La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 36
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36: Meliradal 36: Meliradal —Lástima que no pudiéramos hacer lo mismo en Hassdalia —murmuró Paltio con un dejo de tristeza en su voz, mientras miraba por la ventana del carruaje.
Su rostro se veía sombrío, como si los recuerdos de aquel lugar aún pesaran sobre sus hombros.
Alita permanecía sumida en sus pensamientos, sentada en silencio, sin decir una palabra.
Sus ojos reflejaban una profunda melancolía, pero también algo más: un conflicto interno que parecía consumirla lentamente.
—Oye, ¿te comió la lengua el ratón o qué?
—interrumpió Ron, rompiendo el silencio incómodo con su habitual tono bromista.
Miró a Alita con una sonrisa forzada, intentando aligerar el ambiente—.
¿Por qué tan seria, amiga?
Alita salió bruscamente de su trance, parpadeando varias veces antes de responder.
Levantó la vista hacia Ron, aunque su mirada seguía perdida, como si estuviera viendo algo más allá de él.
—No, no es nada… Creo que simplemente estaba sumida en mis pensamientos y no me di cuenta.
Disculpa —dijo ella en voz baja, con una timidez casi palpable.
Sin embargo, apenas terminó de hablar, volvió a colocar su mano bajo el mentón y regresó a su posición original, mirando distante por la ventana empañada del carruaje.
¿Qué estará pensando?, se preguntaron sus compañeros, especialmente Ron, quien no quedó convencido por su respuesta.
Había algo en su tono, en su mirada, que sugería que algo la preocupaba profundamente.
—Bien, hemos llegado —anunció Galatea con firmeza, rompiendo el silencio que había caído nuevamente sobre el grupo.
Luego de guiarlos por un sendero serpenteante durante más de tres horas, finalmente habían arribado a su destino.
El paisaje era imponente: tres colinas verdes se alzaban frente a ellos, cubiertas de hierba fresca que brillaba bajo la luz de la luna que era lo único brillante en este mundo, aunque cubierta con nubes.
Detrás de ellas, según las hijas de Galatea, se encontraba el santuario de la sacerdotisa.
Todos bajaron del carruaje con cierta rigidez, sintiendo el cansancio del viaje en sus músculos.
Galatea y sus hijas desmontaron de sus caballos con gracia, como si fueran una extensión natural de sus cuerpos.
Tras una breve pausa, comenzaron a subir por un camino angosto que serpenteaba entre las colinas.
Caminaban en fila india, siguiendo el ritmo pausado pero constante de Galatea, cuya figura alta y majestuosa destacaba incluso desde atrás.
El trayecto duró aproximadamente una hora.
Con cada paso, el aire se volvía más fresco, impregnado de un aroma a tierra mojada y flores silvestres.
Finalmente, al llegar a la cima de la colina más alta, el santuario emergió ante ellos como un espectro antiguo.
Estatuas femeninas talladas en piedra flanqueaban la entrada; sus túnicas de piedra estaban cubiertas por delicados tules que ocultaban sus rostros.
Parecían guardianas eternas, vigilantes del lugar sagrado.
Ingresaron al santuario en silencio, siguiendo a Galatea, quien encendía antorchas a su paso.
La luz titilante iluminaba el interior del lugar, revelando un espacio amplio y reverberante.
Las paredes estaban decoradas con más imágenes de mujeres, esta vez pintadas en tonos apagados que parecían desvanecerse con el tiempo.
Al final del gran corredor, una puerta roja se alzaba imponente, como una barrera entre el mundo mortal y algo más profundo.
Galatea hizo un gesto con la cabeza hacia una de sus hijas, quien obedeció de inmediato y abrió la puerta con cuidado.
Una luz cálida y dorada inundó el umbral, iluminando un rincón específico del santuario.
Justo entonces, algo —o alguien— se movió en la penumbra.
—¿Qué fue eso?
—preguntó Paltio, deteniéndose abruptamente.
Su voz resonó en el silencio, cargada de tensión.
—Señora, ¿está usted aquí?
Pensábamos que no estaría —dijo Galatea, inclinándose en una profunda reverencia.
Sus hijas la imitaron al instante, arrodillándose con respeto absoluto.
—Tranquilas, hijas mías.
Yo estoy aquí —respondió una voz femenina, suave pero poderosa, como el susurro del viento entre los árboles.
Mok, al escuchar esa voz, también decidió agacharse e inclinarse en señal de respeto.
—¡Oh!
Te conozco.
Y ahora eres todo un mayordomo de la realeza —continuó la voz, con un tono ligeramente divertido—.
¿Cómo van los anillos que te obsequié?
—Todo bien, gracias por preguntar.
Los cuido como algo importante para mí —respondió Mok, con una mezcla de formalidad y gratitud.
—¡Qué bueno!
—replicó la voz, con una calidez que llenó el ambiente.
En ese momento, Golden emergió de la semilla de Paltio, su figura brillante capturando todas las miradas.
—Así que aquí estabas —dijo Golden, con una sonrisa traviesa.
—¿Esta es tu amiga?
—preguntaron los demás compañeros de Paltio, sorprendidos.
—Sí —respondió Golden sin dudarlo, pero luego añadió con una risa contenida—: Aunque nunca pensé que fueras una sacerdotisa ahora.
—Pues sí, así es… Creo yo —respondió la mujer que apareció frente a ellos, con una voz serena pero cargada de autoridad.
La luz que la rodeaba comenzó a expandirse lentamente, como si el sol mismo emergiera de su figura.
En cuestión de segundos, toda la habitación quedó bañada en un resplandor luminoso, revelando cada rincón del santuario.
Era imposible no sentirse sobrecogido ante su presencia.
Era una mujer alta, etérea, que parecía flotar a unos centímetros del suelo.
Llevaba una túnica blanca inmaculada que ondeaba suavemente, como si una brisa invisible la acariciara.
Al quitarse el tul y la capucha, dejó al descubierto un rostro impresionante: sus ojos eran de un azul intenso, casi irreal, y sus facciones delicadas evocaban la gracia majestuosa de un ave exótica, similar a un guacamayo jacinto azul, su cabello era azul como el mar.
Su mirada era penetrante, como si pudiera ver más allá de lo que cualquier mortal podría ocultar.
Meliradal dirigió su atención hacia Golden, inclinando ligeramente la cabeza con curiosidad.
—Y tú… ¿te redujiste o qué te pasó, compañero?
Porque estás pegado a ese niño —dijo, señalando con un gesto elegante hacia Paltio.
Había un tono juguetón en su voz, pero también una pizca de asombro genuino.
Golden sonrió, aunque su expresión denotaba cierta incomodidad.
—Yo pensaba que eras una hechicera y no una sacerdotisa —replicó, cruzándose de brazos con aire desenfadado.
Meliradal dejó escapar una risa suave, casi musical.
—Como ves, amigo, hay cosas que cambian después de la desaparición de Avocios.
Ahora dime, ¿a qué debo su presencia?
—preguntó, clavando sus ojos azules en Golden con una mezcla de curiosidad y solemnidad.
—Es una larga historia —respondió Golden, encogiéndose de hombros.
Ambos se sumergieron en una conversación íntima, ignorando momentáneamente al resto del grupo.
Para los demás, era evidente que Meliradal aún tenía preguntas sobre cómo Golden había terminado atrapado en la semilla de Paltio tras la batalla contra aquel enemigo desconocido.
Sin embargo, los recuerdos de ese día parecían borrosos incluso para ella, como si el tiempo y el espacio se hubieran distorsionado durante aquel enfrentamiento.
De repente, Galatea interrumpió con respeto, aunque su voz temblaba ligeramente por la emoción contenida.
—Señora, disculpe… No quiero sonar grosera ni interrumpir su conversación —dijo, manteniendo la cabeza inclinada y las manos apretadas contra su regazo—, pero… cuando nuestro pueblo fue atacado, ¿por qué no pudimos contar con su ayuda?
Meliradal guardó silencio por un momento, como si sopesara cuidadosamente sus palabras.
Finalmente, respondió con una dulzura que hizo eco en toda la sala: —¡Ah!
Te refieres a eso, mi querida Galatea.
Bueno, créeme que quise ayudarlos… Pero algo me impide abandonar este lugar.
Hay una fuerza invisible que me mantiene aquí, atrapada.
Si salgo de aquí, solo puedo transformarme en un ave sin habla, sin poderes, igual que los animales salvajes que vagan libremente por este mundo.
No sé por qué ocurre esto, pero lo siento profundamente, mi fiel seguidora.
Lo siento mucho por no haber podido estar a tu lado cuando más me necesitabas.
Su voz era angelical, cargada de una tristeza que resonaba en el corazón de todos los presentes.
Galatea, aún arrodillada, asintió lentamente, comprendiendo las palabras de su sacerdotisa, aunque el peso de la decepción seguía latente.
—Levántate, Galatea —indicó Meliradal con gentileza—.
No es necesario que sigas en esa posición.
Mírame a los ojos.
Tú eres una de mis hijas más valientes, y siempre has sido leal a nuestra causa.
Galatea obedeció, levantándose lentamente mientras mantenía la mirada baja por respeto.
Sin embargo, Meliradal extendió su mano hacia ella, invitándola a mirarla directamente.
Sus ojos azules irradiaban compasión y sabiduría, como si quisieran transmitirle paz y entendimiento.
En un gesto de disculpa, Meliradal sacó de entre los pliegues de su túnica una pequeña botella de cristal que contenía un líquido dorado y brillante.
El perfume dentro parecía vibrar con energía, como si fuera algo vivo.
—Esto es para ti —dijo, entregándoselo a Galatea con delicadeza—.
Es un perfume mágico que puede cambiar temporalmente tu forma.
Úsalo con sabiduría.
Si Tejod intenta llamar a Troba, la tejona que fue derrotada, este perfume te permitirá obtener su forma y proteger el reino de otro posible ataque en represalia por lo que hicieron, como ya les dije puedo observarlos mas no ayudarlos.
Es mi manera de compensar mi ausencia.
Galatea sostuvo la botella con reverencia, sintiendo su calor contra su piel.
Sabía que aquel regalo no era solo un objeto, sino un símbolo de la confianza y el amor de Meliradal hacia ella y su gente.
Galatea se acercó a Alita con delicadeza, llevándola hacia adelante como si fuera un tesoro frágil que necesitaba ser presentado.
La joven de cabello rosa bajó la mirada, visiblemente nerviosa, pero también decidida.
Meliradal volvió su atención hacia ella, sus ojos azules brillando con una mezcla de curiosidad y compasión.
Era evidente que algo preocupaba profundamente a la chica; incluso sin tocarla, Meliradal podía sentir las emociones que emanaban de ella como olas de calor.
—Ven conmigo —dijo Meliradal con voz suave, haciendo un gesto hacia un rincón más tranquilo del santuario.
Su tono era cálido, casi maternal—.
No debes sentirte mal, muchacha.
Sé lo que estás pensando: que no fuiste de mucha utilidad para tus amigos, que uno de ellos estuvo a punto de morir frente a tus ojos por tu terquedad.
Pero mírame… No debes culparte.
Tienes un gran potencial dentro de ti, aunque aún no lo veas.
Alita la miró sorprendida, como si Meliradal hubiera abierto una puerta secreta en su mente.
¿Cómo sabía exactamente lo que sentía?
Antes de que pudiera preguntar, la sacerdotisa continuó: —Golden puede leer mentes, pero yo puedo sentir y leer los corazones de aquellos que me rodean en otras palabras los sentimientos.
Y créeme, tu corazón está lleno de luz, aunque ahora parezca opacado por la duda —explicó Meliradal, extendiendo una mano hacia el anillo que Alita llevaba en su dedo—.
Este anillo… Es un regalo poderoso.
Veo que Mok confió en ti al prestártelo.
Sin embargo, necesita energía para funcionar correctamente.
Meliradal tomó un cántaro cercano y vertió agua sobre la piedra del anillo.
En ese instante, esta comenzó a brillar con un destello azulado, como si despertara de un largo sueño.
Luego, la sacerdotisa se llevó una mano a la cabeza y extrajo cuidadosamente una de sus plumas, que parecía formar parte de una corona invisible sobre su cabello.
La pluma era larga y vibrante, de un azul intenso con destellos plateados.
—Toma esto —indicó, entregándosela a Alita con reverencia.
En cuanto Alita tocó la pluma, esta cobró vida entre sus manos, transformándose mágicamente en una pequeña ave: un arrendajo azul que revoloteó un momento antes de posarse en su hombro.
Sus ojos brillaban con inteligencia, y su voz era suave pero firme.
—Hola, muchacha —saludó el ave, inclinando ligeramente la cabeza hacia Alita—.
Soy Nakia, una de las sirvientes de Meliradal.
Estoy aquí para enseñarte todo lo que necesitas saber sobre la magia.
Nakia hizo una breve reverencia antes de acomodarse cómodamente en el hombro de Alita, quien la miraba con asombro y admiración.
—Veo que tienes muchas ganas de aprender —continuó Nakia, sonriendo—.
Será un placer ser tu maestra y ayudarte.
Ron, que había estado observando la escena con curiosidad, no pudo evitar intervenir.
—¡Eh!, ¿ella es como Toco-Toco?
—preguntó, pensando en el pequeño gatito que solía acompañar a Golden.
Meliradal soltó una risa ligera, casi musical.
—¿Te refieres al minino adorable que tiene Golden?
Sí, algo así.
Aunque espero que el michi no termine persiguiendo a mis aves—bromeó, guiñando un ojo.
—¡Sí!
Toco-Toco es muy bonito —dijo Ron con entusiasmo.
—¡Oigan!
¡Yo también soy linda!
—protestó Nakia, inflando el pecho con fingida indignación.
—Claro que sí, pequeña —respondió Meliradal con dulzura, acariciando suavemente el aire cerca de Nakia como si quisiera calmarla.
En ese momento, Paltio interrumpió la conversación, dirigiéndose directamente a Meliradal con una mezcla de ansiedad y vergüenza.
—Señora Meliradal, ¿podría ayudarnos a encontrar la parte del cetro que falta y se encuentra en este reino?
Golden dijo que usted podría hacerlo sin tener que realizar un ritual raro… Ya sabe, como ese que me obliga a hacer.
Lo intenté una vez, pero fue bastante incómodo —confesó, rascándose la nuca con nerviosismo.
Meliradal lo miró fijamente, como si evaluara su sinceridad.
Luego, extendió una mano hacia él con un gesto sereno.
—Claro que sí, hijo.
Dame tu mano —indicó.
Paltio obedeció, colocando su mano temblorosa sobre la de Meliradal.
En el mismo instante en que sus pieles se tocaron, los ojos y la boca de la sacerdotisa comenzaron a iluminarse con un brillo etéreo, como si fueran ventanas a otro mundo.
El aire a su alrededor pareció vibrar, cargado de energía mágica.
Los ojos del muchacho también se iluminaron como si estuviera saliendo de este plano terrenal.
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