La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 El Viaje Inicia
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3: El Viaje Inicia 3: El Viaje Inicia “¡No, papá!
¡Mamá, no!” gritó Paltio, mientras lágrimas brotaban de sus ojos y resbalaban por sus mejillas.
Su voz se quebraba con cada palabra.
“Tranquilo, niño.
No voy a matarte…
aún,” dijo Tejod, cruzando sus enormes brazos con una expresión siniestra.
“Si me traes lo que deseo, dejaré vivos a tus padres y revertiré la petrificación de tu pueblo.
Volverán a ser personas vivas.” Paltio se secó las lágrimas con el dorso de su mano temblorosa.
“¿Cómo sé que vas a cumplir tu promesa?” preguntó, mirando al tejón humanoide con desconfianza.
“Esa es la parte divertida: no lo sabes,” respondió Tejod, mostrando una sonrisa malévola que dejó al descubierto sus colmillos afilados.
“Bien, termina de llorar, porque nadie ha muerto aquí…
todavía,” continuó Tejod, señalando hacia el castillo.
“Ve por las cosas que necesites y dirígete rápidamente a los cinco reinos vecinos para traerme el cetro completo.” “Pero ¿cómo voy a hacerlo si ni siquiera sé cómo es?” protestó Paltio, sintiendo cómo el peso de la responsabilidad lo aplastaba.
“Ese es tu problema.
Ve y descubre cómo resolverlo,” replicó Tejod con indiferencia.
“Tal vez yo pueda ayudar en eso,” interrumpió Mok, quien seguía atado por los secuaces de Tejod.
“Ah, ¿sí?
Bien, mayordomo.
Puedes acompañar al joven en su misión.
Pero escúchenme bien: no me fallen, o destruiré a cada uno de los aldeanos que viven en este lugar,” amenazó Tejod, su voz grave resonando como un trueno en la noche.
“Entonces, déjame ir por algunas cosas,” pidió Paltio, intentando recuperar algo de compostura.
“Lleva todo lo que necesites para el viaje.
Podrás usar ese carruaje que está allá,” indicó Tejod, señalando un vehículo imponente estacionado cerca.
“Mis soldados lo llenarán de provisiones.
Solo te daré hasta el Alba Marina.” “¿El Alba Marina?
¿Qué es eso?” preguntó Paltio, confundido.
“Eres el próximo en la línea de mando y no sabes nada.
Tonto e ingenuo niño,” se burló Tejod, sacudiendo la cabeza con desdén.
“Señor, tiene solo trece años,” intervino Mok, defendiendo al príncipe.
El comentario le valió un puñetazo en la cara de parte de uno de Tejod.
Mok cayó de rodillas, pero aguantó el dolor sin emitir un gemido.
“Lo siento si le ofendí,” murmuró, inclinando la cabeza hacia Tejod.
“A esa edad, yo ya sabía muchas cosas,” declaró Tejod con arrogancia.
“Ve por tus cosas.
Cuando regreses, te daré algo para que sepas qué es el Alba Marina.” Paltio, adolorido y con la ayuda de Mok, se dirigió a su alcoba para recoger lo que pudiera necesitar para el viaje.
“Entonces, ¿el Alba Marina?” preguntó Mok mientras caminaban por los pasillos del castillo.
“¿Qué es eso, Mok?” preguntó Paltio, su voz cargada de dolor y confusión.
“Señorito, el Alba Marina es un fenómeno natural.
Sucede cuando el agua sube casi hasta tocar la luna sobre la Roca Marina, ubicada en el Mar de Bruma,” explicó Mok con paciencia.
“¿Y eso cuándo ocurre?” inquirió Paltio, tratando de entender la magnitud del plazo.
“Contando desde hoy, será dentro de un mes,” respondió Mok.
“¿Por qué tanto tiempo?” insistió Paltio, frunciendo el ceño.
“Seguramente ese sujeto, Tejod, sabe que llegar a los cinco reinos demanda mucho tiempo, incluso para buscar las piezas.
Es bueno que no redujo el plazo; de lo contrario, sería imposible cumplir con su tarea,” reflexionó Mok en voz baja.
Al llegar a su habitación, Paltio comenzó a empacar.
Recordó una pequeña bolsa que su abuelo le había regalado años atrás.
“Esta bolsa es mágica,” le había dicho.
“Puede contener varias cosas sin que pese o se llene.” “Espero que sea cierto.
Nunca la he usado,” murmuró Paltio mientras metía ropa y algunos objetos que podrían serle útiles durante el viaje.
Una vez que Paltio terminó de recoger todas sus pertenencias, ambos se dirigieron al cuarto de Mok, ubicado en la planta baja del castillo.
Era un lugar impecablemente ordenado, con armas dispuestas en un altar modesto.
“Bien, creo que esto me será de ayuda,” dijo Mok mientras sacaba un saco negro que le llegaba hasta las rodillas.
Lo abrió y comenzó a guardar varios cuchillos que había en una caja de madera pulida.
También se colocó una espada en una vaina a su espalda y extrajo un dispositivo curioso de la pared, guardándolo cuidadosamente en uno de sus bolsillos.
“Estamos listos.
Nos vamos,” anunció Mok con determinación.
Regresaron donde Tejod, quien repitió lo mismo que Mok había explicado sobre el Alba Marina.
Una vez concluida su explicación, el tejón humanoide señaló a Paltio con una garra afilada.
“Pon el brazo adelante,” ordenó.
El muchacho obedeció, aunque su corazón latía desbocado.
Pensó que Tejod intentaría cortárselo o hacerle algo peor.
“Tranquilo, esto es solo para que sepas cuándo debes regresar,” gruñó Tejod, leyendo el temor en los ojos del príncipe.
Recitó unas palabras arcanas y, con un movimiento rápido, colocó un extraño reloj en la muñeca de Paltio.
Este mostraba unos números que parpadeaban débilmente.
“Esto marca el tiempo que tienes para conseguir lo que te pedí y volver conmigo una vez que tengas el cetro completo.
Si fallas, acabaré con tu familia…
una estatua a la vez,” advirtió Tejod, soltando una risa burlona y maquiavélica.
“Está en días, ya que tienes un mes desde ahora.
Tienes 1 día activo, y conforme esa luz roja avance hacia el verde, deberás reportarte conmigo.
¿Entendiste, niño?
Más claro no puedo ser.” “Sí, señor Tejod,” respondió Paltio, tragando saliva.
“Ten cuidado en tu camino, niño.
Hay muchas criaturas que la oscuridad ha traído, y ni yo puedo controlarlas.
Así que…
buena suerte,” añadió Tejod con indiferencia.
“Está bien,” murmuró Paltio, sabiendo que no tenía otra opción.
“Bien, así me gusta: gente sumisa.
Ahora vete.
En el establo tengo otro regalo para ti,” dijo Tejod, riendo desenfrenadamente mientras los despedía con un gesto de su garra.
Cuando llegaron al establo, Paltio y Mok encontraron a un caballo siendo atendido por varios sujetos encapuchados con máscaras que cubrían sus rostros.
“Bien, mayordomo,” dijo uno de ellos, señalando el carruaje preparado.
“Ya está todo listo.
Ese es su vehículo.
Pueden comenzar su viaje, pero deberán irse con él.” El encapuchado señaló hacia el conductor del carruaje.
Un soldado, también encapuchado y vestido con una armadura negra, descendió del asiento del conductor.
Llevaba un emblema en ambos hombros con las letras RS (Red Shadow), indicando que pertenecía a la Sombra Roja de Tejod.
“Bien, súbanse.
Yo seré su guardia, además de ser la persona que le reporte todo a mi amo, Tejod,” declaró el soldado con voz fría y autoritaria.
“¿Y cómo te llamas?” preguntó Paltio, tratando de sonar amable y curioso.
El soldado lo miró con desprecio antes de responder: “Mira, enano, tengo tres reglas: Número 1: No me gusta que me hablen si no lo pido.
Número 2: No me hagas perder el tiempo.
Número 3: Si te encuentras en peligro, solo intervendré siempre y cuando no sea riesgoso para mí.
Y eso solo hasta que completes la misión de Tejod.” “Vaya, qué engreído eres.
Decirme ‘enano’ si tú también eres de mi tamaño,” replicó Paltio, cruzándose de brazos con indignación.
El soldado hizo un movimiento brusco hacia su espada, pero Mok intervino rápidamente, inclinándose con respeto.
“Mil disculpas, señor.
El señorito está un poco desorientado por todo lo que ha pasado hoy.
Por favor, no tome en cuenta su comentario,” dijo el mayordomo, intentando calmar la situación.
El soldado lo fulminó con la mirada durante unos segundos antes de girarse hacia el carruaje.
“Súbanse.
Partimos ahora,” ordenó con frialdad.
“Bien, por esta vez lo dejaré pasar, pero deben saber quién manda aquí.
¿Entendido, mayordomo?” dijo Pax, con una mirada amenazante que helaba la sangre.
“Sí, señor,” respondió Mok con una reverencia rápida.
“Mil disculpas.” Ese maldito mayordomo…
Qué fuerte fue su agarre; no me dejó sacar mi espada, pensó Pax, conteniendo su frustración.
“Y entonces, ¿cómo lo llamamos, señor?” preguntó Mok, intentando suavizar el ambiente.
“Solo digan ‘su superior,'” respondió Pax con frialdad.
“No voy a decirle así,” murmuró Paltio al oído de Mok.
Pero antes de que pudieran continuar, una voz aguda interrumpió desde la distancia: “¡Pax, deja de perder el tiempo y muévete!” “¡Ay, tonto Tinoy!
No digas mi nombre cuando trato de sonar rudo con los prisioneros,” protestó Pax, girándose hacia la dirección de la voz.
“Lo siento, Pax.” “¡Y lo volviste a decir!
No hay remedio…” “Así que Pax, ¿eh?
Buen nombre.
Salimos,” dijo Mok, subiendo al carruaje junto con Paltio.
“Ya era hora,” gruñó Pax, tomando su lugar en el lado del conductor.
Con un movimiento firme de las riendas, los caballos comenzaron a avanzar.
Al salir del castillo, Paltio y Mok miraron hacia atrás y vieron a Tejod observándolos desde la distancia.
Su rostro reflejaba furia contenida, como si supiera que algo no estaba saliendo exactamente como él esperaba.
Mientras el carruaje avanzaba por la ciudad, ambos se quedaron atónitos al ver que todos los habitantes habían sido convertidos en estatuas de jade, igual que en el palacio.
“¡Maldición!
Todo está perdido,” exclamó Paltio, golpeándose la frente con la palma de la mano en un gesto de frustración.
“Tranquilo, señorito,” dijo Mok, colocando una mano en su hombro.
“Todo se va a arreglar.
Recuerde las últimas palabras que le dijo su padre antes de convertirse en jade.” Paltio hizo una pausa, reflexionando sobre aquellas palabras cargadas de significado.
“Sí, tienes razón.
Debo encontrar mi propio destino,” murmuró, sintiendo cómo una chispa de determinación regresaba a sus ojos.
La carreta continuó su camino, dirigiéndose hacia la salida de Avocadolia.
Un gran portón de acero custodiado por dos guardias de la Sombra Roja se abrió lentamente ante ellos.
Al observar uno de los muros destruidos, Paltio señaló con indignación: “Por ahí es donde entraron esos malditos.” Una vez fuera de la ciudad, Pax detuvo bruscamente el carruaje.
Se bajó con rapidez, desenvainando su espada mientras examinaba algo que se movía entre la hierba frente a ellos.
“¿Qué pasa?
¿Por qué se detuvo?” preguntó Paltio, asomándose desde el interior del carruaje.
Pax apuntó su espada hacia la hierba y gritó: “¡Sal de ahí, criatura, y enfrenta al poderoso Pax!” Pero nada se movió.
Ninguna respuesta llegó desde la oscuridad.
“Ya veo…
Quieres que vaya por ti,” murmuró Pax, avanzando hacia un bulto extraño en el suelo.
Sin dudarlo, clavó su espada en lo que parecía un montículo de tierra que se notaba que era una manta del color de esta.
“¡Auch!” gritó una voz aguda, emergiendo del montículo.
“¡Ah!
¡Me duele el trasero!” La figura se destapó rápidamente, revelando a un hombre joven con expresión adolorida.
Junto a él, otra persona se levantó con calma y dijo: “Tranquilo, ya nos descubrieron.” Pax, con la espada aún en alto, los miró con desconfianza.
“¿Quiénes son ustedes?
Hablen ahora o no tendré piedad.” “¿Estás loco?
¡Me acabas de pinchar las nalgas con esa espada!” protestó el primero, sobándose el área afectada.
“¡Bah!
Eso no fue nada.
Si hubiera querido matarte, ya lo habría hecho,” replicó Pax con arrogancia.
“Bien, hablen.
¿Quiénes son?
O morirán.
Esta vez de verdad,” amenazó Pax, acercándose un paso más.
“No puedo creerlo…
¡Son ustedes!” exclamó Paltio, bajando rápidamente del carruaje y corriendo hacia ellos.
Los abrazó con fuerza, visiblemente emocionado.
“¡Alita, Ron!
¡Qué bueno que no están convertidos en esculturas de jade!
Pensé que les había pasado lo mismo que a todos en el reino.” “¿Y estos quiénes son?” preguntó Pax, señalando a Alita y Ron con desconfianza.
“Son mis amigos,” respondió Paltio rápidamente.
“Podemos llevarlos en la búsqueda.
Si somos más, podemos ayudar.” Alita y Ron asintieron al unísono.
“Sí, podemos ser útiles.
Será más fácil buscar las piezas si trabajamos juntos,” dijeron casi al mismo tiempo.
“¡No!” replicó Pax con firmeza, cruzándose de brazos.
“Por favor, déjalos venir,” intervino Mok, colocándose detrás de Pax y poniéndole una mano en la espalda.
En ese instante, Pax sintió algo extraño, como un escalofrío que le recorrió el cuerpo.
Aquel mayordomo tenía algo que lo inquietaba profundamente.
Después de unos segundos de silencio, Pax suspiró con resignación.
“Está bien…
Pero yo no voy a cuidarlos.
Si les pasa algo, no cuenten conmigo.” “¡Qué bien!” exclamaron los tres amigos, abrazándose con alegría.
“Bien, escuchen,” dijo Pax, recuperando su postura autoritaria.
“Ahí les van las reglas.
Y es la única vez que se las diré.” Volvió a enumerar sus tres reglas habituales y añadió una más: “No me haré responsable de ninguno de ustedes si se meten en problemas.
¿Entendido?” “No hay problema,” respondió Mok con calma.
“Yo me encargo.” “A todo esto, ¿a dónde vamos exactamente?” preguntó Ron, mirando alrededor con curiosidad.
“Es verdad, ¿a dónde vamos, Mok?” inquirió Paltio, girándose hacia el mayordomo.
Mok sacó un pequeño objeto de su bolsillo y lo activó.
Un holograma tridimensional emergió, mostrando un mapa detallado del mundo.
“Tu padre mencionó que el cetro fue dividido en cinco partes, dispersadas en los cinco reinos vecinos.” El holograma reveló cinco fragmentos brillantes rodeando un gran montículo central.
“Este del centro es nuestro reino, Avocadalia,” explicó Mok, señalando el punto central.
“El montículo de arriba, en el noroeste, es Hassdalia, el reino de los Hass.
Debajo de este está Fuertelia, el reino de los Fuerte.
Luego tenemos Bacadolia, hogar de los Bacón.
Al lado noroeste está Pinkertalia, el hogar de los Pinkerton, y por último, Reedalia, el reino de los Reed.” “¡Guau!, ¡qué genial!” exclamaron los tres amigos, maravillados al observar el mapa flotante.
“¿Por qué Fuertelia es tan pequeño?” preguntó Paltio, frunciendo el ceño.
“Es un país de personas extremadamente fuertes,” explicó Mok.
“Decidieron ceder parte de sus territorios a los otros reinos para deshacerse de los más débiles.” “Entiendo,” murmuró Paltio, asintiendo lentamente.
“Entonces, empecemos por Hassdalia,” propuso Paltio después de un momento de reflexión.
“Desde ahí, bajaremos por esos tres reinos y luego volveremos por el sur para completar el circuito y regresar a casa.” “Como diga, señorito,” respondió Mok sonriéndole.
“Entonces, rumbo a Hassdalia será.” “Ya que…
Súbanse y cállense,” gruñó Pax, subiendo al carruaje y tomando las riendas.
Todos obedecieron y se acomodaron dentro del vehículo.
Las antorchas alrededor del carruaje se encendieron con llamas azules, iluminando el camino en medio de la oscuridad perpetua que envolvía el paisaje.
El carruaje comenzó a avanzar, dejando atrás el reino de Avocadalia.
El viaje hacia lo desconocido había comenzado.
¿Qué desafíos y peligros aguardaban a Paltio y su grupo en su búsqueda por los fragmentos del cetro?
Solo el tiempo lo diría.
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