La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 259
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- Capítulo 259 - 259 El Dragón de Sombras
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259: El Dragón de Sombras 259: El Dragón de Sombras El enorme y grotesco dragón Badogorfo posó su mirada sobre los espectadores del lugar, listo para acabar con todo lo que se moviera.
“Vamos, mi querido dragón, ve y cómetelos.
Date un festín y dame una gran diversión,” ordenó Urugas con desdén, mientras pisaba con fuerza el pecho de Paltio.
Luego, creó un trono con oscuridad y huesos, sentándose en él y usando el cuerpo inconsciente de Paltio como alfombra.
Su pie oprimía el pecho del joven príncipe, pero este no sentía nada: estaba en un estado crítico, sin habla ni capacidad de abrir los ojos.
“No, papi,” murmuró Rykaru con voz entrecortada, viendo a su padre derrotado y humillado, siendo utilizado como una simple alfombra por el villano.
Los ojos de Rykaru ardían de odio, pero no podía hacer nada: el enorme monstruo Badogorfo bloqueaba su camino, imponiéndose como una barrera insuperable.
“Vamos, mi querido Badogorfo, dragón de sombras, acaba con ellos.
Deleita a tu amo con un espectáculo memorable,” dijo Urugas desde su trono de huesos, creado con los restos de todos aquellos que habían caído en el campo de batalla.
“¡Cuidado!” gritó Ariafilis al ver al enorme dragón avanzar hacia ellos.
“¡Disparen!” ordenó el rey de Hassdalia.
Sus arqueros lanzaron una lluvia de flechas hacia el colosal animal, pero fue en vano.
Las puntas de las flechas rebotaban contra el duro cuerpo escamoso del dragón sin causarle daño alguno.
El dragón abrió entonces su enorme boca, desatando un torrente de fuego pútrido nacido de las sombras más profundas.
El fuego envolvió todo lo que estaba cerca, incendiando el terreno y reduciendo a cenizas cuanto tocaba.
“¡Cuidado, majestad!” gritó un soldado, empujando al rey Hassdaliano fuera del alcance de las llamas.
Veinte soldados fueron consumidos por el fuego, que primero los envolvió como humo oscuro y luego los quemó desde dentro, convirtiéndolos en cenizas instantáneamente.
El pánico se apoderó del campo de batalla.
Los soldados que acompañaban al grupo comenzaron a correr despavoridos, abandonando sus posiciones.
Rodelos intentó calmar a la gente, pero era inútil: el miedo había hecho presa de todos.
El dragón aprovechó el caos para coger puñados de personas con sus garras y engullirlos de un solo bocado en su enorme boca.
“¡¡¡Corraaaaaan!!!” gritaron los soldados desesperados.
“¡Retirada!” ordenó Romeo al darse cuenta de que no podrían contener a esa criatura abrumadora.
“Es como cuando peleamos con el Lavafire,” dijo Alita, recordando otra batalla épica.
“Sí, solo que ahora no contamos con la ayuda de Paltio y los demás,” añadió Lukeandria con preocupación, observando cómo el dragón sembraba el terror entre sus filas.
El dragón abrió nuevamente su enorme boca para lanzar su fuego calcinador.
Alita observó el panorama: la gente estaba aterrorizada, con caras de pánico absoluto.
Incluso sus padres y amigos estaban paralizados por el miedo.
Sin pensarlo dos veces, la muchacha decidió usar su magia y trazó un círculo en el aire, creando una barrera protectora que los envolvió a todos.
El dragón frenó abruptamente al chocar contra la barrera mágica, pero no se detuvo ahí.
Con un rugido ensordecedor, lanzó su fuego pútrido directamente hacia ellos.
Para suerte de todos, las llamas no lograron atravesar la poderosa defensa de Alita.
“Te ayudaremos,” dijeron sus padres y algunos magos de Hassdalia, listos para unir sus fuerzas a las de ella.
“No, guarden su magia para curar a los heridos,” respondió Alita con firmeza, su voz resonando con determinación.
Los magos intercambiaron miradas y asintieron, impresionados por la fortaleza de la joven.
“Hija, no te exijas demasiado.
Si no puedes, vuelve con nosotros,” le dijeron sus padres con preocupación en sus ojos.
“Bien,” respondió ella, sin apartar la vista del dragón.
Los soldados que habían estado huyendo se detuvieron momentáneamente, aliviados al ver que la muchacha había contenido a la bestia.
Sin embargo, el dragón no estaba dispuesto a rendirse.
Con furia desbordante, comenzó a rasguñar la barrera repetidamente, intentando romperla.
Alita luchaba por mantener la barrera en pie, concentrándose con todas sus fuerzas.
Aunque el dragón no lograba avanzar, sus ataques no cesaban.
Finalmente, el dragón dio un paso atrás, como si estuviera reconsiderando su estrategia.
Todos pensaron que se retiraría, pero en lugar de eso, empezó a golpear la barrera con su enorme cola.
Cada golpe era más fuerte que el anterior, y la cola comenzó a brillar con un resplandor oscuro y maligno.
En ese momento, se escucharon pequeños crujidos en la barrera.
“¿Qué demonios?” murmuró Ron, alarmado.
“Alita, será mejor que salgamos de aquí.
Tu barrera está empezando a caer, y no creo que puedas aguantar mucho más tiempo,” le dijo el muchacho con urgencia.
“No, ¡sí puedo!” insistió ella, aunque su voz temblaba mientras luchaba por mantener la barrera intacta.
“Será mejor que nos movilicemos,” ordenó Rodelos al ver las grietas formándose en la barrera.
Todos los soldados cambiaron de inmediato sus expresiones de tranquilidad por caras de pánico al darse cuenta de que la barrera estaba a punto de colapsar.
“¡Ja, ja!” rio Urugas desde su trono improvisado.
“¡Esto sí me divierte!
Ver las caras de desesperación de los presentes es un deleite,” exclamó con crueldad.
Luego, dirigió su mirada hacia Paltio, quien seguía inconsciente bajo su pie.
“Vamos, muchacho, ¿hasta cuándo vas a seguir así?
Eres una buena alfombra, pero no me sirves si no pones de tu parte.
Además, vas a quedarte inmóvil y ver cómo tus amigos mueren frente a ti.
¿No es por eso que viniste a enfrentarme?
¿Para acabar con mi reinado oscuro?” se burló Urugas, regodeándose en su superioridad.
Pero Paltio no respondió; su cuerpo permanecía inmóvil, ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor.
“¡Vaya!, ¡qué aburrido eres, muchacho!” añadió Urugas con desdén, mientras observaba la escena con una sonrisa cruel.
Lo que ocurría frente a él difícilmente podía llamarse una pelea; era más bien una carnicería descontrolada.
El dragón Badogorfo devoraba a los soldados que había capturado fuera de la barrera, engulléndolos como un animal insaciable en medio de un festín sangriento.
Sus fauces se cerraban con ferocidad sobre sus víctimas, mientras su enorme cola golpeaba con furia la barrera, buscando desesperadamente abrirse paso hacia el interior.
Alita seguía manteniendo la barrera con todas sus fuerzas, mientras sus amigos evacuaban a los demás soldados que estaban en pánico.
“¡Alita, suelta eso!” gritó Ron al ver que comenzaba a brotarle sangre por la nariz.
“¡Es muy peligroso!” añadió preocupado, mirándola con angustia.
Después de unos segundos, agregó con voz temblorosa: “Además, no quiero perder a mi enamorada… ¡Luego de apenas unos minutos de serlo oficial!” “Voy a estar bien, solo vete,” respondió Alita con firmeza, aunque en su mente se repetía a sí misma que podía con esto.
Sabía que no había otra opción; debía aguantar hasta que todos estuvieran a salvo.
Los últimos soldados estaban saliendo del campo de visión del dragón, pero este continuaba golpeando la barrera con furia desbordante.
Más grietas comenzaron a formarse, y finalmente, el dragón detuvo sus golpes de cola para usar sus enormes alas.
Con un poderoso aleteo, generó una ráfaga devastadora que hizo colapsar la barrera por completo.
La protección mágica de Alita se desmoronó en mil pedazos, y el dragón, enfurecido por haber sido contenido durante tanto tiempo, volvió a avanzar para continuar su festín.
Alita cayó al suelo, exhausta y rendida por el uso excesivo de magia.
Ron, al verla caer, no dudó ni por un segundo en correr hacia ella.
La cargó en sus brazos y comenzó a retirarse tan rápido como pudo, sabiendo que quedarse significaba la muerte.
El dragón continuó su avance de terror, sembrando el caos a su paso.
Rodelos, junto con Medeos y Skila, intentaban llegar hasta Paltio, quien yacía tirado e inconsciente a los pies de Urugas.
Sin embargo, el enorme animal bloqueaba su camino, impidiéndoles avanzar.
Rykaru trató de atacar al dragón usando sus poderes, pero estos resultaron inútiles contra la bestia.
En ese momento, vio a Ban y Ludra, quienes estaban ayudando a algunos soldados a salir del lugar.
El dragón, con sus fuertes aleteos, había derribado árboles y rocas que hirieron a varios soldados.
Ambos trataban desesperadamente de liberar a uno que estaba atrapado bajo un árbol cuando se percataron de que el dragón estaba cerca…
y comenzó a cargar energía para lanzar otro ataque devastador.
Ban y Ludra miraron al dragón abrir su enorme boca, preparándose para lanzar su torrente de fuego pútrido.
Sabían que no había escapatoria; estaban demasiado cerca para correr.
Ludra tomó la mano de Ban con firmeza y le dijo con calma sorprendente: “Señor, ha sido un honor servirlo y estar a su lado hasta las últimas consecuencias.
No tengo ningún arrepentimiento.” Hizo una pausa, mirando al dragón con determinación.
“Claro que me hubiera gustado ver cómo el mundo era libre de las sombras, pero agradezco haber pasado por todo esto.
Si este es el final, morir a su lado es lo mejor que podría haber pedido.” Sus palabras resonaron en el aire, llenas de dignidad y aceptación.
Sabía que, incluso si corrían, el fuego los alcanzaría.
“Agradezco también haber estado junto con todos ustedes durante todos estos años y haber logrado crear la resistencia,” respondio Ban con voz firme, aunque cargada de nostalgia.
“Pero sobre todo… haber pasado este tiempo contigo, Ludra.” “¿Señor, qué cosas dice?” respondió ella, sonrojándose ligeramente a pesar de la gravedad del momento.
Sin decir más palabras, Ban la tomó entre sus brazos y la besó con desesperación y ternura, sabiendo que era su último instante juntos.
Ludra correspondió al beso, cerrando los ojos mientras las lágrimas se mezclaban con la certeza de su final.
Ambos permanecieron así, abrazados, mientras las llamas del dragón los envolvían lentamente, consumiéndolos en un abrazo mortal.
Sus cuerpos se desvanecieron junto con las flamas, dejando solo cenizas allí donde habían estado.
Desde la distancia, Gikel observó horrorizado cómo las llamas engullían a Ban y Ludra.
Por primera vez, un grito desgarrador escapó de su garganta, rompiendo el silencio del campo de batalla: “¡¡¡¡¡NOOOOO!!!!” Su voz resonó como un eco trágico, cargado de dolor y rabia, mientras veía cómo dos valientes miembros de la resistencia desaparecían para siempre.
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