La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 255
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- Capítulo 255 - 255 Un Aire de Felicidad
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255: Un Aire de Felicidad 255: Un Aire de Felicidad El arma del profesor resultó ser de gran utilidad, ayudándolos a finalmente acabar con el villano y ponerle fin a la ola de maldad y matanzas desatadas por el hermano de Mok.
La onda expansiva fue tan poderosa que casi rompe el super muro mágico que Alita había creado usando su báculo.
El campo entero se llenó de una tormenta caótica: polvo, tierra, árboles arrancados y piedras volaban por todas partes, envolviendo todo en un remolino destructivo.
Una vez que la tormenta comenzó a disiparse, todos pudieron verse sanos y salvos gracias a la protección mágica de Alita.
El muro mágico empezó a desmoronarse poco a poco, dejando al descubierto el panorama devastado pero libre de amenazas inmediatas.
Mok, contemplando lo sucedido, susurró con voz baja y llena de pesar: “Lo siento, hermano… No pude salvarte de tu propio mundo desquiciado y loco.
Espero que encuentres la paz en el otro lado.” “¡Shh!” respondió Luara en su mente, tratando de reconfortarlo.
“Descansa, compañero.” Todos los presentes estaban tranquilos y relajados, sabiendo que habían vencido a un enemigo poderoso trabajando juntos como equipo.
Sin embargo, Toco-Toco rompió el silencio con su característico tono reflexivo: “Si no fuera por ese viejo científico, no hubiéramos logrado vencer a ese sujeto, miau.” El gato hizo una pausa breve antes de añadir, con un dejo de melancolía que nadie esperaba: “Después de todo lo que le pasó al final… realmente hizo un sacrificio enorme.” “Vaya, ese profesor es asombroso,” comentó Alita, admirada por la dedicación y genialidad del hombre detrás del artefacto que había salvado sus vidas.
Su voz reflejaba un profundo respeto, mezclado con curiosidad.
“Ese hombre nos ha ayudado mucho.
Debemos agradecerle como se merece cuando esto termine,” dijo Rodelos, acercándose al grupo con gesto serio pero respetuoso.
“¿Qué fue lo que pasó?” preguntaron todos al unísono, volviendo su atención hacia las últimas palabras de Toco-Toco.
La curiosidad y preocupación se mezclaban en sus voces, ansiosos por entender lo que el gato insinuaba.
El gato bajó la mirada por un momento, como si buscara las palabras adecuadas para explicar lo ocurrido.
Finalmente, comenzó a hablar con voz suave pero cargada de emoción: “El profesor Kuang… perdió algo muy valioso durante este enfrentamiento.
Rose, su compañera y amiga cercana, murió protegiéndolo a él y a los demás cuando las torretas del enemigo la destruyeron.” Un profundo silencio cayó sobre el grupo.
Todos guardaron respeto por un minuto, procesando las palabras de Toco-Toco.
Las risas y bromas ligeras que habían compartido momentos antes dieron paso a una atmósfera más solemne.
Era imposible no sentir admiración y tristeza al comprender el sacrificio que ambos habían hecho por ellos.
Luego de estar tristes por un rato, Alita levantó la mirada y exclamó emocionada: “¡Mamá!
¡Papá!” Sus padres aparecieron frente a ella, vestidos con trajes mágicos.
Estaban vivos.
“Mi niña, perdónanos por exigirte tanto durante todo este tiempo,” dijeron ambos mientras lágrimas corrían por sus rostros.
“Nosotros solo queríamos alejarnos de esa vida de magia y velar por ti y tus hermanos para que no tengan que pasar por estas cosas de guerras y enfrentamientos, pero igual se llegaron a dar.
Lo bueno que te has convertido en una excelente maga, mi niña.” Las lágrimas también brotaron de los ojos de Alita mientras abrazaba a sus padres con fuerza.
Fue un momento cargado de amor y reconciliación.
Detrás de Ron, una voz familiar lo llamó: “Hola, hijo.
¿Qué tal?” Era su padre, quien llevaba puesta su armadura.
Se acercó y lo abrazó, dándole un cálido beso en la frente.
“Lo hiciste bien, mi pequeño testarudo,” le dijo con orgullo.
“Perdóname si no creí en ti, que bueno que pudiste heredar la antigua armadura de la familia como tu abuelo y tu madre.
Debí entrenarte mejor para momentos como este.
Lo siento, hijo mío.
Espero que puedas perdonarme.” “Gracias, papá.
Y sí, claro que te perdono,” respondió Ron, correspondiendo el abrazo con gratitud.
Mientras tanto, todos celebraban la victoria, aunque sabían que aún no habían terminado.
Rodelos recordó algo crucial: “Recuerden que Paltio aún está combatiendo contra Urugas.
Es mejor que los que aún tengan energía continúen y vayamos a apoyarlo.” “Bien,” respondieron los que aún tenían fuerzas.
Alita y Ron miraron a sus padres, quienes les dieron permiso para seguir adelante.
“Si es así, nosotros también iremos,” dijeron los padres de Paltio.
“Iremos a apoyar a nuestro hijo y decirle lo tontos que fuimos al no prestarle suficiente atención.” “Nosotros también vamos,” dijeron Rykaru, Ban y Ludra.
Gikel, aunque no dijo nada, levantó la mano, señalando que también iría.
Galatea, Nomak y sus hijas también se unieron al grupo, al igual que un puñado de soldados y los reyes restantes.
Incluso Romeo accedió a acompañarlos.
Juntos, formaron una fuerza unida dispuesta a respaldar a Paltio en su enfrentamiento final contra Urugas.
El resto del grupo se quedó con los heridos: Lucca, Mok, Chiki, Geki —quien este último, justo a tiempo había acabado con las últimas torretas antes de que su energía también disminuyera— y Lume, quien aún estaba tendido en el suelo recuperándose.
“¡Tontos!
Si van todos a morir por salvar al principito, ¡yo también voy!” exclamó Lukeandria, decidida y lista para el combate.
“Ella es la novia de mi hijo,” dijo la madre de Paltio con una sonrisa traviesa, mirando a Lukeandria con curiosidad.
“¡No, señora!
No soy nada de él, ¡es solo mi amigo!” respondió Lukeandria, enrojeciéndose como un tomate mientras intentaba defenderse.
“Vaya, sí que le gusta,” comentó Lume desde el suelo, bromeando con una sonrisa socarrona.
“¡Silencio!” replicó ella, volteando rápidamente para evitar más comentarios.
Los que estaban ahí no pudieron evitar reírse un poco ante la escena, aligerando momentáneamente la tensión del ambiente.
Una vez listos, los que iban a continuar hacia la batalla final se prepararon para partir.
Ron, antes de avanzar, se acercó a Alita.
Con una mezcla de nerviosismo y determinación, le dijo: “Espero que nos vaya bien en esta última batalla, y espero que regresemos sanos y salvos.” “Yo también te deseo lo mejor… y espero que sí,” respondió ella, aunque sus palabras traicionaban ciertas dudas en su mente.
Ambos se miraron a los ojos, ligeramente sonrojados, sin atreverse a decir más.
Ya estaban a punto de separarse, cada uno girando hacia lados opuestos, cuando Ron tomó la iniciativa.
Se acercó nuevamente a Alita y le tocó el hombro suavemente.
Ella volteó sin pensarlo, queriendo decir algo que llevaba guardado, pero no se atrevía a expresar.
Sin embargo, lo que ocurrió después fue completamente inesperado.
Ron, impulsado por el calor del momento, la besó.
Y ella, sorprendida pero igualmente emocionada, correspondió al beso.
Sus labios se encontraron como si fueran los polos opuestos de dos imanes, atrayéndose inevitablemente.
Cerraron los ojos, perdiéndose en ese instante mágico que parecía detener el tiempo.
Era amor verdadero, el primer beso de sus jóvenes vidas, irradiando una luz invisible que incluso eclipsaba la sombra oscura que los rodeaba.
Ambos disfrutaban del momento como si fuera un chicle que no se despega, saboreando cada segundo.
Nunca imaginaron que ese día llegaría, pero el hechizo fue interrumpido abruptamente.
Un discreto carraspeo de garganta proveniente de los padres de ambos, los hizo separarse de golpe, sonrojados hasta las orejas.
Habían sido arrastrados por el calor del momento y olvidado por completo lo que ocurría a su alrededor.
“¡Vaya, ya era hora!” dijeron Ban y Ludra casi al unísono, mientras Rodelos asentía con una sonrisa cómplice.
Él también lo había notado durante el viaje que compartieron.
“¿Cómo que ‘ya era hora’?” preguntaron Ron y Alita al mismo tiempo, sus rostros completamente sonrojados por la vergüenza.
“Es que ustedes dos son como un libro abierto,” intervino Mok, quien había abierto los ojos por unos instantes, visiblemente débil, pero con una sonrisa ladina en su rostro.
“Con solo ver sus caras se podía notar que sentían atracción uno por el otro.
Lo sé porque los conozco desde hace mucho,” añadió antes de cerrar los ojos nuevamente.
“Ya quiero ver la cara de mi señorito cuando se entere de esta noticia,” murmuró Mok justo antes de volver a dormirse, dejando a ambos jóvenes aún más avergonzados.
“¡Oye, Mok!” exclamaron Ron y Alita al unísono, incapaces de ocultar su turbación.
El padre de Alita, sin perder la oportunidad, se acercó a Ron y le dijo con seriedad: “Espero que trates bien a mi hija, muchacho.” “Sí, niño,” añadió la madre de Alita, mirándolo fijamente con una mezcla de advertencia y afecto.
Ron estaba visiblemente nervioso bajo las miradas escrutadoras de los padres de Alita.
Sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba mantener la compostura.
“Tranquilos, no lo molesten.
¡Me están avergonzando!” intervino Alita, interponiéndose entre Ron y sus padres.
“Lo siento, cariño,” respondieron ambos padres al unísono, aunque sus sonrisas traviesas sugerían lo contrario.
“No se preocupen,” dijo entonces el padre de Ron, apoyando a su hijo con orgullo.
“Si este niño aquí presente es medio tonto para algunas cosas, créanme que quiere mucho a su hija y la tratará como toda una princesa cuando se casen.” “¡Papá!” exclamó Ron, exaltado y rojo como un tomate, cubriéndose el rostro con las manos mientras todos reían.
La escena era cómica pero también llena de afecto, con bromas familiares flotando en el aire.
Sin embargo, Alita, aún más sonrojada por los comentarios, tomó aire sin pensar y soltó abruptamente: “Casarnos.” El silencio cayó sobre el grupo como una ola helada e inesperada.
Todos se quedaron paralizados por un instante, mirándola con los ojos bien abiertos, procesando lo que acababan de escuchar.
Incluso Ron giró lentamente hacia ella, completamente atónito, con una mezcla de sorpresa y nerviosismo dibujada en su rostro.
“¿Q-qué?” tartamudeó Ron, sintiendo cómo su corazón comenzaba a latir tan fuerte que parecía resonar en sus oídos.
Su mente estaba en blanco, incapaz de procesar del todo lo que acababa de oír.
Alita, al darse cuenta de lo que había dicho, se tapó la boca con ambas manos, como si quisiera retroceder el tiempo y borrar sus palabras.
Sus mejillas ahora estaban tan rojas como una brasa encendida, y su mirada saltaba de un lado a otro, evitando hacer contacto con cualquiera.
“Y-yo… ¡No quise decir eso!” balbuceó, aunque era evidente que sus palabras habían dejado al grupo en completo shock.
Los padres de ambos intercambiaron miradas cómplices, conteniendo risas mal disimuladas.
“¡Bueno, ya basta de tanta tontería!” interrumpió Lukeandria, cruzándose de brazos y rompiendo el momento mágico.
Aunque, en realidad, su intervención llegó como un salvavidas para Ron y Alita, quienes agradecieron mentalmente la distracción.
“Enamorados, es momento de irnos.
No hay tiempo que perder,” añadió con determinación.
“Tienes razón.
Luego hablaremos de eso,” dijeron los padres de ambos, resignados pero comprensivos.
“No hay tiempo que perder.
Estamos a un paso de la libertad, y este último enfrentamiento será decisivo para vivir una vida tranquila y libre de sombras.” “¡Sí!
Ahí vamos, papi.
Solo resiste.
¡Rykaru va en camino!” exclamó el Domadoin, el pequeño guerrero, listo para el combate.
Sin embargo, su esfera de colores del arcoíris tenía rajaduras evidentes, señal del último ataque que le lanzo el DeathSpark.
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