La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 270
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270: Preparativo Final 270: Preparativo Final “¡Vamos, muchacho, apúrate!
¡No hay mucho tiempo!
Tu enemigo ya lanzó un inmenso ataque que, si no lo detienes, acabará con tus amigos… ¡y no solo con ellos, sino con todo este lugar!” instó Doheart dentro de la mente de Rykaru, transmitiendo una mezcla de urgencia y confianza.
Por su parte, Urugas, lleno de malicia, se dirigió a su dragón: “¡Sí, mi dragón!
¡Acábalos con tu poderoso ataque!
¡Destruye a esos que se están pasando de vivos contigo!” El enorme dragón oscuro obedeció al instante, liberando un ataque devastador cargado con la energía concentrada de sus ojos endemoniados y su aliento letal.
Era un torrente de destrucción pura, un rugido de oscuridad que parecía devorar todo a su paso.
El ataque ya estaba llegando hacia donde estaban Rykaru y los amigos de Paltio.
Estos últimos observaban horrorizados, sintiendo cómo el miedo les recorría el cuerpo mientras veían la masiva energía acercarse.
“No creo que pueda defendernos de eso,” murmuró Luara, temblando visiblemente.
Mok asintió, incapaz de apartar la vista del cielo.
“Incluso si escapamos, esa cosa destruirá este lugar y todos sus alrededores,” señaló Rodelos, analizando la magnitud del ataque con preocupación creciente.
Toco-Toco, el felino, maulló nervioso: “¿Y ahora qué hacemos, miau?” “¿Y ese niño-dragón no va a hacer nada más que quedarse ahí parado?” preguntó Chiki, frustrado, pero intentando controlar el pánico.
Nakia trató de calmarlo: “Tranquilo, debe estar tramando algo.” Sin embargo, su voz traicionaba su propia incertidumbre.
“Espero que funcione,” añadió en un susurro.
“Parece que planea recibir ese ataque de lleno,” dijo Lume, observando a Rykaru con preocupación.
Geki, siempre valiente, admitió con gravedad: “Esa energía es masiva.
Incluso con mi poder en mi otra forma, no creo que pueda aguantar un ataque como ese.” Lukeandria miró a Alita con desesperación: “¿Alita, puedes crear una barrera?” Ron negó con la cabeza antes de que ella pudiera responder: “No creo… Está demasiado cansada.” “¿Y ahora qué hacemos?” exclamaron los padres de Paltio, Ron y Alita, casi al unísono.
Ban, con los puños apretados, expresó su impotencia: “No hay a dónde huir.
Si esa cosa choca contra la tierra, moriremos.” Ludra, mirando al cielo, dejó escapar un suspiro tembloroso: “Otra vez vamos a estar al borde de la muerte.” Sin embargo, Rodelos, siempre observador, notó algo diferente en Rykaru.
“Tranquilos, algo está haciendo el muchacho,” dijo con firmeza, captando la atención de todos.
Mok asintió, confiando en su maestro: “Sí, así parece, maestro.” La devastadora energía ya estaba a punto de impactar cuando Rykaru gritó con todas sus fuerzas: “¡Toma esto!
¡DRAGOLIGHT!” En ese momento, las placas que cubrían sus cuatro patas comenzaron a brillar intensamente, revelando emblemas en forma de garras de dragón grabadas en ellas.
El triángulo invertido en su pecho también se iluminó, al igual que su cuerno, irradiando una luz tan pura que parecía desafiar la misma oscuridad del cielo.
Todas las energías convergieron en un solo punto frente a él, formando una masa deslumbrante de poder condensado.
De esta explosión luminosa emergió un rayo colosal que engulló el ataque de Badogorfo, desintegrándolo por completo.
Pero el ataque no se detuvo ahí.
Continuó su trayectoria directamente hacia el enorme dragón oscuro, envolviéndolo en una corriente imparable de luz purificadora.
Badogorfo rugió con furia mientras luchaba desesperadamente contra el ataque.
Usó sus enormes garras, su cola poderosa, sus alas gigantescas, incluso sus rayos de los ojos y su aliento de dragón, pero nada pudo detener la luz que lo consumía.
La energía comenzó a desintegrar su cuerpo poco a poco, provocando un último alarido de agonía que resonó en los cielos antes de que su figura se desvaneciera por completo.
Un haz de luz brillante ascendió desde el lugar donde había estado el dragón oscuro, traspasando la atmósfera del planeta.
“¡Lo logré!” exclamó Rykaru con una mezcla de alivio y orgullo mientras miraba hacia el cielo.
“Vaya, sí que lo lograste, muchacho,” respondió Doheart dentro de su mente, su voz cargada de admiración y satisfacción.
“¡Vaya, nos salvamos!” dijeron los soldados, algunos aun temblando por el peligro que acababan de enfrentar.
Gikel, con una sonrisa radiante, se acercó a Rykaru: “Eres genial, Rykaru.” Lucca, emocionada, añadió: “Tenía que ser una digna criatura de mi señor Serlet.” Los demás también lo felicitaron por su hazaña, reconociendo la valentía y fuerza que había demostrado.
Sin embargo, Urugas no compartía esa alegría.
Pisando con furia el cuerpo inerte de Paltio, como si estuviera haciendo una rabieta infantil, gritó: “¡Eso no puede ser!
¡No pueden haber destrozado a mi creación!” Pero el cuerpo de Paltio seguía sin mostrar signos de vida.
Después de unos momentos de silencio tenso, el señor de las sombras recuperó parte de su compostura.
“Bueno, fue un buen espectáculo,” dijo con una sonrisa siniestra.
“Me imagino que ahora vendrán por mí, mocoso.
Veamos si tus amigos y ese dragón me pueden dar un buen espectáculo,” añadió con un tono burlón, retándolos.
“Gracias,” le dijeron todos a Rykaru, llenos de gratitud por haber vencido al enorme dragón oscuro que había cobrado tantas vidas y causado, estragos en su camino.
Sin embargo, Rykaru no se detuvo a celebrar.
Los miro a todos una vez que había aterrizado, con determinación renovada y declaró: “Aún no hemos terminado.
Es momento de ir por mi papi y acabar con la raíz de este problema.” Su mirada ardía con la intensidad de un fuego imparable, reflejando su firme resolución.
“Sí, tienes razón.
Es hora de ir por nuestro hijo,” dijeron los padres de Paltio, uniéndose a la causa con renovada esperanza.
Ban, sin embargo, expresó sus dudas: “¿Y cómo vamos a hacer eso?
Recuerden que Urugas es muy poderoso y nos pateará el trasero rápidamente.” “Tranquilo, ahora tenemos a un dragón de nuestro lado,” dijo Ron, señalando a Rykaru con una sonrisa confiada.
Rodelos, siempre racional, intervino: “Puede ser, pero incluso a Rykaru le tomó tiempo vencer a su creación.” Lukeandria, decidida, levantó la voz: “Si vamos todos juntos, lo haremos.” Luara, consciente de la importancia de la misión, le indicó a Mok que usara sus habilidades curativas para restaurar parte de la energía del grupo antes del enfrentamiento final.
Mok asintió y, tras pedirles a los demás que lo tocaran, comenzó a canalizar su poder.
Los que estaban cansados pronto sintieron cómo sus energías regresaban, aunque no completamente.
Alita, Ron y Lukeandria fueron algunos de los beneficiados, recuperando parte de su vitalidad.
Todos estaban listos, pero esta vez sabían que la última misión sería una sin retorno.
Algunos soldados reconocieron que sería demasiado para ellos y decidieron regresar con los demás para proteger a los sobrevivientes.
Los únicos que permanecieron fueron Galatea, Nomak —quien estaba decidido a patearle el trasero al señor de las sombras—, Ban, Ludra, Gikel, Ron, Alita, Toco-Toco, Chiki, Nakia, Lume, Geki, Rodelos, los padres de Paltio, Lucca, Rocky y Mok.
Los hijos de Galatea querían acompañarla, pero ella les dijo con firmeza que era demasiado peligroso.
“Será mejor que vayan con su padre.
Después de todo, yo soy la más fuerte de la familia,” afirmó con una sonrisa tranquilizadora.
Gan y Gon protestaron, pero aceptaron a regañadientes.
Rui, su esposo, la abrazó con ternura: “Seguro que estarás bien, mi cielo.” Ella respondió con un beso y una promesa: “Solo espérame.” Sus hijas, aunque deseosas de seguir luchando, sabían que su madre estaría bien con Nomak a su lado.
“Bueno, al menos nuestra madre irá,” dijeron los gemelos, Gan y Gon, con una mezcla de orgullo y desdén mientras observaban a los demás prepararse para la batalla.
“No como esos dos cobardes reyes que salieron corriendo como ratas en una madriguera,” añadieron con desprecio, recordando cómo los reyes de Bacadolia y Pinkertalia habían huido del campo de batalla sin mirar atrás.
Sus palabras resonaron con un dejo de frustración, como si quisieran justificar su propia decisión de no quedarse a luchar.
Aunque sabían que Galatea había insistido en que ellos regresaran con su padre por su seguridad, no podían evitar sentirse incomodados al comparar la valentía de su madre con la cobardía de otros líderes.
“¿Escuchaste eso?” dijo Gan, cruzándose de brazos.
“Esos reyes ni siquiera tuvieron el coraje de enfrentar lo que estaba pasando.
¿Cómo se supone que lideren a sus reinos si no pueden ni quedarse a luchar?” “Exacto,” respondió Gon, asintiendo con vehemencia.
“Si hubiéramos estado allí, les habríamos dicho lo patéticos que son.
¡Correr así!
Seguro que ahora están escondidos bajo sus tronos.” A pesar de su actitud mordaz, era evidente que los gemelos sentían admiración por su madre.
Sabían que Galatea no solo estaba luchando por ellos, sino también por todos aquellos que dependían de su coraje.
Y aunque intentaban disimularlo con bromas y comentarios sarcásticos, había un brillo de orgullo en sus ojos cuando pensaban en ella.
La reina y el rey de Fuertelia, junto con su hijo, también se retiraron, no sin antes agradecer profundamente a Galatea por quedarse a luchar en nombre de su reino.
“Gracias, Galatea.
Tu valentía no será olvidada,” dijo el rey con una reverencia sincera, mientras su esposa colocaba una mano sobre el hombro de la guerrera.
Su hijo, aunque joven, asintió con admiración, comprendiendo la magnitud del sacrificio que ella estaba haciendo.
De igual manera, los reyes de Hassdalia, el Rey Hass y Romeo, expresaron su gratitud antes de partir.
Romeo, herido y necesitado de tratamiento, fue ayudado por sus compañeros mientras se alejaban del campo de batalla.
Luara, consciente de la decisión grupal, solo había curado a aquellos que iban a enfrentarse al señor de las sombras, asegurando que los guerreros tuvieran todas las posibilidades de pelear con todo su potencial.
Ariafilis, aunque deseaba acompañarlos, sintió que no sería útil en esta última batalla.
Sin embargo, prometió rezar por ellos con todo su corazón.
“Rezaré para que todo les vaya bien,” dijo con voz serena pero cargada de emoción.
Rodelos, siempre comprensivo, le respondió con calma: “Tu labor es igual de importante, Ariafilis.
Cuidar de un pueblo entero es una tarea que requiere tanto coraje como luchar en el campo de batalla.” Los padres de Alita también luchaban contra sus emociones al despedirse.
Aunque inicialmente no querían dejarla ir, sabían que ya no era la muchachita débil que ellos recordaban.
Había madurado, convirtiéndose en una maga excepcional.
“Estoy orgulloso de ti, hija,” dijo su padre, abrazándola con fuerza.
Su madre, con lágrimas en los ojos, añadió: “Solo promete volver a nosotros.” El padre de Ron también aprovechó para despedirse.
“Te has vuelto alguien fuerte, hijo.
Estaré esperando tu regreso con tus hermanos, que están siendo cuidados por el profesor Hex,” dijo con una sonrisa orgullosa.
Ron, intentando aligerar el ambiente, bromeó: “Quién lo diría… el profesor Hex como cuidador de niños.
¿Quién lo imaginaria?” Todos rieron brevemente, aunque la risa estaba teñida de nostalgia y preocupación.
El General Rex, fiel a su deber, quería continuar junto a las majestades, pero estas le ordenaron con firmeza: “En caso de que algo ocurra, serás tú quien lidere una segunda línea de defensa.
Confiamos en ti para proteger a los que quedan.” El general asintió, aceptando la responsabilidad con solemnidad.
Sin más palabras, los guerreros se despidieron de sus seres queridos y compañeros que abandonaban el campo de batalla.
Con determinación renovada, el grupo partió rumbo al lugar donde el profesor Kuang y los demás esperaban.
Allí se encontraban aquellos que no participarían en el combate, así como los heridos que necesitaban atención y cuidado constante.
Cada paso que daban estaba cargado de propósito, sabiendo que esta misión marcaría el desenlace final de su lucha.
Una vez que todos aquellos que debían abandonar el campo de batalla se habían marchado, el rey de Avocadalia, padre de Paltio, miró con seriedad a los que permanecían.
Su postura era firme, pero en sus ojos se mezclaban el orgullo y la preocupación al contemplar a los valientes guerreros que habían elegido quedarse.
Con voz grave y decidida, pronunció: —Bien, es hora de partir.
Sus palabras resonaron en el aire como un compromiso.
Los compañeros intercambiaron miradas cargadas de valor, apoyo y, en algunos casos, un leve destello de miedo.
Pero ninguno titubeó.
Uno a uno, comenzaron a avanzar hacia lo desconocido, guiados por un propósito que trascendía la razón: rescatar a Paltio y enfrentarse al temible Urugas.
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