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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 261

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261: Recuperando Fuerzas 261: Recuperando Fuerzas Strongia, junto con su familia —el rey Fuerol y su hijo Llarol—, corrían desesperados en busca de refugio mientras intentaban reunirse con su compañía de soldados, quienes se habían dispersado tras el devastador ataque del dragón.

El bosque, ahora envuelto en caos y fuego, parecía tragarse todo a su paso.

Cada paso que daban estaba cargado de urgencia, sus corazones latiendo al unísono con el rugido distante del dragón.

De pronto, las ramas incendiadas de los árboles comenzaron a caer sobre ellos como brasas mortales.

Las ramas de ese bosque eran inmensas, colosales incluso.

—¡Cuidado!

—gritó Llarol, empujando rápidamente a su padre y madre fuera del peligro.

Con una fuerza impresionante, cogió el tronco ardiente con sus manos desnudas.

Como miembro de la familia “Fuerte”, poseía una resistencia extraordinaria que lo distinguía.

—Ten cuidado, hijo —advirtió Strongia, preocupada pero confiada en la fortaleza de su primogénito.

—Tranquila, tendré cuidado —respondió el joven príncipe, de apenas diecisiete años, mientras sostenía el tronco con esfuerzo controlado.

—Vaya… No lo vi venir —murmuró el rey Fuerol, sacudiendo la cabeza con asombro—.

Creo que ya estoy viejo para estas aventuras.

—Bueno, tranquilo, amor —dijo Strongia, acariciándole el brazo con ternura—.

A pesar de todo, te sigo amando igual.

—¡Oigan, aquí no!

—interrumpió Llarol al ver a sus padres intercambiando caricias y besos en medio del caos.

—Está bien, está bien —dijo el rey, riendo entre dientes—.

Mejor hay que movernos y buscar a los demás.

—Recuerdas las aventuras que solíamos tener cuando éramos jóvenes, ¿verdad?

—comentó Strongia, sonriendo nostálgica mientras continuaban avanzando.

—Claro que sí, mi dulzura —le respondió el rey con una sonrisa cálida, su voz cargada de ternura mientras acariciaba suavemente la mano de Strongia.

—¡Ay, por Avocios!

Ustedes no cambian —se quejó Llarol, cruzándose de brazos y comenzando a caminar adelante.

Los padres rieron suavemente.

—Bien, vamos, pero luego volvemos a lo nuestro —bromeó Strongia, guiñándole un ojo a su esposo.

—Creo que nuestro hijo es un tanto amargado —comentó el rey con una sonrisa traviesa, mirando a Strongia con complicidad—.

Ya deberíamos buscarle una princesa, ¿no crees?

—Sí, tan pronto como esto termine, lo haremos de inmediato, mi amor —respondió ella, sonriendo mientras seguían avanzando sin saber aun lo que les esperaba.

Mientras tanto, Ariafilis estaba rodeada por ramas ardientes que amenazaban con aplastarla.

Con destreza, cortaba una tras otra con su espada, defendiéndose junto a un puñado de soldados leales.

De repente, un árbol enorme comenzó a inclinarse hacia ellos.

—¡Es muy grande!

—exclamó Ariafilis, contemplando horrorizada cómo el tronco se precipitaba hacia ellos.

Cuando parecía inevitable el desenlace, algo detuvo el colosal tronco justo antes de aplastarlos.

Los presentes, que habían cerrado los ojos instintivamente, los abrieron lentamente para descubrir a dos mujeres altas y fornidas sujetando el árbol con aparente facilidad.

—¿Se encuentran bien?

—preguntó una de ellas con voz firme.

—¡Ah!

¡Es usted, señora Galatea!

—exclamó Ariafilis, aliviada al reconocer a una de las figuras imponentes frente a ella.

—Sí, somos nosotras —confirmó Nomak, la otra mujer, mientras ambas lanzaban el tronco a un lado con un movimiento coordinado.

—Será mejor que salgamos de este lugar.

Esta zona es la más afectada —indicó Galatea, señalando hacia un camino más seguro.

—Claro —asintió Ariafilis, aceptando la ayuda que las hijas de Galatea ofrecieron para auxiliarla a ella y a sus soldados.

El grupo entero comenzó a avanzar por un sendero que Nomak había inspeccionado previamente.

Mientras caminaban, los árboles a su alrededor continuaban desmoronándose, envueltos en llamas voraces que iluminaban el cielo oscuro.

En otro rincón del bosque, Bacos y Piertol estaban paralizados por el miedo ante la sombra gigantesca de la bestia que acechaba el lugar.

Escondidos entre unos arbustos, ambos se miraban nerviosos, incapaces de decidir quién debía actuar primero.

—Ve tú —susurró Bacos, empujando a Piertol hacia adelante.

—No, tú —respondió Piertol, retrocediendo instintivamente.

En ese vaivén de indecisiones, escucharon un estruendo cercano: un árbol cayó con un rugido ensordecedor.

Ambos dieron un brinco, temblando como hojas.

—No debimos hacerle caso a ese tonto de Rodelos ni seguir a su nieto.

Mira en la situación en la que estamos metidos —dijo Bacos con voz temblorosa, intentando infundirse algo de valor mientras miraba a Piertol—.

Si logramos sobrevivir a esto, tú y yo seremos amigos… y no nos trataremos mal.

Además, nunca más haremos caso a esos de Avocadolia, ¿de acuerdo?

—Sí, lo mismo digo —respondió Piertol, asintiendo rápidamente, aunque su nerviosismo era evidente en el temblor de sus manos.

De pronto, sintieron unas manos posarse sobre sus hombros desde atrás.

—¡Ay, no!

¡El monstruo!

Ya nos tocó la hora —gritaron ambos al unísono, cerrando los ojos con fuerza.

—Tranquilos, señor, somos nosotros —dijeron varias voces familiares.

Eran algunos guardias sobrevivientes de sus respectivos reinos.

—¡Qué alivio!

No me den esos sustos —exclamó Bacos, llevándose una mano al pecho mientras recuperaba el aliento.

—Igual va para ustedes, muchachos —añadió Piertol, secándose el sudor frío de la frente.

—Lo sentimos, señores —se disculparon los soldados—.

Hemos encontrado un camino para salir de este lugar infernal.

Por favor, síganos.

—¡Qué bueno!

—respondieron ambos aliviados, dirigiéndose rápidamente hacia sus respectivos grupos de soldados.

—Será mejor que salgamos de aquí cuanto antes; este lugar es demasiado peligroso —advirtieron los soldados.

—Bien, ¿a qué esperamos?

—dijeron Bacos y Piertol al mismo tiempo, siguiendo a los soldados en su huida.

En otra parte del bosque, Toco-Toco, el gato, estaba ayudando a evacuar a varios soldados de diversos reinos que habían acudido en apoyo.

Sin embargo, justo antes de alcanzar la salida, un círculo de fuego se formó abruptamente alrededor de ellos, bloqueando su avance.

—¡Maldición!

Será mejor que busquemos otro camino… ¡Casi me quemo los bigotes, miau!

—exclamó Toco-Toco, retrocediendo con un bufido molesto.

Los soldados no tuvieron más de otra que seguir al felino.

En el campo exterior, lejos del bosque incendiado, se escuchó una voz débil pero familiar.

—Señor Mok, ¿cómo se encuentra?

—preguntó Geki, inclinándose sobre el cuerpo de Mok, quien comenzaba a despertar lentamente.

—Ah, eres tú, Geki… Ya me siento un poco mejor, aunque todavía me duele la espalda —respondió Mok con voz cansada.

—Tranquilo, los médicos mágicos hicieron todo lo posible, pero ya no tenían mucha magia disponible —explicó Nakia, quien ya estaba despierta y sobrevolaba cerca de él.

La pequeña ave tenía algunas vendas envueltas alrededor de su cuerpo.

—Vaya… Veo que ustedes tampoco se libraron de los problemas —comentó Mok al notar las vendas en Geki y Nakia.

—No, señor —respondieron ambos al unísono.

—Bueno, nosotros tampoco —añadió Chiki, junto a Lume, quienes también lucían vendajes y curitas.

—¡Maldición!

Odio no poder continuar e ir a apoyar a los muchachos —gruñó Chiki, golpeando el suelo con frustración.

En ese momento, todos miraron hacia el horizonte, donde se había perdido de vista el grupo que entró en el bosque.

Un brillo intenso llamó su atención.

—¿Qué será eso?

—preguntó Mok, entrecerrando los ojos.

—A ver, yo te digo —dijo Lume, creando un pequeño telescopio con sus patas.

Al enfocarlo, su expresión cambió drásticamente—.

¡Oh, no!

Eso es fuego… pero en grandes proporciones.

—¿Qué está pasando allá?

¡Oh, no!

¡Los muchachos están en peligro!

—exclamó Nakia, agitando sus alas con preocupación.

—Será mejor que vayamos para allá de inmediato —declaró Mok con determinación, intentando incorporarse.

—¿Pero?

¿cómo vamos a ir si todos estamos heridos?

No les serviríamos para nada —razonó Geki, señalando las heridas visibles en cada uno de ellos.

—Yo puedo ayudar con eso —dijo una voz profunda y resonante.

Provenía de la espada: era Luara.

—Qué bueno que despertaste, Mok —dijo Luara con un tono de alivio en su voz—.

Pensé que ya no te volvería a ver… Habrías sido el amo con menor duración que haya tenido.

Pero qué alegría que estás de vuelta.

—Sí, pero aún me siento débil —respondió Mok, incorporándose lentamente mientras se llevaba una mano a la cabeza.

—Oye, escuche bien, dijiste que podías curarnos —interrumpió Chiki, mirando hacia la espada con ojos llenos de esperanza—.

Yo quiero ir a apoyar a los demás.

Mok frunció el ceño ligeramente.

—Espera… ¿Cómo es que pueden escuchar la voz de la espada?

—Es porque yo les he otorgado ese beneficio temporalmente —respondió Luara, su voz resonando con calma y autoridad.

—Interesante —murmuró Mok, impresionado por la magia de la espada.

—Así es —continuó Luara—.

Si eso es lo que deseas, pequeño perro, los curaré a todos.

Solo deben tocar la espada.

—¡Oigan!

¡Yo también quiero ir con ustedes!

—exclamó Rocky, arrastrándose hacia el grupo con dificultad.

Sostenía una especie de varilla ennegrecida como apoyo, su rostro reflejando determinación a pesar de su estado.

—¡Y yo también!

—añadió Lucca, usando su bastón para avanzar hacia ellos con pasos inseguros pero decididos.

Uno a uno, algunos extendieron sus manos y otros sus patas hacia la hoja de la espada, con gestos llenos de esperanza y determinación.

En el momento en el que hicieron contacto, un brillo cálido y vibrante los envolvió, irradiando energías que recorrieron sus cuerpos como un torrente revitalizante.

Al desvanecerse la luz, cada uno sintió cómo sus heridas sanaban, sus fuerzas regresaban y sus ánimos se renovaban por completo.

—¡Vaya!

Esto es genial.

¡Ahora estamos de vuelta!

—exclamó Chiki, moviendo las patas con entusiasmo—.

Ya quiero ver a Ron para apoyarlo.

Nakia soltó una risita suave.

—Vaya… Veo que te has encariñado con el chico.

—¡No, no es eso!

—se defendió Chiki rápidamente, aunque el leve sonrojo en sus mejillas lo delataba—.

Tiene cuentas pendientes conmigo, eso es todo.

Todos estallaron en carcajadas ante la reacción del pequeño perro.

—Ja, ja… Buen intento, Chiki —bromeó Lucca, dándole una palmada amistosa.

Luara interrumpió el momento con su voz serena pero firme: —Es todo lo que puedo hacer por ustedes por ahora.

Lo que hagan a partir de este punto dependerá únicamente de ustedes.

Mok asintió con solemnidad.

—Entendido.

No hay tiempo que perder.

Debemos ir a apoyar a nuestros amigos.

—¡Sí, vamos!

—respondieron todos al unísono, listos para enfrentar lo que fuera necesario.

Con renovada energía y determinación, el grupo se puso en marcha rumbo al lugar donde sus compañeros aún luchaban contra el peligro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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