La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 260
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- Capítulo 260 - 260 El Fin de Rykaru
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260: El Fin de Rykaru 260: El Fin de Rykaru “Bueno, es momento,” dijo Ludra deteniendo a Ban, mientras ambos intentaban levantar el árbol que aprisionaba al soldado herido.
Sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano.
En medio de su desesperación, no se percataron de la presencia del dragón hasta que un aire caliente los envolvió.
Al levantar la mirada, vieron al enorme Badogorfo cargar su fuego letal, preparándose para lanzarles el ataque final.
Sin más opciones, ambos aceptaron su destino.
Antes de que las llamas los alcanzaran, decidieron confesar lo que siempre habían guardado en secreto.
El príncipe Ban tomó el rostro de Ludra y le dio un beso profundo, cargado de despedida.
Ambos sentían algo el uno por el otro, pero siempre lo habían ocultado, especialmente Ban, quien solía disfrazar sus verdaderos sentimientos cuando estaba bajo la apariencia de ‘X’.
“No me importa cómo se veía su rostro, señor.
Aunque hubiera quedado con esas cicatrices, igual lo hubiera amado,” declaró Ludra, con lágrimas en los ojos.
Al escuchar esas palabras, Ban no pudo contenerse más y decidió corresponderle, dándole un último beso lleno de ternura y dolor.
Sabían que ese sería su fin, consumidos por el fuego pútrido del dragón Badogorfo.
El torrente de fuego llegó, arrasando todo a su paso.
Pero, para su sorpresa, no sintieron el calor abrasador.
Cuando abrieron los ojos, vieron a alguien frente a ellos recibiendo el ataque de lleno.
Ambos dejaron de besarse, y sus rostros pasaron de una felicidad efímera a terror al reconocer al valiente intruso: Rykaru.
A diferencia de los demás, no se había incinerado, pero su pequeño cuerpo estaba gravemente quemado.
Cayó al suelo, moribundo, con respiraciones entrecortadas.
“¡No!” gritó con desesperación Gikel desde la distancia, corriendo hacia donde estaban sus amigos.
“¡No!” exclamaron Ban y Ludra al ver el cuerpo malherido de Rykaru.
“Rykaru, ¿por qué hiciste eso?” preguntó Ban, con voz quebrada.
“Paltio me matará si te mueres.” “Ya no importa… mi papi está muerto… creo,” murmuró Rykaru con dificultad, su voz apenas un susurro.
“Me dio la orden de proteger a todos, y eso es lo que hice.” Sus ojos comenzaron a cerrarse lentamente mientras luchaba por mantenerse consciente.
Con su último aliento, añadió: “Te veo del otro lado, papi…” Y dejó de respirar.
“¡No!
¡Esto no puede estar pasando!” gritó Ludra, cayendo de rodillas ante el cuerpo inerte del pequeño Domadoin.
Las lágrimas corrían por su rostro mientras intentaba procesar la pérdida.
Tanto Ban como Ludra comenzaron a recordar los momentos que habían compartido con el pequeño Rykaru, aunque su tiempo juntos había sido breve.
Cada recuerdo parecía más vívido ahora, iluminado por la tristeza de saber que nunca volverían a escuchar su voz ni ver su valentía en acción.
“Vamos, salgamos de aquí.
Su muerte no debe ser en vano,” dijo Gikel con urgencia.
Levantó el árbol, liberó al soldado herido, lo cargó sobre su espalda, tomó a Ludra y Ban, y echó a correr con todas sus fuerzas.
El dragón, nuevamente, estaba a punto de lanzar otro ataque de fuego.
“Gikel… acabas de hablar en público, muchacho,” comentó Ban, tratando de encontrar algo de calma en medio del caos.
“Sí, lo sé, señor.
Pero no se preocupe por nimiedades.
Eso ya no tiene importancia en comparación con el sacrificio del pequeño Rykaru,” respondió Gikel, con una mezcla de tristeza y determinación.
“Tienes razón,” dijo Ludra entre sollozos, aun llorando la pérdida del valiente niño.
Gikel logró alejar a Ban, Ludra y los demás del radar del dragón.
Sin embargo, todos sabían que esto no significaba el final.
Si no derrotaban a esa criatura, nunca podrían cantar victoria ni estar realmente libres.
“Vaya, qué pena… Uno menos,” dijo Urugas con desdén, disfrutando del sufrimiento ajeno.
“Creo que era alguien cercano, a quien querías, ¿no?
Ese renacuajo blanco… ¿Cómo se llamaba?
Ah, sí, Rykaru.” “¡¿Qué?!
¡No puede ser!” pensó Paltio que estaba atrapado en su mente, luchando por recuperar sus fuerzas.
“Rykaru no puede estar muerto… Es verdad, ya no puedo sentirlo…” El corazón de Paltio se hundió en un abismo de dolor al darse cuenta de que su hijo había dado su vida por los demás.
Mientras tanto, el dragón seguía sembrando el caos, destruyendo y quemando el bosque sin piedad.
Alzó vuelo y lanzó torrentes de fuego sobre el lugar, sellando todas las salidas y dejando atrapados a quienes intentaban escapar.
Quemó todo a su paso, arrasando con árboles y soldados que no lograron huir a tiempo.
“¡Cuidado, señor!” gritó Romeo, empujando al rey Hassdaliano fuera del alcance de una enorme rama en llamas que caía desde lo alto.
“¡Llévense al señor a un lugar seguro!” ordenó el general Romeo Madeus a algunos soldados cercanos.
Aunque el rey no quería abandonar a su general, no tuvo más opción que retirarse.
Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que no había escapatoria: el dragón había bloqueado completamente el camino de regreso hacia donde habían estado antes.
“¡Vamos, magos de Hassdalia!
¡Ayuden invocando magia de agua!” ordenó el rey al ver a algunos de sus hombres cerca, tratando de apoyar a sacar al general Romeo y otros heridos de entre los escombros.
En otro de los caminos, estaba Galatea y compañía.
“¿Qué vamos a hacer, madre?” preguntaron ambas hijas de Galatea, buscando una solución en medio del caos.
“No lo sé, pero debemos abrirnos camino,” respondió Galatea con firmeza.
Nomak también colaboró, cargando ramas incendiadas y apartándolas del camino para facilitar la huida de los demás.
Por otro lado, Ariafilis lideraba a algunos soldados de su reino, intentando encontrar una salida en medio del infierno que se desataba.
Pero el bosque estaba siendo consumido por completo; enormes llamas envolvían todo a su alrededor, impidiéndoles avanzar.
Las enormes ramas de los árboles seguían cayendo, producto del infernal fuego que devoraba todo.
Los padres de Paltio, junto con Rodelos, el abuelo del muchacho, trabajaban incansablemente para ayudar a los demás, buscando desesperadamente algún lugar donde pudieran refugiarse del infierno que los rodeaba.
El rugido del fuego y los gritos de pánico llenaban el aire, pero su determinación no flaqueaba.
Ron corría cargando a Alita en su espalda, sus pasos resonando contra el suelo chamuscado mientras luchaba por encontrar un refugio seguro antes de que las llamas los alcanzaran.
Su respiración era entrecortada, y el calor abrasador parecía quemarle la piel, pero no se detenía; sabía que cada segundo contaba para salvarla.
Por otro lado, los padres de Alita canalizaban toda su magia para intentar sofocar las llamas que devoraban el bosque.
Sus manos brillaban con energía mientras lanzaban chorros de agua mágica hacia el fuego descontrolado, aunque sus esfuerzos apenas parecían ralentizar el avance implacable del incendio.
En tanto, el padre de Ron blandía su hacha con fuerza sobrenatural, cortando árboles incendiados para evitar que el fuego se propagara aún más.
Cada golpe estaba cargado de urgencia, su rostro perlado de sudor y ceniza mientras luchaba contra el tiempo y la devastación que los rodeaba.
Todos estaban unidos por un mismo propósito: sobrevivir.
Pero el caos reinante y la magnitud del desastre hacían que cada movimiento fuera una carrera contrarreloj, sabiendo que el dragón de sombras seguía acechándolos, esperando su próximo ataque.
Todos estaban haciendo lo posible por escapar de ese infierno sin salida.
Sin embargo, al dispersarse, terminaron adentrándose nuevamente en el bosque.
El dragón, al volar alto, había sellado todas las salidas con un gran círculo de fuego alrededor de ellos.
Observaba desde lo alto, esperando pacientemente a que alguien intentara salir para devorarlo sin piedad.
“Por aquí,” dijo Lukeandria al ver a Ron cargando a Alita en su espalda.
La pelirroja los guio hacia lo que parecía una especie de madriguera oculta entre los árboles.
“¿Ella está bien?” preguntó Lukeandria preocupada, señalando a Alita.
“Sí, Alita va a estar bien.
Solo necesita descansar.
Creo que usó mucha energía al crear ese muro mágico contra el dragón,” respondió Ron con pesar.
“Maldición…
Justo cuando más la necesitamos, su magia habría sido de gran ayuda,” murmuró Lukeandria frustrada, golpeando una pared cercana con el puño.
“Pero ahora no puede ayudarnos porque gastó toda su energía.” En ese momento, vieron pasar a Gikel junto con Ban, Ludra y un soldado herido.
Ron les hizo señas para que se acercaran, y ellos entraron rápidamente al refugio improvisado.
El lugar era amplio, pero el ambiente estaba cargado de tensión y tristeza.
Todos permanecieron en silencio hasta que Ron rompió el mutismo: “Es verdad… Falta alguien aquí.
¿Dónde está ese pequeño?
¿Rykaru?” “Tienes razón, no lo he visto,” respondió Lukeandria, mirando a los recién llegados con preocupación.
“Por casualidad, ¿ustedes lo han visto?” preguntó, dirigiéndose a Ban, Ludra y Gikel.
Los tres intercambiaron miradas llenas de dolor antes de bajar la vista al suelo.
Con voz temblorosa, Ban tomó la palabra: “No lo vamos a volver a ver…” Las imágenes de aquel fatídico momento inundaron sus mentes: Rykaru corriendo con todas sus fuerzas, usando sus pequeños puños para intentar bloquear el fuego del dragón.
Su cuerpo se había iluminado de azul mientras luchaba por proteger a los demás, pero al final, cayó bajo el ataque devastador, recibiendo el impacto directo.
“¿Qué quieres decir con eso?” preguntó Ron, mirando con intensidad la expresión de Ban, Ludra y Gikel.
Su voz denotaba confusión, pero también un atisbo de preocupación al notar el dolor y la tristeza en sus rostros.
Los tres intercambiaron miradas incómodas, como si buscaran decidir quién debía hablar primero.
Finalmente, Ban tomó la palabra, su tono bajo y cargado de pesar: “Rykaru… ya no está,” dijo simplemente, aunque cada palabra parecía pesar como una losa.
Ron parpadeó, procesando lo que acababa de escuchar.
“¿Cómo que ya no está?
¿Dónde…?” Su voz se quebró cuando la realidad comenzó a golpearlo.
Miró a los demás en busca de una explicación, pero sus expresiones sombrías confirmaban lo peor.
Ludra bajó la vista, incapaz de sostener la mirada de Ron, mientras Gikel apretaba los puños con frustración, como si aún estuviera luchando contra lo inevitable.
“No puede ser… ¿Qué pasó?” insistió Ron, su voz ahora más aguda, reflejando la creciente desesperación que sentía al imaginar lo ocurrido.
“Él… está muerto,” dijo Ban, con la voz quebrada, como si pronunciar esas palabras las hiciera más reales de lo que quería aceptar.
Las lágrimas rodaban por su rostro mientras intentaba procesar la magnitud de lo que había ocurrido.
Cada sílaba parecía un peso insostenible sobre sus hombros, un recordatorio cruel de la pérdida irreparable.
Ron se quedó paralizado, incapaz de responder.
Su mente luchaba por negar lo que acababa de escuchar, pero las lágrimas en los ojos de Ban y las expresiones desoladas de Ludra y Gikel no dejaban lugar a dudas.
Era verdad.
Rykaru, el pequeño héroe que siempre los había acompañado, ya no estaba.
“No… no puede ser cierto,” murmuró Ron, con la voz temblorosa.
“¿Cómo pudo pasar algo así?” Ban bajó la mirada, incapaz de sostener la de Ron.
“Lo hizo para protegernos… Nos salvó a todos,” dijo finalmente, su voz apenas un susurro cargado de dolor y admiración.
Ludra sollozaba en silencio, cubriéndose el rostro con las manos, mientras Gikel apretaba los puños con frustración, tratando de contener sus propias lágrimas.
El aire entre ellos se llenó de un silencio pesado, interrumpido solo por los sollozos ahogados y el crujir distante de las llamas que aún consumían el bosque.
“¡No!
¡No!” gritó Lukeandria, golpeando nuevamente la pared con furia e impotencia.
“No puede ser… Primero Paltio es vencido, y ahora Rykaru… Muerto.” “Todo va de mal en peor,” añadió Ron, apretando los puños y los dientes mientras intentaba contener su propia rabia y tristeza.
El sonido de una voz débil los sacó de sus pensamientos.
Era Alita, quien acababa de despertar.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas mientras recordaba los momentos que había compartido con el pequeño durante su viaje.
“El pequeño Rykaru… Está muerto,” murmuró Alita con voz quebrada.
Al instante, Ron, Alita y Lukeandria comenzaron a rememorar los momentos vividos junto a Rykaru.
Desde el día en que lo conocieron, siempre aferrándose a Paltio y llamándolo “papi” con inocencia, algo que en su momento les había parecido gracioso y tierno.
Ahora, esos mismos recuerdos se teñían de tristeza, intensificando el dolor por su pérdida irreparable.
Uno a uno, los compañeros compartieron sus pensamientos sobre el pequeño héroe caído.
Cada palabra estaba cargada de admiración y pesar, pues los tres habían pasado más tiempo con él que cualquier otro en el grupo.
Era imposible no sentir el vacío que dejaba su ausencia, como si una luz brillante se hubiera apagado repentinamente en medio de la oscuridad.
“Fue un buen muchacho,” dijo Ban con voz grave luego del triste silencio que rodeaba el lugar, inclinando la cabeza en señal de respeto.
“Tan pequeño, pero tan fuerte,” añadió Ludra, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
“Ese niño fue el mejor.
Fue valiente hasta el final,” concluyó Gikel, con una mezcla de orgullo y tristeza en su voz.
“¿Qué ahora habla este sujeto?” dijo Lukeandria, mirando con asombro a Gikel, quien había comenzado a expresarse sin timidez alguna.
“Siempre ha hablado, pero en público siempre fue tímido, a diferencia de cuando usa los puños, con los cuales es muy expresivo.
Sin embargo, el sacrificio de Rykaru le dio el valor para hablar en público,” explicó Ban con un dejo de admiración en su voz, como si las palabras mismas pesaran en su corazón al reconocer el cambio que ese acto heroico había inspirado.
“Maldición… Si no me hubiera quedado inconsciente, tal vez Rykaru no habría muerto por salvarme,” murmuró el soldado que finalmente había despertado, con los ojos llenos de culpa.
“Lo lamento tanto…” añadió, inclinando la cabeza mientras lágrimas silenciosas rodaban por su rostro.
“Ya no importa.
Valora la segunda oportunidad que te dio ese niño,” respondió Lukeandria, dándole la espalda para ocultar sus propias lágrimas.
Aunque intentaba mantenerse fuerte, también estaba desconsolada por la partida del pequeño héroe.
“Todo está de mal en peor,” volvió a decir Ron con frustración, justo cuando un movimiento súbito sacudió el suelo como si fuera un terremoto.
Todos se pusieron tensos al escuchar el rugido ensordecedor del dragón.
En ese instante, vieron una de las enormes patas del dragón acercándose peligrosamente al lugar donde estaban escondidos.
Sabían que la criatura estaba buscándolos, lista para devorar a cualquiera que encontrara.
Todos guardaron silencio absoluto, conteniendo incluso el aliento.
El aire parecía vibrar con la tensión, como si el más mínimo sonido pudiera sellar su destino.
Pero fue en vano.
Un enorme ojo amarillento, cuyo iris reflejaba los colores de las insignias de los ejércitos de las sombras, apareció frente a la entrada de la madriguera.
Su mirada era fría, calculadora e implacable, como si ya los hubiera marcado como presas indefensas.
Lentamente, la boca del dragón emergió tras ese ojo inmenso.
Filas de dientes afilados como cuchillas brillaban bajo la luz de las llamas que aún devoraban el bosque.
La criatura abrió sus fauces descomunales, preparada para engullirlos sin piedad, mientras el calor abrasador de su aliento inundaba la madriguera, anticipando el horror que estaba por desatarse.
Ellos miraron aterrorizados, abrazando lo que parecía ser su destino final.
Sabían que no había escapatoria, ni posibilidad de resistir contra esa bestia colosal.
“Creo que hasta aquí llegamos,” murmuró Ron con resignación, su voz apenas un susurro cargado de desesperanza.
Tomó la mano de Alita y la apretó con fuerza, como si ese gesto pudiera transmitirle algo de seguridad en medio del caos.
Sus ojos recorrieron el espacio que los rodeaba, confirmando lo inevitable: estaban completamente atrapados, sin salida ni posibilidad de victoria frente a la amenaza que los acechaba.
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