La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 268
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- Capítulo 268 - 268 Encuentros en el Fuego 2
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268: Encuentros en el Fuego (2) 268: Encuentros en el Fuego (2) Mok y el grupo seguían buscando reencontrarse con los demás, tenían prisa puesto que el lugar en el que estaba a punto de venir abajo.
—Quizá si vamos por aquí… —dijo Chiki mientras tocaba algo blando y suave con su pata.
Al instante, un movimiento repentino llamó su atención.
—¿Qué es?
—preguntó Rocky, mirando hacia arriba.
Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer a alguien familiar—.
¡Es Ragil, la hija de Strongia!
Ragil, con una sonrisa radiante que iluminaba su rostro, miró al pequeño chihuahua con ojos llenos de ternura.
Sin previo aviso, se inclinó rápidamente y levantó a Chiki en sus brazos, abrazándolo con entusiasmo como si fuera un preciado peluche o un muñeco de felpa.
—¡Oh!, ¡qué lindo eres!
—exclamó Ragil, apretándolo suavemente contra su pecho mientras lo balanceaba de un lado a otro.
—¡Hola, señor perrito bonito!
—exclamó ella, sin soltarlo ni un momento.
—¡Espera, espera!
¡No soy una mascota!
—protestó Chiki, retorciéndose para intentar liberarse, aunque sus esfuerzos eran inútiles contra el agarre firme de Ragil.
—¡Espera, espera!
¡No soy un juguete!
¡Suéltame ahora mismo!
—protestó, moviendo sus pequeñas patas con frenesí mientras su cola se sacudía de frustración.
—¡Si lo es!
—exclamó Maxin, la hermana de Ragil, con una sonrisa traviesa mientras se acercaba al grupo.
Sus ojos brillaban con diversión al ver a Chiki aún intentando recuperar su dignidad tras el abrazo de Ragil.
Sin darle tiempo a reaccionar, Maxin extendió su mano hacia el pequeño chihuahua y comenzó a hacerle cariño en la cabeza con suavidad, como si fuera un cachorro consentido.
—Mira qué ternura.
Es como un pequeño peluche con actitud —dijo Maxin, riendo ligeramente mientras sus dedos acariciaban la cabeza de Chiki.
El grupo no pudo evitar reír ante la escena.
Era imposible no encontrar algo divertido en la combinación de la adorable inocencia de Ragil y los desesperados intentos de Chiki por recuperar su dignidad.
En ese momento, Gan y Gon se acercaron rápidamente al ver a su madre llegar junto con un grupo de personas.
Rui, por su parte, exclamó con alegría al ver a sus dos hijas.
—¡Hijas!
—dijo con voz emocionada, abriendo los brazos para recibir a las jóvenes.
Chiki, aun tratando de zafarse de Ragil, murmuró algo entre dientes.
Luego, Galatea se acercó a su esposo con pasos firmes pero llenos de ternura.
Sin decir una palabra, lo envolvió en un abrazo tan poderoso que podría haber roto los huesos de cualquier simple mortal.
Pero Rui, acostumbrado a la fuerza sobrehumana de su esposa, no solo resistió sin dificultad, sino que le correspondió con igual intensidad, cerrando sus brazos alrededor de ella como si quisiera asegurarse de que nada ni nadie pudiera separarlos.
Y luego, con un gesto lleno de amor y devoción, Rui se inclinó hacia Galatea y le dio un beso en los labios.
Fue un momento íntimo pero auténtico, como si ese simple acto encapsulara la fuerza de su vínculo y su determinación mutua para enfrentar cualquier desafío que les esperara.
Gan y Gon, al ver a sus padres compartir ese instante tan especial, intercambiaron miradas cómplices antes de acercarse rápidamente para abrazarlos.
Sus rostros reflejaban una mezcla de alegría y orgullo, sabiendo que, sin importar lo que ocurriera, siempre tendrían esa base sólida en su familia.
Maxin y Ragil, las hijas de Galatea, quienes ya estaban cerca de sus padres, también se unieron al cálido abrazo familiar.
Los brazos fuertes y protectores de todos se entrelazaron, formando un círculo cerrado que parecía inquebrantable.
Era como si, en medio del caos del bosque en llamas, este abrazo colectivo sirviera como un recordatorio poderoso de que juntos eran más fuertes que cualquier adversidad.
En medio del momento, Chiki, quien aún estaba atrapado en los brazos de Ragil, no tuvo escapatoria cuando ella decidió incorporarlo al abrazo familiar.
Aunque intentó resistirse, fue completamente envuelto por el calor y la fuerza del grupo, quedando prácticamente inmovilizado.
—¡Esperen, esperen!
¡Yo no soy parte de esta familia!
—protestó Chiki, aunque su voz sonaba amortiguada debido a la cercanía de tantos cuerpos a su alrededor.
—Ahora sí lo eres, pequeño amigo —dijo Gan con una risita traviesa, mientras Gon asentía con una sonrisa igual de amplia.
Chiki bufó, intentando mantener su dignidad intacta, pero era evidente que estaba luchando una batalla perdida.
Finalmente, resignado, dejó escapar un suspiro exasperado.
—¿Te has dado cuenta de que todos en esta familia son tan altos?
—comentó Lume, mirando hacia arriba como si estuviera contemplando gigantes.
—Y no solo altos, también son fuertes, como el nombre de su nación —añadió Nakia desde el aire, sobrevolando el grupo mientras agitaba sus alas con gracia.
Poco a poco, todos comenzaban a reunirse.
Era evidente que la situación estaba tomando un giro más esperanzador.
Sin embargo, Chiki, siempre pragmático, recordó algo importante.
—Bien, ahora solo falta buscar a ese gato pulgoso —dijo Chiki, cruzándose de patas con aire despreocupado.
—¿A quién le estás diciendo gato pulgoso, miau?
—respondió Toco-Toco, apareciendo de entre los árboles con una expresión ofendida.
A su lado, un grupo de personas lo acompañaba, mirando la escena con curiosidad.
—¡Ah!
También estabas con ellos.
Ya me había olvidado de que habías cambiado tu apariencia —comentó Geki, acercándose para observarlo mejor.
Sus ojos brillaban con interés mientras evaluaba al felino aumentado de tamaño.
Toco-Toco no estaba originalmente con este grupo, pero al escuchar una mezcla de voces cercanas, decidió seguir el sonido para investigar.
Ahora que se encontraba frente a ellos, aprovechó la oportunidad para defender su honor.
—Claro que cambié, gracias a la joya familiar —dijo con orgullo, irguiéndose aún más sobre sus patas traseras—.
Y ahora soy más alto que tú, pequeño Chiki.
Incluso en tu otra forma de lobo, sigo siendo más alto, miau.
—Una sonrisa felina se dibujó en su rostro mientras sacudía su cola con aire triunfal.
Chiki frunció el ceño, visiblemente molesto por el comentario.
Su postura relajada cambió de inmediato a una de desafío.
—¿Pequeño?
¿Me estás llamando pequeño?
—replicó, dando un brinco de los brazos de Ragil y colocándose frente a Toco-Toco—.
Solo porque tengas un par de centímetros más no significa que puedas burlarte de mí.
El grupo observó la interacción con una mezcla de diversión y exasperación.
Algunos intercambiaron miradas cómplices, mientras otros simplemente negaban con la cabeza ante las típicas discusiones entre los dos.
—Tranquilos, chicos.
No es momento para pelear —intervino Nakia, colocándose entre ambos con una sonrisa conciliadora—.
Tenemos cosas más importantes que hacer, como encontrar una salida de este bosque antes de que nos convirtamos en parte de él.
Toco-Toco bufó, pero bajó la guardia, dejando escapar un leve “miau” de conformidad.
Chiki, aunque todavía algo molesto, también retrocedió, cruzándose de patas nuevamente.
—Está bien, pero no crean que esto se queda así —murmuró Chiki, lanzando una última mirada desafiante a Toco-Toco.
—¡El gato se ve muy tierno e imponente!
—exclamaron los gemelos al unísono, mirando a Toco-Toco con ojos brillantes de admiración.
Toco-Toco, quien hasta ese momento había estado observando todo con su habitual aire de suficiencia, no pudo evitar sonrojarse ante el comentario.
Sus orejas se movieron ligeramente hacia atrás, como si estuviera incómodo con tanta atención.
Sin embargo, antes de que alguien pudiera decir algo más, el felino retrocedió rápidamente hacia donde estaba Mok, buscando refugio detrás de su imponente figura.
—Preferimos esta preciosura —añadieron las hermanas Ragil y Maxin casi al mismo tiempo, señalando ahora a Chiki, quien aún intentaba recuperar su dignidad tras el abrazo familiar.
Chiki, al escuchar el cumplido, frunció el ceño, aunque era evidente que no podía ocultar del todo cierta satisfacción bajo su aparente molestia.
—¿Preciosura?
¡No soy ninguna “preciosura”!
Soy un valiente guerrero.
¿Acaso nadie entiende eso?
—protestó, cruzándose de patas con aire indignado.
Geki, siempre dispuesto a hacer comentarios sarcásticos, se acercó a Nakia mientras observaba la escena con una sonrisa traviesa.
—Cosas triviales que les gustan a los demás… —murmuró Geki en voz baja, dirigiéndose a Nakia con un tono burlón.
Nakia lo miró de reojo, fingiendo indiferencia mientras respondía con sequedad: —Pues sí, esas cosas no me importan.
No necesito que me digan nada para saber quién soy.
Sin embargo, a pesar de sus palabras, Nakia no pudo evitar mirar de soslayo hacia Toco-Toco y Chiki, quienes seguían siendo el centro de atención.
Era evidente que, aunque intentaba restarle importancia, también deseaba recibir algún cumplido similar.
Después de todo, incluso las figuras más fuertes y decididas tienen su lado vulnerable cuando se trata de reconocimiento.
—Qué bueno que todos estamos aquí —intervino Lume, intentando llevar la conversación de vuelta al tema principal.
—Sí, pero aún falta Alita y sus amigos —añadió Nakia, señalando hacia el camino que aún no habían recorrido.
—Debemos buscarlos pronto y reagruparnos —dijo Mok con urgencia, su preocupación por Paltio haciéndose evidente en su tono.
El bosque comenzaba a colapsar.
Casi todos los árboles estaban siendo consumidos por las llamas, y las ondas de choque en el aire se hacían cada vez más intensas.
De repente, Toco-Toco levantó la vista hacia el cielo.
—¿Y esos quiénes son?
Porque ahora hay dos de ellos… La otra vez solo había uno —comentó, frunciendo el ceño.
Nakia, quien seguía sobrevolando el área, respondió rápidamente: —La otra vez solo había uno, pero ahora hay dos.
Sin embargo, eso no importa.
Mira, el blanco parece joven y está peleando contra el más grande.
Geki, siempre precavido, intervino con preocupación: —Sí, pero ¿y si el que gane después nos ve como su comida?
Antes de que alguien pudiera responder, una voz familiar resonó entre el grupo.
—Tranquilos, el blanco está de nuestro lado —dijo Ron, emergiendo de entre los árboles con una sonrisa cansada pero sincera.
—¡Ron!
Qué bueno que estás bien, mocoso —dijo Chiki con aparente alegría, corriendo hacia él.
—¿No que no sentías apego al muchacho?
—comentaron Nakia y Lume al unísono, intercambiando miradas divertidas mientras observaban cómo Chiki se acercaba a Ron.
Todos pensaron que iba a saludarlo afectuosamente, pero en lugar de eso, Chiki salto de los brazos de la hija de Galatea y levantó su pata y le dio una patada directa en la cara.
—¡Auch!
—gritó Ron, retrocediendo mientras se sobaba la mejilla.
—Creo que esa es su manera de estar alegre de verte —comentó Nakia, riendo mientras descendía para saludar a Alita.
—Sí, pues que no se emocione mucho —respondió Ron con una mueca, aunque todos pudieron notar un brillo de humor en sus ojos.
El grupo estalló en carcajadas ante la escena, aliviando momentáneamente la tensión.
Luego, Mok tocó un tema crucial: —¿Cómo es eso de que el dragón blanco que pelea con ese enorme monstruo es de los nuestro?
Lukeandria respondió con una mezcla de asombro y orgullo: —Pues es nuestro amigo Rykaru.
—¿El pequeño Rykaru?
—preguntó Mok, visiblemente sorprendido.
—Sí, verdad.
A mí también me sorprendió —dijo Rodelos, abrazando a su discípulo con una sonrisa orgullosa.
Todos estaban felices por la noticia y por haberse encontrado nuevamente.
Sin embargo, la alegría fue breve cuando Mok tocó otro tema delicado: Paltio.
Le contaron todo lo sucedido, ya que no quería creer lo que Rui le había dicho anteriormente.
Su expresión se tornó sombría, reflejando su preocupación por su señorito.
Todos pusieron cara de pena, el peso de la situación cayendo sobre ellos como una piedra.
El silencio era palpable, roto únicamente por el crepitar del fuego y el rugido distante de los dragones en el cielo.
Fue entonces cuando Rocky, siempre práctico y directo, decidió intervenir para sacarlos de su ensimismamiento.
—Bueno, chicos, no quiero ser aguafiestas —dijo Rocky con su característico tono sarcástico, aunque cargado de urgencia—, pero hay que salir de este lugar.
Se está cayendo a pedazos y nos sepultará vivos si es que no nos rostizamos antes.
Sus palabras, aunque duras, lograron romper la tensión del momento.
Todos intercambiaron miradas rápidas, comprendiendo que no había tiempo que perder.
Mok, aún con una expresión sombría, asintió con determinación.
—Bien.
Y luego vamos a ver cómo salvamos a Paltio de las garras de Urugas —declaró con firmeza, su voz resonando con una mezcla de preocupación y resolución.
—Sí —respondieron todos al unísono, sus voces llenas de un renovado propósito.
Rocky, sin perder más tiempo, comenzó a excavar rápidamente en el suelo.
Con sus enormes patas, abrió un túnel lo suficientemente grande como para que todos pudieran pasar.
—¡Síganme!
—indicó Rocky mientras se adentraba en el agujero, asegurándose de que el camino estuviera despejado.
Uno a uno, el grupo comenzó a entrar, dejando atrás el caos del bosque en llamas.
Mientras avanzaban por el túnel oscuro, Mok caminaba en silencio, sus pensamientos centrados en su señorito.
“Espéranos, Paltio.
Ya vamos a salvarte”, se repetía mentalmente, aferrándose a la esperanza de que aún estuviera a tiempo.
El sonido de sus pasos resonaba en el túnel, marcando el ritmo de su determinación compartida.
Sabían que el verdadero desafío apenas comenzaba, pero también sabían que juntos tenían una oportunidad.
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