguntó Dall, sorprendido.
“¿Por qué?” “Pues porque tenías algo de razón en decirme sobre el ataúd.
Al parecer, esa cosa era lo que activaba las armas,” explicó Toco-Toco con calma.
“¡Ah!
Qué bueno ser de ayuda,” respondió Dall, aún en el suelo, intentando sonreír a pesar de todo.
“Señor gato, ¿ya me puedo parar?” preguntó Dall después de un rato.
“Sí, ya puedes, muchacho.
Creo que es seguro,” respondió Toco-Toco, inspeccionando una última vez los alrededores.
Dall se levantó lentamente, pero de inmediato sus ojos se llenaron de lágrimas al recordar a las personas que había perdido.
“Usted es muy duro conmigo, señor Gato… No como Paris,” murmuró, dejando escapar su dolor.
“Ella era muy amable conmigo.
Debí haber estado con ellos,” añadió entre sollozos, cubriéndose el rostro con las manos.
“¿Así que sientes algo por la señorita Paris?, ¿eh?
Picarón,” dijo Alcho, apareciendo detrás de ellos.
Había estado recuperándose en la enfermería tras resultar herido en el campo de batalla.
“¡E-esto…!
¡No!” tartamudeó Dall, sonrojándose intensamente mientras intentaba negarlo.
Sin pensarlo dos veces, Dall volteó y salió corriendo hacia donde creía que estaba Paris, pero, como siempre, tropezó y cayó al suelo de bruces.
Este accidente provocó que todos los presentes soltaran una pequeña risa, incluso en medio de la tragedia.
“Creo que nunca cambiarás, Dall,” dijeron algunos, tratando de animar el ambiente sombrío con una pizca de humor.
“Pero, ¿cómo es que todos están vivos?” preguntó Toco-Toco, rompiendo el momento al notar algo extraño.
“Pues verás,” comenzó Karpi, preparándose para contar la historia…
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