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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 Lukeandria
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30: Lukeandria 30: Lukeandria Alita y su grupo recorrían los pasillos del palacio en busca de Troba y los amigos de Alita.

Corredor tras corredor, habitación tras habitación, el silencio era opresivo.

No había señales de vida; parecía que el lugar estaba abandonado, salvo por el rey y el príncipe a quienes habían encontrado antes.

Sin embargo, algo no cuadraba.

El ambiente cargado sugería que estaban siendo observados.

Galatea fue la primera en notarlo.

Una sensación helada le recorrió la espalda: alguien —o algo— las seguía.

No podía determinar de dónde venía ni cuántos eran, pero la certeza era inquietante.

Justo entonces, las luces del castillo comenzaron a parpadear, lanzando destellos erráticos que distorsionaban las sombras alrededor.

Antes de que pudieran reaccionar, algo atrapó a una de sus hijas.

“¡No, Ragil!” gritó Maxin con desesperación, pero solo el eco del grito de su hermana respondió, desvaneciéndose en el aire como si nunca hubiera existido.

“¿Qué pasó?” preguntó Galatea, girándose hacia su hija sobreviviente.

Maxin temblaba mientras balbuceaba: “Vi a Ragil… y luego algo la jaló.

¡Desapareció frente a mis ojos!” “¿Por dónde?” presionó Galatea, pero antes de que Maxin pudiera responder, una fuerza invisible también la arrastró, dejándola sin tiempo ni espacio para gritar.

Solo quedaban Galatea y Alita.

La primera apretó los dientes y miró a la segunda con urgencia.

“Mantente cerca.

No te separes de mí.” Galatea endureció su postura, preparándose para lo peor.

Su cuerpo se tensó como el acero, y una espada surgió de su espalda, brillando débilmente bajo la luz intermitente.

Alita tragó saliva, tratando de controlar su respiración entrecortada mientras apuntaba con su anillo mágico en todas direcciones, lista para defenderse.

De las sombras emergió una figura monstruosa, retorcida y amenazante.

Galatea empujó a Alita detrás de ella con un movimiento firme.

“Corre”, ordenó, enfrentándose a la bestia con decisión.

Alita obedeció, aunque sus pasos vacilantes revelaban su pánico.

Mientras corría, miró sobre su hombro para ver cómo Galatea luchaba contra la criatura, sus movimientos rápidos y precisos.

Pero entonces un grito desgarrador resonó por los pasillos, y todo quedó en silencio.

El corazón de Alita latía tan fuerte que apenas podía escuchar otra cosa.

Las luces volvieron a parpadear, y la sombra monstruosa reapareció frente a ella, materializándose como un espectro oscuro.

Antes de que pudiera reaccionar, algo pesado golpeó su cabeza, sumergiéndola en la oscuridad.

Una risa siniestra reverberó por los pasillos, burlándose de su derrota.

En una celda fría y húmeda, una voz dulce pero cargada de ira rompió el silencio.

“¡Dónde estoy!

¿Por qué no puedo moverme?” alguien tironeaba de sus ataduras, frustrada al descubrir que estaba encadenada de pies y manos a la pared.

Los grilletes metálicos cortaban su piel, impidiendo cualquier intento de liberarse.

“Oh, querida”, dijo otra voz desde las sombras, más áspera y cruel.

“Veo que ya despertaste.

Te ves mejor sin todo ese disfraz.” La figura señaló hacia un rincón donde yacían las piezas de una armadura y un casco.

“Así que eres una infiltrada”, continuó la voz, ahora identificable como la de Troba.

“Esto será interesante.

Tendré que informarle a tu jefe sobre tu pequeña traición.” La prisionera apretó los puños con rabia.

“¡Tú, maldita traidora!

¿Cómo te atreves a atacar a un soldado de las Sombras Rojas?” Troba soltó una carcajada seca, casi burlona.

“Tejod no acepta mujeres en su ejército, niña.

Así que dime, ¿a quién tuviste que matar para usurpar ese puesto?” Se acercó lentamente, inspeccionando el modulador de voz en el casco roto de Pax.

“Escondiendo tu belleza entre esta armadura…

Y usando tecnología anticuada para cambiar tu voz.

Qué astuta.” La malvada mujer sonrió con suficiencia, dejando caer el dispositivo al suelo.

“No temas, pequeña.

Para ahorrarte el drama con Tejod, yo misma me encargaré de ti.

Pero has traído un regalo delicioso: un mocoso con energía exquisita.

Perfecto para mí.” Los ojos de Pax ardían de furia e impotencia mientras Troba se alejaba, dejando a la joven prisionera en la penumbra.

“Maldita bruja,” escupió Pax con desprecio, su voz cargada de odio a pesar de estar encadenada.

“Absorbes energía de los hombres solo para mantener esa fachada de juventud.

Aunque en realidad eres una reliquia viviente de miles de años.” Troba sonrió con frialdad, como si el insulto no la afectara en absoluto.

“Una sacerdotisa tonta me lanzó una maldición que acelera mi envejecimiento,” explicó con un tono casual, casi como si estuviera contando una historia trivial.

“Pero hice un trato con una bruja al servicio del señor Urugas.

Para mantener mi juventud y belleza, debo absorber la energía de los hombres.

Además, puedo controlarlos, hacerlos obedecer mis deseos sin cuestionar.

Claro, eso no funciona con Tejod; de lo contrario, yo sería la primera al mando de Urugas, no él.” Sus ojos brillaron con crueldad mientras se acercaba a Pax, quien mantenía una expresión estoica pese a su situación.

“Pero ahora que te tengo, querida niña…

calculo que debes tener unos trece años.

Serás perfecta para mi ritual.

Me apoderaré de tu cuerpo y recuperaré mi juventud.” Troba soltó una risa escalofriante que resonó por toda la celda.

“¡Ja, ja!

No te preocupes, pequeña.

Aquí te dejaré algunas amiguitas para que te hagan compañía y no te sientas sola.” Con un gesto arrogante, Troba abrió la reja de la celda y arrojó dentro a Alita y a las demás chicas, que aún estaban inconscientes.

“Bueno, hasta que me apodere de ti, me retiro.

Voy a preparar todo.

Pronto, Troba volverá a tener trece años, aunque sea en otro cuerpo.

Pero no importa, encontraré la manera de adaptarme y vengarme de esa maldita sacerdotisa.” Troba se alejó con pasos elegantes, dejando tras de sí un aire de desdén y crueldad.

La celda quedó sumida en un silencio opresivo, roto solo por el débil gemido de alguien comenzando a despertar.

Alita fue la primera en abrir los ojos.

Se llevó las manos al rostro, tratando de enfocar su vista mientras intentaba recordar qué había pasado.

Cuando finalmente logró ver con claridad, notó a una figura atada a la pared frente a ella: una chica de cabello rojo ondulado que le cubría parcialmente el rostro.

Los grilletes metálicos mantenían sus brazos y piernas inmovilizados.

“¿Y tú quién eres?” preguntó Alita, su voz temblorosa pero curiosa.

La chica en la pared permaneció en silencio, observándola con cautela desde detrás de su cortina de cabello.

“¡Ah!

Déjame ayudarte a sacarte esas cadenas,” dijo Alita, decidida.

Comenzó a buscar algo con lo que pudiera liberarla, pero pronto notó a las otras chicas tiradas en el suelo.

Se acercó a ellas rápidamente, tocando sus frentes y buscando signos de vida.

“Qué bueno, siguen con vida,” murmuró aliviada.

Luego volvió su atención a la prisionera en la pared.

“¡Ay, cierto!

Voy a buscar algo para sacarte.

No tardo.” Mientras exploraba el lugar, Alita encontró la armadura de Pax dispersa en el suelo.

Frunció el ceño, confundida.

“¿Qué pasa?

¿Por qué está la armadura de Pax aquí?

Él nunca se la quita, ni siquiera para comer con nosotros.

Y… ¿dónde está ese sujeto?” Desde su posición encadenada, Pax pensó para sí misma: Vaya, esta chica no es muy lista en algunas cosas.

Sin embargo, no dijo nada, limitándose a observar cómo Alita seguía buscando pistas.

Pronto, las demás comenzaron a despertar.

Primero fue Galatea, quien se levantó tambaleándose, seguida por sus hijas.

Todas miraron a su alrededor, desorientadas, creyendo por un momento que habían muerto.

Pero al darse cuenta de que estaban en una jaula improvisada, sus ojos se llenaron de confusión y preocupación.

Finalmente, sus miradas se posaron en la figura encadenada contra la pared.

El cabello rojizo seguía ocultando su rostro, y su postura era tensa, como si estuviera esperando algo.

“¿Quién es esa?” preguntó Maxin, señalando a la desconocida.

Galatea entrecerró los ojos, estudiando a la chica.

“No lo sé, pero parece que también está atrapada.” Alita se acercó nuevamente a la misteriosa prisionera.

“Estoy tratando de encontrar algo para liberarte.

No te preocupes, no vamos a rendirnos.” La chica en la pared finalmente levantó la cabeza, revelando un rostro juvenil pero endurecido por la determinación.

“Soy Pax,” dijo con voz firme, aunque apenas audible.

“Y si queremos salir de aquí, necesitaremos más que buenas intenciones.” “Bueno, Pax, dinos…

¿quién te hizo esto?” preguntó Maxin, señalando los grilletes que aún rodeaban sus muñecas antes de ser liberada.

“¿Cómo que Pax?” Alita frunció el ceño, su voz llena de sorpresa.

“¡Te dije que era una chica!

Ya lo intuía,” intervino Ragil con un tono triunfante.

Galatea se acercó a los restos de la armadura esparcidos en el suelo y levantó el casco, notando un pequeño dispositivo adherido al interior.

“Así que este era el secreto detrás de tu voz grave y masculina,” murmuró mientras examinaba el modulador.

Sus ojos se entrecerraron ligeramente.

“Eras una chica todo este tiempo.” “El gran Pax, haciéndose pasar por alguien fuerte y misterioso…” Alita cruzó los brazos, sonriendo con cierta ironía.

“Y este debía ser el gran secreto que tanto guardabas, ¿verdad?

Golden lo sabía, ¿no?” Pax soltó un bufido desde su posición contra la pared, todavía encadenada.

“Sí, como sea.

Puedes burlarte si quieres, pero no saldremos de aquí si seguimos perdiendo el tiempo.” Su tono era cortante, aunque había un ligero temblor en su voz que sugería incomodidad.

“Y bien, ¿En verdad te llamas Pax o qué?” preguntó mirando a Alita con desafío.

Galatea no esperó más.

Con un movimiento rápido y preciso, utilizó toda su fuerza para arrancar los grilletes de la pared, liberando a Pax de su prisión.

La joven cayó hacia adelante, pero rápidamente recuperó el equilibrio.

Se sacudió el polvo y, con un gesto decidido, echó su cabello rojizo hacia atrás, revelando un rostro hermoso y unos ojos de un intenso color carmesí.

Las hermanas intercambiaron miradas impresionadas.

“¡Eres un aguacate como nosotras!” exclamó Maxin sin pensar demasiado.

“No,” respondió Galatea con firmeza, observando detenidamente a Pax.

“No es de nuestra especie.

Ella es una lúcuma.” “¿Una lúcuma?” Todas repitieron al unísono, inclinándose hacia adelante con curiosidad.

“Sí,” explicó Galatea.

“Son similares a nosotros, pero tienen una cáscara más delicada y su piel tiene un tono amarillo anaranjado.” “¡Ah!” Maxin se llevó una mano a la boca.

“Por eso pensé que se había sonrojado antes.” “No me sonrojo,” replicó Pax con una mezcla de orgullo y fastidio, aunque sus mejillas adquirieron un leve brillo dorado bajo la tenue luz.

“Vaya, tu voz es muy dulce,” comentó Alita, inclinando la cabeza con curiosidad.

“Entonces, ¿cuál es tu verdadero nombre, jovencita?” preguntó Galatea, cruzando los brazos con autoridad.

Alita levantó una ceja, añadiendo con tono burlón: “O prefieres que sigamos llamándote Pax?” La joven lúcuma dudó por un instante, como si las palabras se resistieran a abandonar sus labios.

Su mirada, inquieta pero firme, parecía debatirse entre la vulnerabilidad y la resolución.

Finalmente, exhaló con lentitud, un suspiro que cargaba el peso de una decisión largamente postergada.

Alzó el mentón con un gesto de dignidad contenida y enfrentó a quienes tenía frente a sí.

“Ya que han visto mi rostro y ahora saben quién soy realmente…” Su voz titubeó por un breve instante, como si las palabras lucharan por encontrar su lugar.

Enderezó la espalda, y un destello de determinación iluminó sus ojos.

“Pueden llamarme Lukeandria.

Ese es mi nombre.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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