La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 El Castillo Abandonado 3
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39: El Castillo Abandonado (3) 39: El Castillo Abandonado (3) Paltio empezó a correr como si el viento mismo lo empujara, desesperado por escapar de la visión que lo perseguía: sus amigos convertidos en cabezas flotantes.
Su respiración era agitada, entrecortada, mientras los latidos de su corazón resonaban en sus oídos como tambores distantes.
¿Por qué ese espectro quería una hoja de aquel árbol?
Se preguntaba Golden dentro de la mente de Paltio, luchando por comprender la lógica detrás de tal deseo.
No tenía sentido.
“Ahora no es el momento para preocuparnos por eso,” interrumpió Paltio, su voz temblorosa pero decidida mientras seguía corriendo.
“Recuerda que tenemos compañía…
y puede darse cuenta de que estamos en un enlace psíquico.” Sus palabras eran rápidas, casi jadeantes, pero cargadas de urgencia.
“¡Apúrate, niño príncipe!” exclamó Milko, cuya voz sonaba tan cercana que parecía pegada al hombro de Paltio.
Su tono burlesco y burlón contrastaba con la tensión del momento.
“Ya llegué al segundo piso,” anunció Paltio, deteniéndose brevemente para recuperar el aliento.
“Lo sé, no estoy ciego,” replicó Milko con impaciencia.
“Pero las escaleras están al fondo del pasillo.
Será mejor que te des prisa.” Con un asentimiento rápido, Paltio reanudó su carrera.
El pasillo bajo sus pies parecía inestable, crujía como si estuviera a punto de colapsar en cualquier momento.
De repente, del suelo emergieron flechas que silbaron cortando el aire, impactando contra las paredes con un eco metálico.
Por suerte, Paltio era más bajo debido a su edad; las flechas estaban diseñadas para alcanzar a personas adultas.
“¡Uf!” Exhaló el muchacho, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Llegó a las escaleras y comenzó a subir al tercer piso.
Mientras tanto, fuera del enlace psíquico, Alita y Ron luchaban contra la arena que ya les llegaba hasta las rodillas dentro del tubo.
“Espero que Paltio pueda llegar,” murmuró Alita, su voz apenas audible entre el rugido de la arena.
“Oye, mayordomo,” dijo Pax acercándose a Mok con paso decidido.
“¿No puedes cortar este tubo con tu espada mágica y liberarlos?” Mok negó lentamente, su expresión serena pero firme.
“Podría hacerlo, pero eso sería traicionar a nuestro anfitrión.
Y así no hacemos las cosas en Avocadalia.” “¡Ay, eres un tonto!” gritó Pax, girándose bruscamente con frustración.
En el tercer piso, Milko observaba a Paltio con una mezcla de diversión y malicia.
“Oye, principito, seguro que estás bien, ¿eh?
Pero falta un piso más y te ves cansado.
¿Por qué no descansas un poco?” La sugerencia era claramente una provocación.
“¡No!” respondió Paltio con determinación, aunque su voz denotaba el esfuerzo físico que estaba haciendo.
En el tercer piso, el suelo estaba lleno de grietas profundas y huecos oscuros que dificultaban el avance.
No será fácil cruzar esto sin usar tus poderes, pensó Golden mentalmente, proyectando sus reflexiones hacia el joven príncipe.
“Puede que sí llegues,” le dijo Golden telepáticamente.
“¿Cómo?” preguntó Paltio, mirando a su alrededor con ojos atentos.
Golden señaló una saliente en la pared, como si fuera un ladrillo sobresaliente.
“Hay varios de esos.
Puedes usarlos como camino, pero ten cuidado.
No parecen muy estables.” “Entendido,” murmuró Paltio, preparándose para saltar.
Con un impulso poderoso, se elevó en el aire, aferrándose con fuerza a uno de los ladrillos.
“¡Uh!
¡Encontraste una manera, amigo!” exclamó Milko, fingiendo sorpresa.
“Espero que no te caigas.
Sería una lástima verte convertido en una cabecita flotante como yo.” “No me desconcentres, cabecita,” replicó Paltio, balanceándose cuidadosamente para alcanzar el siguiente ladrillo.
“Si caigo aquí, acabaré siendo otra cabeza sirviente de Eveldow.” “Bien dicho, principito,” respondió Milko, riendo entre dientes.
Desde las sombras, Eveldow observaba todo con una sonrisa satisfecha.
Había enviado a Milko precisamente porque sabía cuánto podría molestar al joven príncipe.
“Ja, ja…
Primero envío a Milko, el más joven y antipático que conozco, para que enloquezca al muchacho y lo haga fallar.
Así, no solo tendré dos cabezas sirvientes, sino también a los demás porque seguro querrá intentarlo otra vez.
Qué inteligente soy,” se felicitó a sí mismo, complacido con su astucia.
A pesar de todo, Paltio estaba ofreciendo un buen espectáculo.
Eveldow disfrutaba viendo cómo el príncipe luchaba contra cada obstáculo, demostrando una resistencia admirable.
Paltio saltó con gracia al siguiente ladrillo, sus brazos tensos por el esfuerzo mientras su cuerpo se balanceaba en el aire.
Uno a uno, fue avanzando sobre los ladrillos inestables.
Cuando llegó al último antes de alcanzar el otro lado, este cedió bajo su peso.
Paltio sintió cómo sus dedos resbalaban, pero con un grito ahogado logró aferrarse con fuerza.
Con un último impulso desesperado, se lanzó hacia adelante, cayendo finalmente en el suelo firme mientras el ladrillo previo se desplomaba hacia el primer piso en una lluvia de polvo y escombros.
“¡Eso estuvo cerca!” exclamó Paltio, respirando agitadamente mientras se ponía de pie.
Su corazón aún latía con fuerza, bombeando adrenalina por todo su cuerpo.
Desde las sombras, Eveldow observaba con atención.
“¿Qué haces, Milko?
Haz que pierda,” murmuró para sí mismo, su voz cargada de frustración ante la persistencia del joven príncipe.
Mientras tanto, Paltio llegó a la escalera que conducía al cuarto piso.
En el piso de abajo, sus amigos ya tenían la arena hasta los hombros dentro del tubo.
El peso de la arena comprimía sus cuerpos, dificultando incluso el más mínimo movimiento.
“¡Vaya!
Esta arena es realmente rápida,” comentó Galatea, cruzándose de brazos mientras observaba la escena con una mezcla de fascinación y preocupación.
Sus ojos seguían cada gesto de Alita y Ron, quienes intentaban mantenerse calmados a pesar de la situación.
“¿No puedes hacer algo?” le preguntó Alita a Nakia, su voz temblorosa por la urgencia.
Nakia negó con la cabeza, su expresión seria.
“No, a menos que quieras ser destruida accidentalmente.
El espacio aquí es demasiado reducido para usar mi magia sin causar daños colaterales.” Alita tragó saliva, sus ojos reflejando el miedo que sentía.
“O-Ok,” respondió tímidamente, su voz apenas un susurro.
“Genial, primero monstruos, ahora fantasmas y encima nos quieren enterrar vivos,” dijo Ron, tratando de moverse entre la arena.
Pero era inútil; estaba apretado junto a Alita en un tubo tan angosto que apenas podían respirar.
“Me pregunto qué más sigue,” añadió con sarcasmo, aunque su tono no lograba ocultar su creciente desesperación.
En el cuarto piso, Paltio subió las escaleras y se encontró frente a un piso que parecía estar hecho de cristal.
Era extraño, como si flotara sobre un abismo invisible.
“Yo no haría ningún movimiento si fuera tú,” advirtió Milko, flotando cerca de él con una sonrisa burlona.
“Siempre tan negativo,” respondió Paltio, mirándolo con irritación.
“¿Y qué esperabas?
Estoy muerto.
Mi existencia misma es un recordatorio constante de todo lo que se pierde, no de lo que se gana.
No soy como esos fantasmas amigables de las películas antiguas, sonriendo y ayudando a los vivos como si la muerte fuera solo un cambio de escenario.
Esas cosas no existen,” replicó Milko con una mezcla de ironía y desdén.
Para dar énfasis, sus cejas —o donde deberían estar, ya que apenas eran visibles— se arquearon en un gesto exagerado, como si intentara encogerse de hombros, aunque, por supuesto, no tenía hombros ni cuerpo al que recurrir.
Paltio ignoró el comentario y avanzó unos pasos.
La cabeza flotante lo observaba fijamente, como si quisiera advertirle que no continuara.
Confundido y desesperado por el tiempo que le quedaba según el reloj de arena, el príncipe decidió seguir adelante.
De repente, el piso bajo sus pies comenzó a brillar con un calor abrasador.
Paltio retiró rápidamente su bota, sintiendo cómo el calor quemaba incluso a través de la suela.
Retrocedió de inmediato, y el piso volvió a su estado normal.
“¡Maldición!” exclamó, su voz resonando en el silencio del lugar.
“¿Y ahora cómo voy a pasar?” preguntó mentalmente a Golden a través del enlace psíquico.
Golden respondió con calma: “Parece ser una ilusión fantasma o algo similar.
Tal vez sea un truco para hacerte creer que el fuego es real.
Intenta comprobarlo botando algo.” Paltio metió la mano en su bolsa mágica y sacó una canica brillante que había coleccionado desde niño.
La hizo rodar cuidadosamente sobre el piso.
La pequeña esfera avanzó unos centímetros…
hasta que de pronto se incendió en una explosión de chispas.
“¡Demonios!” gritó Paltio, viendo cómo su preciada canica se consumía en llamas.
“¡Esa era de colección!” Milko estalló en carcajadas, su risa resonando como un eco cruel.
“¡Eres gracioso!
Seremos buenos amigos hasta la eternidad una vez que te unas a Eveldow.” “No, es una ilusión,” replicó Golden con calma, su voz resonando en la mente de Paltio como un eco tranquilizador.
“Entonces, ¿qué hago?” preguntó Paltio, mirando hacia lo largo del camino.
Sus ojos se posaron en una puerta al final del trayecto.
Una especie de presentimiento lo invadió, similar a la sensación que había experimentado cuando peleaba contra criaturas peligrosas en el pasado.
“Otra vez eso,” señaló Golden, detectando la misma energía en el muchacho.
“Sí,” respondió Paltio, decidido.
“¡Tic Tac!, ¡Tic Tac!” La voz de Milko interrumpió el momento, cargada de burla.
“Príncipe, ya se te acaba el tiempo.
La arena ya está por el cuello de tus amigos.” “Bien, no queda otra opción,” dijo Golden con un suspiro telepático.
“Recuerda que te dije que estas botas tienen algo especial.
Poseen otra habilidad: al ser creadas con mi poder, son como usar el uno por ciento de mi fuerza.
Lo que debes hacer es activarlas…
pero luego de un momento, la luz se apagará y quedarás en completa oscuridad.
¿Estás listo para tomar el riesgo?” “Si no tengo alternativas, nunca las tengo,” respondió Paltio con firmeza, aunque su voz temblaba ligeramente.
“Pero debo salvar a mis amigos.
Son como familia de toda la vida.” “Tienes solo trece años, no es mucha vida,” comentó Golden con un tono irónico, aunque detrás de sus palabras había un respeto implícito por la determinación del joven príncipe.
“Ya olvídalo,” dijo Paltio, impaciente.
“¿Qué debo hacer para usar el poder de las botas?” Golden explicó con paciencia: “Debes crear fricción con ellas.
Eso hará que corras tan rápido como alma que lleva el viento.” “¿Generar fricción?” preguntó Paltio, confundido.
“Solo haz como si corrieras en el mismo lugar.
¿Entendiste?” le indicó Golden, llevándose una mano a la frente como si anticipara la torpeza del muchacho.
“Sí, creo entender,” respondió Paltio, asintiendo rápidamente.
El príncipe comenzó a moverse en el mismo sitio, sus piernas girando con rapidez mientras Milko lo observaba con una expresión entre el desconcierto y la diversión.
De repente, chispas brillantes surgieron de las botas, iluminando el entorno.
Paltio sintió una emoción mezclada con adrenalina cuando las botas cobraron vida, impulsándolo hacia adelante a una velocidad impresionante.
El piso bajo él empezó a calentarse, pero Paltio cruzó el espacio como un rayo, alcanzando la perilla de la puerta justo antes de que el calor lo alcanzara.
Con un movimiento ágil, abrió la puerta y entró, cerrándola tras de sí justo cuando la luz de las botas se apagó.
Rodeado por la oscuridad, Paltio respiró profundamente.
Al tocar el piso dentro de la habitación, notó que estaba frío y estable.
“Al parecer, el efecto de lava solo ocurre afuera,” pensó para sí mismo, aliviado.
“Y ahora, ¿cómo voy a seguir?” murmuró Paltio, hasta que recordó que llevaba una linterna en su bolsillo.
La sacó y la encendió, revelando el árbol exactamente como lo había visto en el plano astral o algo así que Meliradal le mostró.
“Aquí debe estar la pieza,” indicó Paltio, avanzando hacia el árbol con paso cauteloso.
“¡Holi!” exclamó Milko de repente, flotando junto a él.
“Casi me das un susto,” dijo Paltio, llevándose una mano al pecho.
“Ya te olvidaste de que soy un fantasma.
Puedo atravesar cosas,” respondió Milko con una sonrisa traviesa.
“Es verdad,” admitió Paltio, rodando los ojos.
“Apúrate, tus amigos ya casi se quedan sin aire.
La arena, les llega a la nariz,” presionó Milko, su tono más serio de lo habitual.
Paltio avanzó con cautela, cada paso tembloroso y alerta ante cualquier trampa oculta.
Al llegar al árbol, extendió el brazo lentamente y tocó una de las hojas con la punta de los dedos.
“Vaya, ese sujeto pudo tocar algo que ni Eveldow pudo alcanzar,” comentó Milko con una mezcla de asombro y sarcasmo.
“¿Qué dijiste?” preguntó Paltio, volviéndose hacia él.
“Nada, solo digo que ya el tiempo se acaba, Paltio,” respondió Milko, desviando la mirada.
De pronto, Paltio comenzó a escuchar una voz en su mente, etérea y misteriosa: ¿Quieres saber cosas del pasado, del futuro o del presente inmediato?
“¡Eh!
¿Qué es eso?” exclamó Paltio, alarmado.
Pero antes de que pudiera decir algo más, el piso a su alrededor empezó a desmoronarse.
El príncipe cayó en caída libre, rodeado por la oscuridad.
“Creo que se va a convertir en fantasma lo antes posible,” dijo Milko mientras veía desaparecer al muchacho caer, iniciando una cuenta regresiva burlona: “60, 59…”
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