La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 29
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29: Al Castillo 29: Al Castillo La mujer era alta, imponente, cruzó los brazos mientras miraba a Alita con una expresión resuelta.
—Lo que te dije sobre buscar a la sacerdotisa sigue en pie —dijo con firmeza—, pero solo si salimos vivas de esta.
Alita no pudo evitar notar su estatura.
Era mucho más alta que el mayordomo Mok.
—Vaya, Galatea, sí que eres alta —comentó con asombro—.
Bueno, tus hijas también lo son.
Galatea sonrió con orgullo.
—Claro que lo son.
Después de todo, son mis hijas.
Así somos los de Fuertelia: altos y fuertes.
Lo malo es que no heredaron mi inteligencia y son imprudentes como su padre.
Les dije que no intentaran rescatarme… pero ya sabes cómo son.
Sacudió la cabeza, como si quisiera dejar atrás el tema, y su tono se volvió más serio.
—Ahora hay que liberar a las demás.
Alita, que había estado observando la escena en silencio, señaló hacia una máquina cercana.
—Señora, creo que esas máquinas que cambian de colores podrían ser la fuente de energía de las celdas.
Galatea asintió con decisión.
—Buena idea, chica.
Muéstrame dónde está esa máquina.
Alita señaló una estructura metálica que parpadeaba con luces intermitentes.
Sin dudarlo, Galatea agarró la reja que la había encerrado durante tanto tiempo y, con un movimiento preciso, la lanzó como un disco giratorio.
La reja impactó contra la máquina, que explotó en una lluvia de chispas.
Las puertas de las celdas del piso comenzaron a abrirse con un chirrido metálico, y los grilletes que mantenían a las prisioneras atadas a una enorme rueda cayeron al suelo.
—Ya pueden detenerse, mis hermanas —anunció Galatea con voz fuerte y clara—.
¡Mi señora ha vuelto al ruedo!
Las mujeres liberadas la miraron con admiración y gratitud.
—Bien —continuó Galatea—, hagan lo mismo en los demás pisos.
Yo me encargaré del primero.
Sin esperar respuesta, agarró a Alita en sus brazos y bajó corriendo por las escaleras hasta el primer nivel.
Allí encontraron otra máquina similar, rodeada por cables y tubos luminosos.
Galatea levantó una roca del suelo y la arrojó con fuerza contra el dispositivo.
Este estalló en pedazos, liberando a las últimas prisioneras.
Una de ellas, una mujer de cabello oscuro y mirada feroz atada a una soga retráctil se lanzó hacia Alita con intención de atacarla, pero Galatea la detuvo con un gesto autoritario.
—Tranquila, Nomak.
Ella es nuestra amiga.
Vino a salvarnos.
Nomak frunció el ceño, todavía desconfiada.
—¿Cómo así, señora?
Lleva el traje de las sombras amarillas.
Es el enemigo.
Galatea negó con la cabeza y le puso una mano en el hombro.
—Mírala bien, Nomak.
Es una de las nuestras.
De nuestra misma raza de aguacates.
Nomak examinó a Alita más de cerca, reparando en sus rasgos familiares.
Finalmente, bajó la guardia.
—Lo siento, señora.
Estuve tanto tiempo encerrada que me volví un poco salvaje.
Galatea le acarició la cabeza con ternura.
—Tranquila, es comprensible.
Con todas liberadas, las mujeres se reunieron en el primer piso.
Alita miró a Galatea con expectativa.
—¿Cuántos soldados hay afuera?
—preguntó la líder.
—Bueno, eran diez, pero noqueamos a uno.
Así que quedan nueve —respondió Alita.
Nomak soltó una carcajada desdeñosa.
—¡Bah!
Nos subestiman.
Esa tejona dejó solo a diez de sus guardias y estas máquinas para controlarnos.
Grave error.
Otra de las mujeres intervino con entusiasmo: —¡Vamos, señora Galatea!
Acabemos con esos nueve tontos en este mismo instante.
Galatea alzó una mano para calmar los ánimos.
—Tranquilas.
Es mejor usar el factor sorpresa, como hizo Alita.
Arriesgó mucho al venir hasta aquí sola.
¿Por qué lo hiciste?
—le preguntó a la joven.
Alita bajó la mirada por un momento antes de responder.
—Sus hijas me dijeron que ustedes podrían ayudarme a salvar a mis amigos…
si yo las ayudaba a rescatarlas a ustedes.
Galatea asintió lentamente, comprendiendo.
—Ah, ya veo.
Y supongo que sé dónde están esos amigos tuyos, ¿verdad?
Con esa víbora de Troba.
Alita apretó los puños, recordando lo que había pasado.
—Sí.
Llegamos allí, y los controlaron con su música y su horrenda voz.
Galatea apretó los puños con fuerza, sus nudillos blancos por la rabia contenida.
—Ni me lo digas, niña.
Así fue como capturaron a mi esposo e hijos, al igual que a todos los demás hombres del reino —dijo entre dientes, su tono cargado de resentimiento.
Alita asintió con determinación.
—Bien, salgamos entonces…
pero con estilo —propuso, y rápidamente les explicó su plan.
Se puso el traje amarillo una vez más y salió al exterior, fingiendo debilidad.
Con voz temblorosa, llamó: —¡Compañero!
Me siento mal… ayúdame.
El guardia asignado a vigilarla se acercó sin sospechar nada, pero al cruzar el umbral, se encontró rodeado por todas las mujeres de Fuertelia.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente al verlas, listas para enfrentarlo.
—No te vamos a hacer nada… no aún —dijo Galatea con una sonrisa fría, cruzándose de brazos.
El hombre retrocedió un paso, nervioso, y gritó hacia afuera tal como le dijo Galatea: —¡Soldados!
¡Necesito su apoyo!
Algo ha pasado con las máquinas.
Ocho soldados más llegaron corriendo, alertados por el llamado.
Pero apenas entraron, también fueron rodeados.
Intentaron luchar, desenvainando sus espadas, pero las guerreras endurecieron sus cuerpos como roca y contraatacaron con movimientos certeros.
Uno a uno, los soldados cayeron, noqueados por las propias manos de las mujeres.
—Listo.
Pan comido —declaró Galatea con satisfacción mientras lideraba la salida de la torre.
Todas se detuvieron frente a Alita y la miraron con gratitud.
Una de ellas levantó el brazo y gritó: —¡Hip, hip, hurra!
¡Por nuestra amiga que nos ayudó a salir, Alita!
—¡Hip, hip, hurra!
¡Hip, hip, hurra!
—corearon las demás, vitoreando a la joven.
De pronto, dos figuras emergieron de entre las sombras.
Corrieron hacia ellas gritando: —¡Mamá!
Eran Maxin y Ragil, quienes se lanzaron a abrazar a Galatea con lágrimas en los ojos.
Desde lo alto de una casa cercana, Pax observó la escena sin ser vista por las guerreras.
Murmuró para sí misma: —Nada mal, niña.
Nada mal.
Maxin y Ragil se acercaron a Alita, agradeciéndole por salvar a su madre y a sus compañeras.
—¿Y tu amigo?
¿Dónde está?
—preguntó Maxin, curiosa.
Alita se rio suavemente.
—No lo sé.
A lo mejor está escondido por ahí, actuando como un cobarde, o tal vez le tiene miedo a tu madre y a las demás.
Una voz familiar resonó detrás de ella: —Ja, ja.
Estoy justo aquí.
Las guerreras giraron al instante, rodeando a Pax con actitudes amenazantes.
Él tensó la mano sobre la empuñadura de su espada, preparado para desenfundarla.
—¡No, no!
Tranquilas, chicas.
Este viene conmigo —intervino Alita rápidamente, aliviando la tensión en el aire.
Galatea arqueó una ceja, todavía desconfiada, pero aceptó la palabra de Alita.
—Bien —dijo simplemente.
Mientras caminaban, Alita les contó su historia: su búsqueda de las piezas del cetro, su encuentro con Pax y todo lo que habían vivido hasta ese momento.
Nomak escuchó con atención y comentó: —Vaya, una historia muy conmovedora.
Alita la miró sorprendida.
—No pensé que algo así pudiera causarte tristeza.
Galatea intervino con una pequeña sonrisa.
—Bueno, ella tiene un buen corazón.
Una vez aclaradas las cosas, Galatea tomó la palabra con firmeza: —Aún no hemos terminado.
Debemos salvar a nuestros hombres de la influencia de esa tejona llamada Troba.
Es momento de atacar.
—¡Sí!
—respondieron todas al unísono, decididas.
Pax, siempre sarcástico, preguntó con tono ácido: —¿Y por qué no atacaron antes cuando estaban todas juntas?
Una mujer mayor, con porte digno y mirada sabia, respondió: —Porque Troba uso una especie de embrujo en nuestros hombres.
Los cuales nos empezaron arrinconar y llamar a esa tejona como su ama.
Por eso bajamos la guardia y nos rendimos… No íbamos a atacar a nuestros esposos, padres, hijos o a nuestro rey.
Galatea añadió con respeto: —Ella es la reina Strongia.
Alita miró a la anciana con asombro.
—¿La reina?
—Sí, mi reina —confirmó Galatea, inclinándose ante ella.
Las demás la imitaron, arrodillándose en señal de lealtad.
La reina Strongia las observó con calma y dijo: —Tranquilas, hijas.
Eso de rendirse no es propio de guerreras.
Ahora tenemos una segunda oportunidad.
Vamos por esa tejona y enseñémosle quién manda en este reino.
—¡Sí!
—gritaron todas al unísono, sus voces llenas de determinación.
—Bien, niña —dijo Strongia, refiriéndose a Alita con un tono que mezclaba orgullo y confianza—, puedes hacer el plan.
Yo te enseñaré todo lo que debes saber sobre el palacio.
Alita se sintió halagada.
¿Cómo no iba a estarlo después de semejante hazaña?
—Pues claro —respondió la chica, sonrojándose levemente ante la mirada de admiración de las demás.
—¡Bah!
Presumida —murmuró Pax desde atrás, cruzándose de brazos.
Ignorando su comentario, Alita ganando más confianza en sí misma, tomó la iniciativa: —Lo primero que necesitamos son armas.
Luego entraremos con cautela y discreción para tomar al toro por las astas, como ese refrán que me enseñaron.
Troba ni siquiera sabrá qué la golpeó.
Maxin y Ragil intercambiaron miradas preocupadas.
—Me asustas un poco —comentó Maxin, mientras Ragil pensaba que quizás los “humos” del éxito se le habían subido a Alita.
Nomak, siempre práctica, comandó a un grupo para ir a recoger cerca de un granero las armas que necesitaban.
Aunque los aldeanos de Fuertelia ya eran fuertes y podían endurecer sus cuerpos para resistir golpes, las herramientas adicionales nunca estaban de más.
Además de las armas, trajeron cuerdas y algunas herramientas útiles.
Por su parte, Alita conversó con la reina Strongia para evaluar cuál sería la entrada menos vigilada.
La anciana escuchó atenta antes de responder: —Esa tejona es astuta, pero también ingenua.
Creyó que traer pocos guardias a una ciudad llena de guerreros cuerpo a cuerpo le saldría barato, pero ahora verá.
—La reina hizo una pausa, su mirada cargada de determinación—.
Por lo general, nosotros solo pensamos en la pelea y los enfrentamientos; incluso tenemos concursos de eso.
Pero ahora que vi lo que hiciste, niña, es momento de primar la razón y la estrategia antes que unos buenos golpes.
Alita observó a través de unos binoculares y señaló hacia una puerta lateral.
—¿Qué les parece si entramos por ahí?
Casi no hay nadie.
Galatea sonrió con aprobación.
—Esas son las antiguas catacumbas reales.
Perfecto, niña.
—Bien, entonces entraremos por ahí —declaró Alita con decisión—, mientras otro grupo liderado por Nomak crea una distracción en el frente.
El equipo de distracción estaba listo.
Nomak lideró a su grupo hacia el área principal, lanzando rocas hacia los soldados.
Estos, al ver a las mujeres libres, llamaron a todos los refuerzos disponibles.
Troba, sentada cómodamente en el regazo del rey (que parecía más muerto que vivo), frunció el ceño con irritación.
A su lado, el príncipe del reino le daba masajes en los pies mientras le susurraba lo hermosa que era.
—¡Acaben con esas locas!
¡Ya me tienen harta!
¿Quién las dejó salir?
¡Vayan de una vez!
—ordenó Troba al encargado de sus tropas, haciendo un gesto despectivo con la mano.
Mientras tanto, Alita y su grupo observaban desde las sombras cómo los soldados seguían a Nomak y su equipo.
Era la oportunidad perfecta.
Con sigilo, ingresaron por las catacumbas.
Una vez dentro, Pax encendió una antorcha con su característica llama azul, iluminando el camino.
Las catacumbas eran un lugar vasto y majestuoso, lleno de esculturas de los antiguos reyes y reinas de Fuertelia.
Las figuras de piedra parecían vigilar en silencio, sus ojos tallados reflejando la luz tenue de la antorcha.
La reina Strongia caminaba junto a ellos, aún vigorosa a pesar de su edad.
Vestía un traje ligero y llevaba una espada al cinto.
Su presencia inspiraba respeto, y su conocimiento del palacio fue clave para guiarlos a través de pasajes secretos y cámaras ocultas.
Finalmente, llegaron a los aposentos reales.
Alita caminaba con sigilo por los pasillos del palacio, su mente dividida entre el plan en marcha y la preocupación por sus compañeros.
“¿Dónde estará Paltio y compañía?”, se preguntó en silencio.
La reina Strongia, siempre perspicaz, respondió como si hubiera leído sus pensamientos: —Lo más probable es que estén en la habitación real.
Pax, impaciente como siempre, bufó con desdén.
—¡Bah!
Iré a investigar por mi cuenta —dijo antes de separarse del grupo, desapareciendo entre las sombras sin esperar respuesta.
En tanto, Alita y las demás continuaron siguiendo a la reina por los corredores reales que llevaban directamente a la alcoba real.
Al entrar, encontraron al rey sentado en su cama, casi sin energía, su cuerpo flácido y su mirada perdida.
—¡Marido!
—exclamó la reina, acercándose rápidamente.
Intentó hacerlo reaccionar, pero él estaba desmayado, apenas consciente.
Su hijo, el príncipe, yacía tirado en el suelo, igualmente débil.
La reina apretó los puños con rabia contenida.
—¿Qué les hizo esa maldita?
¡Respóndeme!
Espero que estén bien… Galatea, siempre eficiente, ordenó a sus hijas que llevaran a ambos hombres a la cama.
Luego, la reina se dirigió a ellas con firmeza: —Encuentren a esa bribona de Troba.
Yo me quedaré aquí a cuidar a mi familia.
Galatea asintió con determinación y, junto con sus hijas y Alita, se dispuso a buscar a Troba.
En otro lugar del palacio, Paltio y sus compañeros permanecían aprisionados contra la pared, atados por cadenas.
Troba, parada frente a ellos, parecía ansiosa.
—Me faltan fuerzas… Necesito sentirme joven otra vez —murmuró para sí misma mientras se preparaba para absorber la energía de Paltio—.
Vengo por mi dosis de energía diaria.
Ya ha pasado un día más… siete días en total marcaba el dispositivo en la muñeca de Paltio.
Pero justo cuando estaba a punto de actuar, una voz burlona resonó en la sala: —¿Fea?
¿Eres tú quien está haciendo todo esto?
Era Pax, quien había estado investigando por su cuenta.
Había encontrado un cuarto con un espejo grande, lo tocó por curiosidad y descubrió un pasaje secreto.
Siguiéndolo, llegó hasta donde estaban Paltio y los demás, aunque pronto se dio cuenta de que no estaban solos.
Troba giró bruscamente hacia la dirección de la voz.
—¿Quién anda por ahí?
—preguntó con tono amenazante.
Pax se ocultó detrás de una escalera cercana, tratando de mantenerse fuera de vista.
Pero, para su desgracia, Troba era más rápida de lo que esperaba.
En un abrir y cerrar de ojos, la tejona apareció frente a ella y, con un golpe certero, la noqueó.
—Maldición… Es rápida —murmuró Pax antes de caer inconsciente, a merced de Troba.
La tejona sonrió con malicia mientras observaba a su nueva víctima.
—¿Qué haces aquí, sombra roja?
Este traje tuyo levantaría demasiadas sospechas si te matara ahora mismo.
Además, ¿dónde está el príncipe con el que venías?
Troba frunció el ceño, intrigada.
Se acercó a Pax y comenzó a inspeccionarla.
—Ya viste cómo soy, pero algo me intriga… ¿Por qué mi poder no te tiene bajo mi control como a los otros?
¿Qué eres tú?
Con curiosidad morbosa, Troba intentó quitarle el casco a Pax.
Lo que vio la dejó boquiabierta.
—Vaya… Esto lo cambia todo —dijo, riendo desenfrenadamente mientras sus ojos brillaban con una mezcla de sorpresa y regocijo.
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