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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 280

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280: El Juego Final (1) 280: El Juego Final (1) Paltio ya estaba a punto de rendirse cuando el cetro de Avocios le susurró directamente en su mente.

Sin embargo, no era el cetro como tal quien hablaba, sino las cinco piezas que lo conformaban, cada una ofreciéndole ánimo y apoyo para que pudiera levantarse una vez más y enfrentar la oscuridad que amenazaba con consumirlo todo.

Sin dudarlo, Paltio escuchó atentamente a cada una de las voces.

Gracias a Ulimeo, su herida crítica fue sanada al instante, devolviéndole la salud y fuerza que Urugas había intentado arrebatarle.

Luego, invocó a Sacaram para proteger a sus amigos, quienes estaban atrapados por las hordas de no muertos debido a su sacrificio por protegerlo.

Incluso su madre, Skila, había sido derrotada mientras luchaba desesperadamente por mantenerlo a salvo.

Pero gracias al poder de Sacaram, todos fueron envueltos en una luz protectora que los salvó de las garras de las sombras.

Finalmente, Paltio invocó a Zafarax, quien convocó ayuda divina.

Con un destello cegador, la barrera creada por Urugas se rompió desde el exterior, permitiendo la entrada de cinco luces radiantes que se posicionaron frente a Paltio.

Las figuras se inclinaron respetuosamente antes de hablar: “Mi señor, gracias por darnos esta oportunidad.

Ahora lucharemos por usted.” “¡Son ustedes!” exclamó Ron al ver a los recién llegados, su voz llena de asombro y reconocimiento.

“¡Miau!

¡Pero si son ustedes!” exclamó Toco-Toco, desbordando felicidad mientras su cuerpo vibraba de emoción.

“La última vez que los vi estaban sin energía, y ahora los veo radiantes, miau.” “Nuestros señores,” dijeron Nakia, Chiki, Lume y Geki, reconociendo a los recién llegados con asombro y reverencia.

“Vaya, vaya…

Miren quiénes están aquí,” dijo Urugas con una sonrisa siniestra al ver a los cinco guardianes en el campo de batalla.

“Hemos venido para ayudarte,” respondieron los guardianes.

“Gracias a ti, Paltio, por darnos esta nueva oportunidad.

Esto va por lo que le hizo a Avocios, y para honrar la esperanza que nos diste, gran señor Paltio.” “Tranquilo, Golden, no es para tanto,” dijo Paltio al ver que Golden comenzaba a arrodillarse ante él.

Los demás también estaban a punto de hacer lo mismo.

“Bien, de momento no tenemos tiempo para estas cosas,” interrumpió Paltio, levantando una mano para detenerlos.

“Hay una guerra que terminar,” les indicó con firmeza.

“Veo que has cambiado, mi querido Toco-Toco,” comentó Golden con una sonrisa afectuosa.

“Ahora te pareces a tu padre en forma y en energía a la de tu madre.” “Sí, mi señor, agradezco que lo notara, miau,” respondió Toco-Toco, sonrojándose ligeramente por el elogio.

“Sigue protegiendo a nuestro señor,” le dijo Golden con seriedad.

“Lo haré, señor Golden, miau,” respondió el felino con determinación.

“¿Cuáles son tus órdenes, señor?” preguntó Meliradal, preparándose para la batalla.

“De momento, acabar con todos estos no muertos,” respondió Paltio con decisión.

“Bien, entonces vamos a cumplir sus órdenes, nuestro señor,” indicaron Krasper, Silver y Kilibur, sus armaduras brillando intensamente mientras se preparaban para el combate.

“Háganme un camino.

Yo me encargaré de Urugas,” ordenó Paltio con voz firme.

Los cinco guardianes aceptaron la orden y se dispusieron a tomar direcciones distintas para enfrentar a las masas de enemigos.

Antes de partir, instruyeron a sus aliados—Toco-Toco, Nakia, Chiki, Lume y Geki—para que apoyaran a Paltio en su camino hacia Urugas.

Sus animales aceptaron la orden y se prepararon para la contienda.

“¿Por qué le dicen ‘mi señor’ todos ustedes?” preguntó Ron, mirando con curiosidad hacia Paltio y los guardianes que lo rodeaban.

“Debe ser porque se unió a la esencia de Avocios, ¿no lo crees?” respondió Lukeandria, siempre en su tono sarcástico y juguetón.

“Ah, sí, debe ser por eso,” replicó Ron después de captar el sarcasmo en su voz.

“Oye, no soy un tonto para no darme cuenta.” “Típico de ti, niño, siempre eres medio menso,” dijo Chiki, bajando la cabeza y cruzando sus patas con una expresión burlona.

“Y nosotros, ¿qué hacemos?” preguntaron los familiares y amigos al unísono, buscando instrucciones claras.

“Solo cuídense,” respondió Paltio con firmeza, su mirada decidida clavada en el horizonte mientras evaluaba la situación.

Los cinco guardianes no perdieron más tiempo y corrieron en distintas direcciones para enfrentar las hordas de no muertos.

Cada uno tomó un punto estratégico, barriendo con las filas enemigas para abrir un camino hacia Urugas y detener el ataque que estaba creando.

“Así que trajiste amigos al campo de batalla,” gritó Urugas desde su posición, su voz resonando como un trueno oscuro.

“Pero no te servirá de nada, muchacho.

Cuando termine con este ataque, ¡no quedará nada de tu tonto mundo!” “No hay tiempo.

Es hora de empezar,” dijo Paltio, su voz cargada de determinación.

“¡Ya lo oyeron!” gritaron todos, comenzando a pelear contra los zombis cercanos mientras los guardianes lideraban el combate contra las masas de no muertos.

Su objetivo era claro: limpiar el camino para que Paltio pudiera detener a Urugas y neutralizar el peligroso ataque que amenazaba con destruirlo todo.

Sin embargo, la tarea no sería fácil.

Urugas había dotado de un poco de inteligencia a sus concejales, haciéndolos aún más peligrosos.

Meliradal lanzaba grandes poderes mágicos contra sus enemigos, evaporándolos en el acto.

Los soldados comunes, los Vichus y otros enemigos de bajo rango no eran rival para ella.

Gracias al poder otorgado por Paltio, incluso podía acabar con los Tropogax que encontraba en su camino.

Pero su suerte cambió cuando dos concejales aparecieron frente a ella: las encarnaciones demoníacas de la Lujuria y la Envidia.

“Esto va a tardar un poco, pero debo hacerlas retroceder,” murmuró Meliradal al ver a los horripilantes seres frente a ella.

Con un movimiento elegante, invocó un gran círculo mágico que generó rocas incendiarias, las cuales comenzaron a caer sobre sus enemigos.

“¡Déjenmelas a mí!” exclamó, adelantándose al combate sin vacilar.

“Eso es, maestra,” dijo Nakia con admiración, su voz cargada de orgullo al ver a Meliradal enfrentarse a los dos concejales simultáneamente con tanta habilidad y poder.

Mientras tanto, Silver luchaba con sus puños, golpeando y eliminando zombis a diestra y siniestra cerca de donde Meliradal combatía.

“¡Oye!

¿Por qué a ti te tocan dos?” le gritó Silver a Meliradal, señalando a los concejales.

Pero ella no le prestó atención, completamente concentrada en su propio enfrentamiento.

“Típico de ella,” murmuró Silver, rodando los ojos antes de continuar su propia pelea.

Con un potente puñetazo, eliminó a tres Tropogax de un solo golpe, dejándolos reducidos a cenizas.

“¡Vamos, vengan!

Hoy me siento generoso,” les decía a sus oponentes mientras seguía repartiendo golpes devastadores.

Sin embargo, los zombis no respondían.

“Verdad, no tienen inteligencia,” reflexionó Silver con una sonrisa irónica, disfrutando de la ventaja que eso le daba.

En ese instante, frente a él apareció el temible concejal de la Ira, Rageret, cuya figura imponente parecía desafiar cualquier intento de enfrentarlo.

“No se preocupen, yo me encargo de este grandote,” dijo Silver a Krasper y Kilibur con una sonrisa confiada mientras cerraba sus puños con fuerza.

Sin perder tiempo, lanzó un potente golpe directo al rostro de Rageret.

El demonio retrocedió unos pasos y cayó al suelo con un estruendo que sacudió el campo de batalla.

Sin embargo, para sorpresa de Silver, Rageret se levantó como si nada hubiera ocurrido, su expresión cargada de odio y sed de venganza.

“Vaya, sí que va a ser complicado,” murmuró Silver, ajustando su postura mientras evaluaba a su oponente.

“Ese es mi maestro,” dijo Chiki con admiración, sus ojos brillando al ver a Silver enfrentarse a los enemigos con tanta destreza y poder.

Por otro lado, Kilibur estaba ocupado creando ilusiones reales: una manada de zorros árticos emergió de la nada, lanzando ráfagas heladas que congelaban a sus enemigos sobre la marcha.

Luego, con un movimiento elegante, utilizó su látigo encantado para destrozar las figuras de hielo, reduciéndolas a pedazos.

Pero justo cuando pensaba que tenía el control, frente a él aparecieron dos concejales: el de la Avaricia, lanzándole monedas afiladas como cuchillos, y el de la Pereza, moviéndose lentamente, pero con una presencia intimidante.

“Yo me encargo de estos dos,” le dijo Kilibur a Krasper, quien estaba ocupado enfrentando a un Tropogax con unas extrañas espadas que parecían pinceles.

“Bien, pero no dejes que te derroten, pequeño zorro,” respondió Krasper sin mirar, concentrado en su propio combate.

“Claro que no,” afirmó Kilibur, convencido de su capacidad para manejar la situación.

“Mi maestro no se queda atrás,” dijo Lume con una sonrisa orgullosa, observando cómo su mentor combatía con una habilidad y determinación que dejaban claro por qué era digno de admiración.

Mientras tanto, frente a Krasper apareció el concejal de la Gula, una criatura robusta y grotesca que parecía estar constantemente devorando todo a su paso.

“Déjame a este llenito,” le dijo Krasper a Golden, acercándose con calma, pero con firmeza.

“Creo que ese es de tu calibre,” añadió señalándole a Pridel, el concejal del Orgullo, que observaba desde cierta distancia.

“Bien, yo me haré cargo,” respondió Golden, quien ya estaba acabando con varios enemigos a la vez con su agilidad felina y ataques precisos.

En un rápido movimiento, el concejal del Orgullo lanzó un abanico al suelo que explotó en una llamarada inmensa.

Sin embargo, Golden lo esquivó con facilidad, evitando la explosión y avanzando hacia su objetivo para enfrentarlo cara a cara.

“El señor Krasper se va a enfrentar a esa bola de cebo y le demostrará que es el mejor,” dijo Geki con confianza, observando cómo su maestro se preparaba para el combate.

“Sí, y mi señor Golden le pateará el trasero a ese que parece imponente,” respondió Toco-Toco con entusiasmo, moviendo su cola de un lado a otro mientras hablaba.

“Espero que sí, porque ese nos costó mucho vencerlo la última vez,” indicó Geki, recordando la dificultad de su anterior enfrentamiento.

“¡Eso será pan comido para mi señor!” exclamó el felino, su voz llena de convicción y orgullo, como si ya pudiera ver la victoria de Golden frente a sus ojos.

Los cinco guardianes estaban completamente ocupados enfrentando a los más poderosos sujetos del ejército de no muertos de Urugas, reteniéndolos para que Paltio pudiera avanzar hacia su destino final.

El resto dependía de los amigos de Paltio, quienes luchaban desesperadamente para abrirle paso mientras intentaban llegar hasta Urugas, quien seguía acumulando energía para lanzar su ataque final, uno que tenía el potencial de destruir el planeta entero.

Este era el juego final, el momento decisivo que determinaría el futuro de su mundo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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