La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 25
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25: Serugulas 25: Serugulas Algo malo está pasando aquí… Algo me lo decía, pero no sé qué pueda ser—murmuró Pax para sí mismo mientras se movía con rapidez por el lugar.
Su mente analítica no necesitaba más pruebas: había captado las señales desde el principio—.
No hay tiempo para pensar es momento de actuar.
Debo salvar a ese tonto príncipe de una muerte segura.
Si lo salvo, me deberá una…
Aunque seguro se la cobrará por lo que hizo al salvarme de los Curchacos.
En fin, iré ya ni modo todo por el señor Tejod.
Pax comenzó a moverse estratégicamente por el edificio, revisando cuarto por cuarto.
Sin embargo, todo parecía vacío, sin rastro de vida o actividad, hasta que entró en una habitación oscura donde encontró unos huesos esparcidos en el suelo.
A primera vista, tenían la forma de Lula, la anciana dueña del lugar.
—Esas granujas serpientes se colaron en este lugar y formaron su nido —dedujo Pax, observando los restos con frialdad—.
Debo darme prisa…
Pero ya sé qué hacer.
Regresó rápidamente a su habitación, recogiendo lo que quedaba del cuerpo inerte de Susan.
“Le hubiera preguntado primero dónde estaban los demás”, pensó, “pero no me dio tiempo” era ella o yo.
El lugar, aunque pequeño por fuera, era un laberinto interminable por dentro.
Pax avanzó con determinación, escuchando ruidos siniestros y siseos que provenían de la parte baja.
Saltó ágilmente por debajo de la escalera y llegó justo a tiempo para ver cómo las serpientes estaban a punto de devorar a Paltio y sus compañeros.
Sin perder un segundo, sacó el cascabel de la cola de Susan y lo agitó con fuerza.
Las serpientes detuvieron su festín y voltearon hacia la puerta, alertadas por el sonido familiar.
Entonces, vieron la cabeza de Susan asomarse lentamente.
—¡Ah!
¿Eres tú, tonta?
¿Ya acabaste con el tonto de la sombra roja?
—preguntó una de las mucamas serpientes con desdén, acercándose a la puerta.
La cabeza de Susan respondió con un leve movimiento afirmativo.
—¿Qué pasa contigo?
Nunca eres tan callada, Susan —indicó una de las serpientes cercanas, acercándose con curiosidad hacia la puerta.
Pero antes de que pudiera llegar, la cabeza de Susan desapareció repentinamente, dejando un silencio tenso en el aire.
Intrigada y exaltada por el extraño comportamiento de su hermana, Catra, la mujer serpiente, se acercó aún más a la puerta.
Sin embargo, su cuerpo se paralizó de golpe, incapaz de moverse ni un centímetro.
—¿Catra?
¿Todo bien?
—preguntó otra de las sirvientas serpientes, acercándose también a la puerta.
Fue entonces cuando Pax saltó desde las sombras, blandiendo su espada con precisión letal.
—¡Tú, maldito!
¿Qué le hiciste a mis hermanas?
¡Pagarás!
—siseó la serpiente, lanzándose hacia él con furia.
Pax bloqueó el ataque con su espada, evitando que los colmillos venenosos lo alcanzaran.
Las otras serpientes, que habían estado a punto de devorar a Paltio y sus amigos, lo miraron con odio.
—¡Hermanas, acaben con él!
¡Hay un banquete que comer!
—ordenó Lula, señalando al grupo inconsciente en la mesa.
Las cinco serpientes se lanzaron hacia Pax con ferocidad, rodeándolo como cazadoras hambrientas.
—Maldición… Son muchas reptiles con las que pelear —murmuró Pax entre dientes mientras esquivaba ataques y cortaba el aire con su espada.
El veneno goteaba de los colmillos de sus enemigas, obligándolo a mantenerse siempre en movimiento.
—¡Vamos, hermanas, acaben con él!
—gritó una de las serpientes mientras intentaba morderlo—.
¡Eres un maldito soldado de las sombras rojas!
¡Tejod pagará por habernos desechado!
Pax no respondió.
En lugar de eso, se movió con gracia letal, utilizando su espada para bloquear ataques y contraatacar con precisión.
Una tras otra, las serpientes caían bajo su hoja implacable, pero las demás seguían adelante, decididas a proteger su festín.
—Así que son otro experimento fallido del amo, solo vengo por el príncipe —les dijo Pax con frialdad, bloqueando un ataque con su espada.
—¡No somos experimentos fallidos!
¡Somos Serugulas, creaciones perfectas que nos alimentamos de carne de cualquier ser viviente para luego adoptar su forma cuando queramos!
—rugió Lula, acercándose a la batalla al notar que sus hermanas no podían con el soldado.
Su tamaño aumentó drásticamente, superando al de las otras serpientes.
De su boca emergieron colmillos afilados que lanzó como dardos hacia Pax.
—Maldición —murmuró Pax mientras sacaba un pequeño escudo de su espalda para bloquear los ataques.
Miró a su alrededor con una mezcla de frustración e ironía—.
Son cuatro contra uno…
No es justo.
Bueno, tres contra uno —añadió, acabando con otra de las Serugulas de un solo golpe certero.
Lula, furiosa, se giró hacia él con una mirada venenosa.
—Si tanto buscas al muchacho, ¡me lo comeré primero!
—gritó antes de regresar a la mesa por Paltio.
Pax intentó detenerla, pero las enormes colas de las serpientes lo rodeaban como látigos implacables.
—No debí decir qué era lo que quería…
Maldición —se reprochó mientras esquivaba un nuevo ataque—.
No, no voy a llegar a salvar a ese tonto príncipe.
En ese momento, la voz de Golden resonó en su mente a través del vínculo telepático.
—Veo que te preocupas por el príncipe.
—Eres tú, doradito —respondió Pax con sarcasmo, refiriéndose a Golden—.
Dime, ¿por qué no ayudaste al príncipe?
—Si soy yo.
Bueno, no lo ayudé porque sabía que contábamos contigo —respondió Golden con calma.
—Gracias por el aliento, pero necesito más que eso para acabar con esa cosa que se va a comer al príncipe.
Golden hizo una pausa breve antes de responder: —Bueno, te enviaré ayuda.
Pax gruñó mientras trataba de zafarse de los colmillos de una de las hermanas de Lula.
—¿Qué clase de ayuda?
Si el niño está dormido.
—¡Ay!
Verdad, no lo conoces…
Aunque sí lo viste esa vez con los Curchacos —dijo Golden, tratando de recordárselo.
—No, no recuerdo —respondió Pax secamente mientras era arrojado contra la pared con fuerza.
Bloqueó el ataque con su escudo y usó su espada para repeler a otra enemiga.
Miró desesperado hacia Lula, quien habría su enorme boca para tragarse a Paltio.
—Lo que vayas a hacer, hazlo rápido.
El príncipe no tiene tiempo.
—Bueno, Toco-Toco, sal y ayuda al príncipe.
Es una orden —dijo Golden con firmeza.
De inmediato, el felino emergió de la semilla de Paltio, blandiendo sus dos armas con agilidad felina.
Interceptó el ataque de Lula en el aire, salvando al príncipe justo a tiempo.
—¡Maldito animal!
¡No te interpongas entre mi alimento y yo!
—rugió Lula, enfurecida, lanzándose nuevamente al ataque.
Sin embargo, Toco-Toco fue más rápido.
Sacó al príncipe y a sus amigos de la mesa, llevándolos fuera del comedor en cuestión de segundos.
—¡Pero, y dónde están esos malditos!
—bramó Lula, buscando frenéticamente a sus presas.
—Están fuera de tu alcance, miau —respondió Toco-Toco con una sonrisa burlona mientras se preparaba para enfrentarla—.
Ahora yo seré tu oponente.
Mientras tanto, en el mundo de Golden, Paltio comenzó a recuperar la conciencia.
Se encontró flotando en un espacio abstracto frente a Golden.
—Veo que te quedaste dormido…
Por eso estás aquí de nuevo —dijo Golden con tono casual.
—¿Qué pasó, Golden?
—preguntó el joven, intrigado y confundido.
—Fueron emboscados por unas serpientes que cambian de forma con lo que comen.
Se llaman Serugulas, o eso es lo que escuché.
—Si estoy aquí, es porque aún no nos han comido.
Solo recuerdo tomar un baño y luego comer… Después de eso, todo se puso negro.
Al parecer les dieron de su veneno, inyectándolo en el agua y en la comida, por lo que presiento —reflexionó Paltio, frunciendo el ceño.
—Seguramente eso que sentiste fue como un sentido de prevención ante algún mal cercano —indicó Golden con calma.
Paltio negó con la cabeza.
—No lo creo.
Con la reina también sentí esa conexión, y ella ya era un peligro desde un comienzo.
—Sí, quizá…
Déjame investigarlo aún —respondió Golden con un tono pensativo.
—Y los demás, ¿dónde están?
—preguntó Paltio, preocupado por sus amigos.
—Están a salvo, gracias a Pax y a Toco-Toco —aseguró Golden con calma.
—Vaya par que se juntaron —comentó el muchacho con una mezcla de admiración y humor.
—Sí, pero debes despertar ya para que apoyes a Toco-Toco.
Tu poder es clave para vencer a Lula, que es la mayor amenaza aquí.
—¿Y cómo despierto si prácticamente fui drogado por esas mujeres serpientes?
—preguntó Paltio, frunciendo el ceño.
Golden sonrió con picardía antes de responder: —Bueno, creo que este mundo también servirá.
De repente, sacó una sartén como la vez anterior y golpeó al chico en la cabeza.
—¡Auch!
—gritó Paltio, tocándose la cabeza.
Abrió los ojos y se encontró de vuelta en el lugar real, rodeado de sus amigos inconscientes.
—Lo bueno es que funcionó —indicó Golden, emergiendo del holograma de su semilla.
—Pronto, toma.
Te daré el cinco por ciento de mi poder.
Ya sabes qué hacer —dijo Golden mientras una energía verde comenzaba a fluir hacia las manos de Paltio.
—Bien, estoy listo —respondió el joven con determinación, sintiendo cómo los guantes volvían a formarse alrededor de sus manos.
En tanto, Pax seguía luchando ferozmente contra las dos Serugulas que intentaban morderlo para inyectarle su veneno mortal antes de devorarlo.
Por otro lado, Toco-Toco peleaba con ferocidad contra Lula, la “Serugulas” más grande, quien lanzaba sus colmillos-dardos con precisión letal.
—¡Diminuto animal, no te muevas!
—siseó Lula, furiosa, mientras trataba de acertar sus ataques.
Pero el gato era demasiado rápido, repeliendo los dardos con sus armas giratorias, que parecían dos hélices en sus patas.
—¡Muere, animal, muere!
—rugió la mujer-serpiente, aunque Toco-Toco solo saltaba y bloqueaba con agilidad felina.
Pax, sin embargo, estaba en una situación crítica.
Las colas de las Serugulas lo habían enroscado firmemente por las piernas, levantándolo en el aire y dejándolo indefenso.
Sus armas cayeron al suelo cuando perdió el equilibrio.
—Por fin, es tu fin —siseó una de las Serugulas con deleite, abriendo su boca para devorarlo.
—Disfrutaremos cada bocado —añadió la otra, con sus colmillos brillando bajo la luz tenue.
Justo cuando estaban a punto de llevarse a Pax a sus fauces, algo lo jaló bruscamente hacia abajo, haciéndolo caer al suelo con un golpe seco.
—Eso dolió… —murmuró Pax mientras trataba de recomponerse.
Miró hacia arriba y notó que las colas de las serpientes habían sido cortadas limpiamente.
Las dos Serugulas gritaron de dolor, mirando hacia donde habían estado sus colas.
Fue entonces cuando vieron a Paltio de pie, con los guantes verdes brillando intensamente en sus manos.
—Bien, ¿quién quiere más?
—dijo el príncipe con confianza en sus ojos, adoptando una postura de combate.
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