La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 242
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242: Rose 242: Rose Todos estaban en serios problemas.
El campo de fuerza que el profesor había activado no era lo suficientemente potente para protegerlos de los implacables rayos láser que seguían impactando uno tras otro sin descanso.
“¡Profesor!
¿Cómo vamos a salir?
¡Estamos todos atrapados!” gritó Karpi, intentando hacerse oír por encima del caos.
Pero el profesor no respondía.
Estaba absorto en sus pensamientos, su mente perdida en un recuerdo lejano pero imborrable.
“¡Profesor!
¡Profesor!
¡Profesor Kuang!” insistió ella, elevando la voz con desesperación.
De pronto, imágenes vívidas inundaron la mente del profesor.
Recordó aquel día en que conoció a Rose, herida y al borde de la muerte.
Había estado investigando en un bosque remoto cuando escuchó unos chillidos de dolor que resonaban en el aire.
Al acercarse, se encontró con un enorme animal que yacía malherido en el suelo.
En su cuello tenía grabado el nombre “Ciertarias”.
Era una criatura impresionante: parecía un reno con patas de jirafa, pero su tamaño era colosal, mucho más grande que una casa, casi tan alto como un edificio de cuatro pisos.
El profesor se aproximó con cautela.
Primero sintió miedo, pero luego tomó valor y la miró directamente a los ojos.
“Enorme criatura… estás sufriendo mucho,” dijo con voz suave pero firme.
“¿Quieres que termine con tu sufrimiento?” La criatura no podía hablar, pero sus ojos transmitieron un mensaje claro: una súplica silenciosa de ayuda.
Aquella mirada conmovió profundamente al profesor.
“Pues bien, veré lo que pueda hacer por ti,” murmuró Kuang, decidido.
Con la ayuda de sus robots, improvisó una enorme jeringa para sedarla.
No fue fácil, pero logró estabilizarla lo suficiente para comenzar la operación.
Trabajó durante horas y horas, remplazando partes orgánicas dañadas por componentes mecánicos avanzados.
Fue un proceso agotador, preciso y lleno de desafíos, pero finalmente terminó.
Exhausto, se quedó dormido junto a la inmensa criatura, esperando que su esfuerzo diera frutos.
A la mañana siguiente, la enorme bestia comenzó a abrir lentamente los ojos.
Intentó moverse, y al mirar a su costado, vio al profesor dormido.
Con delicadeza, usó su enorme cabeza para empujarlo suavemente, despertándolo.
El profesor se levantó de golpe, aún adormilado.
“¡Lo hice!
¡Claro que lo hice!
¡Naturalmente soy el profesor Kuang, el mejor científico de este mundo!” exclamó con orgullo, ajustándose los lentes mientras sonreía ampliamente.
La criatura, ahora revitalizada, inclinó su cabeza hacia él como si quisiera darle las gracias.
Su gesto fue tan claro como cualquier palabra, lleno de gratitud y afecto.
“Bien, pero no fue nada fácil,” comentó Kuang, limpiando sus lentes con modestia fingida.
Aunque intentaba mantener su habitual actitud arrogante, era evidente que había desarrollado un fuerte vínculo con la criatura.
Con el paso del tiempo, la relación entre ambos se fortaleció.
La confianza mutua creció, y poco a poco, el profesor y la enorme bestia se convirtieron en compañeros inseparables.
“Hagamos un trato,” dijo el profesor con una sonrisa astuta.
“Ya que me debes un inmenso favor, yo me quedaré a tu lado… bueno, básicamente a vivir contigo.
En realidad, dentro de ti,” añadió mientras hacía descender una plataforma desde el centro del cuerpo de la bestia.
La criatura lo miró desconcertada, pero no pareció importarle demasiado.
Antes de subir, el profesor se detuvo un momento frente a ella.
“Ciertarias es un nombre muy feo para una cosa tan hermosa como tú,” declaró mientras arrancaba el letrero que colgaba de su cuello.
“¿Qué te parece si te llamo Rose?
Como rosa en inglés, porque pareces una hermosa rosa.” El comentario sonó casi como un piropo dirigido a la enorme bestia.
La criatura respondió con un sonido suave por el hocico, como una risa contenida o un gesto de aprobación.
Desde ese momento, se forjó una alianza única.
“Entonces, Rose será,” dijo el profesor con satisfacción.
“Espero encontrar algo para hacerte hablar.
Por ahora, solo podemos conversar por esta computadora que instalé aquí,” comentó el profesor ya dentro de ella, explorando el vasto espacio interior.
“¡Vaya!, ¡qué grande es este lugar!” exclamó mientras comenzaba a planificar.
“Pondré unas habitaciones por aquí, algunos cuartos de almacenamiento, laboratorios…” Rose observó con atención mientras el profesor divagaba sobre sus planes.
Gracias a las cámaras instaladas en su interior, podía ver cada detalle de lo que ocurría dentro de ella.
Divertida por su entusiasmo desbordante y sus excentricidades, decidió intervenir escribiendo en la pantalla: “Hay, profesor, usted sí que es un tipo raro.” Su comentario fue directo pero amigable, reflejando la cercanía que había desarrollado con Kuang a lo largo de su tiempo juntos.
El profesor soltó una carcajada estruendosa que habría asustado a cualquiera, pero no a Rose.
Para ella, era simplemente otra muestra de la peculiaridad que tanto apreciaba de él.
“Tendrás que acostumbrarte.
Así soy yo,” respondió Kuang sin perder su tono jovial, como si acabara de escuchar el mejor chiste del mundo.
Rose no pudo evitar “sonreír” internamente ante su reacción.
Era imposible no sentirse satisfecha al ver cómo su comentario lograba arrancarle esa risa tan característica.
Aunque no pudiera expresarlo físicamente, sabía que su vínculo con el profesor era especial, casi único.
Desde entonces, tecno-bestia y científico se volvieron inseparables.
Juntos vivieron aventuras por lugares inhóspitos, tratando siempre de pasar desapercibidos bajo la sombra de los enormes árboles de los bosques.
A pesar de que el mundo estaba plagado de las sombras enemigas y guerras por doquier, ellos encontraban paz en su compañía mutua.
Sabían cómo escapar y ponerse a salvo, incluso cuando la oscuridad parecía rodearlos por completo.
“Sabes, Rose,” dijo el profesor una tarde mientras contemplaba el horizonte fuera de ella, “contigo a mi lado tengo un paso más para ser el mejor científico del mundo y llevar mi tecnología a todos los rincones.” Rose solo sonrió, como si entendiera perfectamente lo que significaba para él.
De regreso a la actualidad, en medio del caos, Karpi intentaba despertar al profesor, quien seguía absorto en sus recuerdos.
“¡Profesor!
¡Profesor Kuang!
Despierte.
Necesitamos de su ayuda para salir de este lugar.
No podemos escapar.
Muchas personas dependen de usted,” decía Karpi desesperadamente a través del monitor.
“Es verdad,” dijo Rose, su voz digital cargada de urgencia.
“Debes irte, Kuang.
Debes cumplir con tu promesa, nuestra promesa, de que serías el mejor científico del mundo y llevarías toda tu tecnología a todos los confines.
Debes irte.
Yo he pasado muy buenos momentos contigo, pero no puedo dejar que mueras.
Te doy gracias por todo.
Siempre te protegeré.” El profesor, sin embargo, seguía testarudo, negándose a abandonarla mientras el escudo de Rose se desmoronaba ante sus ojos.
Los rayos láser seguían impactando sin cesar, y era evidente que solo unos pocos disparos más bastarían para que todo el lugar explotara.
Pronto, Rose, consciente de que era la dueña de su propio cuerpo, tomó una decisión drástica.
Usando los últimos recursos disponibles, envió un K-Bot hacia el profesor y lo electrocutó con precisión, dejándolo inconsciente.
“Llévatelo, Chiro.
Sálvalo,” ordenó Rose con urgencia, su voz cargada de determinación.
“¿Pero?
¿cómo?
No hay escapatoria,” respondió Chiro, mirando a su alrededor con desesperación mientras los rayos láser seguían impactando contra el escudo cada vez más débil de Rose.
“Yo puedo hacer algo por ustedes.
Es mi último recurso,” dijo Rose con calma, aunque su tono revelaba una profunda tristeza.
Usando lo último que le quedaba de energía, activó un sistema oculto dentro de su estructura: un teletransportador diseñado por el mismo profesor Kuang para emergencias como esta.
Sin embargo, el costo era alto.
Rose no podría escapar, ya que la energía requerida para transportar a todos era demasiado grande.
“Dile al profesor que siempre lo quise, que siempre le agradezco su ayuda,” dijo Rose, su voz temblorosa pero decidida.
“Y que fueron los mejores momentos de mi vida los que pasé con él.
Luego de escapar del laboratorio de Tejod, estuve vagando por el mundo hasta que me atacaron unos monstruos que solo disfrutaban haciendo daño a sus enemigos y dejarlos morir.
Gracias a Kuang tuve una segunda oportunidad, y hoy le pago ese favor.” Chiro salió rápidamente de la cabina con el profesor inconsciente en brazos.
Al llegar donde estaban los demás, Karpi lo enfrentó con hostilidad, confundida por la situación.
“¿Quién eres?
¿Eres el enemigo?” preguntó Karpi, señalándolo con desconfianza.
“¿Por qué tienes al profesor?
¿Lo vas a matar?
¿Eres tú acaso el responsable de estos ataques?” “Tranquila, es un buen amigo del profesor,” intervino la voz de Rose a través de los altavoces.
“¿Quién eres?” preguntó Karpi, aún desconcertada.
“Soy yo, Rose.
Y este muchacho fue quien me ayudó a comunicarme finalmente con el profesor mediante voz,” explicó Rose para proteger a Chiro.
“No hay tiempo.
Es momento de que se vayan.
Vivan y cuiden de mi profesor,” dijo Rose con firmeza.
Activó el teletransportador, y en un destello de luz, todos desaparecieron, llevados a un lugar seguro.
Rose permaneció sola, rodeada de escombros y rayos láser que seguían lloviendo sobre ella.
Con una sonrisa melancólica y lágrimas en sus ojos, aceptó su destino.
Un enorme rayo láser impactó de lleno contra ella, y Rose explotó en una brillante explosión que iluminó el cielo nocturno.
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