La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 44
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44: Bacadolia 44: Bacadolia Por fuera, el carruaje parecía normal, pero por dentro era un mundo completamente diferente.
Aunque su diseño exterior no llamaba la atención, el interior era espacioso, con capacidad para más de doce personas.
Pequeños botones decoraban los paneles laterales, y el asiento del conductor ya no estaba arriba, expuesto al aire libre.
En su lugar, había una cabina cerrada diseñada exclusivamente para el conductor, equipada con botones, palancas y lo que parecía ser un volante moderno.
“Será mejor que empecemos a investigar para qué sirve cada cosa,” indicó Alita, examinando los controles con curiosidad.
“Bien, yo leeré el manual.
Así me sentiré útil,” dijo Ron con determinación.
Mientras sus amigos entrenaban habilidades extraordinarias, él se sentía inútil, incapaz de recordar cómo usar el poder que mostro anteriormente.
“Yo te ayudaré,” añadió Mok, uniéndose a Ron mientras ambos comenzaban a hojear el grueso manual del profesor Kuang.
Mientras tanto, Pax cerró su cabina y tomó las riendas, guiando a los caballos hacia el próximo reino.
Los animales galoparon con una velocidad impresionante, como si fueran impulsados por el viento mismo.
Bajaron una colina empinada y, al deslizarse por ella, llegaron finalmente al reino de Bacadolia.
Decidieron detenerse frente a la gran puerta metálica que custodiaba las murallas del reino.
Al tocarla, escucharon un extraño ruido: un timbre estridente, similar al de una escuela, pero mucho más fuerte y resonante.
Un pequeño panel en la puerta se abrió, revelando un par de ojos vigilantes al otro lado.
“¿Quiénes son?” preguntó una voz desde dentro.
Pax se acercó y respondió con firmeza: “Soy el sirviente de Tejod, y vengo acompañando al príncipe Paltio en su búsqueda del cetro.” El sujeto hizo una pausa y luego dijo: “Un momento.” Se escuchó un murmullo distante, como si estuviera hablando con alguien a través de un aparato.
Pronto regresó y les informó: “Pueden pasar.
El señor Trebolg los espera.” De repente, del suelo emergió una especie de carril mecánica que comenzó a moverse como una faja transportadora.
“Será mejor que suban a su carruaje.
Esto se va a poner más rápido,” indicó el sujeto desde la puerta.
Llevaba una insignia distintiva de las Sombras Verdes sobre su hombro.
Todos subieron rápidamente al carruaje, y la banda transportadora comenzó a avanzar a gran velocidad.
Después de unos minutos, se detuvo frente a una entrada majestuosa.
“Bienvenidos al castillo del gran Trebolg.
Por favor, desciendan de su vehículo y pasen a ver a su majestad,” anunció una voz automatizada.
Bajaron del carruaje y siguieron otra faja transportadora que los condujo al interior del castillo.
Este tenía un aspecto imponente, cubierto casi por completo de metal reluciente, lo que le daba más apariencia de un cubo futurista que de un castillo tradicional.
“Por favor, pasen,” dijo una voz amable mientras las puertas principales se abrían automáticamente.
Al entrar, se encontraron con un espectáculo impresionante: guardias de las Sombras Verdes patrullaban los pasillos, algunos llevaban antorchas con fuego amarillo brillante, mientras otros portaban materiales y artefactos nunca antes vistos.
Inventos tecnológicos avanzados decoraban las paredes, capturando la atención de Paltio y sus amigos.
Era evidente que este lugar estaba lleno de secretos y maravillas que aún debían descubrir.
De unas escaleras emergió una especie de esfera flotante.
En ella descendió un tejón verde humanoide, regordete, con un copete prominente en el centro de su cabeza.
Llevaba gafas oscuras que resaltaban su estilo excéntrico, y era evidente que disfrutaba estar a la vanguardia de la tecnología.
“Ese debe ser Trebolg,” murmuró Pax, acercándose para saludarlo.
Sin embargo, Trebolg ni siquiera le prestó atención, murmurando distraídamente: “Estoy ocupado.” Paltio se adelantó entonces, dirigiéndose al tejón con cortesía: “Disculpe, señor Trebolg.
Necesitamos su ayuda para buscar el fragmento del cetro que se encuentra en este reino.
Venimos por orden de Tejod.” Trebolg levantó ligeramente sus gafas negras y los observó con desconfianza.
“¿Quiénes son ustedes?
¿Y por qué están aquí?
Los ciudadanos avocados deben permanecer en la zona de apoyo de carga.
No pueden estar aquí.” Hizo una pausa, mirando fijamente a Paltio.
“Aunque…
buen intento por pintarte de ese color dorado, muchacho.
Será mejor que te pongas a trabajar.
¡Guardias!” comenzó a llamar, presionando un botón en el platillo donde estaba parado.
“¡Alto, Trebolg!” interrumpió Pax rápidamente.
“Soy Pax, de las Sombras Rojas de Tejod, y vengo acompañando a estos amigos para encontrar las piezas del Cetro de Avocios.
Estas piezas deben ser entregadas a nuestro gran señor oscuro, Urugas.” Trebolg detuvo su acción y ajustó nuevamente sus gafas, estudiándolos con más detenimiento.
“¡Oh!
Ya entiendo.
Pensé que ese niño simplemente se había pintado de dorado, pero ahora veo que es el príncipe de Avocadalia.
Bien, tienen mi aprobación para buscar esa pieza, siempre y cuando no interfieran en mis asuntos.
Estoy ocupado, así que no podré atenderlos personalmente.
Los dejaré con uno de mis guardias; él los ayudará en lo que sea necesario.” Dicho esto, presionó otro botón en su consola, y apareció un guardia de las Sombras Verdes.
Este llevaba una armadura de acero brillante y, al quitarse el casco, reveló un rostro inusual.
No era un aguacate como los ciudadanos comunes, ni un Durian como las Sombras Amarillas.
Su apariencia era única: parecía medio naranja, con contornos verdes y pequeñas púas romas que cubrían su espalda y perfilaban su rostro.
Sus ojos marrones reflejaban inteligencia y calma.
Los soldados de las Sombras Verdes eran conocidos por su altura y complexión corpulenta, pero también por su preferencia por el intelecto sobre la fuerza bruta.
“Yaco, tú te encargarás de escoltarlos adonde quieran.
No quiero problemas con Tejod,” ordenó Trebolg antes de retirarse, desapareciendo en su esfera flotante que era más como un platillo volador.
Yaco observó al grupo, notando cómo todos lo miraban con curiosidad, especialmente Pax.
“¿Qué tanto me miran?” preguntó el guardia, cruzándose de brazos.
“¿Qué cosa eres?” preguntó Paltio con genuina curiosidad.
“Soy un Yaca,” respondió Yaco con naturalidad.
“¡Un Yaca!
¿Qué es eso?” preguntó Alita, inclinándose hacia adelante.
Pero antes de que Yaco pudiera responder, ella añadió con una sonrisa: “Lo que sí sé es que hueles bien.” “¡Ah!
Eso es porque es nuestro aroma natural.
Es cautivador, como un dulce,” explicó Yaco con orgullo.
Ron, siempre observador, señaló el medallón en el centro de su abdomen.
“¿Y esa especie de medallón en donde iba su ombligo?
Parece como varias semillas formando un óvalo dentro de ese medallón.” “Ese es nuestro distintivo, muchacho,” respondió Yaco con un gesto afirmativo.
Luego, volteó hacia Pax y lo miró fijamente.
“¿Por qué me estás viendo así?
Aunque lleves ese casco puesto, puedo sentir tu mirada, como si me estuvieras analizando directamente.” “Es imposible que te quites el casco.
Nosotros, las Sombras Rojas, jamás nos lo quitamos,” respondió Pax con firmeza.
“Bien, nosotros, las Sombras Verdes, no tenemos ese inconveniente gracias a nuestro señor,” indicó Yaco, señalando su rostro descubierto.
“Puedes quitarte el casco aquí.
Nadie se lo dirá a tu superior,” añadió con un tono tranquilizador.
“¡No, gracias!” replicó Pax rápidamente, girándose para evitar más preguntas.
“Bien, si no tienen más preguntas, será mejor que los lleve a dar un tour por el reino para que puedan buscar lo que necesitan,” dijo Yaco, haciendo un gesto hacia una de las bandas transportadoras que recorrían todo el reino.
“Este sujeto me agrada.
Va directo al grano,” comentó Golden telepáticamente a Paltio, quien asintió en silencio mientras subían a la banda trasportadora.
El suelo bajo sus pies comenzó a moverse, llevándolos rápidamente por diversos lugares del reino.
Pasaron frente a edificios tecnológicos impresionantes, mostrando avances que nunca antes habían imaginado.
Todos estaban fascinados, incluso Pax, aunque intentaba ocultarlo detrás de su casco.
Mientras avanzaban, Yaco les explicaba cada lugar con calma y detalle.
Lo extraño no era tanto los edificios o la tecnología, sino que había gente común caminando libremente por las calles, algo que no habían visto en los otros dos reinos.
“¡Ah!
¿Habrán notado que hay habitantes de este reino paseando libremente por aquí?” preguntó Yaco, como si leyera sus pensamientos.
“Sí, eso iba a preguntar,” respondió Paltio, inclinándose hacia adelante con interés.
“Pues la verdad es que ellos no están realmente libres, muchacho,” explicó Yaco con seriedad.
“Pueden salir, jugar y hacer cosas siempre y cuando cumplan con la cuota diaria establecida por el señor Trebolg.
Si no cumplen…” Hizo una pausa dramática mientras señalaba hacia una de las pantallas.
“…esas cosas que ven allá arriba los hacen recapacitar.” En ese momento, un hombre corrió desesperadamente por una de las calles cercanas, intentando escapar de un grupo de soldados.
Las bandas transportadoras sobre las que pasaba cambiaron de color a un rojo intenso, y de repente, unas manos mecánicas emergieron del suelo.
Lo levantaron en el aire, sosteniéndolo suspendido frente a un edificio alto.
Una pantalla gigante encendió sus luces, y una voz robótica resonó: “Ciudadano, no se lo vamos a repetir dos veces.
Si no cumple con su cuota, será castigado.” Las pinzas mecánicas que lo sujetaban lo lanzaron desde esa altura, enviándolo en una caída vertiginosa.
“¡Oh, no!
¡Ese sujeto va a morir!” pensaron Paltio y sus amigos, horrorizados, mientras observaban cómo el cuerpo descendía en picada hacia el suelo.
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