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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 El Castillo Abandonado 2
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38: El Castillo Abandonado (2) 38: El Castillo Abandonado (2) Paltio encendió las luces de sus botas con un leve golpeteo de ambas, inundando el lugar de una tenue luminiscencia.

El haz de luz reveló algo inquietante: rostros flotantes que parecían observarlos desde las sombras.

Pero lo peor aún estaba por venir.

Una gigantesca cabeza demoniaca emergió lentamente de la oscuridad, su forma ominosa proyectando sombras danzantes sobre las paredes desmoronadas.

Sus ojos ardían como brasas incandescentes mientras su voz resonaba en el aire, primero dulce y melosa, luego fría y malévola: “Morirán aquí.” “¿Qué demonios es eso?” gritó Galatea, su voz temblorosa delatando el terror que sentía ante aquella aparición sobrenatural.

Su cuerpo se tensó, y sus manos buscaron instintivamente el arma a su costado.

“No sé qué sea, pero voy a combatirlo,” declaró Pax con determinación.

Desenvainó su espada con un destello plateado y se lanzó hacia las cabezas flotantes.

La hoja atravesó limpiamente una de ellas, pero no hubo sangre ni resistencia; solo un eco burlón que llenó el ambiente.

“¡No puedes matar lo que ya está muerto!” respondieron las cabezas al unísono, sus voces resonando como un coro siniestro.

“¡Entonces son fantasmas!” exclamó Pax con dureza, justo antes de sentir un impacto brutal en su espalda.

Fue lanzado hacia una de las paredes, que cedió bajo su peso debido a su estado ruinoso.

El golpe resonó en el espacio vacío, dejando una nube de polvo suspendida en el aire.

Galatea intentó intervenir, desenvainando su propia arma, pero una fuerza invisible la repelió sin piedad.

Cayó junto a Pax, quien aún trataba de recuperar el aliento.

Ambos intercambiaron miradas de frustración y miedo.

“¿Qué cosa eres?” preguntó Paltio, aunque su voz tembló ligeramente, traicionando su nerviosismo.

Era evidente que nunca había enfrentado algo así: fantasmas, espectros, seres que desafiaban la lógica de la vida y la muerte.

“Nosotros…” dijeron las cabezas flotantes, cuyas formas se asemejaban a avocados comunes, como cualquier ciudadano ordinario.

“Solo somos sirvientes de la gran cabeza.” Todas las miradas se dirigieron hacia la imponente figura demoniaca, que habló con una voz que retumbaba como un trueno lejano: “Yo soy el soberano de este lugar.

Soy un espectro, y mi nombre es Eveldow.

Han invadido mis dominios, y pagarán esa osadía con sus vidas.” “Espere, señor Eveldow,” intervino Mok rápidamente, tratando de calmar la tensión.

“Lamentamos haber entrado sin permiso.

Mi nombre es Mok, y este joven a mi lado es el príncipe Paltio de Avocadalia.

Solo hemos venido por una pieza del cetro que está oculta en este lugar.

¿Podría contárselo usted, señorito Paltio?” Paltio abrió la boca para hablar, pero las palabras simplemente no salieron.

Era como si un nudo invisible se hubiera formado en su garganta, paralizando su capacidad de expresarse.

Sentía el peso de los ojos de Eveldow clavados en él, examinándolo, juzgándolo.

Golden, notando la incomodidad del príncipe, decidió intervenir.

“Venimos en busca de la pieza del Cetro de Avocios,” explicó con firmeza.

“Si no conseguimos encontrarla, las consecuencias podrían ser devastadoras para todos los reinos.” Eveldow inclinó su enorme cabeza, evaluando las palabras de Golden con una mirada penetrante.

Luego soltó una risa grave y resonante, como un eco distante que parecía vibrar en los huesos de quienes lo escuchaban.

“Eso no me importa.

Tú también eres un espectro, ¿verdad?” preguntó, su tono cargado de una mezcla de desprecio y curiosidad.

“No, no lo soy,” respondió Golden rápidamente, levantando las manos en señal de paz.

Su voz sonaba calmada, pero sus ojos revelaban un atisbo de tensión ante la intensidad de Eveldow.

El espectro desvió entonces su atención hacia Paltio, señalándolo.

“Y tú, niño…

¿crees que por ser de la realeza te consideras superior a mí?” Su voz ahora parecía arder como llamas invisibles, irradiando una ira contenida que hizo que todos en la sala se tensaran.

Mok, notando la creciente tensión, intervino con rapidez, adoptando un tono conciliador.

“Mmm…

Lo siento, señor Eveldow,” dijo, bajando la cabeza en un gesto de reverencia.

“El príncipe parece tener miedo.

Con este aspecto aterrador que tiene, no me sorprendería que se hubiera quedado entumecido del susto.” Hizo una pausa, midiendo cuidadosamente sus palabras antes de continuar: “Espero que el muchacho no se haya orinado en sus pantalones…

aunque, dadas las circunstancias, sería comprensible.” Eveldow permaneció en silencio durante unos minutos, sus ojos fijos en Mok mientras procesaba sus palabras.

Finalmente, soltó un suspiro audible y su expresión se suavizó ligeramente.

“¡Ah!

Esto…

sí, ya veo.

Puedo ser amenazador a veces, ¿verdad?

Supongo que es justo.

Espero que el muchacho no se haya orinado en sus pantalones, porque del susto se quedó entumecido en tu brazo mayordomo.” Una sonrisa burlona cruzó su rostro mientras reflexionaba sobre su propia apariencia.

“No me sorprendería si lo hubiera hecho.” Hizo una pausa, como si estuviera considerando algo importante.

Luego añadió: “Cambiaré a algo más amigable.” El espectro comenzó a transformarse frente a sus ojos.

Su forma demoniaca, antes imponente y aterradora, se desvaneció poco a poco.

Sus rasgos afilados y su aura amenazadora dieron paso a la apariencia de un señor avocado de mediana edad.

Su cabello negro corto estaba perfectamente peinado, y unos lentes redondos descansaban sobre su nariz.

Aunque su presencia seguía siendo imponente, ahora irradiaba una calma casi paternal, como si fuera un abuelo bondadoso en lugar de una criatura sobrenatural.

“Así está mejor,” declaró Eveldow, ajustándose los lentes con un gesto casual.

Una de las cabezas flotantes flotó cerca de él y comentó, con un tono divertido: “Señor, creo que también debería cambiar esa voz de pesadilla.” Eveldow soltó una carcajada profunda y gutural.

“Tienes razón.

Supongo que aún puedo asustar a alguien con esta voz, ¿no?” “Así está mejor para ustedes,” indicó Eveldow, su voz ahora cálida y amigable, casi como la de un anciano afable.

“Sí, mucho mejor, señor Eveldow,” respondió Paltio, finalmente recuperando la compostura tras el susto inicial que le había provocado la forma demoniaca del espectro.

“Casi me da un terrible susto…

incluso pensé que me desmayaría aquí mismo,” añadió con una risa nerviosa, aunque no pudo evitar ruborizarse al recordar el comentario insinuante del espectro sobre su reacción.

“Lo siento, muchacho, lo que insinué antes fue solo una broma,” dijo Eveldow con una sonrisa tranquilizadora, ajustándose los lentes.

“Pero entiendo que fue irrespetuoso entrar sin invitación a mis dominios.

Por favor, dime por qué están aquí.” “Bien, señor Eveldow,” comenzó Paltio, respirando profundamente para calmar sus nervios.

“Estamos en una búsqueda para encontrar las partes del Cetro de Avocios.

Necesitamos salvar a mi pueblo y a mis padres.

Golden puede mostrarle todo lo que ha sucedido hasta ahora.” Eveldow arqueó una ceja, interesado.

“Bien, adelante.

Muéstrenme lo que han vivido hasta ahora.

Juzgaré si merecen mi interés o no.” Golden asintió y proyectó un holograma desde su dispositivo, mostrando los eventos recientes como si fueran una película.

Las imágenes se desplegaron en el aire, capturando cada detalle desde la perspectiva de Paltio, quien había accedido a que leyera su mente para compartir su experiencia.

Eveldow observó atentamente, inmerso en la narración.

Sus labios se fruncieron en momentos tensos, y sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa y emoción cuando vio las pruebas que el grupo había superado.

Al terminar, golpeó su puño contra la otra mano, produciendo un sonido seco que resonó en el espacio.

“Admito que me sorprendió,” confesó Eveldow, su tono más serio ahora.

“Incluso me conmovió tu historia, muchacho.

Sin embargo,” continuó, mientras una sonrisa astuta cruzaba su rostro, “si quieres entrar en mis dominios y obtener lo que buscas, primero tendrás que salvar a tus amigos.” De repente, del suelo emergió un tubo transparente y grueso, dentro del cual estaban atrapados Alita y Ron.

El tubo vibraba ligeramente, y ambos golpeaban las paredes internas con desesperación, sus expresiones reflejando pánico y angustia.

Junto al tubo, un reloj de arena comenzó a girar lentamente, marcando el tiempo con gravedad ominosa.

“¡Con que ahí estaban!” exclamó Galatea, levantándose de un salto después del impacto anterior.

Pax, aún debajo de ella, protestó con un bufido: “¡Ya puedes pararte!

Pesas más de lo que parece.” “¡Son ustedes!” gritaban Alita y Ron, sus voces amortiguadas pero visibles en sus gestos frenéticos.

“¡Sáquennos de aquí!” suplicaban, aunque el grosor del tubo hacía imposible escucharlos claramente.

Aunque silenciosos, sus movimientos desesperados transmitían el terror que sentían.

“La prueba es simple, niño,” anunció Eveldow, cruzándose de brazos.

“Solo tú, y nadie más que tú, puedes hacerla.

Ni tu mayordomo ni esa cosa que sale de tu semilla,” añadió, señalando a Golden con un gesto despreocupado, “pueden intervenir.

¿Estás de acuerdo con los términos?” Paltio miró hacia el tubo, donde sus amigos seguían luchando inútilmente contra su prisión.

Sabía que no tenía opción.

“Bueno, no me queda de otra,” admitió con determinación.

“Lo haré.

¿De qué trata la prueba?” “La prueba, como te dije, es fácil,” explicó Eveldow, extendiendo un brazo hacia lo que estaba detrás de ellos.

“Solo debes llegar al último corredor de este castillo, ubicado en el cuarto piso, y traer una hoja del árbol que se encuentra allí.

No hay nada más fácil que eso, ¿verdad?” “¿Parece fácil o no?” preguntó Paltio, frunciendo el ceño.

“No, no hay nada más fácil que lo que te propongo,” repitió Eveldow, su voz cargada de ironía.

“Pero…” “Sabía que siempre hay un ‘pero’ en estas cosas,” comentó Golden con una mezcla de sarcasmo y preocupación en su voz.

“Hay trampas en muchos lugares.

Debes actuar con cautela y rapidez, ya que solo tienes el tiempo marcado por ese reloj.” Eveldow asintió, señalando a una pequeña cabeza flotante que parecía pertenecer a un niño.

“Esta cabecita flotante irá contigo para que sepas cuándo se termina el tiempo estipulado.

Ve con él, Milko.” “¡Sí, señor Eveldow!” respondió la cabeza infantil con entusiasmo, aunque sus movimientos descoordinados dejaban claro que no era precisamente el más confiable de los acompañantes.

Las otras cabezas flotantes comenzaron a murmurar entre sí, sus voces apenas audibles pero cargadas de burla: “¡Uy!

Va a enviar al despistado de Milko.

Esto será interesante.” “¿Preparado, príncipe?” preguntó Eveldow, cruzándose de brazos mientras observaba a Paltio con una expresión que combinaba curiosidad y expectativa.

“Usted puede, señorito Paltio,” animó Mok desde su posición, levantando los puños como si estuviera listo para hacer porras.

“¡Le haré porras desde aquí!” “¡Sí, usted puede, príncipe!” añadió Galatea, su tono decidido tratando de infundir confianza en Paltio.

“No falles, mocoso,” gruñó Pax, aunque su comentario tenía un trasfondo de apoyo más que de crítica.

Paltio miró a su alrededor, sintiendo la presión de las expectativas de todos sobre sus hombros.

Golden, siempre práctico, intervino con un consejo último: “Creo que tendrás que correr mucho, muchacho.

Y sé que no eres bueno para los deportes, pero tendrás que hacerlo.

La arena está conectada a la máquina.

Si el tiempo se acaba…” “Así que lo sabes,” interrumpió Eveldow con una sonrisa fría, completando la frase.

“Si el tiempo se acaba y no logras el objetivo, tus amigos serán sepultados en arena…

y, bueno, conseguiré dos súbditos más.” El espectro soltó una risa baja y escalofriante, como el eco de un trueno lejano.

Paltio tragó saliva, su garganta repentinamente seca.

Miró hacia el tubo donde Alita y Ron seguían luchando inútilmente contra su prisión transparente.

Sus rostros reflejaban pánico, y sus golpes desesperados resonaban débilmente en el aire.

“Puedo hacerlo,” se dijo Paltio a sí mismo en un susurro apenas audible, intentando calmar el torbellino de emociones que amenazaba con consumirlo.

Respiró profundamente, cerrando los ojos por un momento antes de abrirlos con determinación renovada.

Asintió con la cabeza hacia Eveldow, indicando que estaba listo.

“Pues bien, empecemos, muchacho,” declaró Eveldow, levantando su mano lentamente.

Contó con sus dedos, cada número resonando como un martillazo en el silencio tenso del lugar: “Tres…

dos…

uno.

Es momento de empezar.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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