La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 Una Mera Confusión
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43: Una Mera Confusión 43: Una Mera Confusión Mientras el Ciertarias —o Rose, como la llamaba Kuang— avanzaba con pasos firmes y rápidos, nuestros héroes descansaban cómodamente en sus respectivas habitaciones.
Alita entrenaba el estilo de magia del agua, moviendo sus manos con delicadeza mientras intentaba controlar pequeños chorros que brotaban de sus dedos.
Simultáneamente, Paltio usaba los guantes de Golden para combatir contra Toco-Toco, quien lo presionaba con ataques rápidos y certeros.
Ambos muchachos se tomaban en serio el entrenamiento, aunque no lograban dominar sus habilidades como esperaban.
Por su parte, Ron hablaba consigo mismo o intentaba comunicarse con su abuelo, buscando ayuda para recuperar el poder que había perdido.
Sin embargo, no recibía respuesta alguna.
Frustrado, golpeó su cabeza contra una de las paredes.
“¡Maldición!” murmuró entre dientes, dejándose caer al suelo.
Mok, por otro lado, limpiaba cuidadosamente sus anillos, asegurándose de que estuvieran cargados con suficiente poder para realizar ataques en caso de emergencia.
Inspeccionaba cada uno con meticulosidad, girándolos bajo la luz para verificar su brillo y energía.
Pax, por su parte, decidió salir a investigar el lugar.
No estaba convencido del todo.
Algo sobre aquel profesor no le cuadraba, especialmente cuando mencionó aquella “sorpresa” tan misteriosa.
Con sigilo, Pax se movió por los pasillos, evitando ser captado por las cámaras que había notado en su habitación.
Pasó desapercibido incluso para los robots del profesor, quienes parecían ocupados con otras tareas.
Llegó a lo que parecía una escalera en forma de caracol.
Bajó despacio, con cuidado de no hacer ruido.
Eran varios pisos, y pronto comprendió que aquel animal era mucho más grande de lo que imaginaba.
“Este animal ha de ser enorme,” pensó Pax mientras seguía descendiendo.
Llevaba mucho tiempo dando vueltas, tanto que llegó a pensar que se había perdido.
Pero entonces, al final de un corredor, escuchó voces y ruidos metálicos.
“¡Pásenme la llave y pásenme esa cosa rápido!
¡Tenemos menos de un día para terminar!” exclamó una voz conocida.
Pax asomó la cabeza con cautela y vio al profesor riendo histéricamente, rodeado de sus robots, quienes manipulaban herramientas y componentes tecnológicos.
Aunque estaba lejos, Pax pudo sentir la tensión en el aire.
“Lo sabía…
Algo trama,” pensó Pax, apretando los puños.
“Voy a avisarles a esos tontos antes de que los sorprenda.” Pax salió sigilosamente del lugar, desvaneciéndose entre las sombras.
Mientras tanto, el profesor seguía dando órdenes a sus robots.
“Sí, sí, perfecto.
Esto está quedando bien.
Ya quiero ver la cara de nuestros invitados,” dijo con una sonrisa amenazante, frotándose las manos con anticipación.
Ahora, Pax enfrentaba otro problema: estaba perdido.
Caminó durante minutos que se convirtieron en horas, intentando encontrar el camino de regreso a las habitaciones.
Cada vez que pasaba, por un lado, una puerta se abría automáticamente, llevándolo a un nuevo pasillo o sala desconocida.
Comenzaba a desesperarse, pensando que ya era demasiado tarde, hasta que finalmente encontró las habitaciones.
Tocó la puerta de Paltio, pero nadie respondió.
Después de esperar un buen rato, decidió entrar.
Al abrir la puerta, se encontró con una habitación vacía.
Lo mismo ocurrió con los cuartos de los demás.
Pax sintió una punzada de preocupación.
“¿Ya los capturó?
¿Qué pasa si ahora solo queda yo?” se preguntó, mirando a su alrededor con creciente inquietud.
Pax ya estaba a punto de regresar a su cuarto cuando uno de los Kbots lo miró fijamente y le dijo: “Aquí está, señor Pax.
Venga conmigo, los demás lo están esperando.” Sin pensarlo dos veces, Pax decidió seguirlo, aunque mantuvo una actitud cautelosa.
El robot giró su cabeza mecánica hacia él y añadió: “No se separe o podría perderse.
Este lugar es enorme, como un gran edificio de seis o más pisos.” “Ya veo por qué me perdí,” pensó Pax para sus adentros, sintiéndose algo estúpido al no haber notado los monitores con mapas que había en varias áreas.
Al llegar al lugar donde el robot lo guiaba, Pax escuchó gritos y rápidamente desenvainó su espada, listo para actuar.
Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo, Alita lo detuvo con calma.
“Relájate, solo fue un poco de picante,” dijo ella, señalando la mesa llena de comida.
Todos estaban sentados merendando tranquilamente.
Pax volvió a sentirse como un tonto, pero esta vez no lo demostró.
Simplemente bajó la cabeza, ocultando su expresión bajo el casco.
“Paltio, tenemos que hablar,” indicó Pax con seriedad.
“Después, Pax,” respondió Paltio sin darle importancia, pero Pax insistió.
“Creo que algo malo está pasando,” afirmó Pax, mirándolo directamente.
“¿Qué es lo que pasa, Pax?
Te escucho alterado,” dijo Paltio, frunciendo el ceño.
“Lo que pasa es que estuve investigando y escuché al profesor decir que tenía una gran sorpresa para nosotros…
Pero lo hizo con una risa muy maquiavélica.
Algo está ocurriendo, y debemos estar preparados antes de caer en cualquier trampa,” explicó Pax con urgencia.
“Tranquilo, no seas paranoico,” intervino Paltio, cruzándose de brazos.
“Si hubiera problemas, te lo diría.
Recuerda que Golden nos lo advertiría.” “Así, ¿pero no lo hizo cuando tuvimos problemas con Troba?
¿No recuerdas que no hizo nada?” replicó Pax, alzando la voz.
“Bien, tiene un buen punto,” admitió Golden desde el interior de la semilla de Paltio.
“Bien, ¿qué sugieres?” Antes de que pudieran continuar la discusión, el profesor Kuang entró en la sala con una sonrisa de oreja a oreja que lucía siniestra.
Llevaba unas gafas oscuras que parecían visores, dándole un aire aún más inquietante.
“Creo que es demasiado tarde,” murmuró Pax mientras sacaba su espada y se lanzaba hacia el profesor, decidido a atacar.
Sin embargo, el profesor aplaudió tres veces, y de inmediato varios robots sujetaron a Pax, inmovilizándolo contra el suelo.
Los demás se quedaron atónitos ante tal acción.
El profesor, intentando aparentar calma, se disculpó.
“Lo siento mucho, pero tuve que actuar.
Vi que mi vida corría peligro,” dijo con tono tranquilo.
“¡Sí, claro!” exclamó Pax desde el suelo, forcejeando para liberarse.
“¿Y qué hay de la cosa que estabas construyendo allá abajo?
No me digas que esos ruidos y esa risa endemoniada eran solo parte de tu ‘sorpresa’.” El profesor soltó una carcajada nerviosa y ajustó sus gafas.
“¡Ah!
Así que estuviste dando vueltas por el lugar.
Qué mala suerte, yo les quería dar un tour por toda mi Rose.
Pero veo que te me adelantaste, muchacho,” dijo con una sonrisa forzada.
“Espero que no hayas visto la sorpresa, porque habrías arruinado la emoción que les iba a dar al verla.” “Pero veo que no hay más remedio.
Pensé mantenerlo como sorpresa, pero ya que alguien en su grupo está tan apurado,” dijo el profesor Kuang mirando a Pax con una leve sonrisa irónica, “no me queda otra opción que mostrárselo.” Los robots levantaron a Pax del suelo, sujetándolo firmemente por los brazos con sus extremidades robóticas para evitar cualquier movimiento brusco contra el profesor.
Debajo de ellos, una plataforma emergió lentamente, haciendo que todos descendieran varios niveles hacia un área desconocida.
Paltio y sus amigos estaban inmóviles, sin saber qué hacer: ¿salvar a Pax o enfrentarse al profesor, quien hasta ahora había sido amable con ellos?
La tensión en el aire era palpable.
Cuando la plataforma se detuvo, el profesor presionó un botón cercano, revelando algo cubierto por una sábana blanca en el centro de la sala.
“Bien, esta es mi sorpresa,” anunció el profesor, extendiendo las manos dramáticamente.
Luego, añadió con calma: “Tranquilos, no les voy a hacer nada, ni tampoco permitiré que me hagan algo a mí.” Con un gesto rápido, hizo que sus robots activaran láseres en sus manos, apuntando directamente al grupo.
El profesor retiró la sábana con cuidado, revelando un carruaje completamente nuevo, equipado con los caballos que habían escapado anteriormente.
“¿Esto era mi gran sorpresa, muchachos?
¿De verdad pensaron que les iba a tender una trampa y acabar con ustedes?” preguntó el profesor, con una mezcla de incredulidad y diversión en su tono.
“Bueno, la verdad, profesor,” comenzó Mok, rascándose la cabeza nerviosamente, “por todo lo que ha pasado últimamente, por un momento creímos en lo que decía Pax.
Lamentamos el inconveniente.” Paltio, Alita y Ron asintieron rápidamente, uniéndose a las disculpas y agradeciendo al profesor por su generosidad al construir el carruaje.
El científico aceptó las disculpas con un gesto magnánimo y ordenó a sus robots que desactivaran el modo de protección, cambiando sus láseres por manos normales.
“Pero entonces, ¿a qué se debe su risa malvada?” preguntó Pax, aún aprisionado, con un dejo de frustración en su voz.
El profesor soltó una pequeña carcajada antes de responder: “Pues, muchacho, me rio así cuando me emociono.
Es un tic nervioso que tengo.” Una vez más, todos se disculparon, incluyendo Pax, quien bajó la cabeza, avergonzado.
Aunque su rostro estaba oculto bajo el casco, el calor de su rubor era evidente incluso para él mismo.
Con el malentendido aclarado, el profesor continuó explicando las características del carruaje.
“¿Qué tiene de nuevo este carruaje?” preguntó Ron, genuinamente intrigado.
“¡Pues!” respondió Kuang con entusiasmo, acercándose a Ron mientras gesticulaba animadamente.
“Le he agregado varias mejoras tecnológicas, aunque tuve poco tiempo para perfeccionarlas.
Por ejemplo.” El profesor siguió hablando durante varios minutos, enumerando detalles técnicos hasta que finalmente interrumpió su propio discurso: “Ah, bueno, tal vez esto sea demasiado confuso.
Aquí tienen el manual.” Sacó un libro grueso y se lo entregó a Mok.
“Ya ven, señoritos.
‘Nunca debe juzgar un libro por su portada,'” comentó Mok en voz alta, sobre todo mirando a Pax con intención.
Todos escucharon el mensaje implícito, y Pax volvió a bajar la cabeza, sintiéndose aún más incómodo.
Finalmente, tras resolver el incidente, Rose se detuvo, y el profesor Kuang anunció: “Hemos llegado a las afueras de Bacadolia.
Aquí es donde los dejo.
Deben continuar ustedes por su cuenta.” “¡Guau!
Ya pasó un día entero,” exclamó Alita, sorprendida.
Paltio confirmó con un asentimiento mientras observaba su reloj, que ahora marcaba el día 10.
Paltio se acercó al profesor, agradeciéndole sinceramente por su ayuda y disculpándose nuevamente por el malentendido.
“No fue culpa suya ni de sus amigos,” aseguró el profesor con una sonrisa amable.
“Solo fue Pax y sus…
suposiciones apresuradas.” A pesar de la ligera broma, el ambiente entre ellos era cordial.
Todos subieron al carruaje, y una plataforma ubicada en el centro del “estómago” de Rose los bajó suavemente hasta dejarlos afuera.
Desde allí, la criatura se veía aún más imponente: sus enormes patas se veían imponentes mientras su cuerpo híbrido combinaba lo orgánico y lo tecnológico de manera impresionante por dentro, pero por fuera era como un animal común y corriente bueno de gran altura.
Listos para continuar su viaje, el grupo miró hacia atrás para despedirse.
El profesor Kuang permaneció a lo lejos, observándolos partir con una expresión serena en su rostro.
Aunque parecía tranquilo, había un destello de nostalgia en sus ojos, como si supiera que tal vez no volverían a encontrarse.
Sin decir nada más, Kuang levantó una mano en señal de despedida, mientras Rose emitía un leve temblor, casi como si también estuviera despidiéndose.
Antes de que Paltio y sus amigos partieran, el profesor soltó una risa suave y les entregó una pequeña especie de radio.
“Marquen esta estación en particular,” indicó mientras les mostraba cómo configurarla.
“¿Pensé que nos iba a dar caracolas como los demás?” comentó Ron con curiosidad, mirando el dispositivo con interés.
El profesor sonrió antes de responder: “Si tienen esas caracolas, pueden colocarlas en una de estas estaciones libres para comunicarse más fácilmente con los demás.
Es una solución mucho más práctica.” Una vez más, todos agradecieron al profesor.
La idea de usar una radio en lugar de cargar un montón de caracolas en sus bolsos les pareció no solo genial, sino también extremadamente útil.
El profesor les dejo unas últimas palabras: “Usen con sabiduría mi nuevo modelo de carruaje.
Ya verán que les será muy útil…
Lástima que no tengamos mucho tiempo para enseñarles su uso por completo.” Sin más preámbulos, el equipo subió al carruaje y comenzó a andar.
El silencio reinaba entre ellos, especialmente porque Pax permanecía callado, todavía avergonzado por haber “metido la pata” con sus sospechas infundadas.
El grupo se alejó lentamente, llevándose consigo no solo el nuevo carruaje y la radio, sino también la gratitud y los sabios consejos del peculiar científico.
A lo lejos, se divisaba la civilización: la majestuosa Bacadolia, cuyas torres y edificios se recortaban contra el horizonte.
La promesa de nuevas aventuras —y nuevos desafíos— aguardaba en ese lugar.
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