La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 27
- Inicio
- Todas las novelas
- La Ultima Esperanza de Avocadolia
- Capítulo 27 - 27 En las Garras de Troba
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
27: En las Garras de Troba 27: En las Garras de Troba Suélteme, suéltenme, trataba de decir Alita, forcejeando mientras era arrastrada hacia el oscuro callejón.
Pax tampoco se quedaba atrás, luchando con la misma intensidad.
Pasaron unos momentos tensos, hasta que finalmente fueron soltados.
“Aquí está bien”, indicó una voz femenina, calmada pero firme.
“¡Uy!
Lo siento por traerlas así, pero veo que ustedes también son chicas y, por eso, no les afectó el poder de Troba”.
“¿Chica?
¿A quién le dices chica?” replicó Pax, visiblemente molesta, mirando a su alrededor en busca de respuestas.
La voz continuó sin inmutarse: “Entonces, ¿por qué no te afectó la magia de Troba?” Pax cruzó los brazos, orgulloso.
“Por la armadura de la Sombra Roja que llevo puesta.
Eso responde a tu pregunta”.
“Interesante”, murmuró la voz.
Y entonces, desde las sombras, emergieron dos figuras imponentes.
Ambas chicas poseían un físico atlético y músculos definidos, aunque una era más alta que la otra.
Alita giró rápidamente hacia ellas, evaluando la situación.
“Así que… ustedes son parte de Fuertelia y también son chicas”, afirmó, intentando mantener la calma.
“Sí, claro, somos mujeres de este reino”, respondió la más alta, cuyo cabello rubio brillaba incluso bajo la tenue luz del callejón.
“Tu amiga no es muy inteligente, ¿verdad?” comentó la otra hacia Pax, de cabello negro y mirada afilada.
“¿Quiénes son ustedes y por qué nos trajeron aquí?” exigió saber Alita, su tono mezcla de desconfianza y determinación.
La mujer de cabello negro dio un paso adelante.
“Mil disculpas.
Me presento: soy Ragil”, dijo señalándose a sí misma antes de señalar a su compañera.
“Y ella es mi hermana, Maxin.
Somos quienes las capturaron”.
“Hola, yo soy Alita, y él es Pax”, respondió Alita, aún escéptica.
Las hermanas inclinaron ligeramente la cabeza en señal de reconocimiento.
Sin embargo, Maxin frunció el ceño mientras observaba a Pax.
“Es extraño que un hombre no haya caído bajo los encantos de Troba”, dijo, arqueando una ceja.
Pax suspiró, claramente frustrada.
“Como ya les dije, no tengo por qué explicarme, pero sí, soy un hombre.
Además, este traje me protege de otras sombras”.
Intentó zafarse nuevamente, buscando liberarse de cualquier acusación o sospecha.
“Bien, si tú lo dices, te creeremos.
Pero eres el enemigo si usas ese traje de sombras”, declararon las hermanas al unísono, listas para atacar.
“Tranquilas”, interrumpió Alita rápidamente, alzando las manos en señal de paz.
“Está con nosotros.
Ayuda al príncipe Paltio de Avocadolia a buscar las partes del Cetro Mágico de Avocios”.
Las palabras de Alita parecieron surtir efecto, y las hermanas bajaron la guardia, aunque solo un poco.
“Oh, entiendo”, respondieron ambas al mismo tiempo, intercambiando miradas curiosas.
“Ahora que todo está aclarado”, continuó Alita, “pueden decirnos qué pasó aquí.
¿Dónde están las demás mujeres de este reino?
¿Y por qué los hombres actúan como tontos enamorados de Troba?” Ragil tomó la palabra, su expresión endureciéndose al recordar los eventos.
“Todo comenzó cuando esa tejona rubia llegó a nuestro territorio.
Empezó a tocar sus instrumentos con esa fea voz y, mágicamente, todos los hombres, incluido el rey, cayeron bajo su hechizo.
Desde entonces, la siguen a todas partes como si fueran sus fans obsesionados”.
Maxin asintió, completando la historia.
“Parece que su magia no funciona en las mujeres del reino.
Algunas intentamos detenerla, pero trajo a su ejército y uso a los hombres de este reino colocándolos en nuestra contra.
Nos vencieron y capturaron a nuestras compañeras, encerrándolas en una torre fuertemente vigilada.
Nuestra madre, una gran guerrera, logró salvarnos y nos dijo que buscáramos ayuda.
Por eso estábamos esperando a alguien más para poder acabar con Troba y liberar a las mujeres de este reino”.
“Las dos solas no íbamos a poder”, indicó Maxin, su mirada decidida pero cargada de preocupación.
“Pero con ustedes dos, cambian las cosas.
Tendremos más posibilidades de liberar a las demás”.
“Pero mis amigos…”, interrumpió Alita, su voz temblorosa por la urgencia.
“Necesito liberarlos lo antes posible.
Si Troba los tiene, no durarán mucho.
Poco a poco hemos visto cómo les ha ido quitando la energía.
Ya acabó con los mayores del área y algunos jóvenes”, explicó Ragil, su tono sombrío reflejando la gravedad de la situación.
“La única forma, como te dijo mi hermana, es liberar a las otras mujeres y luchar para rescatar a todos en este reino y vencer a Troba”, afirmó Maxin, cruzándose de brazos.
“Aceptas, Alita.
No hacemos muchos tratos con los Hass, pero pareces ser buena.
Así que, con tu magia, nos ayudarás”.
“Bueno…”, comenzó Alita, vacilante.
Antes de que pudiera continuar, Pax intervino con una sonrisa traviesa: “Ella no sabe usar magia.
Siempre vivió en Avocadolia”.
“¡Uy!
Qué mal”, respondieron las dos hermanas al unísono, visiblemente decepcionadas.
Habían confiado en que la magia de Alita sería su mayor baza para derrotar a Troba.
“¡Sí tengo magia!” exclamó Alita de repente, recordando el anillo que Mok le había dado.
Con un rápido movimiento, invocó un chorro de agua que salió disparado hacia Pax, lanzándolo varios metros hacia atrás.
“Bien, eso puede servir”, dijeron las hermanas, intercambiando miradas sorprendidas pero satisfechas.
“Está bien, es un trato”, declaró Alita, recuperando su confianza.
“Si salvan a mis guerreras, me ayudarán a salvar a mis amigos”.
“Claro, niña.
Nosotras te ayudaremos porque también necesitamos salvar a nuestro padre y hermanos”, respondieron las hermanas.
“Un trato entonces será”, confirmó Alita con firmeza.
“Bueno, si no puedo hacer nada, tendré que ayudarles a parte odio el color amarillo”, murmuró Pax, resignado pero dispuesto.
Las cuatro salieron del pasadizo, iluminando el camino con antorchas.
Las hermanas iban adelante, guiando a Alita y Pax mientras señalaban el sendero que debían seguir.
Mientras tanto, en otro lugar, Paltio y su grupo se encontraban atrapados en lo que parecía ser una especie de prisión.
Estaban inmovilizados contra la pared, incapaces de moverse.
De pronto, unos pasos resonaron en las escaleras.
Una figura descendió lentamente hacia ellos.
“Ay, ya despertaron.
Hola, mi querida Troba”, dijeron los tres prisioneros al unísono, como si estuvieran completamente enamorados de la mujer tejón.
“Vaya, son un buen público.
Me dan un poco de su energía”, respondió Troba con una sonrisa maliciosa.
“Sí, toma todo”, indicaron los tres, sus voces monótonas y sin voluntad propia.
Troba comenzó a tocar su instrumento, y la energía de los tres empezó a drenarse de sus cuerpos.
Paltio, aunque hechizado, sentía cómo su fuerza vital se desvanecía lentamente.
En su interior, Golden intentaba comunicarse con él, pero algo bloqueaba su conexión.
“Paltio, Paltio, ¿te encuentras bien?
No puedo salir de tu semilla, y no puedo invocar a Toco-Toco para ayudarte.
¿Qué está pasando?
¡Me escuchas, chico!” gritaba Golden dentro de la mente de Paltio.
Sin embargo, el príncipe estaba completamente bajo el hechizo de Troba, incapaz de responder.
La energía de su semilla disminuía rápidamente, causando inestabilidad y dejando a Golden atrapado, incapaz de usar sus poderes.
“¡Ah!
Esta dosis de poder es la mejor que haya consumido”, indicó Troba con una sonrisa satisfecha, sintiendo cómo la energía de Paltio fluía hacia ella como un torrente inagotable.
Sin embargo, al ver que el príncipe comenzaba a desfallecer junto con los otros dos prisioneros, se detuvo.
“Vaya, creo que por hoy es suficiente”, murmuró, acariciando suavemente el rostro de Paltio.
“No puedo destruir mi fuente de vida tan fácilmente.
Aún te necesito, muchacho”, continuó Troba, su voz cargada de malicia.
“Este chico me recarga tanto como lo harían todos los ciudadanos en un día.
Esto es genial.
Qué bueno que te encontré… o, mejor dicho, que llegaste a mí”.
Troba hizo una breve pausa antes de preguntar: “¿Sabes?
Estoy esperando a un príncipe llamado Paltio, quien busca una pieza para el gran líder.
Pero no sé si ha pasado por aquí todavía.
Y bien, ¿cuál es tu nombre, muchacho?” Sin embargo, al notar que el joven ya había perdido el conocimiento, suspiró con fingida indiferencia.
“Ay, será para después.
No importa”.
Troba abandonó el lugar dejando a Paltio y a sus amigos amarrados a la pared, en lo que parecía una mazmorra oscura y húmeda.
Antes de irse, levantó la cabeza de Paltio y le dedicó una sonrisa enigmática.
“No me gusta venir mucho a este lugar, pero por ti mi fuente de energía lo hare.
Aquí puedo mantener mi verdadera forma oculta.
Este será nuestro secretito”, susurró antes de subir las escaleras y desaparecer en las sombras.
Entre tanto, Alita caminaba junto a Pax, intentando sonsacarle más información.
“¿Conoces algo sobre las Sombras Amarillas y esa tal Troba?” preguntó, su tono mezcla de curiosidad y urgencia.
Pax respondió con desdén: “No mucho, niña.
Es una legión pequeña, pero sé que Troba puede doblegar ciudades y ejércitos, colocándolos bajo su control.
Pensé que era un mito, pero ahora veo que hay algo de verdad en esos rumores”.
“Entonces, ¿por qué decidiste seguirme y no unirte a ella desde el principio?” le cuestionó Alita, frunciendo el ceño.
“Porque no me cayó bien desde que la vi”, replicó Pax con brusquedad.
“Y, además, no tengo por qué darte explicaciones”.
La discusión entre Alita y Pax continuó hasta que Maxin intervino con firmeza: “Guarden silencio.
Hemos llegado”.
Al frente se alzaba una torre imponente, alta y estrecha, similar a un edificio de cuatro pisos.
En la cima, apenas visible, había una pequeña ventana.
La torre estaba custodiada por diez guerreros de la Sombra Amarilla, vestidos con armaduras relucientes y portando lanzas en una mano y antorchas de fuego verde en la otra.
El resplandor de las llamas iluminaba la base de la torre, rodeándola completamente.
“Maldición”, masculló Maxin, observando la escena con frustración.
“No hay por dónde entrar.
Todo está bloqueado”.
Ragil cruzó los brazos, pensativa.
“Quizá, hermana, debamos cambiar la estrategia y hacer algo diferente”, sugirió, evaluando posibles formas de infiltrarse.
Alita, desde su posición, observó atentamente la torre y sus alrededores.
“Creo tener una idea”, dijo finalmente, girándose hacia el grupo.
“Bien, compártela con nosotros”, indicaron Maxin y Ragil al unísono, expectantes.
Alita comenzó a explicar su plan con entusiasmo, gesticulando para enfatizar cada punto.
Mientras hablaba, las hermanas asentían, visiblemente interesadas.
“Sí, creo que eso puede funcionar”, dijeron ambas, intercambiando miradas de aprobación.
Pero Pax, molesto, no pudo evitar soltar un comentario sarcástico: “Va, sabelotodo.
No creo que funcione”.
“Así, ¿y cómo lo harías tú?” preguntó Alita, pausando su explicación para encarar a Pax con una mirada desafiante.
“Pues yo iría directamente y acabaría con todos”, respondió Pax con arrogancia, soltando una pequeña risita.
“El color amarillo no es de mis favoritos”.
“Eso los alertaría llamando a más soldados y acabarían con nosotros en un santiamén”, replicó Alita, cruzándose de brazos.
“Nosotras somos ‘Fuertes’ y podríamos hacerlo, pero mamá dijo que sería muy arriesgado y fácil ser capturados”, interrumpió Maxin, señalando hacia el grupo de guardias con un gesto de preocupación.
“Bien, sigan con el plan de la muchacha de cabello rosa.
Yo estaré por allá viendo cómo las atrapan”, dijo Pax, alejándose con aire despreocupado.
“Déjenlo.
Nosotras tres vamos a poder hacer algo: ustedes con su fuerza y yo con mi intelecto.
Además, tenemos agua”, afirmó Alita, mirando el anillo que Mok le había prestado, su confianza renovada.
Las chicas se prepararon tal como Alita les había indicado.
El plan consistía en atraer a uno de los guardias, infiltrarse en la torre y sacar a todas las prisioneras.
Parecía sencillo… solo tenían que encontrar al guardia más tonto.
“Mira allá, ese guardia parece torpe”, señaló Ragil, observando cómo uno de los soldados dejaba caer varias cosas y se levantaba con movimientos torpes.
“Bien, con ese será suficiente”, declaró Alita, sus ojos brillando detrás de sus lentes con una intensidad que daba miedo.
Ragil lanzó una pequeña piedra hacia uno de los soldados.
“¡Eh!
¿Quién está lanzando cosas?” preguntó el guardia, molesto.
“¿Fuiste tú?” le preguntó a su compañero, quien negó rápidamente.
Otra vez, una piedrita golpeó al mismo guardia, pero esta vez logró ver de dónde venía: una esquina cercana.
“¡Quien quiera que sea, no sabe con quién se mete!” exclamó el guardia, abandonando su posición, visiblemente irritado por las molestas piedras.
“¡Oye, espera!
No puedes romper la formación ni dejar tu posición”, le advirtió el otro guardia.
“No me importa”, respondió el primero, avanzando con decisión.
“¡Espera!” insistió el segundo.
“La persona que me esté lanzando esas cosas no sabe con quién se mete, y saldrá de una vez o acabaré con él”, amenazó el guardia, blandiendo su lanza hacia adelante.
Nadie respondió, y en ese momento, otra piedra cayó sobre él.
“¡Caramba!
¿Quién hace eso?” gruñó el soldado, cada vez más furioso.
De repente, un chorro de agua cayó sobre su antorcha, apagando la llama verde de inmediato.
“Gracias a Avocios, ¡funcionó!” exclamó Alita en voz baja.
“Chicas, su turno”, les indicó.
Rápidamente, Maxin y Ragil actuaron: una se colocó frente al guardia y la otra detrás, dejándolo fuera de combate sin hacer ruido.
“¿Qué traen en los ojos, muchachas?” preguntó Alita, curiosa, al notar los extraños lentes que llevaban puestos las hermanas.
“Son nuestros lentes para ver en la oscuridad.
¿Te gustan?” respondieron ellas al unísono.
“Bueno, sí, pero ya tengo lentes, así que no creo poder usar otros encima”, respondió Alita con una sonrisa.
“Muevan al guardia a este callejón”, ordenó ella, señalando un rincón oscuro.
“¿Y ahora qué?” preguntó Maxin, encendiendo la antorcha del guardia mientras Ragil arrastraba al soldado inconsciente hacia el callejón.
“Ahora empieza nuestro plan”, anunció Alita con determinación.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com