La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 La Verdadera Forma de Troba
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32: La Verdadera Forma de Troba 32: La Verdadera Forma de Troba “Entonces, ¿conoces su verdadera forma?” preguntaron todas al unísono.
“No, pero vi su rostro: horrible y arrugado,” respondió Lukeandria con un estremecimiento apenas perceptible.
“Si logramos hacerla volver a ese estado, quedará sin energía.
Además, debemos alejarla de la guitarra que lleva consigo y cerrarle ese hocico.” Una sonrisa irónica cruzó su rostro antes de añadir: “Así tendremos una oportunidad de quitarle el control sobre los demás.” “Parece que me quería para algún tipo de ritual de cambio de cuerpo o algo así,” reflexionó Lukeandria, cruzando los brazos mientras fruncía el ceño.
“Ya veo…” murmuró Alita, pensativa, tocándose el mentón.
“Ahí está nuestra solución.
Ella no sabe que escapamos.
Si logramos atraerla hacia nosotros, podemos tenderle una trampa.
Pero primero necesitamos quitarle su fuente de energía: tenemos que rescatar a Paltio y a los demás.” Las chicas avanzaron por un túnel oscuro que parecía estar bajo el castillo.
El camino era estrecho y húmedo, y sus pasos resonaban con un eco sordo.
Finalmente, llegaron a una puerta.
Con sumo cuidado, Lukeandria la abrió, asegurándose de que no hubiera peligros al otro lado.
Lo que encontraron fue un amplio corredor que las condujo directamente a la sala principal del castillo.
“Regresamos,” anunció Galatea, mirando a su alrededor con cautela.
“Será mejor que consigamos algunas armas,” sugirió Alita.
“¿Sabes dónde podemos encontrarlas?” Galatea asintió.
“Cuando trabajaba aquí, había una sala donde guardaban todo tipo de armamento.” Siguiendo sus indicaciones, llegaron a una puerta verde.
Al abrirla, se encontraron con un arsenal impresionante: arcos y flechas, espadas, escudos y otras herramientas de combate.
“Cojan lo necesario,” ordenó Galatea a sus hijas, mientras Alita se movía rápidamente en busca de objetos específicos para contrarrestar a Troba.
Una vez equipadas, se dirigieron al cuarto que Lukeandria había mencionado.
Al llegar, inspeccionaron el lugar hasta que notaron un espejo sospechoso.
Con cuidado, lo movieron, revelando un pasadizo secreto.
Encendieron una antorcha y descendieron por unas escaleras estrechas.
Al pie de estas, encontraron a sus amigos casi sin energía: el príncipe Paltio, Ron y Mok, agotados y colgados de la pared con grilletes.
“Esa maldita tejona pagará,” murmuró Alita con rabia contenida mientras Galatea rompía los grilletes y liberaba a los muchachos.
“Bien, ¿y ahora qué?” preguntó Lukeandria, cruzándose de brazos mientras observaba la escena.
Alita intentó levantar a Paltio, pero este no respondía.
Incluso trató de llamar a Golden, pero tampoco hubo respuesta.
“¿Qué les hizo esa bruja a mis amigos?” exclamó frustrada.
“Ron ya era medio tonto, pero ahora está peor,” bromeó Lukeandria, aunque su tono traicionaba cierta preocupación.
“¡Eh!” protestó Alita, lanzándole una mirada severa.
“Bueno, se me pasó, pero tampoco es para tanto,” replicó Lukeandria encogiéndose de hombros.
Luego añadió: “Aunque ahora no podemos contar con el doradito,” refiriéndose a Golden.
“Eso sí que es malo.” “Debemos alejarlos de esa mujer,” intervino Alita con urgencia.
“Seguro que usó gran parte de su energía, y pronto necesitará más.
Tenemos que actuar rápido.” Galatea y sus hijas cargaron a los amigos inconscientes de Alita y se dirigieron a una habitación segura que Galatea conocía.
Era un refugio estratégico para mantener a Troba a raya.
Una vez allí, comenzaron a orquestar el plan.
Galatea dejó a los chicos en el suelo mientras las demás se preparaban para ejecutar la estrategia combinada de Lukeandria y Alita.
Escucharon unos pasos acercándose rápidamente hacia la habitación de donde habían sacado a los muchachos.
Luego, un grito de furia resonó por los pasillos: “¡No!
¿Dónde está mi fuente de energía?
¿Quién osa llevarse mi sustento?” Era Troba, furiosa y desenfrenada.
“Es tu turno,” le indicó Alita a Lukeandria con una sonrisa confiada.
Lukeandria asintió con decisión, se posicionó frente a la puerta y, sin dudarlo, la abrió de golpe.
Con una media sonrisa burlona curvando sus labios, dijo: “¿Me extrañabas, tejona loca?
Ah, por cierto…
gracias por dejarme llevarme tu fuente de energía.” Su tono era provocador, cargado de sarcasmo, pero en su mirada había un destello de astucia que delataba su confianza.
Sabía que estaba jugando con fuego, pero también sabía que Troba no podría resistir el cebo.
“¡Tú!
¿Cómo te escapaste, maldita traidora de las Sombras Rojas?
Ven aquí.
Acabaré lo que empecé.
Necesito tu cuerpo para mi nueva forma,” respondió Troba con voz amenazante.
Pero Lukeandria no esperó ni un segundo más.
Comenzó a correr tan rápido como pudo, zigzagueando por los pasillos mientras Troba la perseguía.
“¡Ven por las buenas!
No voy a hacerte daño…
¡No puedo dañar a mi nuevo cuerpo!
Ya tengo todos los ingredientes.
Ven a mí,” gritaba Troba, su voz cargada de impaciencia.
“No, gracias.
Atrápame si puedes, vieja tejona,” replicó Lukeandria sin detenerse, burlándose mientras seguía huyendo.
“¡De nada te servirá escapar!
Soy más rápida, y colocarte esa armadura de nuevo no te ayudará en absoluto,” rugió Troba, cada vez más cerca.
De repente, el suelo comenzó a crujir bajo el peso de algo enorme.
Lukeandria volteó brevemente y vio una figura monstruosa casi del tamaño del techo: un tejón demoníaco con cuerpo de mujer, garras afiladas como cuchillas y una cola larga y serpentina que arrastraba tras ella.
“¡Ah!
Ya veo…
Por eso me noqueaste sin darme cuenta.
Fue con esa cola, ¿verdad?
Vaya que eres horrible,” comentó Lukeandria con sarcasmo, aunque sus piernas no dejaban de moverse frenéticamente por los pasillos.
“¡Maldición!
Sí que es rápida esta tejona monstruo,” murmuró Lukeandria entre jadeos, tratando de esquivar los ataques de la bestia.
Troba avanzaba implacable, derribando todo a su paso.
Pasaron por una de las intersecciones que llevaban a los cuartos y los salones cuando, de pronto, alguien gritó desde las sombras: “¡Ahora!” Rápidamente, Alita salió de su escondite y jaló a Lukeandria hacia un costado.
“¡Es ahora, muchachas!” exclamó con decisión.
En ese instante, una soga muy dura emergió del suelo, deteniendo momentáneamente a la gran tejona monstruo.
Galatea, desde un lado, tiraba con fuerza de la cuerda, mientras sus hijas hacían lo mismo desde el otro extremo.
“¡Tiren con fuerza, niñas!” gritó Galatea, empleando toda la potencia que solo la familia Fuerte tenía.
Las chicas miraron a su madre con determinación y, juntas, lograron hacer tambalear a la gigantesca Troba.
Sin perder tiempo, Galatea sacó más cuerdas y comenzó a amarrar a Troba, asegurándola al suelo con estacas que clavó firmemente.
Finalmente, desenvainó su espada y se plantó frente a la tejona, apuntándola directamente.
“Te tenemos, maldita tejona,” declaró Galatea con firmeza.
“Devuélveme a mi familia.” “¡Ustedes, malditas!
¿Cómo se atreven?
¡Suéltenme ahora mismo o su castigo será inimaginable!” gritaba Troba, retorciéndose furiosamente mientras intentaba liberarse.
“Vaya, pensé que iba a ser difícil, pero lo logramos,” dijo Alita, secándose el sudor de la frente con una sonrisa triunfal.
“Pagaran caro,” rugió la tejona monstruo, aun luchando contra las sogas que la mantenían inmovilizada.
“Bien, con eso basta.
Ya que sus soldados fueron a perseguir a nuestras guerreras,” indicó Galatea, observando a Troba con desconfianza.
Pero entonces, Troba comenzó a reírse con una carcajada escalofriante: “¡Ja, ja!
Ya es mi tiempo.” En ese instante, su cuerpo empezó a cambiar, volviendo a su forma anterior.
Lo que quedó fue una tejona anciana y deforme, libre de las sogas que la mantenían cautiva.
“Qué horrenda eres,” murmuró Alita con asombro.
“Tienes razón, Lukeandria.
Es horripilante,” coincidieron las demás, intercambiando miradas de repulsión.
“¿Cómo osan quitarme mi belleza y burlarse de mí?
¡Pagaran!” gritó Troba, furiosa.
Sacó su guitarra de la espalda y comenzó a tocar y cantar.
Su melodía hipnótica resonó por el lugar, y poco a poco, de una pared todos los hombres de Fuertelia comenzaron a llegar, menos el rey y el príncipe, quienes aún estaban demasiado débiles al igual que Paltio y sus amigos.
“Ahora sí, pagarán caro su osadía…
¡Y me las comeré!” declaró Troba, llena de rabia.
“¡Hay que destruir esa guitarra!” exclamó Alita, pero al ver a Galatea y sus hijas, notó que estaban paralizadas, mirando a su familia con angustia.
No querían atacar, ya que estos se habían unido a los hombres que rodeaban a la tejona.
“Bien, con estos me alimentaré.
Luego acabaré con ustedes, tontas.
¿Qué se siente no poder hacer nada y ser derrotadas por sus propios familiares?” dijo Troba, luciendo aún más grotesca en su estado decrepito.
“Bien, yo seguiré con el plan,” anunció Lukeandria con determinación.
De un movimiento rápido, lanzó un cuchillo que cortó las cuerdas de la guitarra de Troba.
La tejona intentó volver a tocar, pero ya no podía.
“¡Tontas!
¿Creen que solo mi guitarra es mi poder?
¡También es mi voz!” rugió Troba antes de enviar a los hombres directamente contra ellas.
“También tenemos algo para eso.
Espero no fallar,” murmuró Alita mientras apuntaba su anillo hacia Troba.
Un chorro de agua salió disparado, entrando directamente en la boca de la tejona.
Troba comenzó a ahogarse, retorciéndose en el suelo mientras perdía casi por completo su voz.
“Será mejor que destruyan esa guitarra,” sugirió Lukeandria con urgencia.
Galatea, sacudiéndose del trance al escuchar esas palabras y viendo cómo las otras dos luchaban por algo más grande que su propio hogar, decidió actuar.
Con su fuerza sobrehumana, se abrió paso entre los hombres, y al llegar frente a la guitarra, la aplastó con sus manos como si fuera una simple lata.
Al hacerlo, unas luces brillantes emergieron del instrumento destruido: era la energía robada de los ciudadanos y de los demás, que rápidamente regresó a sus respectivos cuerpos.
Troba, ahogándose con su propia saliva, cayó al suelo, inconsciente.
“¡Mamá!”, “¡Esposa!” se escucharon voces emocionadas por todo el lugar.
Todos los hombres habían vuelto en sí, reconociendo a sus familias.
Alita también escuchó voces familiares.
Se giró y vio a Paltio y sus amigos corriendo hacia ella.
Sin pensarlo, los abrazó con fuerza.
“¿A qué se debe esto?” preguntó Ron con una sonrisa torcida.
“Cállate y disfruta el momento,” respondió Alita, ligeramente sonrojada.
“¿Qué pasó?” preguntó Paltio, confundido.
Alita le explicó brevemente lo ocurrido: “La tejona que ves allá controlaba a los hombres con esa guitarra.
Bueno, lo que queda de ella.” “Interesante,” comentó Mok, cruzándose de brazos.
En ese momento, la reina apareció junto al rey y su hijo, ahora con un semblante renovado gracias a que su vitalidad había sido restaurada.
Todos se acercaron a Alita y las chicas, agradeciéndoles por su valentía y sacrificio.
“¿Qué pasó en nuestra ausencia?
¿Te convertiste en toda una amazona guerra como en los cómics?” bromeó Ron al ver a Alita rodeada por todas las mujeres de Fuertelia, quienes le agradecían con entusiasmo.
“Bueno, no exactamente como guerrera…
más bien como estratega,” respondió Alita, sonrojándose ligeramente mientras desviaba la mirada.
“Gracias a ti encontramos a nuestro pueblo y pudimos armar ese plan,” añadió Alita, dirigiéndose hacia Lukeandria para agradecerle.
Pero antes de que pudiera pronunciar su nombre, Lukeandria se acercó sigilosamente y le susurró al oído: “No te olvides de que soy Pax.” Activó rápidamente su dispositivo de distorsión de voz, recordándole su identidad encubierta.
“Tienes razón…
gracias, Pax,” corrigió Alita, asintiendo con una pequeña sonrisa.
Lukeandria, ya vestida nuevamente como Pax, se alejó unos pasos mientras reflexionaba para sí misma: Paciencia.
Ya encontraré la forma de vencer a las Sombras.
Quizá ellos sean los indicados.
Miró de reojo a Paltio y sus amigos, pensativa.
En ese momento, todos comenzaron a festejar.
Habían vencido a Troba y capturado a las Sombras Amarillas gracias al equipo de Nomak.
El rey se disponía a acercarse a Paltio para ofrecerle su apoyo y revelarle dónde podría encontrar la pieza faltante cuando, de repente, un gran temblor sacudió el castillo.
Todos voltearon hacia donde yacía el cuerpo inerte de Troba.
Para su horror, este comenzó a moverse y a crecer hasta romper el techo del castillo.
Lo que emergió fue una criatura colosal: una gigantesca mujer con la cara de un tejón iracundo, cabellos largos y afilados como espadas, y una cola de serpiente cubierta de púas mortales.
“¡Malditos!
¡Pagaran con sus vidas!” rugió Troba con una voz ensordecedora que resonó por todo el reino.
“¡Estoy furiosa!
¡Me los comeré a todos por la humillación que me hicieron pasar!
Ahora no me dejan otra opción que entrar en mi verdadera forma.
¡Arrasaré con todo este reino y lo dejaré en cenizas!”
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