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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 46

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46: ¿5 Horas?

Y ¿24 Horas?

46: ¿5 Horas?

Y ¿24 Horas?

“¡Paltio!, ¿dónde está?

¡La intriga me corroe!” exclamó Ron con impaciencia.

“Si, suéltalo de una vez, muchacho,” añadió Pax con urgencia.

“Bien… está en lo que parece ser el centro de control de la inteligencia Ruby,” reveló Paltio finalmente.

“¿Pero por qué no nos va a gustar?” preguntó Alita, frunciendo el ceño.

Un momento después, sus ojos se abrieron con comprensión.

“¡Ah, ya entiendo!

No creo que Yaco nos lleve allá.” “¿Hacia dónde?” interrumpió Yaco, quien había regresado al cuarto al escuchar el alboroto.

“Escuché mucho ruido y pensé que ya habrían encontrado el lugar de la pieza.” “Sí,” respondió Paltio con seriedad.

“Es un edificio grande y cubierto con cristales.” “¡Ah!

¿Te refieres al centro donde está Ruby?” preguntó Yaco, cruzándose de brazos.

“No los llevaré ahí.

Es un sitio prohibido.” “Pero necesitamos esa pieza.

Sin ella, no podemos avanzar al siguiente reino,” argumentó Paltio, intentando razonar con él.

“Lo siento, muchacho, pero ese sitio está prohibido incluso para mí.

Si quieren entrar, deben hacer una petición al consejo, y eso puede tardar entre dos a tres…,” explicó Yaco con calma.

“¿Dos a tres días?” preguntó Ron, esperanzado.

“No, dos o tres meses,” aclaró Yaco con firmeza.

“No tenemos tanto tiempo,” protestó Alita, mirando al grupo con preocupación.

“Pues qué mal,” dijo Yaco encogiéndose de hombros.

“¡Son órdenes de Tejod!” intervino Pax, molesto.

“Sí, pero incluso él sabe que debe mandar una petición al consejo de sombras,” replicó Yaco sin inmutarse.

“Voy a contactarme con él en este instante, y verás, soldado de pacotilla,” murmuró Pax, visiblemente irritado mientras activaba su dispositivo de comunicación.

“Pues hazlo,” respondió Yaco con indiferencia.

Pax rápidamente convocó una conexión vía aves de fuego.

Una esfera holográfica emergió en la pared, proyectando la figura imponente de Tejod.

Su presencia resonó en toda la habitación, y todos los presentes sintieron el peso de su autoridad.

“¿Qué es lo que deseas, Pax?

Estoy en algo muy importante,” gruñó Tejod, su voz cargada de impaciencia.

“Señor, estoy en el tercer reino, Bacadolia, y no me están dando la ayuda correspondiente ese soldado que está a mi lado,” comenzó Pax, su voz firme pero cargada de frustración.

En ese preciso momento, Yaco se colocó rápidamente su casco, incapaz de mostrar su rostro ante la abrumadora presencia del líder de las Sombras Rojas.

“¿Qué pasa con ese soldado de las Sombras Verdes?” preguntó Tejod, su tono afilado como un filo que cortaba el aire.

“Porque no quiere darme acceso para buscar la pieza del cetro,” respondió Pax, señalando a Yaco con un gesto rápido.

“¡¿Qué?!” La voz de Tejod estalló como un trueno, resonando por toda la habitación y haciendo que todos retrocedieran involuntariamente.

Su figura holográfica parecía irradiar una autoridad aplastante, como si su sola ira pudiera desmoronar las paredes.

“¿Y por qué no le dan acceso?” demandó Tejod, clavando su mirada en Yaco, quien tragó saliva visiblemente, nervioso.

Yaco tomó la palabra con voz temblorosa: “Según el niño dorado,” dijo, señalando a Paltio con un gesto incómodo, “la pieza está donde Ruby, en el edificio diamante.” Tejod bajó la voz, aunque su mirada seguía siendo intimidante.

“¿Ah?

Eso cambia las cosas.

¿Estás seguro de que está en ese lugar, pequeño Paltio?” Paltio se asomó al holograma, enfrentando directamente a Tejod.

“Sí, señor.

Estoy seguro.” “Ya veo…” Tejod hizo una pausa, antes de continuar con un tono amenazante.

“Entonces encuentra la forma de que no esté allí.

Ya sabes, te quedan 20 días para cumplir con nuestro arreglo.

¿O quieres que destruya a tus padres y a tu pueblo?” “No, señor.

Mil disculpas.

Buscaré nuevamente,” respondió Paltio, tratando de contener la impotencia y las lágrimas que amenazaban con brotar.

“Bien,” dijo Tejod antes de desvanecerse del holograma.

“Señor, ¿pero por qué no puedo ir a ese sitio?” interrumpió Pax, incapaz de contener su frustración.

“No, ese lugar está prohibido.

Además, no quiero lidiar en estos momentos con el consejo de las sombras,” respondió Tejod con frialdad.

Luego, para enfatizar su punto, tomó una estatua cercana de uno de los ciudadanos y la rompió en mil pedazos con un solo movimiento.

“Está bien,” murmuró Paltio, tragándose su dolor y determinación.

“Volveré a buscar y le llevaré el cetro a tiempo.” “Bien, niño, no me falles, o si no, el próximo será alguien que conozcas muy de cerca.

Quiero esa pieza en menos de un día, o ya sabes,” concluyó Tejod antes de desvanecerse del holograma.

“Bien, no pueden ir a ese lugar.

Así que será mejor que permanezcan aquí por un momento, mientras el mocoso dorado hace su posición de yoga para ‘disque’ encontrar el objeto.

Espero que esta vez sea en otro lugar,” dijo Yaco con un tono sarcástico.

“Regresaré en cinco horas; tengo que hacer unas cosas en el palacio.

No salgan de este lugar, o Ruby se encargará de ustedes.” Tras lanzarles una última advertencia, Yaco se marchó, dejando al grupo sumido en preocupación.

¿Qué es ese consejo de sombras?

¿Y por qué Tejod cambió tan rápidamente su forma de hablar cuando lo mencionó?

pensó Pax para sí mismo, frunciendo ligeramente el ceño bajo su casco.

Algo en la reacción del líder de las Sombras Rojas no encajaba.

Quizás hay algo más arriba de él…

alguien o algo que incluso él teme.

La sospecha comenzó a crecer en su mente mientras observaba la figura holográfica de Tejod desvanecerse.

Había una tensión oculta en su tono, un cambio sutil pero evidente: de autoritario e inflexible a cuidadoso y evasivo.

Era como si el simple hecho de nombrar al consejo despertara una cautela que ni siquiera Tejod podía disimular completamente.

Pax cruzó los brazos, meditando.

Si hasta Tejod tiene límites, entonces este consejo debe ser extremadamente poderoso…

o peligroso.

“¿Qué vamos a hacer, Golden?

No podemos ir a ese sitio, y tampoco podemos salir de este lugar durante cinco horas,” preguntó Paltio con angustia.

“Si no encuentro las piezas a tiempo, Tejod destruirá a alguien querido para mí.

Aunque todo ciudadano es importante para mí… Ese ciudadano que destruyó no se lo merecía.” Una pequeña lágrima rodó por su mejilla, reflejando su dolor interno.

“Tranquilo, niño, estamos aquí contigo,” lo reconfortó Golden con calma.

“Sí, señorito, encontraremos la forma,” añadió Mok, colocando una mano en el hombro de Paltio.

Ron y Alita también le dieron ánimos, pero todos sabían que estaban más contra las cuerdas que nunca.

Por un lado, tenían cinco horas encerrados en esa habitación sin poder salir, y por otro, si no entregaban la tercera pieza en 24 horas, Tejod cumpliría su amenaza: destruiría a otro aldeano o, peor aún, a los padres de Paltio o algún familiar de Alita o Ron.

“No,” intervino Golden después de unos segundos de silencio.

“Aunque es algo arriesgado.” “¿Qué cosa?” preguntaron todos al unísono, inclinándose hacia adelante con curiosidad.

“Creo tener una solución a nuestros problemas, pero es algo arriesgada y necesitará la ayuda de todos,” explicó Golden.

“¡Suelta la sopa de una vez!

No me dejes con la intriga,” reclamó Ron, impaciente.

“Bien, no te aloques, Ron,” respondió Golden con calma.

“Para realizar dicha proeza, necesitamos no ser detectados.

Todos se dieron cuenta de que esas fajas transportadoras rodean la ciudad, ¿verdad?

Pero nada sobrevuela la ciudad…

O eso es lo que pude notar.

La solución será ir volando hacia ese lugar.

Ya Yaco nos dio una pista: es el único edificio de diamante en este lugar.” “¡Es verdad!” exclamó Alita, recordando algo.

“Cuando aquel sujeto fue lanzado al aire, no apareció ninguna mano robótica ni el monitor hasta que llegó a los edificios.

Sería cuestión de subir más alto.” “¿Y cómo te diste cuenta de eso?” preguntó Ron, sorprendido.

“Pues…

mi intuición,” respondió Golden con un toque de misterio en su voz.

“Seguro le leíste la mente a ese sujeto,” murmuró Pax, cruzándose de brazos.

“Sí, se la leyó porque yo le dije,” intervino Paltio, confirmando las sospechas de Pax.

“Bien, entonces ya sabemos que si volamos alto podemos hacerlo,” concluyó Alita.

“¿Qué tal si usamos el anillo de aire de Mok para lograrlo?” Todos miraron a Mok, quien rápidamente sacó su anillo, observándolo con atención.

“Podría funcionar,” dijo Mok, asintiendo.

“Pero necesitaremos coordinarnos bien.

Si alguien se queda atrás o si nos detectan, estamos perdidos.” “Entonces, manos a la obra,” dijo Paltio, limpiándose las lágrimas y recuperando su determinación.

“Golden, guíanos.

Todos juntos, encontraremos la forma.” “Sí, podría funcionar,” indicó Mok con optimismo mientras observaba su anillo.

“Pero no sabemos a qué distancia está el lugar,” interrumpió Golden con cautela.

“Si el poder del anillo se agota antes de llegar, caeremos en picada y perderemos cualquier oportunidad.” “La única forma sería tener una nave o algo que vuele,” reflexionó Paltio, mirando hacia la ventana como si buscara una solución en el horizonte.

“Solo tenemos algo que es capaz de pasar por esa rendija de la ventana,” señaló Golden con un brillo en su voz.

“Y esa es Nakia.” “¿La pequeña Nakia?” preguntó Ron, sorprendido.

“Pero ella sola no puede ir.

Ustedes saben que nadie más que Paltio puede tocar las piezas del cetro,” recordó Alita, cruzándose de brazos.

“Sí, en eso tienes razón, Alita,” admitió Golden, asintiendo.

“Pero Nakia, al ser una maga, puede hacer que dos personas la acompañen encogiéndolas por un breve período de tiempo.

¿Es eso cierto, Nakia?” preguntó, dirigiendo su atención hacia el pequeño ser que emergía del gorro de Alita.

“Sí, puedo hacer eso,” respondió Nakia con seguridad, aunque su voz diminuta tenía un toque de preocupación.

“Pero deberán actuar muy rápido.

Solo puedo usar ese hechizo dos veces por día, y lejos de mi ama Meliradal.” “Bien, entonces hagámoslo,” dijo Paltio con determinación renovada, sus ojos brillando con decisión tras la propuesta de Golden.

“No hay tiempo que perder.” Todos intercambiaron miradas rápidas, conscientes del riesgo que implicaba el plan, pero también de la urgencia que los acorralaba.

La cuenta regresiva de cinco horas pendía sobre ellos como una espada de Damocles, cada tic-tac resonando en sus mentes con creciente intensidad.

Además, las 24 horas impuestas por Tejod para entregarle la tercera pieza del cetro añadían una presión insoportable.

Sabían que, si fallaban, otro ciudadano inocente pagaría las consecuencias con su vida.

La tensión era palpable, casi tangible, mientras el peso de las decisiones pendientes gravitaba sobre el grupo.

No había margen para errores ni tiempo para dudas; cada segundo contaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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