La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 247
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247: Milko 247: Milko “¡No, señor, no!” gritó Milko mientras observaba impotente cómo el señor Eveldow se desangraba en el suelo.
No había nada que pudiera hacer por él.
“Tranquilo, ya nos volveremos a ver en unos instantes”, dijo Eveldow con una calma sorprendente, intentando consolar al pequeño espíritu.
En ese momento, una voz etérea resonó desde las sombras, sobrecogedora y fría: “Es hora de partir, Eveldow”.
La Muerte apareció ante ellos, envuelta en una capa oscura que parecía absorber toda luz a su alrededor.
Su guadaña brillaba débilmente bajo la tenue luz del lugar.
“No, yo me voy a quedar”, respondió Eveldow con firmeza, aunque su cuerpo estaba cada vez más débil.
“Lo siento, pero ya te di una segunda oportunidad… y la acabas de desaprovechar.
Es momento de que te vayas al mundo de los muertos a descansar.
Es una orden”, declaró la Parca con un tono inapelable.
“Espere un momento.
Le prometí a Milko que regresaría”, replicó Eveldow, mirando hacia donde el espíritu de Milko lloraba en silencio.
“Pues qué mal.
Ya no vas a regresar más, Eveldow”, respondió la Muerte sin un ápice de compasión en su voz.
Eveldow recordó entonces el pacto que Greedo había hecho con la Muerte tiempo atrás.
“Mire, puedo hacer un pacto con usted”, le dijo a la Parca, con urgencia en su voz mientras buscaba desesperadamente una salida.
“¿Qué tienes para ofrecer?
Pero recuerda… No podrás revivir otra vez”, advirtió la Muerte, inclinándose ligeramente hacia él.
Eveldow cerró los ojos por un instante, pensativo.
Luego, con determinación, respondió: “Si es ese el caso, ¿qué le parece esto?” Mientras hablaba, su mente viajó a través de los recuerdos, deteniéndose en aquellos momentos especiales que compartió con Milko.
En esos recuerdos, Eveldow era aún rey, un hombre solitario cuya vida había quedado marcada por la pérdida.
Su esposa había enfermado y fallecido prematuramente, dejándolo solo en el trono.
Nunca volvió a casarse, incapaz de abrir su corazón nuevamente.
Un día, escapando de las obligaciones del palacio, decidió caminar entre su pueblo disfrazado de mercader.
Fue allí donde conoció a un pequeño muchacho y a su madre, una mujer demacrada por la enfermedad que apenas podía mantenerse en pie.
Con lágrimas en los ojos, la mujer le suplicó: “Por favor, si puede hacerse cargo de mi hijo…”.
Con sus últimas fuerzas, sonrió y murmuró el nombre del niño: “Milko”.
Luego, exhaló su último aliento y murió en paz.
Eveldow no quería involucrarse al principio.
Era un rey, tenía responsabilidades, y cuidar de un niño no formaba parte de sus planes.
Sin embargo, cuando vio al pequeño en brazos, indefenso y vulnerable, algo dentro de él cambió.
El niño extendió su manita y tocó uno de sus dedos con curiosidad inocente.
Ese simple gesto fue suficiente para romper el muro que Eveldow había construido alrededor de su corazón.
Decidió adoptarlo, criándolo como si fuera su propio hijo.
El rey encontró una nueva luz en su vida gracias a Milko.
Lo educó, lo protegió y lo llenó de amor, mostrándole al niño el cariño que nunca pudo darle a nadie después de perder a su esposa.
Aunque nunca reveló al muchacho su verdadera procedencia, Eveldow decidió hacerse pasar por su tutor.
Sin embargo, para Milko, aquel hombre siempre fue su padre en todos los sentidos que importaban.
Juntos, transformaron días oscuros y solitarios en momentos cálidos y felices.
La presencia del niño devolvió al rey una alegría que creía perdida para siempre.
Las risas de Milko resonaban por los pasillos del castillo, trayendo vida a lugares que antes solo conocían el silencio y la tristeza.
Eveldow se aseguró de que el niño tuviera todo lo que necesitaba: educación, protección y, sobre todo, amor.
A medida que el tiempo pasaba, el vínculo entre ellos se fortalecía.
Para el rey, Milko no era solo un niño al que había acogido; era la razón por la que su corazón volvía a latir con esperanza.
Y aunque nunca le dijo la verdad sobre su origen, Eveldow sabía que el amor que compartían era real, más profundo que cualquier lazo de sangre.
El reino floreció bajo la influencia de esa relación especial.
Los días de soledad y tristeza dieron paso a un futuro lleno de esperanza y risas.
Eveldow volvió a sentirse vivo, gracias al pequeño que ahora lo miraba con ojos llenos de dolor y lágrimas.
Hasta que llegó ese fatídico día, cuando Milko tenía apenas siete años.
Alguien había tendido una trampa al rey, encerrando al pequeño en un ala distante del castillo junto con dos sirvientes que habían sido sedados.
Eveldow trató por todos los medios de encontrar al muchacho, pero nadie quería ayudarlo.
Parecía que su propia gente lo había traicionado; preferían al rey despiadado y temido de antaño, no a esta nueva versión sumisa y amorosa.
El rey decidió salvarlo por su cuenta, dándose cuenta, aunque lentamente, de que aquellos a quienes alguna vez consideró amigos lo miraban ahora con otros ojos.
Los altos cargos del ejército, celosos de la felicidad del rey y frustrados porque este ya no tenía tiempo para ampliar el reino, habían maquinado contra él.
Desesperado, Eveldow buscó por cada rincón del castillo hasta que, en un lugar recóndito, comenzó a escuchar ruidos apagados.
Corrió hacia la puerta, pero estaba bloqueada desde dentro.
Forcejeó con todas sus fuerzas, buscando la forma de ingresar.
Finalmente, logró abrirla de una fuerte patada.
Lo primero que hizo fue correr hacia Milko y los dos sirvientes, quienes aún estaban inconscientes.
Sin embargo, alguien había visto que el rey había encontrado al muchacho y, decidido a acabar con ellos, prendió fuego al lugar antes de que pudieran escapar.
Las llamas se propagaron rápidamente, consumiendo todo a su paso.
Eveldow intentó abrirse camino entre el humo y los escombros, pero no pudieron salir a tiempo.
El techo comenzó a derrumbarse sobre ellos mientras el fuego devoraba el castillo entero.
En ese instante, Eveldow comprendió que no sobrevivirían.
Todo se venía abajo, y él, Milko y los sirvientes murieron allí mismo, sepultados bajo los restos del palacio que alguna vez fue su hogar.
El incendio, sin embargo, no fue planeado para destruir completamente el castillo.
Quien lo provocó no se dio cuenta de que había sustancias inflamables almacenadas en esa ala, lo que aceleró la destrucción total del edificio.
“Lo siento, Milko… No pude salvarte ese día”, murmuró Eveldow en su mente, recordando aquel momento con dolor.
“Me hubiera gustado que la vida fuera feliz para ti.
Pudiste haber tenido una vida próspera, plena… Pero la gente mala nos quitó esa oportunidad”.
Mientras evocaba esos recuerdos, la Muerte interrumpió sus pensamientos: “Bien, entonces me ofreces tu tesoro más codiciado: tu corona de rey, hecha de oro puro”.
La Parca guardó silencio por un momento antes de hablar nuevamente.
“Está bien, solo por esta vez.
Después de todo, me ayudaste a capturar el alma de ese concejal de la Avaricia.
Además, estoy cansada… El alma de un ente como Avocios me ha dejado agotada”.
Miró a Eveldow con una expresión inescrutable.
“Solo tienes unos segundos para despedirte del muchacho”.
Eveldow cerró los ojos y dirigió sus últimas palabras hacia Milko, hablándole en su mente como si pudiera escucharlo: “Espero que, con esto, tengas una nueva oportunidad.
Te quiero, mi pequeño… Siempre serás mi hijo, aunque no seas mi hijo biológico.
Siempre lo serás ante mis ojos.
Adiós, mi pequeño Milko”.
Lágrimas brotaron de los ojos de Milko mientras veía cómo el espíritu de Eveldow se evaporaba lentamente en el aire, desapareciendo para siempre.
“¡No!” se escuchó un grito desgarrador que resonó en el aire, cargado de dolor y desesperación.
De pronto, frente al cuerpo inerte de Eveldow, apareció un pequeño niño de cabello encrespado naranja y ojos verdes brillantes, vestido con un uniforme escolar azul oscuro y corbata mal ajustada, típico de los estudiantes de Fuertelia.
Era un avocado como Eveldow, un ciudadano de aquel reino devastado.
El niño permanecía inmóvil por un instante, con las manos temblorosas y los ojos anegados en lágrimas que reflejaban la luz tenue del entorno.
Su rostro, aún infantil y frágil, mostraba una mezcla de incredulidad y agonía mientras miraba el cuerpo sin vida del hombre que había sido su protector, su mentor… su padre en todo menos en nombre.
“¡Padre, no!” gritó el muchacho con los ojos anegados en lágrimas, cayendo de rodillas junto al cuerpo inerte del rey.
Su voz temblaba mientras los recuerdos de su pasado inundaban su mente: los momentos felices, las risas compartidas, el amor incondicional que Eveldow le había brindado.
Todo parecía desmoronarse frente a él.
El DeathSpark observó al niño con desdén, inclinando su cabeza metálica como si lo evaluara.
“¿Y este quién es?
Seguramente otro inútil que quiere morir”, dijo con frialdad, preparándose para atacar.
Su voz robótica resonó como un eco siniestro, cargada de indiferencia hacia el dolor del muchacho.
En ese preciso momento, una voz profunda y desgarradora resonó en la mente de Ron y los demás.
Era Eveldow, hablando desde más allá, con una urgencia que no dejaba lugar a dudas: “Por favor, protejan a mi pequeño Milko, mi hijo.
Le estoy dando una segunda oportunidad de vida.
Por favor, háganlo”.
Las palabras de Eveldow vibraron en sus mentes como un eco imborrable, llenas de desesperación y amor paternal.
Todos sintieron el peso de la petición, sabiendo que era su deber cumplirla.
“Bien, lo haremos”, respondieron todos al unísono, comprendiendo la importancia de su misión.
De inmediato, Toco-Toco corrió con todas sus fuerzas hacia el muchacho, salvándolo justo antes de que el DeathSpark lo aplastara bajo su pie metálico.
Mientras el gato actuaba, Mok llamó la atención del robot, enfrentándolo directamente para distraerlo.
“Bueno, ya que… Solo alargan lo inevitable”, dijo el DeathSpark con desprecio antes de lanzarse hacia Mok, buscando hacerlo sufrir y acabar con él.
Toco-Toco, con Milko en brazos, se alejó rápidamente del peligro.
“¿Te encuentras bien, muchacho?
Miau”, preguntó el felino con preocupación.
“No… Extraño a Eveldow.
Me hizo recordar los momentos felices que tuvimos juntos”, respondió Milko entre sollozos, limpiándose las lágrimas con las mangas de su ropa.
“Lo sé, niño.
Pero será mejor que huyamos de aquí.
¿No ves tus manos?
Ya no son transparentes.
Estas vivo ahora, gracias al señor Eveldow”, le dijo Toco-Toco con calma, pero firmeza.
Milko miró sus manos, sorprendido.
“Es verdad… Tengo piel, soy real.
Se lo debo todo al señor Eveldow”.
Su voz se quebró nuevamente mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.
“Tranquilo, muchacho.
Tú fuiste la razón por la que Eveldow pudo recordar y cambiar.
Ten eso presente siempre”, le dijo el gato mientras lo guiaba lejos del campo de batalla.
“Sí… Creo que tiene razón, señor gato.
Solo puedo decir: gracias, Eveldow.
No, gracias, papá”, murmuró Milko con un nudo en la garganta.
En ese instante, en el oscuro cielo nocturno, se dibujó la imagen de Eveldow sonriendo con ternura hacia el muchacho antes de desvanecerse lentamente, como si estuviera orgulloso de haber cumplido su propósito.
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