La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 El Plan de Alita
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28: El Plan de Alita 28: El Plan de Alita “¿Ese no era todo el plan?, ¿Verdad?” preguntaron las hermanas, mirando a Alita con curiosidad.
“En teoría, sí”, respondió ella, su expresión seria pero decidida.
“Pero ahora viene lo más difícil: entrar a la torre.
Rápido, no tardarán en venir si este guardia no regresa pronto”.
Las hermanas comenzaron a quitarle la armadura al guardia inconsciente y se llevaron una sorpresa al descubrir cómo era realmente aquel ser.
Tenía espinas que le recorrían desde el cuello hasta las piernas, formando una especie de coraza verde brillante.
Su piel amarilla parecía imitar la de un pato, y en su vientre había cinco semillas marcadas.
“¿Qué clase de ser es este?” preguntó Maxin, observando al extraño ser con asombro.
“Creo que es un Durian”, respondió Ragil tras unos segundos de reflexión.
“¿Un Durian?” repitió Alita, confundida.
“Sí, mamá nos dijo que estos son seres similares a nosotros que pudo ver durante sus viajes en tierras lejanas”, explicó Ragil.
“Ah, sí, me acuerdo”, confirmó Maxin, cruzándose de brazos.
“¡Vaya!
Saber que hay más seres parecidos a nosotros, pero que están del lado de las sombras, es… aterrador”, comentó Alita, su voz llena de inquietud.
“¿Y ahora qué hacemos con el traje?” preguntó Maxin, sosteniendo la pesada armadura entre sus manos.
“Ahora deben probárselo”, sugirió Alita.
Maxin intentó primero, pero la armadura simplemente no le entraba.
Ragil lo intentó después, pero le quedaba demasiado apretada, lo que causó algunas risas entre ambas hermanas.
“Solo queda tú, Alita”, dijeron al unísono, mirándola fijamente.
“Este sujeto es casi de tu talla; el traje podría ajustársete”.
“No, yo no creo… aunque puede que sí”, murmuró Alita, observando la armadura con escepticismo.
“Hola, ¿estás ahí?
Vamos, regresa a tu posición.
¿Estás bien?” llamó otro soldado, notando que su compañero tardaba demasiado en volver.
“¡Rápido, colócatelo!” indicaron las hermanas, ayudando a Alita a ponerse la armadura.
Una vez lista, le entregaron el arma y la antorcha con fuego verde.
“Alita, te ves bien”, afirmaron ambas, empujándola hacia afuera antes de que pudiera protestar.
“¡Ah!
Aquí estás.
Casi me das un susto”, dijo el guardia que lo andaba buscando.
Alita levantó un dedo como respuesta, intentando imitar los gestos bruscos del soldado.
“Bien, regresemos a la torre”, ordenó el guardia, aunque frunció el ceño al mirarla detenidamente.
“Aunque te veo diferente.
¿Qué te pasa?” “Es mi voz… creo que algo me cayó mal”, improvisó Alita dentro del traje, fingiendo estar resfriada y modificando su tono para sonar más grave.
“¿Qué habrás comido?
Además, tu voz se escucha rara y suave.
Seguro estás enfermo.
Es mejor que te lleve adentro de la torre para que descanses”, decidió el guardia.
Ambos se dirigieron hacia la entrada de la torre mientras Alita lanzaba una rápida mirada a las chicas, que observaban desde lejos.
Desde una casa alta, Pax observó toda la escena con una mezcla de sorpresa y escepticismo.
“Vaya, esa chica tiene agallas.
Me acercaré más para ver cómo fracasa”, murmuró en tono burlón, aunque una pequeña chispa de interés brilló en sus ojos.
Alita, por su parte, se tambaleaba un poco, desacostumbrada al peso de la armadura.
“¡Amigo!
Sí que estás mal”, comentó el guardia, preocupado.
“Ve y tómate un descanso de cinco minutos”.
“Bien”, respondió Alita dentro del traje, aprovechando la oportunidad para ganar tiempo y pensar en el siguiente paso.
Al entrar a la torre, Alita pudo ver que era una especie de cárcel.
Observó a algunas de las mujeres de Fuertelia amarradas a una rueda, con un látigo conectado a una máquina que las obligaba a avanzar, haciendo girar la rueda.
Este movimiento alimentaba una extraña máquina que cambiaba de colores intermitentemente.
Siguió avanzando y vio a otras prisioneras encerradas en celdas.
Sin embargo, no había guardias a la vista.
“¿Por qué no huyen?”, se preguntó Alita mentalmente.
Su pensamiento fue interrumpido cuando una mujer corrió hacia ella, pero antes de que pudiera alcanzarla, una soga invisible la jaló hacia la pared, haciéndola chocar violentamente contra esta.
“¡Por poco!”, murmuró Alita, llevándose una mano al pecho.
Observó con tristeza cómo la mujer caía al suelo, sangrando ligeramente de la cabeza.
“Maldición… ya casi”, murmuraba la prisionera desde el suelo, débil y desorientada.
“Ya veo por qué no hay guardias aquí adentro”, se dijo Alita a sí misma, comprendiendo que las sogas mágicas mantenían a las prisioneras bajo control.
Decidió subir las escaleras para buscar a la madre de Maxin y Ragil, guiándose por la descripción que le habían dado.
Subió piso por piso, pero solo encontró a más mujeres de Fuertelia encerradas o jalando ruedas similares en cada nivel.
Finalmente, llegó al cuarto piso.
“Me pregunto si aquí estará… En los otros pisos no había nadie con esa descripción”, pensó Alita, recordando la apresurada, pero precisa descripción que le habían dado.
Sonrió brevemente al imaginar a Paltio intentando captar algo así.
“Si Paltio tuviera que hacer esto, seguro ni sabría por dónde empezar”, se rio para sí misma, sacudiendo la cabeza.
“Debo apurarme y salvarlos”.
“No hay nadie con esa descripción”, murmuró Alita mientras revisaba el lugar.
De pronto, notó una celda sin luz.
Con cuidado, alumbró el interior con su antorcha y vio a una mujer colgada de brazos y piernas en la pared.
Era robusta, con músculos definidos visibles incluso en su estado debilitado.
Su cabello castaño estaba desordenado y su mirada parecía perdida, como si estuviera resignada a permanecer allí para siempre.
“Esta es la que me describieron las chicas”, pensó Alita, acercándose lentamente.
Aunque lucía diferente de lo que esperaba, algo en su postura y fuerza latente coincidía con la descripción.
“Señora, señora Galatea”, susurró Alita, tratando de llamar su atención.
La mujer levantó la cabeza con dificultad y respondió con amargura: “¿Qué quieres, tonto soldado de la Sombra Amarilla?
¿Quieres humillarme más a mí y a mis hermanas?
¿No te basta con quitarme a mi familia y mi dignidad?
No tengo nada más que darte”.
Su voz era un eco de dolor y frustración mientras clavaba sus ojos en Alita, quien aún llevaba puesta la armadura.
“Tranquila, señora, vengo a liberarla.
Soy amiga de Maxin y Ragil”, intentó explicar Alita, acercándose un poco más.
“¿Cómo te atreves a hablar de mis hijas, maldito?” gritó Galatea, furiosa, retorciéndose en sus ataduras.
“Espere, no vengo a hacerle daño.
Escúcheme, soy como usted”, insistió Alita, quitándose el casco para revelar su rostro joven y decidido.
Galatea la miró con incredulidad.
“Eres una Hassdaliana… Genial, ahora mandan a gente de otros reinos a atormentarme”.
“No, señora, tranquila.
Estoy con sus hijas.
Me infiltré en este sitio para rescatarla y salvar el reino de Fuertelia”, aseguró Alita, su tono lleno de urgencia.
“Eres muy joven y pequeño para ser un guardia”, observó Galatea, frunciendo el ceño.
“Soy una adolescente… y soy una chica.
He venido a sacarla de aquí”, respondió Alita, firme pero comprensiva.
“Así como vas a hacer eso, niña”, dijo Galatea, mirando fijamente a Alita con sus ojos cansados pero llenos de desconfianza.
“Pues no sé… pero voy a encontrar la forma”, respondió Alita, tratando de sonar convincente a pesar de su propia incertidumbre.
“Suerte con eso, niña.
Mejor deberías regresar por donde viniste y no arriesgar tu vida.
Y si te vas, diles a mis hijas que las amo”, indicó Galatea, su voz temblorosa mientras lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas.
“Debe haber una forma de sacarla de aquí”, murmuró Alita, ignorando las advertencias de la mujer.
“No te acerques a la celda, chica.
Está electrificada”, advirtió Galatea con urgencia.
“¡Oh!
Gracias”, exclamó Alita, dando un salto hacia atrás mientras tragaba saliva nerviosamente.
“Voy a buscar la forma de sacarla de aquí.
Debe haber una forma”, se repitió Alita, pensativa.
De pronto, algo pareció iluminarse en su mente.
“Quizá si uso el anillo pueda producir un corto en la celda… Pero ¿y para sacarla de la pared?
Necesitaré las llaves”.
La mujer la observó con atención.
“Si puedes hacer eso, muchacha, yo misma podré salir de estas ataduras”.
“En serio, entonces lo haré”, respondió Alita con determinación.
Se quitó un guante de la armadura y mostró el anillo con una piedra azul brillante.
“Ese anillo me resulta familiar… ¿Dónde lo encontraste?” preguntó Galatea, su curiosidad despertándose.
“Me lo prestó un mayordomo.
¿Por qué?”, replicó Alita, confundida.
“Porque es uno de los anillos de nuestra sacerdotisa, Meliradal”, reveló Galatea.
“¿Entonces ella vive en este reino?” preguntó Alita, sus ojos brillando de emoción.
“Sí, muchacha, pero muy lejos de aquí.
Es como una ermitaña”, explicó la mujer.
“Eso quiere decir que, una vez que termine todo esto, ¿me puede llevar con ella?
Necesito que me enseñe a usar la magia”, dijo Alita con entusiasmo.
“Niña, no sé si ella quiera hacer eso, pero si vencemos a Troba, yo misma te llevaré con ella”, prometió Galatea.
“¡Excelente!” exclamó Alita, sonriendo ampliamente.
“Niña, ¿sabes usar eso?” preguntó Galatea, señalando el anillo con escepticismo.
“Bueno… sí, un poco”, admitió Alita, rascándose la nuca con timidez.
“Adivinaré: aún no eres maga”, dijo Galatea con una leve sonrisa burlona.
Alita bajó la cabeza, avergonzada.
“¡Ay, Avocios!
Estamos perdidos”, suspiró Galatea, negando lentamente con la cabeza.
“Tenga un poco de confianza en mí”, insistió Alita, levantando la cabeza con convicción.
Apuntó el anillo hacia la reja, mentalmente rogando porque funcionara.
“Por favor, funcione… Por favor, funcione”, repetía una y otra vez en su mente.
Finalmente, dijo en voz alta: “¡Sal de ahí, agua!”.
Un pequeño chorrito de agua brotó del anillo, insuficiente para causar algún daño real.
La mujer la miró, perdiendo las esperanzas.
“Vamos, tontería, funciona”, murmuró Alita, agitando el anillo con más fuerza.
De repente, un torrente de agua salió disparado, chocando con la celda y provocando chispas eléctricas al contacto.
La presión del agua fue tan intensa que los interruptores de la puerta se quemaron, dejando la celda abierta.
“¡Vaya!
Si lo lograste, niña”, dijo Galatea, impresionada mientras observaba el anillo que aún seguía expulsando agua.
Con una fuerza sobrehumana (o, como ella lo llamó internamente, “fuerza sobre aguacate”), rompió uno a uno los grilletes que la aprisionaban.
La mujer se puso de pie y miró a Alita.
“Ya puedes parar, o nos vas a inundar”, bromeó.
“Es que no puedo… Creo que se malogró.
No responde y sigue saliendo”, respondió Alita, preocupada.
“¿Ya probaste quitándotelo?” sugirió Galatea.
“¡Eh!
No, pero lo haré”, dijo Alita rápidamente.
Se sacó el anillo del dedo, y el agua cesó al instante.
“Vaya, sí que sabe muchas cosas, señora”, comentó Alita, admirada.
“No me digas ‘señora’.
Dime Galatea, como los demás”, corrigió la mujer con una sonrisa.
“Es hora de rescatar a las demás y hacer pagar a esa tejona de una vez”.
“Sí, señora… digo, Galatea”, respondió Alita, estrechando su mano con firmeza.
“Así será”.
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