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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 279

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  4. Capítulo 279 - 279 El Cetro
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279: El Cetro 279: El Cetro Paltio ya estaba por darse por vencido.

La herida en su pecho le recordaba constantemente su mortalidad, y a pesar de poseer el poder de Avocios, no encontraba una forma de derrotar a Urugas.

Lo que más lo debilitaba era su incapacidad para ayudar a sus amigos.

Desde su posición, veía cómo eran superados por las sombras zombis: antiguos enemigos ahora convertidos en criaturas sin cerebro ni alma, atacando sin cesar.

Sus compañeros luchaban con todas sus fuerzas, pero poco a poco eran atrapados y engullidos por el mar interminable de no muertos.

El muchacho cerró los ojos con desesperación, esperando que todo terminara.

Pensó que su tarea era imposible, que incluso con el poder de Avocios, no podía salvar a quienes amaba.

En ese momento de total desesperanza, una voz resonó claramente en su mente: “Aún no te des por vencido…

¿Por qué no me usas?” “¿Quién eres?” preguntó Paltio, sorprendido al escuchar esa voz en medio de su oscuridad interna.

“Pues soy yo,” respondió la voz con calma.

“No puede ser…

¿Eres el cetro de Avocios?” dijo Paltio, incrédulo.

“No, muchacho.

Ya no soy más el cetro de Avocios.

Ahora soy tu propio cetro.

Recuerda que tú nos devolviste a la vida, y ahora tú eres el creador de este mundo.

Bueno, digamos que la esencia de Avocios reside en ti,” explicó la voz.

“¿Nos?” preguntó Paltio, confundido.

“Sí, así es,” dijeron otras voces, una tras otra, hasta completar cinco distintas.

Eran las voces de las cinco piezas del cetro.

“No puedes darte por vencido, señor Paltio.

Usted es pura esperanza, como indica el nombre con el que lo bautizaron,” dijeron las voces al unísono.

“Pero ¿qué puedo hacer?

No tengo el poder suficiente, y mis amigos están al límite contra esas fuerzas,” respondió Paltio, resignado.

“Además, estoy gravemente herido.” “Herido, ¿eh?

Por favor, yo te puedo curar,” dijo la voz de Ulimeo, cargada de confianza.

“No hay nada que yo no pueda curar.

Además, en tus manos no hay restricciones para la curación.

Puedo hacerte levantarte las veces que sea necesario para seguir peleando.” “Pero ¿de qué me sirve si no voy a poder afrontar a esas malditas cosas y mucho menos vencer a Urugas?” replicó Paltio, aún decaído.

“Tranquilo, para eso estoy yo,” intervino la voz de Tropalia.

“Te puedo ayudar con el consejo que necesites para ganar esta batalla.

Recuerda que aun eres un creador nuevo, como un recién nacido que busca el conocimiento.

Pero conmigo a tu lado, no habrá límites.” “Pero ¿cómo voy a proteger a mis amigos?

Ya vieron lo que pasó cuando bajé mi guardia para protegerlos.

El malvado aprovechó para dañarme seriamente,” argumentó Paltio, su voz llena de frustración.

“Para eso estoy yo,” respondió la voz de Sacaram con firmeza.

“Recuerda que yo puedo proteger a todos.

Con mi poder de tu lado, no les sucederá nada.

De eso me encargo yo.” “Es verdad, me había olvidado de ti,” murmuró Paltio, sintiendo un pequeño destello de esperanza.

“Pero aún no sé si pueda vencer al enemigo,” dijo Paltio, aún inseguro.

“Sigues siendo un muchacho obstinado,” dijo Ratous con una mezcla de seriedad y orgullo.

“Para mí, eso no es imposible.

Puedo ayudarte echando una mirada al futuro inmediato y posible.

Conmigo a tu lado, encontraremos la mejor solución en poco tiempo.” “Es verdad,” reflexionó Paltio, sintiendo cómo las piezas comenzaban a encajar.

“Tú puedes ver diversos futuros…

Podrías encontrar el momento exacto para acabar con él, mientras Tropalia me muestra el punto débil de nuestro enemigo.” “Ya vez, muchacho, aún hay esperanza de limpiar este mundo,” interrumpió Zafarax con firmeza.

“Yo soy la luz que necesitas, y sé quién nos puede ayudar.

Conmigo a tu lado, podrás hacer el gran llamado de una ayuda extraordinaria para romper esta oscuridad de una vez y por todas.” Paltio sintió cómo algo dentro de él se encendía.

La desesperación inicial dio paso a una chispa de determinación que crecía rápidamente.

“¿En serio?

¿Aún no ha terminado esto?” murmuró Paltio, su voz temblorosa al principio, pero ganando fuerza y convicción con cada palabra.

“Tengo a mis amigos y familiares…

Y a ustedes de mi parte.

Aún podemos ganar esta batalla imposible y dar luz de esperanza a nuestro mundo.” Al pronunciar esas palabras, algo dentro de él se encendió.

Una luz comenzó a brillar en su cuerpo, suave al principio, pero rápidamente creciendo en intensidad hasta irradiar una energía cálida y poderosa que desafiaba incluso la más densa oscuridad.

Era como si esa luz no solo iluminara el campo de batalla, sino también disipara las sombras de duda y desesperación que habían nublado su corazón.

“Entonces, empezamos, jefe,” dijeron las cinco voces al unísono, resonando con una confianza inquebrantable, como si supieran que la victoria estaba al alcance de sus manos.

“Sí, vamos con todo,” ordenó Paltio, su tono ahora firme y decidido, resonando como un rugido de guerra que llenó de esperanza a todos los que lo escucharon.

“Bien, acabemos con el mal,” respondieron las voces, generando una luz deslumbrante que envolvió completamente a Paltio, transformándolo ante los ojos de todos.

La barrera mágica que Alita había colocado para proteger a Paltio y su madre estaba siendo desgastada lentamente por las hordas de zombis.

Estos golpeaban y empujaban sin cesar, ignorando cualquier daño que pudieran recibir en su intento por atravesarla.

Su avance era implacable, como una marea oscura que no se detenía ante nada.

Cuando la barrera finalmente cedió con un destello agónico, Skila, la madre de Paltio, desenvainó sus flechas mágicas con determinación.

Sin un momento de vacilación, comenzó a luchar con ferocidad contra la avalancha interminable de enemigos que se abalanzaban sobre ellos.

Cada flecha que lanzaba encontraba su objetivo, pero por cada zombi que caía, dos más tomaban su lugar, acercándose inexorablemente.

Sin embargo, pronto fue superada en número.

Los zombis la rodearon, jalándola hacia atrás mientras ella gritaba con desesperación: “¡No!

¡Debo defender a mi hijo!” Intentó estirar su brazo hacia Paltio, pero fue arrastrada por la masa implacable de criaturas erráticas.

“¡Te amo, mi niño!” alcanzó a decir antes de desaparecer entre la marea de sombras.

Los zombis, ahora libres de obstáculos, avanzaron hacia Paltio con pasos pesados y descoordinados, rodeándolo por completo.

Su avance era lento pero incesante, como si supieran que su presa ya no tenía escapatoria.

Entonces, comenzaron a entonar un cántico siniestro, sus voces resonando como un eco escalofriante que parecía surgir de las mismas sombras: “Llevémoslo a nuestro amo y señor Urugas.” Todas las criaturas hablaban al unísono, sus palabras huecas y desprovistas de alma fusionándose en una melodía macabra que helaba la sangre.

Cada sílaba vibraba en el aire, cargada de una intención fría y despiadada, como si el mismo ambiente estuviera siendo contaminado por su malignidad.

El círculo de zombis se cerró aún más, acorralando a Paltio mientras el cántico seguía reverberando, envolviendo todo en una atmósfera opresiva que hacía difícil incluso respirar.

Estaban a milímetros de tocarlo cuando, de repente, una gran luz explotó desde el interior de Paltio.

De la luz emergió una voz potente y resonante.

Era la de Paltio.

“¡Ulimeo!” gritó el joven, abriendo los ojos de golpe.

Su voz resonó como un estruendo, cargada de determinación y poder recién descubierto.

En ese instante, una energía cálida y brillante lo envolvió por completo.

La herida en su pecho comenzó a cerrarse rápidamente, como si el tiempo mismo se hubiera invertido.

Los rasgones en su traje y armadura también se repararon, restaurándose al estado impecable que había tenido antes del combate.

Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, dejando a Paltio completamente renovado, tanto física como espiritualmente.

“¡Paltio!” exclamó su madre desde la distancia, al verlo de pie y recuperado.

El muchacho irradiaba una fuente de energía tan poderosa que repelía a los zombis, impidiéndoles aproximarse.

La luz lo cubría por completo, formando una barrera impenetrable que mantenía a raya a las sombras.

Luego, con una voz firme y resonante, volvió a gritar: “¡Ven a mí, Sacaram!” De pronto, todos los lugares donde se hallaban los aliados de Paltio comenzaron a iluminarse.

Esferas brillantes emergieron del suelo, rodeándolos y elevándolos en el aire.

Cada esfera actuaba como un escudo protector, repeliendo cualquier ataque que intentara alcanzarlos.

Todos miraban anonadados, incapaces de comprender completamente lo que estaba ocurriendo.

Con un simple chasquido de sus dedos, Paltio hizo que todas las esferas regresaran hacia la posición en la que él se encontraba, llevando consigo a sus amigos y seres queridos.

En un instante, todos estaban a salvo junto a él.

“Excelente,” dijo Paltio con una sonrisa de satisfacción, su voz cargada de confianza renovada.

“Ahora que venga el plato fuerte.” Rápidamente, invocó: “¡Zafarax!

¡Oye mi llamado y trae la ayuda que necesito, como el rayo de luz que eres!” El cetro en la mano de Paltio comenzó a brillar intensamente, desprendiendo una energía tan poderosa que abrió un enorme hueco en la barrera trampa que Urugas había colocado en el lugar.

Era como si una película invisible que cubría el campo de batalla se desquebrajara, fracturándose como vidrio bajo una fuerza colosal.

Los zombis, sin embargo, no mostraban señales de detenerse.

A pesar de la destrucción de la barrera, seguían avanzando implacablemente hacia Paltio, obedeciendo las órdenes de Urugas.

Esa era su única motivación y el sentido de su existencia: cumplir las órdenes de su creador.

En ese momento, de la nada, cinco grandes luces descendieron del cielo, aterrizando frente a Paltio con un destello cegador.

Las luces eran tan intensas que evaporaron instantáneamente a los zombis que estaban cerca, limpiando el área de enemigos de un solo golpe.

“Lamentamos llegar tarde, nuestro señor,” dijo una de las voces que emergieron de las luces, su tono lleno de reverencia y respeto.

“Vamos a pelear por usted, nuestro creador,” añadieron las demás voces al unísono, sus palabras resonando con firmeza y determinación.

“¡Ustedes!” exclamó Ron, emocionado al reconocer a quienes habían llegado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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