La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 40
- Inicio
- Todas las novelas
- La Ultima Esperanza de Avocadolia
- Capítulo 40 - 40 El Castillo Abandonado 4
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
40: El Castillo Abandonado (4) 40: El Castillo Abandonado (4) Paltio cayó del cuarto piso al tercero, pero antes de que pudiera siquiera intentar ponerse de pie, el árbol lo siguió en su descenso, arrastrándolo consigo.
Con cada impacto, el piso bajo sus pies se rompía, lanzándolo hacia el siguiente nivel en una cascada interminable de caos y dolor.
Paltio no tenía oportunidad de recuperarse; el árbol parecía tener vida propia, persiguiéndolo como si estuviera decidido a aplastarlo.
Mientras tanto, Milko flotaba junto a él, continuando su cuenta regresiva con una sonrisa burlona: “20, 19…” Al llegar al primer piso, Paltio estaba adolorido, su cuerpo magullado y exhausto.
Intentó levantarse, pero sus músculos apenas respondían.
A lo lejos, vio a Eveldow y a los demás observándolo.
“Yo puedo… Debo salvar a mis amigos,” murmuró entre dientes apretados, luchando contra el agotamiento.
Milko seguía contando sin piedad: “10, 9…” “Paltio, usted puede, señorito,” dijo Mok desde la distancia, su voz cargada de ánimo, aunque no podía intervenir directamente.
Sabía que, si lo hacía, Eveldow invalidaría el trato.
“¡Vamos, tú puedes, levántate!” exclamó Galatea, su tono lleno de urgencia.
“Un último esfuerzo, muchacho,” resonó la voz de Golden en su mente, firme pero alentadora.
Con lo poco que le quedaba de fuerza, Paltio logró ponerse de pie, tambaleándose como un cervatillo recién nacido.
Escuchaba la cuenta regresiva de Milko acercándose peligrosamente al final: “5, 4…” Intentó correr, pero su cuerpo no respondía bien.
En su lugar, avanzó a saltos torpes, levantando los pies como si estuviera en una carrera desesperada.
Al llegar junto a Eveldow, el tiempo había expirado.
“Lamento mucho, principito, pero el tiempo es el tiempo,” dijo Eveldow con fingida cortesía, su sonrisa amable contrastando con el brillo malicioso en sus ojos.
“El trato era que me dieras la hoja, y no lo hiciste.” “Así es,” respondió Paltio, jadeando por el esfuerzo y el dolor, pero algo en su expresión hizo que Eveldow se detuviera.
“Entonces, ¿qué es eso que llevas puesto?” preguntó Paltio, señalando el cinturón real que Eveldow llevaba atado a la cintura.
Era un cinturón sólido, no fantasmal, y Paltio, en algún momento durante su caída, había logrado colgarle la hoja allí.
“¡¿Cómo lo hiciste, maldito niño?!
¡Seguro hiciste trampa!” gritó Eveldow, transformándose repentinamente.
Su apariencia gentil desapareció, revelando una cabeza endemoniada, sus ojos brillando con furia.
“¡Oiga!
El muchacho lo hizo legalmente,” intervino Mok con firmeza.
“Sin ayuda, como usted mismo dijo.” “Es verdad, señor,” añadió Milko, sorprendiendo a todos.
“No sé cómo lo hizo, pero llegó antes de que yo terminara de contar hasta uno.
Usted siempre ha sido alguien de palabra.” Las otras cabezas comenzaron a murmurar entre sí, algunos asintiendo en acuerdo.
Eveldow, visiblemente molesto pero atrapado por su propio código de honor, finalmente accedió.
“Bien, puede pasar,” dijo con un gruñido.
Liberó a los amigos de Paltio del tubo.
Ron salió escupiendo arena, sacudiéndose como un perro mojado.
“¡Lo lograste, amigo!” exclamó, tratando de abrazar a Paltio, pero este lo detuvo con un gesto débil.
“Aquí nomás, aquí nomás,” dijo Paltio con una mueca de dolor.
“Creo que tengo todos los huesos rotos… o eso es lo que parece.” “¡Eh!
Paltio, ¿por qué no usas la esfera para curarte?
Ósea, Ulimeo,” le indicó Pax, señalando la bolsa mágica del príncipe.
“¡Es cierto!” exclamó Paltio, recordando de pronto.
Sacó la esfera de su bolsa y la activó.
Un resplandor cálido lo envolvió mientras las heridas en su cuerpo comenzaban a sanar.
Las magulladuras desaparecieron, y sus músculos volvieron a moverse con normalidad.
En cuestión de segundos, Paltio estaba de pie, listo para enfrentar lo que viniera a continuación.
“¡Oye!
¿Y por qué le pediste eso al muchacho?” preguntó Pax, mirando a Eveldow con curiosidad.
“Pues porque nosotros, los espectros, no podemos tocar ese árbol,” explicó Eveldow, su tono ahora más reflexivo.
“Hay algo en él que nos repele.
Pero al ver lo que pasó con el príncipe, pensé que tal vez él podría tocarlo sin problemas.” Hizo una pausa antes de añadir: “Podemos coger cualquier cosa e incluso poseerla, pero ese árbol en específico… es diferente.” Eveldow observó a Paltio.
“Creo que mis sospechas eran correctas,” murmuró, casi para sí mismo.
Mok lo miró fijamente, como si esperara algo más.
“Sí, sí, como sea,” dijo Eveldow, agitando una mano con impaciencia.
Luego llamó a Paltio: “Bien, eres libre de revisar mis instalaciones —o bueno, lo que queda de este lugar— y buscar tu pieza faltante.” “Gracias, pero ya sé dónde está,” respondió el muchacho con una sonrisa confiada.
Se acercó al lugar donde el árbol había caído y comenzó a excavar entre sus raíces.
Finalmente, extrajo una pieza brillante que parecía latir con una energía propia.
“¡Ah!
Es Tropalia,” indicó Golden al verla, su voz resonando con asombro en la mente de Paltio.
“¿Esta es la pieza que dijiste que te mostraba los conocimientos del pasado, presente inmediato y futuro?” preguntó Paltio, girándose hacia Golden.
“Sí, esa misma.
Vaya, me sorprende que hayas retenido esa información,” respondió Golden, su tono mezcla de admiración y diversión.
“Eres un enigma a veces, Paltio,” comentó Alita, cruzándose de brazos mientras lo miraba con una mezcla de orgullo y curiosidad.
“Así es nuestro Paltio,” añadió Ron, palmeándole la espalda con entusiasmo.
“Es por eso por lo que sentí que me pedía consultarle algo a esta pieza,” reflexionó Paltio en voz alta.
“Y al estar en este árbol viejo, casi solo tronco con unas cuantas hojas, ni siquiera fantasmas pudieron tocarlo.
Interesante.” “Bien, en vista de que ya encontraron su pieza, pueden marcharse de mi lugar.
Tengo cosas que hacer,” indicó Eveldow, haciendo un gesto con la mano como si quisiera deshacerse de ellos rápidamente.
“Bien, muchacho, puedes despedir a los invitados,” le dijo a Milko.
“¡Oye, Eveldow!” exclamó Paltio antes de que pudieran irse.
“Puede que necesitemos tu ayuda en un futuro.
O eso es lo que vi en esta pieza del cetro.” “¿Nos ayudarás con los enemigos de la sombra?” preguntó Paltio, su tono esperanzado.
“No lo sé,” respondió Eveldow con un bufido.
“Además, ya tienes uno a tu lado.
¿Quieres que me encargue de ese también?” Su tono era sarcástico, pero había un destello de interés en sus ojos.
“¡Por fa!” rogó Paltio, abriendo los ojos tanto que parecían los de un cachorro suplicante.
“Lo pensaré,” respondió Eveldow tras una larga pausa.
“Pero por ahora estoy cansado.
Iré a dormir un rato.
Espero que nadie más venga a interrumpir en mis aposentos.” Todos comenzaron a salir cuando, justo antes de llegar a la puerta, Milko cambió su apariencia flotante por la de un niño pequeño.
Era una transformación sorprendente: su rostro infantil tenía una expresión amigable que contrastaba con su actitud anterior.
“Fue grato tener invitados,” dijo Milko con una sonrisa traviesa.
“Vuelvan pronto, y Paltio, buena suerte con tu travesía.” “No pensé que pudieras hacer eso,” comentó Paltio, mirando al niño fantasma con asombro.
“Claro que puedo, pero no cerca del jefe,” explicó Milko con un guiño.
“Bueno, entonces, ¿quieres ser mi amigo, Paltio?
Me la pasé genial contigo.” “¿Por qué no?
Serás mi amigo fantasma,” respondió Paltio con una sonrisa sincera.
“¡Sí, genial!” exclamó Milko, dando un volantín en el aire antes de desaparecer en una nube de bruma.
Salieron todos y regresaron al sendero, caminando en silencio durante unos minutos hasta llegar a donde habían dejado sus caballos y carruajes.
El aire fresco de la tarde se mezclaba con el aroma de la hierba húmeda, un contraste reconfortante después de la intensidad del enfrentamiento con Eveldow.
Cuando estaban a punto de partir, Galatea rompió el silencio.
“¿Cómo lo hiciste?” preguntó, mirando a Paltio con curiosidad.
“No sabía que eras tan rápido.” “De hecho, yo no lo hice,” respondió Paltio, rascándose la nuca con una sonrisa tímida.
“¡¿Qué?!” exclamaron todos al unísono, sorprendidos.
“Sí, de hecho, hicimos una ligera trampa,” admitió el príncipe, encogiéndose de hombros.
“¿Cómo así?” preguntaron los demás, inclinándose hacia él como si temieran perderse algún detalle importante.
“Pues… no podía llegar, además estaba adolorido, ¿recuerdan?” explicó Paltio, señalando su cuerpo como si aún sintiera las magulladuras.
“Así que Golden envió a Toco-Toco por unos segundos para colocar la hoja en el cinturón de Eveldow.
Vio que era real y no fantasmal, y, además, Eveldow ya se estaba jactando de que había ganado.
No podíamos dejar que eso pasara.” “¡Vaya!
Eso estuvo genial, pero desleal, señorito,” comentó Mok, cruzándose de brazos con una sonrisa irónica.
“Lo sé,” admitió Paltio, bajando la mirada.
“Pero lo haría de nuevo si tuviera que salvar a mis amigos o cualquiera en peligro a toda costa.” Mok le dio una palmadita en el hombro y le susurró al oído: “Lo sé, señorito.” “Gracias, Paltio,” dijeron Alita y Ron casi al mismo tiempo, sus voces llenas de gratitud.
Ron añadió con una sonrisa traviesa: “Pero la próxima vez hazlo más rápido.
Casi me asfixio con tanta arena.” Todos estallaron en carcajadas ante el comentario de Ron, el alivio compartido rompiendo cualquier tensión residual.
“Quién diría que los buenos a veces hacen trampa,” murmuró Pax, riéndose para sí mismo mientras pensaba en voz alta.
“En qué equipo me he metido… Quizás puedan ayudarme con mi cruzada.” Una vez terminada la conversación, todos subieron al carruaje, mientras Galatea y sus hijas montaban sus caballos.
El viaje de regreso al castillo fue tranquilo, acompañado por el sonido rítmico de los cascos de los caballos contra el suelo y el suave traqueteo de las ruedas del carruaje.
Al llegar, los aldeanos ya los esperaban con una calurosa bienvenida.
Había un festín preparado en honor a Paltio y sus amigos por haber liberado a Fuertelia de la tejona Troba.
Las mesas estaban llenas de platos humeantes, y el aire se impregnaba del aroma a pan recién horneado y carne asada.
Paltio quería marcharse pronto; sentía que no había tiempo que perder.
Pero Mok lo detuvo con una mano firme en su hombro.
“A veces debes pausar y valorar los pequeños buenos momentos, señorito,” le dijo Mok con seriedad, aunque su tono era amable.
“No siempre podemos correr sin mirar atrás.” Paltio asintió lentamente, comprendiendo el mensaje.
Se quedó un rato más, disfrutando de la compañía y la alegría de los aldeanos, aunque su mente seguía centrada en la misión que tenían por delante.
Una vez terminada la celebración, todos se retiraron a descansar.
Aunque el mundo estaba sumido en una oscuridad perpetua, con solo la luna y unas pocas estrellas débiles visibles en el firmamento, la pulsera-reloj que Tejod le había dado a Paltio marcaba el paso del tiempo.
Era la única manera de saber que otro día había pasado.
A la mañana siguiente, organizaron todo lo necesario para el viaje.
Antes de partir, Galatea se acercó a ellos y entregó a Paltio una pequeña caracola como una especie de pin como la que ya le habían entregado en Hassdalia.
“Esto te permitirá comunicarte conmigo en caso de emergencia,” explicó Galatea, su voz suave pero firme.
“No duden en usarla si necesitan ayuda.” Con una última despedida, salieron a las afueras del reino.
Desde la distancia, los habitantes de Fuertelia les dedicaron un cálido saludo, agitando las manos y gritando palabras de ánimo.
El grupo se dirigió hacia su siguiente destino: el reino de Bacadolia.
Aunque el camino parecía incierto, todos avanzaban con determinación, sabiendo que cada paso los acercaba más a su objetivo.
Quedan 22 días antes de que terminara el pacto con Tejod.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com