La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 267
- Inicio
- Todas las novelas
- La Ultima Esperanza de Avocadolia
- Capítulo 267 - 267 Encuentros en el Fuego 1
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
267: Encuentros en el Fuego (1) 267: Encuentros en el Fuego (1) Mok y el grupo continuaban avanzando a través del caos del bosque, sorteando árboles caídos y esquivando las llamas que parecían devorar todo a su paso.
Mientras caminaban, Mok se acercó a Rui y sus hijos, curioso por saber más sobre lo que había ocurrido antes de su llegada.
—¿Qué fue lo que pasó exactamente?
—preguntó Mok con seriedad, su mirada fija en Rui mientras esperaba una respuesta.
Rui suspiró pesadamente antes de hablar, como si recordar los eventos le pesara en el alma.
—Urugas… Creó un dragón con los restos de sus seis líderes tejones —explicó con voz grave, cargada de frustración y dolor—.
Es un oponente extremadamente peligroso.
Acabó con casi la mitad de las fuerzas que trajimos aquí.
Gan y Gon intercambiaron una mirada rápida antes de asentir al unísono.
—Sí, es verdad.
Ese monstruo es implacable —confirmaron ambos gemelos, sus voces llenas de determinación mezclada con miedo.
Mok frunció el ceño, procesando la información.
Luego, tras unos segundos de silencio, hizo otra pregunta, esta vez con un tono más urgente: —Entiendo… Pero ¿qué pasó con mi señorito?
Los tres se miraron entre sí, incómodos.
Finalmente, Rui respondió: —Cayó… Ahora está en posesión de Urugas.
—¡No, no puede ser!
—exclamó Mok, visiblemente afectado.
Sus manos temblaron ligeramente mientras intentaba mantener la compostura—.
Debo ir por mi señorito.
Rui colocó una mano firme sobre el hombro de Mok para tranquilizarlo.
—Es mejor que no vayas Mok, Urugas es un ser muy poderoso, aún más que el dragón.
Su presencia me dio escalofríos… Y créeme, yo no soy de tener miedo fácilmente —dijo Rui con sinceridad, su voz cargada de advertencia.
—Tranquilo, Mok.
Iremos todos juntos —intervino Geki desde el hombro del mayordomo, donde estaba trepado con su habitual energía.
Su voz era firme pero amable, intentando infundir confianza en medio de la incertidumbre—.
Si somos más, podremos ganarle.
Los demás asentaron con la cabeza.
Mok asintió lentamente, aunque la incertidumbre aún se reflejaba en su rostro.
—Sí, creo que tienes razón… —respondió, aunque en su mente Luara le repetía que reunirse con todos era la mejor opción para salvar a la mayoría de este lugar.
En otro punto del bosque, el gato Toco-Toco seguía buscando la forma de encontrar la salida del bosque.
—¡Miau!
Este lugar es solo un hueco, muchacho.
No nos servirá para ocultarnos.
Parece como si fuera la huella del dragón —dijo Toco-Toco mientras inspeccionaba el terreno con sus grandes ojos felinos.
—Sí, pero… será mejor que sigamos adelante y encontremos una salida lo antes posible —indicó un soldado que los acompañaba, su voz tensa por la urgencia.
Fue entonces cuando escucharon pasos acercándose.
Entre los árboles apareció la reina Strongia junto con su familia, quienes habían estado buscándolos.
—¡Señor gato!
¡Qué tal!
Qué alegría encontrarlos aquí —dijo Strongia al ver a Toco-Toco, sonriendo con alivio.
—¡Si!
¡Qué bueno encontrarlos!
Debemos salir de este infierno, miau —respondió el gato, agitando su cola nerviosamente.
Poco después, Ariafilis llegó al lugar, acompañada por el rey Hass, varios soldados, las hijas de Galatea (que cargaban al general Romeo entre ambas), Galatea y Nomak.
Todos parecían exhaustos pero decididos.
—¡Toco-Toco!
¡Eres tú!
—expresó Ariafilis al reconocer al felino.
El gato le dedicó una pequeña sonrisa y un saludo amistoso.
—Qué bueno que estás aquí, mi reina —dijo Galatea al ver a Strongia, quien correspondió el gesto con una reverencia respetuosa.
Nomak, siempre práctico, tomó la palabra rápidamente: —Será mejor que vayamos por otro lado.
Por donde hemos venido no había salida.
—Tampoco por ese lado —añadió Toco-Toco, señalando hacia una dirección específica.
—Por el otro lado tampoco —completó el hijo de Strongia, negando con la cabeza.
Galatea observó brevemente el entorno antes de señalar hacia el único camino restante.
—Bien, entonces solo queda ese camino —indicó con decisión.
Sin más palabras, todos comenzaron a moverse en esa dirección, adentrándose aún más en el laberinto ardiente que alguna vez fue un bosque.
En otro sector del bosque, el bosque parecía una maraña inextricable de árboles a punto de colapsar por todas partes.
Las llamas rugían como bestias salvajes, devorando todo lo que encontraban a su paso.
Los vapores tóxicos nublaban la visión, haciendo difícil respirar y avanzar.
Lukeandria lideraba el grupo, seguida de cerca por Ron, quien llevaba a Alita sobre su espalda.
Ban, Ludra, Gikel y el soldado que habían rescatado también estaban con ellos, avanzando por un camino que parecía cada vez más peligroso.
Enormes ramas incendiadas caían como una lluvia mortal, obligándolos a correr y esquivar constantemente.
—¡Cuidado!
—gritó Lukeandria, señalando hacia una rama que se desplomaba justo frente a ellos.
Todos se dispersaron rápidamente, evitando ser aplastados por el tronco ardiente.
Sin embargo, el estrés de la situación era evidente en sus rostros.
Sabían que cada paso que daban los acercaba más al límite de sus fuerzas.
—Este lugar es peligroso… ¿Cómo es que este bosque, con árboles tan enormes, se convertirá en nuestra tumba?
—murmuró Ron, su voz cargada de frustración mientras miraba a su alrededor.
Las llamas parecían devorar todo sin piedad, y el calor era cada vez más insoportable.
—Tranquilo, no seas pesimista.
Ya encontraremos la salida —respondió Alita desde su espalda, intentando sonar optimista a pesar de la situación desesperante.
Su voz tenía un dejo de esperanza que contrastaba con la tensión en el aire.
Sin embargo, la realidad los golpeó de frente: no había por donde avanzar.
El fuego seguía extendiéndose implacablemente, bloqueando cualquier camino posible.
Justo cuando parecía que estaban atrapados, escucharon un ruido entre los troncos.
Alguien estaba cortando ramas y árboles caídos.
Tres figuras emergieron lentamente de entre las sombras.
El grupo se preparó para lo peor, pensando que podrían ser enemigos.
Pero a medida que las figuras se acercaban, reconocieron sus rostros: eran Rodelos, junto con su hijo y su nuera.
—¡Ah!
Son ustedes, chicos —dijo la madre de Paltio con una mezcla de alivio y asombro al verlos—.
Qué bueno que están bien —añadió, su voz manifestando una genuina preocupación.
Ron y Alita intercambiaron una mirada rápida antes de hablar al unísono: —¿Señora, vieron a nuestros padres?
Rodelos negó con la cabeza, su expresión seria.
—La verdad, no —respondió con sinceridad.
En ese momento, un grito débil rompió el silencio.
Todos giraron hacia el origen del sonido.
—¡Alguien está pidiendo ayuda!
—exclamó Lukeandria, señalando hacia una dirección específica.
Sin dudarlo, todos corrieron hacia el lugar.
Al llegar, descubrieron al padre de Ron y a la madre de Alita atrapados bajo enormes troncos caídos.
—¡Papá, papá!
—gritó Alita, mirando hacia el hombre, quien era quien pedía ayuda con voz entrecortada.
Rodelos, siempre fuerte y decidido, tomó una rama resistente y la usó como palanca.
Con una fuerza sobrenatural, levantó los troncos lo suficiente para que su hijo y nuera pudieran sacar a los dos adultos atrapados.
Una vez liberados, los rescatados les agradecieron profundamente.
—Gracias… No sé qué habría pasado si no llegan a tiempo —dijo el padre de Alita, visiblemente exhausto pero agradecido.
Acto seguido, utilizó su habilidad curativa para sanar a ambos heridos.
Una vez recuperados, la madre de Alita se acercó a su hija y al muchacho.
—Bien, ahora ya estás curada, jovencita.
Baja de la espalda de ese chico —dijo con firmeza, aunque no sin cierta ternura.
Alita bajó rápidamente, sonrojándose al notar las miradas penetrantes de sus padres, quienes observaban a Ron con expresiones serias.
—Hmm… Deberían estar casados primero para eso —comentó el padre de Alita, cruzándose de brazos con aire chapado a la antigua.
Sus palabras hicieron que tanto Ron como Alita se pusieran aún más rojos, evitando mirarse entre sí.
Rodelos, incómodo por el silencio incómodo que siguió, intervino para romper el hielo: —Bueno, lo importante es que todos están bien.
—¿Qué pasó con el grupo con el que venían?
—preguntó Lukeandria, su voz cargada de preocupación mientras miraba al padre de Alita con atención.
El hombre suspiró pesadamente, como si el peso de los recuerdos aún estuviera fresco en su mente.
Bajó la mirada por un momento antes de responder, su voz teñida de tristeza y frustración.
—Los Hassladianos que vinieron con nosotros… —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—, fueron comida del dragón.
Fue una lástima.
Nos separamos cuando ese monstruo comenzó a cazarnos.
Nosotros logramos escapar, pero los árboles empezaron a colapsar justo después.
Sepultaron a tu madre y al padre de tu amigo aquí mismo.
—Señaló hacia el lugar donde habían estado atrapados los dos adultos—.
—Intenté sacarlos, pero no pude… No soy lo suficientemente fuerte —admitió el padre de Alita, su voz quebrándose ligeramente bajo el peso de la frustración y el remordimiento.
Levantó la vista por un instante, como si buscara algo de comprensión en los ojos de quienes lo escuchaban—.
En mi desesperación, pedí ayuda.
Pensé que tal vez alguien podría oírme… Ya que no escuchaba al dragón cerca, así que creí que había una oportunidad.
—Es verdad… Y ¿el dragón?
¿Dónde está ahora?
—preguntó la madre de Alita, mirando hacia todos lados con preocupación.
—Pues está enfrentándose allá arriba con nuestro amigo Rykaru —explicó Alita, señalando hacia el cielo donde destellos de luz y oscuridad iluminaban las nubes.
Todos miraron hacia donde apuntaba la joven, asombrados.
—¿Pero?
¿Cómo así?
—preguntaron los padres de Paltio al unísono, sus rostros reflejando una mezcla de asombro y confusión.
Lukeandria sonrió levemente, como si aún ella misma estuviera procesando la magnitud de lo que había visto.
—Pues el pequeño Rykaru se convirtió en un dragón —explicó con admiración en su voz—.
Ahora está enfrentándose a ese feo dragón de sombras allá arriba.
Todos miraron hacia el cielo, donde destellos de luz y oscuridad iluminaban las nubes en un espectáculo épico.
Los rugidos distantes de los dragones resonaban como truenos, recordándoles la escala de la batalla que estaba teniendo lugar sobre sus cabezas.
—¿Ese niño se convirtió en un dragón?
—preguntó Rodelos, incrédulo, pero visiblemente impresionado.
Su voz tembló ligeramente mientras asimilaba la noticia—.
Eso es maravilloso… Quizá con él tengamos una oportunidad contra Urugas.
El padre de Paltio, siempre práctico y decidido, asintió con firmeza mientras observaba a su alrededor.
El fuego seguía extendiéndose implacablemente, y los árboles caían uno tras otro, bloqueando cualquier camino visible.
—Primero, lo primero: necesitamos encontrar una salida de este laberinto de árboles y fuego —dijo con determinación, su voz resonando como un llamado a la acción.
Sin esperar respuesta, comenzó a caminar con paso firme, liderando al grupo hacia lo desconocido.
El resto del grupo intercambió miradas rápidas antes de seguirlo.
Aunque el asombro por la transformación de Rykaru aún flotaba en el aire, todos entendían que no había tiempo para detenerse a reflexionar.
La urgencia de escapar del bosque en llamas era palpable.
Sin más palabras, avanzaron juntos, desesperadamente buscando una salida.
En otro lugar del inmenso bosque, Mok y su grupo seguían avanzando.
—Bien, ya encontramos a estas personas —dijo Lume mientras caminaba junto al grupo—.
Ahora solo nos falta encontrar a los muchachos.
Puedo visualizarlos, pero no por mucho tiempo debido al calor y los gases que se emanan en el ambiente.
Esto no me deja ver bien.
Su voz reflejaba frustración, pero también determinación.
Sabía que cada segundo contaba, y que debían moverse rápidamente si querían reunir a todos antes de que fuera demasiado tarde.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com