La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 263
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263: Uno Por Uno 263: Uno Por Uno Todo era caos y destrucción.
El dragón surcaba los cielos como un ave rapaz, lanzándose en picada para escupir fuego con furia devastadora.
Cada rugido y cada llamarada reducían aún más el terreno disponible para los aliados, atrapándolos en un infierno sin salida.
La tensión era palpable; no había lugar a donde ir ni forma de escapar.
La suerte parecía echada para los buenos.
Las llamas que se alzaban como muros impenetrables sembraban el pánico entre los soldados.
De vez en cuando, el dragón descendía con su enorme boca abierta, engullendo todo lo que encontraba a su paso.
—¡Ja, ja!
—se reía Urugas, observando desde las sombras cómo su bestia arrasaba con todo—.
Creo que debí haber hecho esto desde el principio, en lugar de confiar en esos roedores inútiles —dijo refiriéndose a los tejones y sus ejércitos de sombras—.
Además, es mucho más entretenido ver el miedo en sus caras… y sufrimiento a gran escala.
Una vez que termine aquí, mi Badogorfo visitará cada rincón de este planeta.
El dragón continuaba su danza mortal, bajando y subiendo, devorando a los soldados que intentaban desesperadamente encontrar una salida.
El fuego seguía ardiendo implacablemente, consumiendo árboles que caían uno tras otro, bloqueando caminos y alimentando la desesperación.
En un momento dado, cuando todo parecía estar envuelto en llamas, el dragón aterrizó de improviso.
El impacto causó un temblor que sacudió el suelo bajo los pies de todos.
Los presentes sintieron cómo el miedo se apoderaba aún más de sus corazones mientras miraban al colosal depredador inspeccionar el área con ojos brillantes y feroces.
El dragón comenzó a moverse lentamente, buscando presas con su mirada penetrante.
Algunos soldados intentaron esconderse entre los árboles, pero pronto salieron corriendo al sentir el calor abrasador de la madera.
Sus movimientos delataban sus posiciones, y el dragón aprovechaba para engullirlos de un solo bocado.
Nadie estaba a salvo.
Con sus enormes garras, el dragón rebanaba a unos, mientras a otros los atrapaba directamente y se los llevaba a la boca.
Su cola, musculosa y letal, aplastaba cuerpos o los empalaba sin piedad.
Fuera cual fuera el método, el resultado siempre era el mismo: terminaban en las fauces del monstruo, devorados por completo.
El dragón seguía cazando sin descanso, como un depredador implacable que buscaba a sus presas en un ambiente creado por él mismo.
Era una escena de horror absoluto, donde la muerte acechaba en cada sombra y cada resquicio de luz.
—¡Maravilloso, espléndido!
—exclamó Urugas, con una sonrisa diabólica mientras observaba cómo su bestia devoraba todo a su paso y reducía el bosque a cenizas.
—Qué pena que no puedas ver esto, muchacho —continuó, dirigiéndose al cuerpo inerte de Paltio—.
Todos tus aliados están siendo engullidos por mi bestia.
Si deseas regresar e intentarlo de nuevo, puedes hacerlo… pero no te demores mucho, o no quedará ningún amigo que salvar.
Hizo una pausa dramática antes de continuar, disfrutando cada palabra como si fuera un juego retorcido.
—Ya murió uno de los que más querías: Rykaru.
¿Qué tal si ahora le digo a mi bestia que vaya por tus amigos?
Ese de pelo de puerco espín o tu amiga de cabello rosa con lentes, o quizás, la traidora Lukeandria.
Pero les diré que los traiga vivos a mi lado… para que veas cómo se los come.
Bueno, si no puedes verlo, al menos escucharás sus gritos de dolor y llanto mientras mi bestia los devora vivos, poco a poco.
Urugas movió sus pies con desdén sobre el cuerpo de Paltio, tratándolo como si fuera un simple mueble donde recostar sus piernas.
Saboreaba cada instante de su monólogo cruel, disfrutando del poder que sentía al tener al príncipe indefenso bajo su control.
—Luego puedo enviar a mi bestia por tu abuelo, tus padres y tu mayordomo… Ah, ese lo guardaré para el final.
Quizá con su muerte despiertes, niño.
Sé que él es el más preciado para ti.
Siguió hablando, pero Paltio permanecía en silencio, sin dar señales de vida.
—No… Entonces seguiré poniendo mis pies cómodamente encima de ti, mocoso.
Para eso sirves, ¿no?
Tu poder al cien por ciento ni siquiera me sirvió para calentamiento, y ahora ya te has dormido para siempre.
¡Qué aburrido!
Si no respondes, entonces haré que mi bestia continúe con su tarea.
Claro, eso si antes encuentra a tus amigos y se los come de un bocado.
Una risa demoniaca escapó de los labios de Urugas, resonando por todo el lugar como un eco infernal.
El enorme dragón continuaba su cacería implacable, derribando árboles con su cuerpo colosal y su cola musculosa.
Nada podía detener al poderoso Badogorfo, que avanzaba sin cesar, buscando nuevas presas.
En su recorrido, el dragón llegó hasta una especie de madriguera.
Comenzó a moverse con cautela, olfateando el aire con sus enormes fosas nasales.
Dentro de ese refugio improvisado, los amigos de Paltio estaban escondidos: Ban, Ludra, Geki, y un soldado más, quienes acababan de contarle a Ron, Alita y Lukeandria la devastadora noticia sobre la muerte de Rykaru.
El ambiente, ya tenso, se volvió aún más deprimente.
El dragón bajó la cabeza, inspeccionando cada rincón y espacio donde pudieran ocultarse sus presas.
Miró dentro de troncos huecos, entre arbustos, encontrando algún que otro soldado atrapado, que era devorado al instante.
Uno de los soldados, al ver lo que el dragón estaba haciendo, intentó escapar corriendo hacia la salida de la madriguera.
Sin embargo, al cruzarla, vio a Ron y los demás escondidos y les gritó: —¡Ayúdenme!
Pero antes de que pudiera acercarse, el dragón abrió su inmensa boca y lo tragó entero.
El monstruo rugió satisfecho, deleitándose con los últimos sonidos de agonía que emergieron del soldado mientras desaparecía en su garganta.
—¡Uy!
Ahí va otro —dijo Urugas, observando con deleite cómo su dragón engullía a otro soldado.
Una sonrisa malévola se dibujó en su rostro—.
Creo que encontró algo… Algo grande.
Quizá sean tus amigos, pequeño Paltio.
¡Qué emoción!
Quiero ver qué será.
Urugas ordenó telepáticamente a su dragón que investigara el lugar.
El colosal animal posó uno de sus enormes ojos sobre la escena y descubrió a los amigos de Paltio escondidos en la madriguera.
—¡Bingo!
—exclamó Urugas, con un tono triunfal—.
Ya encontró mi bestia a tus amigos, príncipe.
Gracias a la conexión que tenía con su bestia, Urugas podía ver todo a través de los ojos del dragón.
Se acercó al cuerpo inerte de Paltio y continuó hablando como si esperara una respuesta.
—Me pregunto cómo quieres que acaben con ellos, niño.
¿Prefieres que los traigan aquí o que los devore allá mientras proyecta todo frente a ti como si fuera cine?…
¿No vas a contestar otra vez?
Pero qué niño tan grosero —se burló Urugas con una mueca despectiva—.
Bueno, entonces yo decidiré cómo lo hace.
Reflexionó unos momentos antes de continuar, saboreando cada palabra.
—Si los come de un solo bocado, será aburrido.
Solo escucharíamos sus gritos una vez.
Pero si los devora uno a uno, sería mucho más interesante… Aunque también sería rápido.
Mejor aún: que los parta en pedacitos hasta que se desangren, escuchando grito por grito de cada uno.
Sí, así es mejor.
Con una orden mental, Urugas instruyó al dragón para que comenzara.
El monstruo abrió su enorme boca, y los amigos de Paltio pensaron que ese era su fin.
Sin embargo, el dragón simplemente arrancó la parte superior de la madriguera, dejándolos completamente expuestos.
—¿Qué hacemos?
—preguntó Ron, mirando a todos con desesperación.
Estaban paralizados, conscientes de que, si el dragón lanzaba fuego, los reduciría a cenizas en un instante.
Urugas, disfrutando del espectáculo, fingió una voz infantil mientras evaluaba a sus presas.
—Mmm… ¿A quién debería empezar a comer, mi bestia?
Hay varios, incluso cuatro que conocen al príncipe.
“De tin marín, de do pingüé, cúcara mácara, títere fue…” —canturreó con sorna, como si jugara a elegir.
Finalmente, señaló a Ron—.
Ya sé, al chico de pelo verde, ese tal Ron.
Es tu mejor amigo de la infancia, ¿no, Paltio?
Espero que disfrutes verlo sufrir.
El dragón extendió su enorme garra hacia Ron, capturándolo como si fuera una de esas garras mecánicas de maquinitas de juegos.
—¡No!
¡Ron!
—gritó Alita, horrorizada al ver cómo se llevaban a su amigo.
—Está bien, ustedes escapen —respondió Ron con determinación, aunque su voz temblaba ligeramente mientras el dragón lo elevaba hacia sus fauces.
Miró a Alita por última vez, sus ojos reflejando una mezcla de amor y resignación.
Con la voz quebrada, apenas un susurro cargado de emoción, le dijo—: Te amo, Alita.
Ella observó, paralizada, cómo se llevaban a Ron.
Sus labios se movieron en un intento desesperado por responder, pero ningún sonido emergió.
Solo las lágrimas, cálidas y silenciosas, brotaron de sus ojos, deslizándose por sus mejillas como testigos mudos de su dolor.
Su corazón parecía estallar en mil pedazos mientras veía cómo la figura de Ron desaparecía entre las garras del dragón, dejando tras de sí un vacío que amenazaba con tragársela por completo.
Los demás querían aprovechar el momento.
Querían huir, llevarse a Alita de allí mientras el sacrificio —más bien, el acto heroico— de Ron les daba una oportunidad, al ser él elegido por el dragón.
Pero sus piernas, pesadas como plomo, se negaban a responder.
El miedo los había clavado al suelo, paralizados no solo por el rugido atronador del dragón, sino también por la magnitud de lo que acababan de presenciar.
El sacrificio de Ron no era algo que pudieran ignorar o dejar atrás fácilmente; era un acto que resonaba en sus corazones, haciéndoles cuestionar si realmente merecían escapar después de lo que él había hecho por ellos.
Cada respiración entrecortada parecía recordarles su propia cobardía, su incapacidad para moverse mientras él enfrentaba su destino con valentía.
Ron, llevado por el dragón, ascendió rápidamente.
El viento azotaba su cuerpo mientras era arrastrado cada vez más cerca de las fauces abiertas de la criatura, un abismo oscuro y amenazante que parecía tragarse todo a su alrededor.
El calor emanaba de las mandíbulas del dragón, un soplo abrasador que quemaba incluso antes de tocarlo.
Su corazón latía desbocado, pero sus ojos permanecían firmes, clavados en el destino que había elegido.
El rugido ensordecedor del dragón resonó en sus oídos, vibrando en cada hueso de su cuerpo, pero Ron no se permitió desviar la mirada.
Sabía que este era el final, el precio que había decidido pagar.
Aunque el miedo le recorría las venas como un torrente helado, también sentía una extraña calma: la certeza de que su sacrificio no sería en vano.
—Bien, mi dragón —ordenó Urugas con crueldad—.
“Inicia el despiece, miembro por miembro.” El dragón ya estaba a punto de comenzar cuando algo impactó contra él con fuerza devastadora.
Todos se quedaron atónitos al ver lo que había aparecido frente a ellos.
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