La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 252
- Inicio
- Todas las novelas
- La Ultima Esperanza de Avocadolia
- Capítulo 252 - 252 Los Ataque Infinitos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
252: Los Ataque Infinitos 252: Los Ataque Infinitos Mok estaba enfrentándose a su hermano, quien ahora se encontraba completamente integrado al sistema de DeathSpark, convirtiéndose en un cíborg aparentemente invencible.
La última oportunidad con su arma definitiva había fallado, dejándolo sin otra opción que luchar cara a cara contra el enemigo mientras los demás intentaban desesperadamente ayudarlo.
Lucca ya casi no podía mantenerse en pie; sus heridas lo habían debilitado tanto que apenas podía moverse.
Con resignación, se recostó a un lado, observando la batalla desde la distancia.
Chiki y Nakia, por su parte, habían agotado todos sus poderes en intentos previos por detener a DeathSpark, así que permanecieron junto al anciano, protegiéndolo y cuidando a los heridos.
Rykaru aún conservaba algo de energía, por lo que decidió unirse a Lukeandria y Lume para respaldar a Mok en el combate.
Sin embargo, acercarse era prácticamente imposible: cada vez que intentaban avanzar, DeathSpark lanzaba ráfagas de rayos láser desde sus brazaletes y visor, obligándolos a retroceder.
En otro frente, Rodelos y los demás estaban atrapados bajo el fuego constante de torretas láser que habían aparecido repentinamente en todo el campo de batalla.
Si no fuera por Geki, quien usaba su enorme coraza de tortuga como escudo, muchos aliados ya habrían caído.
“No sé cuánto más aguante,” dijo Geki entre jadeos, mientras las armas seguían disparando implacablemente hacia él.
“Entonces te ayudaremos,” respondieron los padres de Paltio al unísono, entrando en acción para aliviar la presión sobre el grupo.
La madre de Paltio comenzó a lanzar flechas con precisión letal, derribando varias torretas.
Pero, para su frustración, estas eran reemplazadas instantáneamente, como si alguna fuerza invisible las regenerara.
Rodelos y su hijo aprovecharon esos breves momentos de distracción para saltar hacia las torretas restantes, destruyéndolas con sus espadas.
Mientras tanto, la madre de Paltio y algunos soldados arqueros cubrían su avance, asegurándose de minimizar las bajas.
“¡Cuidado!” gritó Galatea, atrayendo a sus hijas hacia ella justo antes de que un rayo láser impactara donde estaban paradas.
Su esposo e hijos permanecían junto a los heridos, siendo asistidos por los pocos magos de Hassdalia que aún quedaban en pie.
“Demonios, no podemos avanzar para apoyar a mi pupilo,” masculló Rodelos mientras giraba su espada para destrozar otra torreta.
“¿Qué esta cosa nunca se acaba?” preguntó Ban, refugiándose detrás de Geki mientras esquivaba otro ataque.
“Creo que no, mi señor,” respondió Ludra con preocupación, señalando cómo las torretas volvían a materializarse tan pronto como eran destruidas.
Gikel hizo señas con su enorme espada, bloqueando múltiples láseres simultáneamente.
Uno de los soldados que lo acompañaba murmuró: “¿Acaso ese sujeto nunca habla?” “Sí, habla, pero es tímido para hacerlo en público.
Le da más valor pelear que hablar,” explicó Ban con una media sonrisa, admirando la valentía silenciosa de Gikel.
Todos luchaban incansablemente para alcanzar a Mok y brindarle apoyo, pero las torretas seguían obstaculizando su avance.
Sin Geki, hace rato que varios aliados habrían sucumbido ante el incesante fuego enemigo.
“Vamos, Chip, regresa a la base y ve por más municiones.
Yo te cubro,” ordenó Ban, protegiendo a su compañero mientras este retrocedía estratégicamente.
Chip aprovechó la oportunidad que le brindaron sus compañeros, quienes salieron con las espadas desenvainadas y un grito de determinación.
Con movimientos precisos y rápidos, cortaron varias torretas de un solo golpe, haciéndolas estallar en destellos de chispas y fragmentos metálicos.
Sin embargo, para su frustración, las torretas no tardaron en regenerarse, reapareciendo tan impecables como si nunca hubieran sido tocadas.
Era como si un círculo mágico invisible las restaurara instantáneamente, burlándose de sus esfuerzos.
Volvían a cobrar vida frente a él, como si se burlaran cruelmente de cada golpe asestado.
Era como enfrentarse a una pesadilla sin fin: cada torreta destruida renacía de las cenizas, restregándoles en la cara su impotencia.
Los ataques parecían infinitos, una marea interminable que no daba tregua ni esperanza de victoria.
“Esto no tiene sentido,” pensó Chip, mientras la frustración le quemaba por dentro.
“¿Cómo vamos a ganar si nada de lo que hacemos importa?” La sensación de impotencia comenzaba a pesar sobre sus hombros, aplastante, como una losa que amenazaba con doblegarlo.
Intercambió miradas preocupadas con sus compañeros, quienes compartían su misma mezcla de agotamiento y desesperación.
Sin embargo, no había tiempo para detenerse.
Aprovechando la oportunidad que le habían dado, echó a correr lejos del lugar, esquivando rayos láser y explosiones que iluminaban el campo de batalla con destellos mortales.
Chip logró escapar e internarse en el bosque en busca de sus amigos en Rose.
Sin embargo, él no sabía que Rose ya no existía como tal.
“Ya casi llego,” murmuró Chip mientras avanzaba entre los árboles.
Pero al llegar al punto donde solía estar Rose, su rostro se transformó en una mezcla de asombro y pánico.
Frente a él, los restos metálicos y algunas partes biológicas estaban esparcidos por el suelo, como si hubieran sido desmembrados sin piedad.
“¡No!
¿Pero qué pasó aquí?
¿Y mis amigas?
¡No me digas que… murieron!” exclamó Chip, cayendo de rodillas.
La desesperación lo invadió mientras comenzaba a llorar, sintiendo cómo su esperanza se desmoronaba.
Justo entonces, alguien tocó su hombro.
“Oye, ¿qué haces ahí tirado?” preguntó una voz desconocida.
Chip se paralizó, mirando hacia atrás con incertidumbre.
“¿Quién eres?
¿Eres amigo o enemigo?” preguntó, consciente de que no tenía ninguna arma para defenderse.
“Tranquilo, soy yo, Kol,” respondió el hombre con calma.
Tenía un peculiar cabello que parecía una coliflor y extendió su mano para ayudar a Chip a levantarse.
Chip lo observó detenidamente antes de aceptar su ayuda.
Una vez de pie, preguntó con urgencia: “¿Qué pasó aquí?
¿Dónde están todos?” Kol suspiró, rascándose la nuca.
“Es una larga historia, pero todos están bien.
Están en un lugar más alejado.” El alma regresó al cuerpo de Chip, quien rápidamente preguntó: “¿Puedes llevarme con ellos?” Ambos comenzaron a caminar hacia el lugar donde todos se reunían.
Mientras avanzaban, un destello veloz pasó junto a ellos, desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos.
“¿Qué fue eso?” se preguntó Chip, mirando alrededor con curiosidad.
Ni idea dijo Kol que seguía caminando.
En el camino, Kol le explicó lo ocurrido.
Al escuchar sobre la caída de Rose y el estado actual de las cosas, Chip sacudió la cabeza con frustración.
“Qué mal por el profesor… Pero ahora no tenemos armas ni municiones.
¡Maldición!” exclamó justo antes de llegar al campamento.
Al llegar al lugar: “¡Hola, Chip!” lo saludó Paris, quien estaba hablando con Dall.
Sin pensarlo dos veces, Chip corrió hacia ella y la abrazó fuertemente, temiendo que nunca más volvería a verla.
Paris se sonrojó ante el gesto inesperado, aunque no pudo evitar sentirse conmovida.
“Vaya, aquí hay otro que te hace competencia, Dall,” bromeó Alcho, observando la escena con una sonrisa traviesa.
Dall, visiblemente avergonzado, trató de ocultar su rostro, pero, para variar, tropezó y cayó al suelo.
“¡Ay!
¡Muchacho, sí que eres torpe!” exclamó Alcho, riendo mientras veía a Dall intentar recomponerse.
Luego, Chip se acercó a Karpi para abrazarla también.
“Necesitamos municiones,” dijo con urgencia.
“Hay torretas que no podemos destruir.” “¿Dijiste torretas?” preguntó Chiro, quien alcanzó a oírlo desde cerca.
“Sí,” respondió Chip.
“Ya veo…” reflexionó Chiro, frunciendo el ceño.
“¿Había algún ataúd en la zona?” “No, nada de eso.
Solo había un tipo dentro de esa máquina.
Parece ser el hermano gemelo de Mok,” explicó Chip, recordando lo que había visto durante su enfrentamiento anterior.
Chiro asintió lentamente, procesando la información.
“Esto cambia las cosas…” murmuró, pensativo.
“¡¿El hermano gemelo?!” exclamaron todos al unísono, incluso aquellos que estaban recostados debido a sus tratamientos por las heridas recibidas.
La noticia los tomó completamente por sorpresa.
“Así es,” confirmó Chip con seriedad, observando cómo el grupo procesaba la información.
“Ya veo… Entonces, un loco manejando una especie de máquina… Eso es peligroso,” comentó Chiro, frunciendo el ceño mientras analizaba la situación.
“Y más aún si él mismo es el dispositivo que la activa.
Bueno, eso es lo que pienso,” añadió el joven científico, pensativo.
“Y a todo esto, ¿quién eres tú?” preguntó Chip, dirigiéndose directamente al muchacho de cabello desordenado y mirada curiosa.
“Él es Chiro, un aliado,” respondió Karpi rápidamente, interrumpiendo cualquier duda sobre su presencia.
“Así que el hermano de Mok, ¿eh?” reflexionó el profesor en voz alta, interviniendo en la conversación.
Había estado escuchando atentamente mientras recordaba lo que Rodelos le había comentado.
“Pensé que estaba muerto,” murmuró, dejando escapar una mezcla de sorpresa y preocupación en su tono.
“Sí, ese tipo es un sanguinario.
No se detendrá hasta acabar con el mayordomo,” añadió el profesor después de unos segundos, su voz cargada de seriedad mientras cruzaba los brazos.
“Así es, señor.
Eso temo,” respondió Chip, asintiendo con preocupación.
Luego continuó: “Pero no podemos ir a ayudarlo directamente.
Por suerte, Geki los está cubriendo convirtiéndose en una enorme tortuga acorazada.” “¡Eso es fascinante!” exclamó Chiro, impresionado al imaginar la escena de una tortuga gigante protegiendo a los demás.
“Oigan, cuando vine, vi algo pasar muy rápido.
¿Qué era eso?” preguntó Chip, dirigiéndose específicamente a Paris.
“Posiblemente era el felino,” respondió ella con calma, aunque su tono sugería que no le daba demasiada importancia.
El profesor hizo un sonido con la garganta, como si quisiera llamar la atención hacia algo más urgente.
“A cierto, a lo que vine, profesor,” dijo Chip, reenfocando la conversación.
“¿Tiene municiones o pólvora para poder apoyar en el combate?” preguntó con urgencia, su tono revelando la importancia del momento.
Luego, haciendo una pausa breve y bajando ligeramente la voz, añadió: “Además, quería decirle que lamento mucho la pérdida de su amiga Rose.” Su mirada era sincera, cargada de respeto y empatía, mientras esperaba la respuesta del profesor.
“Gracias, muchacho,” respondió el profesor con un leve asentimiento, aunque su expresión revelaba una mezcla de dolor contenida y determinación férrea.
Su voz era calmada, pero cargada de un peso que resonaba en cada palabra.
“Por ahora no cuento con los materiales necesarios para ayudarte con eso, pero pronto lo haré,” continuó el profesor, haciendo una pausa breve como si estuviera midiendo cuidadosamente sus siguientes palabras.
Su tono era calmado, pero cargado de una seriedad que no dejaba lugar a dudas sobre la importancia del momento.
Luego, levantó la vista hacia el horizonte, sus ojos pensativos reflejando un torbellino de emociones contenidas.
“Sin embargo, por ahora no debes preocuparte por la batalla, porque la ayuda va en camino.
Solo espero que llegue rápido,” añadió en un tono más bajo, casi como un murmullo.
Era evidente que hablaba tanto para sí mismo como para los demás, como si intentara convencerse de que todo saldría bien.
La preocupación en su voz era palpable, teñida de urgencia y una pizca de esperanza.
Sus palabras parecían flotar en el aire, resonando entre los presentes.
Su mirada se perdió en la distancia, fija en algo que nadie más podía ver.
Parecía anticipar algo inminente, algo que podría cambiar el curso de la batalla… o sellar su destino.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com