La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 4
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4: Arácneo Ataque 4: Arácneo Ataque “Tejod…
Tejod…” Una voz malévola resonó en el aire, fría como un viento invernal.
“¿Dónde estás, Tejod?” De repente, de un espejo oscuro emergieron unos ojos que parecían emanar maldad pura.
Su brillo era tan intenso que helaba la sangre.
“Mi señor Urugas”, dijo Tejod con voz temblorosa mientras se arrodillaba ante la figura que lentamente tomaba forma frente a él.
“¿Por qué no contestas mis llamados, Tejod?
Ya sabes lo que les pasa a los que me desobedecen.” La voz de Urugas era un eco grave y amenazante.
Tejod sintió cómo su cuerpo comenzaba a retorcerse por dentro, un dolor agudo e implacable que lo obligó a doblarse sobre sí mismo.
“¡Lo siento, señor!
¡Perdone a este fiel servidor suyo!” Su voz sonaba ahogada por el sufrimiento.
“Bien, solo por esta vez te perdono.
Pero dime, ¿dónde está mi trofeo?
El último rincón de magia de Avocios.” Tejod tragó saliva antes de responder.
“Lo siento, señor, pero el rey dispersó las partes del cetro en cinco fragmentos y colocó un hechizo sobre ellas.
Solo su hijo puede encontrarlas y tocarlas sin ser destruido.” “¿Qué?” gritó Urugas con una voz tan potente que hizo temblar todo a su alrededor.
“¡Explícate ahora!” “Mi señor, ya envié al príncipe, el hijo del rey, a buscar las piezas.
En el alba marina tendrá su trofeo.” “¡Le diste un mes a ese mocoso!
¡Inútil!
Necesitaba esa última pieza para deshacer todo lo iluminado de este mundo.” “Pero, señor… Si no conseguimos esas partes, no podrá tener lo que desea.
Además, lo mandé con mi soldado de confianza, Pax.” Urugas guardó silencio por un momento, sus ojos ardían como brasas encendidas.
Finalmente habló: “Bien, por tu bien espero que traiga lo que te pedí.
Si no…” Hizo una pausa deliberada, dejando que el peso de su amenaza flotara en el aire.
“Si no, te destruiré.” “No fallaré, señor.
Así será.
Le traeré lo que pide.” “Bien.
Avísales a los otros tontos de tu equipo que el mocoso va a los reinos.
Que lo ayuden a conseguir las piezas más rápido.” Mientras tanto, en algún lugar del camino hacia Hassdalia, el carruaje avanzaba por un sendero amplio hasta llegar a un puente cubierto de tinieblas.
Los caballos, nerviosos, se negaban a seguir adelante.
“¿Qué les pasa, animales idiotas?” gruñó Pax, impaciente.
Parecía que habían llegado al puente que conectaba con Hassdalia, pero algo no estaba bien.
Nunca antes había lucido tan abandonado, tan envuelto en niebla oscura y óxido carcomido.
“Algo anda mal”, murmuró Mok, el mayordomo.
“Esto no lo ven nuestros ojos, pero los animales sí lo perciben.
Hay algo aquí, algo maligno.” “Será mejor que te quedes aquí, señorito Paltio.
Iré a investigar con cuidado”, dijo Mok, dirigiéndose hacia los caballos para intentar calmarlos.
“No tengo intención de hacer nada”, respondió Pax desde su asiento en el carruaje.
“Pero si no cruzamos por aquí, no podremos llegar al primer reino donde debemos buscar la pieza del cetro.” “¿No hay otro camino?” preguntó Pax.
“Nos tomaría más tiempo”, explicó Mok.
“Y es más arriesgado.
El carruaje no podría pasar por allí.” “Bien, iré contigo, pero no me des órdenes”, replicó Pax, bajando del carruaje con gesto molesto.
“Me parece bien”, dijo Mok con calma, aunque sus ojos reflejaban preocupación.
El puente era largo, de casi tres kilómetros de tramo elevado, imponente como un castillo.
Antes, su estructura brillaba con un azul majestuoso, pero ahora estaba cubierta de óxido y una especie de niebla densa, similar a algodón podrido.
Al ingresar al puente, Mok y Pax permanecieron alertas.
Pax desenvainó su arma con un movimiento rápido, mientras Mok caminaba tranquilamente, sin armas visibles.
Sin embargo, a medida que avanzaban, una maraña de telas de araña comenzó a cubrir el puente, colgando densamente de lado a lado.
Cuanto más se acercaban, más evidente era la presencia ominosa que los rodeaba.
De pronto, Mok sintió una mirada pesada sobre ellos, como si algo los estuviera observando desde las sombras.
Pax encendió una antorcha con el polvo de fuego que Tejod le había dado, y al iluminar el lugar, descubrieron la fuente de su inquietud: decenas de arañas gigantes, del tamaño de ellos mismos, los rodeaban lentamente, sus cuerpos peludos brillaban bajo la luz oscilante de la llama.
“¡Maldición!”, exclamó Pax con frustración.
“Era por esto por lo que no quería entrar a este maldito lugar.” “Pero ya es demasiado tarde para lamentaciones”, respondió Mok con calma.
“No tenemos opción.
Debemos enfrentarlas.” Sin previo aviso, Mok abrió su saco y, como si fuera un torrente, cientos de cuchillos salieron disparados hacia las criaturas.
Al menos cien cuchillos impactaron directamente en las cabezas de las arañas, clavándose con precisión mortal.
Los agudos chillidos de las bestias resonaron en el aire, mientras algunas caían al suelo inertes.
Este acto salvó a Pax de varias arañas que lo habían arrinconado.
“¡Guau!
Ese mayordomo es sorprendente”, pensó Pax, impresionado.
Aunque quiso agradecerle, las palabras murieron en su garganta por ser orgulloso mientras él mismo luchaba contra las arañas restantes, derribando a unas cuantas más con su espada.
Desde atrás, se escucharon voces infantiles admiradas: “¡Genial, Mok!” Pero el mayordomo frunció el ceño.
“Señorito, les dije que se quedaran en el carruaje”, dijo con tono severo.
“Lo siento, pero Ron y Paltio estaban desesperados por ver qué pasaba”, explicó Alita, la amiga más sensata y seguía lo que le decían al pie de la letra.
“Intenté detenerlos, pero no me hicieron caso.” “Está bien que estén aquí”, intervino Pax, respirando con dificultad tras el combate.
“Además, creo que ya terminaste de acabar con todas ellas.” Antes de que Pax pudiera guardar su espada, el puente entero comenzó a temblar violentamente.
Un sonido atronador llenó el aire, como si algo enorme se acercara.
De repente, unas patas gigantescas emergieron frente a ellos, casi tan gruesas como las cuerdas que sostenían el puente.
Luego, una horrenda cabeza humanoide apareció ante sus ojos: una araña monstruosa con cuerpo peludo blanco y rostro de mujer humana.
“¡¿Quién osa matar a mis bebés?!” La voz de la criatura resonó con furia incontenible, acompañada de un chillido agudo que hizo que todos se llevaran las manos a los oídos.
“¡Ay, no!
¡Es la Aracama!” exclamó Pax con voz temblorosa.
“¿La Aracama?” preguntó Mok, desconcertado.
“Sí”, confirmó Pax.
“Así la llaman en las leyendas.
Es uno de los experimentos fallidos de Tejod con los poderes de Urugas.
Tomó conciencia y ahora actúa por su cuenta.” Una de los tantos cuantos experimentos hizo pregunto Mok pero Pax no le respondió.
“¡¿Por qué han acabado con mis bebés?!” rugió la Aracama, su expresión mezclaba dolor y odio.
Sus ojos brillaban con ira mientras observaba a los intrusos.
“¡Ustedes han matado a mis hijos!” continuó, señalándolos con una de sus largas patas.
Mok dio un paso al frente, interponiéndose entre la criatura y el grupo.
“Lamentamos haber matado a sus crías, pero ellas nos atacaron primero”, argumentó, tratando de mantener la calma.
“¡Eso no es una disculpa para mí!” replicó la Aracama con desprecio.
“¡Nadie entra en mis dominios sin consecuencias!” “Lamentamos haber invadido su territorio sin saberlo”, insistió Mok.
“Pero necesitamos cruzar hacia Hassdalia.
Por favor, permítanos pasar.” La Aracama los miró con desdén, mostrando sus afilados colmillos.
“Nadie atraviesa mis dominios.
Solo serán comida para mi progenie.
Ustedes pagarán con sus vidas.” “Creo que esta cosa no entiende razones”, murmuró Pax, apretando su empuñadura.
“Será mejor que peleemos, mayordomo”, añadió, dirigiéndose a Mok.
“Paltio, quédate atrás.
Retrocede”, ordenó Mok, protegiendo al joven príncipe.
Sin embargo, antes de que pudieran moverse, el ingreso al puente se llenó rápidamente de telarañas, bloqueando cualquier posible salida.
“¡No hay salida, Mok!” gritaron los chicos, alarmados.
“¿Cómo logró llenar de telaraña si está aquí frente a nosotros?” preguntó Pax, asombrado, mientras él y Mok intercambiaban miradas preocupadas.
“No queda de otra”, dijo el mayordomo mientras se preparaba para la batalla.
Sabía que no permitiría que Paltio muriera, sin importar el costo.
Mok sacó varios cuchillos de su saco, los mismos que habían regresado milagrosamente a su lugar tras el enfrentamiento anterior.
Parecía que estaban conectados por algún tipo de cuerda o magia invisible, lo que los hacía aún más intrigantes.
Con destreza, Mok lanzó varios cuchillos hacia la piel de la Aracama, pero estos rebotaron inútilmente contra su coraza.
“Qué resistente es su piel”, murmuró, esquivando con agilidad uno de los ataques de las enormes patas de la criatura.
“Pax, encárgate de ellos”, ordenó Mok, señalando al grupo de niños detrás de él.
“Solo cuido al tonto príncipe, y no me des órdenes”, respondió Pax con un gruñido, aunque rápidamente hizo un gesto a Paltio y sus amigos para que buscaran refugio.
“No me queda de otra”, suspiró Mok.
De su espalda desenvainó una espada que llevaba oculta: una hoja roja como la sangre, desde la punta hasta el mango, con un zafiro negro incrustado en la empuñadura.
Era un arma impresionante, cargada de misterio y poder.
“Para cosas difíciles de cortar, esta espada es la mejor”, dijo Mok mientras levantaba el arma con una mano y apuntaba directamente a la Aracama.
“Si no pudiste con tus cuchillos, esa arma no podrá conmigo”, se burló la gigantesca araña, moviendo sus patas con fuerza hacia el mayordomo.
Pero con la espada en mano, Mok era mucho más ágil.
En un rápido movimiento, logró posicionarse detrás de la criatura.
Allí notó algo peculiar: un tubo conectado a la parte trasera de su cuerpo, del cual emergía la telaraña.
“Por ahí debe ser que lanzó su red hacia la entrada”, pensó Mok.
Sin embargo, desechó la idea rápidamente.
“No hay tiempo para pensar en eso.
Debo acabar con esta araña antes de que se acerque al señorito.” El combate continuó.
Mok se movía con gracia, esquivando cada ataque de la criatura.
“No te muevas, maldito aguacate”, murmuró entre dientes, concentrado en su objetivo.
“Bingo.
Por eso es lenta y solo se mueve en línea recta”, reflexionó mentalmente mientras analizaba los movimientos de la Aracama.
“Es hora de acabar con esto.
No tenemos tiempo que perder contigo”, declaró Mok, saltando sobre una de las vigas del puente para acercarse a la cara de la reina araña.
Con un grito potente, exclamó: “¡RED BLADE SLASH!” De pronto, una ráfaga roja en forma de hoja emergió de la espada, cortando limpiamente a la Aracama.
El mayordomo aterrizó frente a ella con elegancia, guardando la espada en su vaina.
“Tu tonto movimiento no sirvió de nada.
Sigo viva.
Ahora morirás”, siseó la criatura, acercándose con su mandíbula abierta.
Pero antes de que pudiera tocarlo, la Aracama se retorció violentamente, soltando un grito desgarrador.
Su cuerpo se partió en dos, cayendo pesadamente al suelo del puente, el cuerpo de la araña se evaporo en el ambiente.
“Eso fue genial”, exclamó Paltio mientras él y sus amigos corrían hacia Mok.
“Vaya, yo pensaba que tu mayordomo solo sabía hacer los quehaceres de la casa y esas cosas, pero también sabe pelear”, comentó Ron, tratando de echar un vistazo más de cerca a la espada y al misterioso mecanismo de los cuchillos.
Admito que fue interesante verlo pelear.
Este mayordomo debe ocultar algo”, pensó Pax, observando a Mok con una mezcla de admiración y recelo.
“Tendré que vigilarlo más de cerca.” Las telas de araña comenzaron a deshacerse lentamente del puente, dejándolo limpio y restaurado.
“Vaya, parece que tenía razón cuando dijo que este era su territorio.
Al acabar con ella, todo vuelve a como era antes”, comentó Alita, mirando a su alrededor con asombro.
“Veo que le prestaste atención a la araña”, dijo Pax, sonriendo de medio lado.
Una vez que el puente recuperó su forma original, Pax condujo el carruaje hasta donde el grupo aguardaba.
Con un gesto impaciente, les indicó: “¿Esperan una invitación?
Súbanse, tenemos mucho camino por recorrer.” “¿Y tus reglas?” preguntó Mok con un deje de burla en su voz, refiriéndose a las tres normas estrictas que Pax impuso al comienzo del viaje.
“¡Bah!
Por esta vez lo dejaré pasar”, respondió Pax, aunque su tono dejaba claro que no estaba del todo conforme.
“Pero tú, mayordomo, la próxima vez que intentes darme órdenes…
ya verás.” “Sí, claro”, replicó Mok con una media sonrisa, sin inmutarse ante la amenaza velada.
Sin más discusiones, todos subieron al carruaje y continuaron su viaje hacia Hassdalia.
El traqueteo del vehículo resonaba en el aire mientras el paisaje comenzaba a cambiar lentamente, aunque todo estaba en una oscuridad perpetua, anunciando su avance hacia el siguiente reino.
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