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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 34

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34: Ron 34: Ron “¡Pero!

¡¿qué ha pasado?!

¡Ron, muchacho!” gritó Mok desde abajo, su voz cargada de incredulidad al ver el cabello-espada atravesando la espalda de Ron.

“Pobre tonto,” murmuró Pax desde su posición, con un tono mezcla de sarcasmo y tristeza.

“Es por eso siempre los que se creen héroes terminan muriendo.” “¡Ron!” llamó Paltio con desesperación, su voz quebrándose mientras observaba la escena desde lo alto de Toco-Toco.

La culpa y la impotencia lo invadieron.

“Tranquilo, muchacho,” dijo Golden dentro de su mente, firme pero comprensivo.

“Debes continuar y vencer a esa cosa.

Honra a tu amigo caído.” Alita, aún en el suelo, intentaba levantar a Ron mientras sollozaba.

“No pensé… que eras pesado, Ron.

Solo pensé que eras un pesado, pero literalmente sí pesas,” balbuceó, tratando de hacer una broma nerviosa para distraerse del pánico que la embargaba.

“¿Qué cosas estoy diciendo?” se reprendió a sí misma, sus manos temblorosas sobre el cuerpo inerte de Ron.

“Por favor, levántate, tonto.

No me dejes.

Por favor… despierta.” Mientras tanto, Mok logró cortar el cabello-espada que había atravesado a Ron, pero ya era demasiado tarde.

El daño estaba hecho, y antes de que pudiera acercarse a ayudar, más mechones afilados fueron lanzados hacia él, obligándolo a retroceder.

“¡Ron!

¡Ron, no te mueras!” gritaba Alita desesperada, sacudiéndolo suavemente.

Sus lágrimas caían sin control mientras repetía: “Despierta, por favor…” Un destello de luz cálida envolvió la mente de Ron, llevándolo a un lugar diferente, un recuerdo lejano.

“Ron, Ron, despierta, muchacho.

Vamos, despierta o vas a llegar tarde.” Una voz familiar lo sacó de su letargo.

Ron se frotó los ojos y miró a su alrededor.

Frente a él estaba su abuelo, un hombre de bigote frondoso y blanco, sonriendo con calma.

“¿Abuelito?

¿Qué haces aquí?” “Pequeño niño, es hora de que vayas a la escuela.

Apúrate y cámbiate; se va a hacer tarde,” dijo el anciano con ternura.

“Ya, ya voy… aunque unos minutitos más,” murmuró Ron, medio dormido, estirándose bajo las mantas.

“Tonto niño, levántate.

Debes ir al colegio,” interrumpió otra voz más severa.

Era su padre, un hombre de lentes y vestimenta formal, que siempre parecía ocupado.

“Nada de ‘unos minutitos más’, jovencito.

Es hora de que aprendas algo.

¿O quieres ser un inútil toda tu vida?” El abuelo intervino rápidamente, poniendo una mano sobre el hombro del padre de Ron.

“Tranquilo, hijo.

Solo tiene diez años.

No seas tan duro con él.” “¿Diez años?

¡A esa edad yo ya trabajaba!” protestó el padre, cruzándose de brazos.

“¿O ya no te acuerdas?” El abuelo sonrió con paciencia.

“Claro que me acuerdo, pero cada niño es diferente.

Además, tú también fuiste un flojo busca pleitos cuando tenías su edad o bueno te buscaban.” Eso no tiene nada que ver ahora papa indico el padre de Ron.

Desde que su madre murió, el padre de Ron había tenido que hacerse cargo de todos sus hijos.

“Apúrate, Ron,” decía cada mañana mientras se preparaba para salir.

“Tú eres el mayor y debes dar el ejemplo.

Además, se me hace tarde para el trabajo.” Ron tenía tres hermanos más pequeños, y aunque su padre siempre trabajaba arduamente, también contaban con la ayuda del abuelo.

Ambos hombres habían asumido la responsabilidad de criarlos tras la muerte de la madre de Ron, quien falleció cuando él apenas tenía ocho años.

Aquel evento marcó un antes y un después en la vida de la familia.

Desde entonces, Ron no solo tuvo que aprender a lidiar con su propia pérdida, sino también a convertirse en un pilar de apoyo para sus hermanos.

Ron escuchó todo esto con media atención, todavía adormilado.

Finalmente, con un suspiro, se levantó de la cama.

“Bien, ya voy.” “Bien dicho, muchacho.

Apúrate, tu papá tiene un poco de razón,” comentó el abuelo mientras guiñaba un ojo.

“Nosotros te esperamos abajo con el desayuno.” Ron se cambió y bajó las escaleras arrastrando los pies, con su uniforme escolar impecable como siempre.

En la mesa lo esperaban sus hermanos: dos niños pequeños de cinco y seis años, y una niña de tres.

Su abuelo estaba allí también, luciendo sorprendentemente musculoso para su edad, preparando el desayuno con energía.

“Sí, preparé tus favoritas, muchacho.

Ven a desayunar,” dijo orgulloso, colocando un plato lleno frente a Ron.

Mientras Ron estaba en sumergido en lo que parecía un limbo, en el momento de la batalla alguien decía… “Ron, por favor…” suplicó Alita, sosteniendo su mano con fuerza.

Sus lágrimas caían sobre el rostro pálido de Ron, pero él no respondía.

En ese momento, la voz de Golden resonó nuevamente en la mente de Paltio, recordándole la urgencia de la situación.

“No podemos permitirnos perder más tiempo.

¡Sigue adelante!” Toco-Toco rugió con determinación, avanzando rápidamente hacia la cabeza de Troba.

Pero la imagen de Ron sacrificándose por Alita quedó grabada en la memoria de todos, un recordatorio doloroso del costo de la valentía.

En el limbo de Ron, todos se sentaron alrededor de la mesa para disfrutar el desayuno: unos panqueques recién hechos por el abuelo.

“¡Mis favoritos!” exclamó Ron con entusiasmo, devorando la comida con evidente apetito.

“¡Oye, tranquilo, muchacho!” lo regañó su abuelo con una sonrisa indulgente.

“Respira un poco o te vas a atorar.” “Bien, niños, me voy,” anunció el padre de Ron después de terminar su café.

“El abuelo los llevará a la escuela.” Con eso, tomó su maletín y salió apresuradamente hacia el trabajo.

“Abuelo, ya estamos listos,” indicaron los pequeños hermanos de Ron mientras este limpiaba sus rostros manchados de comida.

Aunque Ron era el mayor, siempre asumía un papel protector con sus hermanos.

Salieron de la casa, una vivienda de dos pisos modesta pero acogedora, suficiente para albergar a toda la familia.

Al llegar a la escuela, Ron acompañó a cada uno de sus hermanos hasta sus respectivas aulas, asegurándose de que estuvieran cómodos antes de despedirse del abuelo.

Al finalizar las clases, Ron esperó pacientemente a sus hermanos afuera del edificio escolar.

El abuelo ya estaba allí, cargando a la menor en su espalda y sosteniendo paletas de colores para todos.

“Gracias, abuelo, estuvo riquísima,” dijeron los hermanos de Ron al recibir sus dulces.

Sin embargo, el abuelo frunció el ceño al notar algo extraño en Ron.

“¿Otra vez te peleaste, muchacho?” preguntó señalando el ojo morado de Ron.

“Sí, bueno… No me gustan los bravucones,” respondió Ron encogiéndose de hombros.

“Aunque no soy muy bueno peleando, no puedo quedarme sin hacer nada cuando alguien necesita ayuda.” “Vaya, espero que los otros hayan quedado peor,” comentó el abuelo con una risita ligera, tratando de aligerar el ambiente.

“¡Por supuesto que sí!

Porque yo soy muy fuerte,” declaró Ron con orgullo fingido.

“Sí, claro, muchacho,” replicó el abuelo, claramente divertido.

“Seguro fue defendiendo a tu amigo el príncipe.

¿Cómo se llama?

Ah, Paltio, ¿verdad?” “¡Exacto!” interrumpió Ron rápidamente.

“Ese tonto siempre necesita ayuda.

Nunca le gusta defenderse y siempre anda en las nubes.

Es un poco raro.” “Vaya, qué amigo te has encontrado.

Parece que te complementa bien, muchacho,” bromeó el abuelo con una sonrisa traviesa.

“¡No, abuelo, no digas eso!” protestó Ron, sonrojándose intensamente.

“Además, ¿quién te dijo que fue por él?” “Bueno, no me gusta revelar mis fuentes, pero parece que fue tu amiga Alita quien contó el chisme,” respondió el abuelo con picardía.

“Parece que te cae…

y mucho.

¿Es tu novia?” “¡No!” exclamó Ron, ahora completamente rojo.

“¡Ella no es mi novia!

Es una sabelotodo y no me gustan ese tipo de personas.” “¡Ron tiene novia!” canturrearon sus hermanitos, riendo con malicia infantil.

“¡Que no tengo, malditos enanos!” gritó Ron mientras intentaba atraparlos, aunque los pequeños eran ágiles y escapaban fácilmente.

“¡Ya, ya, niños!

Dejen de discutir,” intervino el abuelo con autoridad, aunque sus ojos brillaban de diversión.

“Será mejor que regresemos a casa para echarte algo en esas heridas.” De vuelta en casa, el abuelo comenzó a curar a Ron, aplicando un líquido que ardía sobre sus heridas.

“Tranquilo, niño.

¿No decías que eras el más fuerte?” bromeó el abuelo mientras Ron hacía muecas de dolor.

“¡Sí lo soy!

Pero esto arde demasiado,” se quejó Ron, tratando de mantener la compostura.

“Quédate quieto, ya termino,” dijo el abuelo mientras aplicaba el último vendaje con cuidado.

“Sí, pero arde,” se quejó Ron, tratando de mantenerse firme, aunque sus gestos delataban el escozor.

“Pues sé valiente, muchacho,” respondió el abuelo con una sonrisa cálida.

“Además, todavía no te he contado mis historias ni mis viajes.

Ya sabes, lo que somos nosotros los ‘Fuerte’.” “Está bien, abuelo.

Seré fuerte, pero solo si me cuentas otra de tus historias,” negoció Ron con un brillo curioso en los ojos.

“Claro que sí,” aceptó el abuelo, asintiendo con orgullo.

“Me haces recordar a tu madre.

Ella siempre fue valiente, defendía a los demás sin pensarlo dos veces.” Ron se quedó en silencio por un momento, sorprendido al escuchar eso sobre su madre.

Quería saber más, quería que su abuelo le hablara de ella, además de contarle sus aventuras.

El abuelo comenzó a narrar: “Tu madre era una guerrera increíble.

Peleaba por salvar a los débiles, y fue así como conoció a tu padre.” Hizo una pausa antes de continuar.

“También conocí a un hombre una vez, un hombre con un poder extraordinario.

Podía crear una especie de protección capaz de resistir cualquier ataque.

La usaba para proteger a los demás, sacrificándose por quienes no podían defenderse.” Las historias fluyeron una tras otra, llenando la habitación de maravillas y recuerdos.

Pero cuando el abuelo miró el reloj, se dio cuenta de la hora.

“¡Uy!

Ya es tarde, muchacho.

Es hora de que duerman, y seguro no tarda tu padre en llegar.” “Gracias, abuelo, por cuidarnos,” dijo Ron, tomando el brazo del anciano con cariño.

“No hay de qué, mi muchacho.

Siempre estaré aquí para ti,” respondió el abuelo con ternura.

Dos años después… “Hay, mocoso, ¿otra vez peleándote?” El padre de Ron entró a la habitación, mirando con frustración las vendas y el yeso que cubrían el cuerpo de su hijo.

“No puedes estar tranquilo ni un día.

Mira cómo te dejaron.” Ron permaneció en silencio, acostado en la cama, sintiéndose culpable pero también molesto.

Su padre continuó: “Eres un busca pleitos.

No puedo con esto, quiero que entiendas algo de una vez.

Ya eres un niño grande, tienes doce años.

Mi padre te malcrió mucho con todos esos cuentos suyos.

¡No eres inmortal, niño!

Te pueden herir, y también puedes morir.

¿Es ese el ejemplo que quieres darle a tus hermanos?” El padre señaló el brazo enyesado de Ron con impotencia.

“No sé qué más hacer contigo.

Mira, apenas me alcanza para darles lo mejor posible con mi trabajo.

Casi no llego a fin de mes.

Tu abuelo nos dejó hace un año, muchacho, y solo te pido tu apoyo.

Ayúdame con tus hermanos, por favor.” “Papá,” comenzó Ron, intentando explicarse, “yo…

Solo que no me gusta dejar a nadie desvalido.

Así como lo hacía mi abuelo y mi mamá.” El padre de Ron, visiblemente afectado, le dio una cachetada.

“¡No sigas ese camino, muchacho!

Los dos eran soñadores, siempre pensando en ayudar a otros sin medir las consecuencias.

Cada vez que te veo, reflejas a tu madre en todo.” Ron sintió cómo algo dentro de él se rompía.

Con determinación, tomó fuerzas, se levantó de la cama y salió de la casa.

Había decidido escaparse, incapaz de lidiar con la presión y la frustración que sentía.

Pasaron unas horas mientras Ron vagaba por las calles de Avocadalia.

Observó tanto los lugares iluminados como los oscuros rincones de la ciudad, reflexionando sobre su vida y las palabras de su padre.

Pero pronto el hambre lo obligó a regresar a casa.

Al entrar, encontró a su padre dormido en el sofá.

Entre sueños, murmuraba: “Lo siento, Ron…

Te quiero, mi muchacho.” Ron sintió cómo su corazón se quebraba.

Sin hacer ruido, sacó una manta del armario y cubrió a su padre con cuidado.

Luego, con lágrimas en los ojos, le dio un beso en la frente.

“Lo siento, papá.

Yo también,” susurró antes de retirarse a su habitación.

Ron se retiró a su habitación, agotado física y emocionalmente.

Al cerrar los ojos, una voz familiar lo llamó desde la oscuridad.

“Ron, muchacho, despierta.” “¿Abuelo?” murmuró el chico, incrédulo.

Frente a él apareció la figura cálida y reconfortante de su abuelo, tan vívida como si estuviera vivo.

“Mi muchacho, veo que has crecido,” dijo el anciano con una sonrisa orgullosa, “pero aún sigues aferrándote a proteger al desvalido.

Mi tontito…” “Abuelo, ¿por qué te fuiste?” preguntó Ron, su voz temblorosa por la emoción contenida.

“Desde que nos dejaste, todo ha sido más difícil en casa.” “Lo sé, mi pequeño,” respondió el abuelo con ternura.

“Tu padre también está bajo mucha presión.

Ahora tiene la responsabilidad de cuidar a toda la familia sin ayuda de nadie.” “Llévame contigo, abuelo,” suplicó Ron, su voz cargada de angustia.

“No quiero estar en este lugar triste.” “No, mi niño,” negó el abuelo con firmeza, aunque su mirada reflejaba compasión.

“Tienes mucho por delante.

Además, tienes amigos que te necesitan y dependen de ti.

Debes apoyarlos.” El abuelo hizo una pausa antes de continuar: “Mira, te voy a enseñar algo, pero solo lo podrás mantener por unos instantes.

Luego tendrás que aprender a controlarlo.” Entonces Ron comprendió.

“Entonces…

¿todos estos recuerdos son relatos de cosas que ya han pasado en mi vida?” “Así es, mi niño,” confirmó el abuelo.

“Protegiste a tu amiga Alita con tu propio cuerpo, y por eso estás soñando esto o bueno en una especie de limbo.” “¿Eso quiere decir que he muerto?” preguntó Ron, su voz apenas un susurro.

“No, muchacho, no al menos por ahora,” respondió el abuelo con calma.

“Pero debemos darnos prisa.

Sé que te gusta defender a los demás, y por eso te voy a dar esto.” El anciano colocó una mano sobre el pecho de Ron, transmitiéndole una sensación cálida y poderosa.

“Ve y ayuda a los demás como siempre lo has hecho, mi niño.

Yo te estaré observando siempre, y estaré en tu corazón.” Una imagen surgió frente a ellos: Alita, desesperada, golpeaba el pecho de Ron mientras rogaba en voz baja.

“Por favor, no mueras…” El cuarto donde se encontraba Ron comenzó a tornarse blanco, y una luz brillante emanó del cuerpo de Ron.

“¡Vamos!, Ron, ¡no me dejes!” gritaba Alita, sus lágrimas cayendo sobre el rostro pálido de Ron.

“Eres mi amigo.

¡Dijiste que siempre seríamos amigos de por vida y que nada nos separaría!” Golpeaba suavemente su pecho, tratando de hacerlo reaccionar.

“Ya voy, Alita,” respondió Ron dentro de su mente, su voz decidida.

En ese instante, su cuerpo reaccionó.

Lentamente, abrió los ojos y miró a Alita.

“Aquí estoy, Alita,” dijo con voz firme.

Alita miro e incrédula al principio, pero luego una sonrisa de alivio iluminó su rostro.

“¡Ron!

¡Estás… vivo!”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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