La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 El Castillo Abandonado 1
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37: El Castillo Abandonado (1) 37: El Castillo Abandonado (1) Paltio entró en un breve trance mientras Meliradal lo guiaba hacia la búsqueda de lo que no podía percibir con sus sentidos normales: la parte del cetro perdida en el reino actual.
El muchacho comenzó a ver imágenes extrañas que se desplegaban frente a él como si estuviera inmerso en un mundo surrealista.
Todo parecía fluctuar entre lo real y lo imaginario, envuelto en una bruma plateada que distorsionaba los límites de la realidad.
—Muchacho, no te pierdas.
Solo sigue mi voz y no te salgas del camino —advirtió Meliradal, su tono firme pero tranquilizador resonando en la mente de Paltio como un eco lejano.
De repente, un sendero luminoso apareció bajo los pies de Paltio, delineado por una luz tenue que contrastaba con las tinieblas circundantes.
A ambos lados del camino, corrientes de aire rugían con fuerza, amenazando con arrastrarlo como una hoja seca si osaba desviarse.
Asustado, Paltio avanzó con cuidado, concentrándose en cada paso.
Luego, al fondo, vislumbró algo brillante: una luz intensa que parecía emanar calor y energía.
Sin pensarlo dos veces, corrió hacia ella, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza contra su pecho.
Al llegar, pudo ver claramente el lugar donde se encontraba la parte del cetro que tanto buscaban: un claro rodeado de árboles antiguos, coronado por una niebla dorada.
—¿Y ahora cómo salgo de este sitio?
—preguntó Paltio, mirando a su alrededor con ansiedad.
—¡Ah, pues…!
—respondió Meliradal con un tono travieso antes de sacar un abanico de entre los pliegues de su túnica y darle un ligero golpe en la cabeza al muchacho.
Paltio despertó de golpe en el santuario, junto a sus amigos.
Se llevó las manos a la cabeza, sobándose el lugar donde había recibido el golpe.
—¡Auch!
¿Por qué ustedes dos no saben más que despertarme de un golpe?
—se quejó, aún un poco mareado por la brusca transición.
Meliradal y Golden intercambiaron una mirada divertida antes de soltar una carcajada cómplice.
—Lo bueno es que ya sabes dónde está lo que buscas —dijo Meliradal, cambiando hábilmente de tema con una sonrisa amable.
—Será mejor que partan pronto.
Aún les faltan tres reinos más por visitar —agregó, con una mezcla de urgencia y preocupación en su voz.
—¡Oiga!
Es verdad.
Íbamos a preguntarte si sabes o conoces el paradero de Avocios —interrumpió Ron, levantando una mano como si acabara de recordar algo importante.
Meliradal suspiró profundamente, su rostro reflejando una tristeza casi palpable.
—Lamentablemente, no tengo idea de dónde está.
Lo último que recuerdo es haber estado en una batalla… Y luego, simplemente desapareció.
Fue igual que con Golden —explicó, mirando brevemente al pequeño ser pegado a Paltio—.
En cuanto a revertir a Golden a su estado natural… No sé cómo hacerlo.
Una magia mucho más poderosa lo encerró allí, y solo quien lanzó ese hechizo podría romperlo.
El grupo guardó silencio por un momento, asimilando las palabras de la sacerdotisa.
Sin más que decir o hacer, Meliradal los acompañó hasta la salida del templo.
Antes de despedirse, les dirigió una última mirada cargada de afecto.
—Cuídense mucho, por favor —les dijo con voz angelical—.
Me hubiera gustado ir con ustedes en este viaje, pero, como ya saben, estoy atada a este lugar.
Es como si unas cadenas invisibles me retuvieran aquí para siempre.
Luego, se volvió hacia Nakia, quien seguía posada en el hombro de Alita.
—Enséñale todo lo que puedas, Nakia.
Vi mucho potencial en esta joven cuando la conocí.
Confío en que será una gran aprendiz —indicó Meliradal con una sonrisa orgullosa.
—¡Oigan!
¿Y a mí no me van a dar nada?
—protestó Ron con fingida indignación, cruzándose de brazos.
Meliradal lo miró con diversión, aunque también con cierta seriedad.
—No sé mucho sobre tus poderes, pero tal vez un amigo en común mío y de Golden pueda enseñarte algo, si tienes la suerte de cruzarte con él en tu camino.
De lo contrario, deberás buscar a un maestro de la familia Fuerte que pueda guiarte.
—¿Te refieres a ese sujeto?
—intervino Golden de inmediato, su tono de voz cargado de molestia.
—Espero que no.
Y eso es todo lo que voy a decir al respecto —añadió, cruzándose de brazos con evidente fastidio.
Meliradal soltó una risa suave, como si estuviera tratando con niños pequeños.
—¡Ah, ya veo!
Aún siguen peleados, tú y él.
Parecen niños… Pero, en fin, espero que resuelvan sus diferencias algún día.
Finalmente, Mok se acercó a Meliradal, inclinándose respetuosamente.
—Es un gusto volverte a ver, Meliradal —dijo con calidez.
La sacerdotisa le acarició la cabeza con ternura, como si fuera un viejo amigo al que no veía desde hacía mucho tiempo.
—El gusto es mío, pequeño mayordomo.
Cuídate mucho, y no olvides usar esos anillos con sabiduría.
Con una última reverencia, el grupo partió, dejando atrás el santuario y la figura etérea de Meliradal, quien los observó marchar con una mezcla de nostalgia y esperanza.
Todos salieron del templo, dejando atrás su aura sagrada y misteriosa, y se dirigieron hacia el lugar que Paltio había visto en su visión guiada por Meliradal.
El muchacho rompió el silencio con una mezcla de nerviosismo y determinación.
—Es en una especie de castillo antiguo —explicó Paltio, señalando hacia el horizonte con dedos temblorosos.
Galatea frunció ligeramente el ceño al escucharlo, como si las palabras del chico hubieran despertado recuerdos oscuros.
—¿Te refieres al Castillo Olvidado?
—preguntó ella, su voz resonando con un tono más grave de lo habitual.
—¡El Castillo Olvidado!
—repitieron todos al unísono, como si el nombre mismo evocara un escalofrío colectivo.
—Sí, está al este de aquí.
Nos tomará un par de horas llegar, pero dicen que ese lugar está maldito —indicó Galatea, cruzándose de brazos mientras miraba hacia donde se suponía que estaba el castillo.
Su expresión era sombría, como si pudiera ver fantasmas flotando en la distancia.
Paltio tragó saliva, intentando disimular su miedo.
Sus manos temblaban ligeramente, pero logró hablar con firmeza.
—De todas maneras, necesitamos esa pieza para buscar pistas sobre el paradero de Avocios —dijo, tratando de convencerse a sí mismo tanto como a los demás.
Sin más palabras, partieron hacia el lugar.
Las hijas de Galatea, Ragil y Maxin, caminaban juntas, tomadas de la mano, sus rostros pálidos iluminados por el brillo tenue de la luna.
Temían encontrarse con fantasmas o apariciones, aunque Ron hacía todo lo posible por ocultar su propio miedo bajo una máscara de valentía fingida.
—No creo en esas cosas… Fantasmas, maldiciones, todo eso son historias para asustar niños —declaró Ron, aunque su risa forzada traicionaba su verdadera ansiedad.
Mok, por otro lado, era el único que no mostraba ninguna emoción frente a la perspectiva de adentrarse en el castillo maldito.
Su rostro permanecía impasible, como una estatua viviente.
Pax, en cambio, mantenía una mano firmemente apretada sobre la empuñadura de su espada, listo para desenvainarla ante cualquier peligro.
Finalmente, llegaron al lugar.
El castillo emergió ante ellos como una sombra descomunal: ennegrecido por el moho, con ventanas rotas que parecían ojos huecos y puertas destrozadas que crujían con el viento.
Era un espectáculo desolador, como si el tiempo mismo lo hubiera abandonado.
—Es aquí —anunció Galatea con solemnidad, su voz resonando en el aire frío.
Ragil dio un paso atrás, tomando a su hermana Maxin de la mano.
—Yo me quedaré aquí con mi hermana —dijo Ragil, su voz apenas un susurro.
—Bien —respondió Galatea sin discutir—.
Ustedes se quedarán en la guardia.
—Yo también quiero quedarme —intervino Paltio de inmediato, su voz temblorosa.
Ron soltó una carcajada burlona, aunque no pudo ocultar del todo su propia tensión.
—¿Qué pasa, tienes miedo?
No seas gallina —le dijo, dándole un golpecito en el hombro.
—Tranquilo, señorito.
Aquí estoy yo para protegerlo —intervino Mok con calma, colocando una mano tranquilizadora sobre el hombro de Paltio.
Su tono era firme, casi paternal, como si quisiera infundirle seguridad al muchacho.
—¡Bah!
Eres un bebé —espetó Pax con desdén, cruzándose de brazos mientras miraba a Paltio con una mezcla de burla y superioridad—.
Yo, en cambio, voy a entrar.
Con pasos firmes, se plantó frente a la puerta principal, su figura recortada contra la penumbra del castillo.
Su postura era desafiante, casi arrogante, como si estuviera listo para enfrentarse no solo a los fantasmas que podrían acechar dentro, sino incluso a las fuerzas oscuras más temibles que el lugar pudiera albergar.
La luz tenue de la antorcha que sostenía en su mano proyectaba sombras danzantes sobre su rostro, endureciendo aún más su expresión decidida.
Alita, quien había estado callada durante gran parte del viaje, finalmente habló.
Su voz sonó más segura ahora, como si la presencia de Nakia le hubiera dado algo de confianza.
—Estamos contigo —dijo, mirando a Paltio con una sonrisa cálida.
Sus palabras parecían sinceras, llenas de apoyo y camaradería.
Sin más preámbulos, los seis entraron al castillo.
Pax encendió una antorcha con una pequeña llama azul que brotó de su mano, iluminando el interior del lugar.
El aire olía a humedad y decadencia, y cada paso que daban hacía que el suelo crujiera bajo sus pies, como si el castillo entero estuviera a punto de desmoronarse en cualquier momento.
Caminaron en fila india por los pasillos desgastados, inspeccionando cada rincón en busca de la pieza del cetro.
Las paredes estaban cubiertas de musgo y telarañas, y el eco de sus pasos resonaba como un recordatorio constante de la soledad del lugar.
—¿Aún no, señorito?
—preguntó Mok en voz baja, caminando junto a Paltio con una actitud protectora.
—No, no… Está más adelante —respondió el muchacho, aferrándose al brazo del mayordomo como si fuera su única ancla en medio del caos.
Siguieron revisando los pasillos desolados del castillo, sus pasos resonando como ecos fantasmagóricos en medio de la penumbra.
Fue entonces cuando Ron se detuvo frente a un espejo polvoriento que colgaba torcido en una de las paredes.
Su reflejo lo miraba fijamente, y él no pudo evitar admirarse con cierto orgullo como todo ciudadano de Fuertelia que eran vanidosos.
—Pero ¿qué bien estoy?
—se dijo a sí mismo, ajustándose el cabello con gesto vanidoso—.
Este poder que me otorgó mi abuelo definitivamente ha hecho algo bueno… Se quedó absorto, observando su imagen en el espejo, hasta que algo cambió.
Sus propios ojos fueron reemplazados por unos demoníacos, rojos y llenos de malicia, que lo miraban desde el cristal.
El muchacho retrocedió de golpe, su corazón latiendo desbocado.
—¡Ron!
¡Deja de jugar!
—exclamó Alita con impaciencia, su voz resonando entre las paredes desgastadas del castillo.
Ron, sin embargo, no parecía dispuesto a rendirse.
Con el rostro pálido y los ojos muy abiertos, señaló frenéticamente el espejo mientras trataba de articular sus pensamientos.
—¡No, en serio!
¡Algo acaba de pasar allí!
—insistió, su voz temblorosa teñida de nerviosismo—.
¡Vi algo… algo que no debería estar ahí!
A pesar de su insistencia, Alita lo miró con escepticismo, como si estuviera tratando con un niño pequeño que inventaba historias para llamar la atención.
Su expresión era una mezcla de frustración y cansancio.
—Ron, esto no es momento para tus bromas —replicó ella, cruzándose de brazos mientras apartaba la vista del espejo, ignorando por completo la angustia en la voz del muchacho.
Pero Ron no podía dejarlo pasar.
El recuerdo de aquellos ojos demoníacos seguía grabado en su mente, brillando con una intensidad que parecía quemar incluso después de haberse alejado del espejo.
Su respiración se aceleró mientras intentaba convencerla, aunque sabía que sus palabras sonaban poco convincentes incluso para él mismo.
Alita lo miró con incredulidad, sin darle importancia.
—Ron, deja de inventar cosas.
No hay tiempo para esto —respondió ella, frunciendo el ceño.
Sin embargo, antes de que pudieran seguir discutiendo, el suelo bajo ellos se desmoronó sin previo aviso.
Con un grito ahogado, tanto Alita como Ron fueron tragados por la oscuridad.
—¡Alita!
¡Chico pelos de puercoespín!
—exclamó Galatea pasando por el lugar donde habían estado los chicos, solo vio su reflejo en el gran espejo que estaba a enfrente de ella.
—Es Ron, pero “chico pelos de puercoespín” le queda bien —intervino Pax con una sonrisa burlona, aunque rápidamente añadió—: Aunque más parece césped… —y soltó una risita contenida.
—¡Hey, chicos!
¿Dónde están?
—preguntó Paltio, girando sobre sus talones mientras escaneaba el lugar con ojos llenos de preocupación.
Su voz resonó entre los pasillos vacíos, pero no hubo respuesta más que el eco de su propia pregunta.
—Relájate, seguro se habrán ido a hacer cositas —indicó Pax con tono sarcástico, cruzándose de brazos mientras esbozaba una sonrisa traviesa.
—¿A qué te refieres?
—preguntó Paltio, frunciendo el ceño con confusión.
Su expresión denotaba tanto desconcierto como cierta incomodidad ante el comentario de Pax.
Golden emergió de la semilla en forma holográfica, flotando junto a Paltio con una expresión divertida que contrastaba con la seriedad del momento.
Sus ojos brillaban con malicia mientras observaba al muchacho.
—Vaya, parece que eres lento, muchacho —comentó Golden, soltando una risita burlona—.
¿O será que simplemente no quieres ver lo obvio?
Paltio abrió la boca para replicar, pero antes de que pudiera articular una respuesta, Pax interrumpió con otra carcajada.
—Vaya, ¿por qué tiemblas, Paltio?
No pensé que fueras un miedoso —dijo Golden con tono burlón, cruzándose de brazos mientras estudiaba al muchacho con una mirada divertida pero desafiante.
Su figura holográfica flotaba a pocos centímetros del suelo, irradiando una confianza que contrastaba con el nerviosismo de Paltio.
El joven apretó los puños, tratando de disimular su temblor, pero era evidente que las palabras de Golden habían tocado una fibra sensible.
—Después de todo —continuó Golden, inclinándose ligeramente hacia él como si fuera a revelar un secreto—, peleaste solo contra cucarachas gigantes y serpientes venenosas.
Me sorprendes, principito.
El apodo fue pronunciado con un énfasis irónico que hizo que Paltio se pusiera aún más tenso.
Sus mejillas se colorearon de vergüenza, aunque intentó mantener una expresión estoica.
Era obvio que Golden disfrutaba de su incomodidad, pero también parecía haber un trasfondo de curiosidad en su tono: ¿realmente esperaba ver cómo reaccionaría Paltio ante sus provocaciones?
Paltio apretó el antebrazo de Mok con fuerza, tratando de contener su ansiedad.
—Bueno, no le tengo miedo a la oscuridad… Pero sí a las cosas que la hacen tétrica —explicó, su voz temblorosa.
Pax soltó una carcajada sarcástica.
—Quizá esos dos simplemente necesitaban un tiempo a solas —comentó, guiñando un ojo hacia sí mismo puesto que llevaba su casco puesto.
—No lo creo —replicó Mok con seriedad, escaneando el lugar con atención.
Mientras tanto, Paltio seguía sintiéndose incómodo.
De pronto, algo helado pareció rozar su nuca, seguido de un susurro apenas audible que lo hizo estremecerse.
—¡Oigan, chicos!
¿Escucharon eso?
—preguntó, girándose bruscamente hacia los demás.
Mok lo miró con calma, aunque su expresión denotaba cierta preocupación.
—No, señorito.
Creo que fue su imaginación.
Será mejor que prosigamos seguramente sus amigos se adelantaron —indicó el mayordomo, intentando tranquilizarlo.
Pax asintió, aunque sus ojos ya mostraban signos de incomodidad.
—Sí, salgamos rápido de este lugar.
Ya me está dando escalofríos… —admitió, justo cuando la antorcha que sostenía se apagó de golpe.
—Pero ¡quién apagó la luz!
—protestó Pax, mirando a su alrededor con creciente ansiedad.
—¡Oigan!
¿Por qué no prendes tus botas, principito?
¡Ilumina el lugar!
—sugirió Pax, señalando los pies del muchacho.
Paltio estaba a punto de responder cuando voces extrañas comenzaron a resonar en la oscuridad.
Eran murmullos inquietantes que parecían provenir de todas partes y ninguna a la vez.
—¿Escucharon eso?
—preguntó Mok, su tono ahora más serio.
—Sí, pensé que Paltio solo estaba actuando producto del miedo… Pero yo también lo escuché —confirmó Galatea, su voz cargada de tensión.
Los ruidos se intensificaron, convirtiéndose en risas bajas y palabras entrecortadas.
Luego, una voz clara y amenazante resonó en el aire: —Se van a morir aquí.
El grupo se quedó paralizado por un momento, hasta que Paltio reaccionó.
Chocó las suelas de sus botas entre sí, activando una luz brillante que iluminó el lugar de inmediato.
Lo que vieron frente a ellos fue tan aterrador que les puso los pelos de punta a todos.
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