La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 52
- Inicio
- Todas las novelas
- La Ultima Esperanza de Avocadolia
- Capítulo 52 - 52 ¿En Apuros
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
52: ¿En Apuros?
52: ¿En Apuros?
Yaco continuó avanzando implacablemente, golpeando y electrocutando a todo aquel que intentaba detenerlo.
“¡Nadie puede detenerme!” masculló con una sonrisa torcida mientras subía las escaleras.
“Debo llegar hasta ese príncipe.
Y si es cierto lo que dice mi jefe, pronto serán parte de nuestros trabajadores…
sin paga.” Uno a uno, sus pasos resonaban por los pasillos del edificio, cada vez más cerca de su objetivo.
Mientras tanto, en el cuarto donde Alita, Ron y Pax intentaban cubrir a Paltio y Mok, las cosas no pintaban bien.
“Oigan,” susurró Alita, tratando de mantener la calma.
“¿Alguno sabe algo de ventriloquia?” Ron la miró confundido.
“¿Ventriloquia?
¿Por qué?” “Porque lo único que se me ocurre es decir que están en el baño y hacer voces,” respondió ella con urgencia.
Ron bajó la mirada, negando lentamente.
“Definitivamente, no.” Entonces Alita se acercó a Pax, quien tenía un pequeño dispositivo en su casco.
“¿Puedes cambiar tu caja de voz?” le preguntó en un susurro casi inaudible.
Sabía que él tenía un modulador de voz, pero este negó con firmeza.
“No, no puedo,” dijo Pax con tono cortante.
“¿Y ahora qué vamos a hacer?” preguntó Alita, cerrando la puerta del baño tras ellos con cuidado.
La tensión era palpable; podía sentirse en el aire.
Los pasos de Yaco ya estaban a solo unos metros de distancia.
Uno de los guardias intentó abrir la puerta con la llave, pero al desactivarse Ruby, nada funcionaba.
Frustrado, Yaco lanzó una patada brutal contra la puerta, haciéndola colapsar con un estruendo ensordecedor.
Cuando la puerta cayó al suelo, Yaco entró con una expresión severa en su rostro.
Sus ojos recorrieron rápidamente la habitación, deteniéndose en Alita, Ron y Pax.
Pero no vio ni al mayordomo ni al príncipe.
“¿Dónde están?” preguntó con frialdad, su voz cargada de amenaza.
“En el baño,” respondió Alita, esforzándose por mantener una expresión neutral y evitar sonar nerviosa.
Yaco arqueó una ceja, su mirada fija en Ron, quien estaba visiblemente agitado.
“¿Ambos están en el baño?” El muchacho tragó saliva y asintió con timidez.
“Sí, señor.
No comieron porque también estaban mal,” intervino uno de los guardias que había llevado comida antes.
Aparentemente, Pax lo había noqueado cuando intentó entrar.
“Ábranla,” ordenó Yaco a los guardias que lo acompañaban.
“Ya veremos si dicen la verdad.” Alita y Ron intercambiaron miradas nerviosas, mientras Pax mantenía una apariencia imperturbable, aunque dentro de él también bullía la tensión.
Con un movimiento rápido, los guardias rompieron la cerradura del baño con sus espadas.
Dentro, encontraron a Paltio inclinado sobre el lavadero, fingiendo malestar, mientras Mok simulaba vomitar en el inodoro.
“¡Vaya!” exclamó Yaco, soltando una carcajada burlona.
“Veamos si esto es verdad.” Sacó una caracola de comunicación y comenzó a hablar con Trebolg.
Mientras tanto, Alita, Ron y Pax se miraron entre sí, aliviados de que sus amigos hubieran regresado a tiempo.
Sin embargo, el misterio de cómo habían llegado tan rápido seguía rondando en sus mentes.
“¡Bien!” dijo Yaco tras terminar de hablar con su jefe.
Algo en la situación le parecía extraño, pero Trebolg le había dado la orden de que Paltio y los demás podían ir a inspeccionar las instalaciones de Ruby debido a una explosión masiva en el lugar.
“Podrán buscar su afamada pieza,” indicó Yaco, disculpándose brevemente con los presentes antes de añadir: “Volveré en unos momentos para llevarlos mientras hacemos revisiones en la zona.” Trebolg, por su parte, seguía sin estar convencido de que Paltio y sus amigos no fueran responsables del caos.
Sin embargo, sabía que era imposible estar en dos lugares al mismo tiempo.
El líder de las Sombras Verdes se jalaba los pelos, frustrado, mientras intentaba resolver el misterio.
“¡Paltio!
¡Mok!
¡Qué bueno que están bien!” exclamaron Alita y Ron, aunque sus rostros reflejaban confusión.
“¿Cómo llegaron tan rápido?” “Qué bueno que preguntan,” intervino Golden, emergiendo de la semilla de Paltio.
Con calma, comenzó a explicar cómo habían escapado del edificio y regresado al hotel tan rápidamente.
“Paltio y Mok se miraron a los ojos,” narró Golden.
“Sabían que no podían salir del lugar ni llegar al hotel sin ser vistos.
Además, todas las puertas y ventanas comenzaron a cerrarse automáticamente.
Fue entonces cuando Nakia entró al lugar, informándonos que ya se había encargado de los guardias con su poción somnífera.” Golden hizo una pausa breve antes de continuar.
“La única manera de salir de ahí era encogiéndonos para que Nakia pudiera sacarnos volando.
Era una buena idea, pero estábamos demasiado lejos del hotel, y Nakia no podía llegar tan rápido.” “Entonces se nos ocurrió un plan,” continuó Golden.
“Primero saldríamos del lugar con Nakia, y luego Toco-Toco nos llevaría al hotel lo más rápido posible.
Todos estuvimos de acuerdo: Paltio, Mok y yo.” Se encogieron justo a tiempo; faltaba apenas un minuto para la destrucción del lugar.
Paltio quería salvar a los guardias, pero no había tiempo.
Salieron justo antes de que todo colapsara, volando sobre Nakia.
Sin embargo, la explosión los alcanzó, enviando ondas de choque a su alrededor.
Menos mal que llamé a Toco-Toco, quien ya estaba al tanto del plan.
Mientras volábamos, él nos contó que ustedes le habían dicho que estábamos en el baño.
Corrió como alma que lleva el viento llevando a Nakia con nosotros en sus patas delanteras, viendo cómo el edificio caía piso por piso, como fichas de dominó, hasta explotar completamente.” Golden terminó su relato con un suspiro.
Alita y Ron escucharon fascinados la historia, maravillados no solo por cómo habían derrotado a Ruby, sino también por la increíble velocidad de Toco-Toco.
“¡Yo también soy rápida!” protestó Nakia desde un lado, inflando el pecho con orgullo.
“Lo sé, avecita,” respondió Alita con una sonrisa, colocando a Nakia sobre su gorro.
“Eres nuestra pequeña heroína.” Ahora todos debían fingir que no sabían nada mientras acompañaban a los enemigos al lugar donde Paltio debía colocar nuevamente la pieza clave.
Antes de partir, Alita y Ron compartieron algo preocupante: la ciudad había caído en un caos absoluto.
Escucharon gritos desgarradores y vieron fuego consumiendo distintas zonas, pero luego todo se apaciguó misteriosamente, como si una mano invisible hubiera sofocado el desorden.
Sin embargo, antes de que pudieran seguir hablando, Yaco regresó y les indicó con brusquedad que lo acompañaran.
Todos salieron del hotel y subieron al carruaje de Yaco, un vehículo futurista que no necesitaba caballos, muy diferente al de Paltio.
Mientras avanzaban, observaron los estragos causados por la desactivación de Ruby.
Ciudadanos atados con cadenas eran arrastrados hacia vehículos enormes, sus rostros llenos de desesperación y miedo.
“¡Maldición!” exclamó Paltio mentalmente a través del enlace telepático que Golden había establecido entre ellos.
“Esto es mi culpa.” Los demás intentaron consolarlo rápidamente.
“No es tu culpa,” le aseguraron.
“No podías saber el poder que tenían estas Sombras Verdes.” Al llegar al lugar, encontraron a un equipo forense inspeccionando la escena del desastre.
La explosión había sido devastadora: dos cuadras enteras estaban reducidas a escombros carbonizados.
Uno de los investigadores murmuró algo al pasar junto a Yaco: “Típico.
Esto es para evitar que los secretos de Ruby caigan en manos enemigas.” Luego hizo un gesto con la cabeza, indicando que ya habían tomado todas las muestras necesarias para determinar si la explosión había sido un mal funcionamiento o un acto deliberado.
“Murieron algunos buenos guardias,” dijo antes de retirarse, dejando un aire de pesar tras él.
Paltio y su grupo ingresaron al área devastada.
Todo estaba destruido: vigas retorcidas, cables colgando como venas expuestas y un humo denso que aún flotaba en el ambiente.
Paltio tenía una tarea delicada: debía fingir que buscaba la pieza perdida, mientras sus amigos distraían a Yaco y a los guardias para que pudiera colocarla sin levantar sospechas.
Antes de llegar al lugar, Paltio le entregó la pieza a Toco-Toco, quien había salido corriendo hacia una posición estratégica.
El pequeño gato esperó pacientemente la señal mientras Paltio simulaba buscar entre los escombros.
Por un callejón lateral, Paltio vio a Toco-Toco hacerle una discreta seña con la pata.
Entendió de inmediato y comenzó a mover escombros en el lugar indicado.
Levantó una placa metálica retorcida y, fingiendo sorpresa, anunció: “¡Aquí está!” Sus amigos también actuaron con naturalidad, disimulando el hallazgo para que los guardias no sospecharan.
Uno de los soldados frunció el ceño, confundido.
“Qué raro…
Los inspectores revisaron por aquí y no encontraron nada.” “¡Eh!” intervino Pax con rapidez, señalando a Paltio.
“Es porque él es el único que puede encontrar y tocar esas cosas.
¿Quieres intentarlo tú?” le insinuó a Yaco con una sonrisa burlona.
Yaco negó con la cabeza ante la sugerencia de Pax, aunque en su interior ardía de curiosidad por tocar el objeto brillante que Paltio sostenía en su mano.
Sin embargo, algo lo detuvo.
Pensó que tal vez esa cosa podría ser peligrosa o que su contacto activaría alguna alarma invisible.
Decidió cambiar de tema y dijo secamente: “Bien.” Aunque no estaba del todo convencido, le indicó a uno de los guardias que los devolviera al hotel.
“Pero, señor Yaco,” intervino Paltio con una sonrisa despreocupada, “tenemos un apuro.
Debemos buscar dos piezas más.” Yaco lo miró fijamente, evaluando sus palabras.
“Eso ya lo veremos,” respondió con frialdad.
“Primero necesito el análisis de los inspectores.
Continúo diciendo “Con la tecnología que tenemos, la inspección sería rápida si Ruby estuviera operativa.
Sin ella, tomará un día entero Recuerden que tenemos hasta el alba marina.” intentó intervenir Pax, siempre alerta…
Lo siento, pero no les queda otra que esperar.” respondió Yaco su tono era casual, pero sus ojos brillaban con astucia, sabiendo que cualquier objeción adicional los haría parecer sospechosos.
“Bien,” aceptó Paltio, guiado por el enlace mental que Golden había establecido con él.
“Sigamos el juego del soldado,” le había dicho Golden con firmeza.
Sin más demoras, regresaron al cuarto del hotel para descansar y esperar los resultados.
Una vez allí, Paltio rompió el silencio con una pregunta cargada de ansiedad: “¿Qué hacemos?
¿Y si se enteran de lo que hicimos?
¿Algo que hayamos dejado en la escena del crimen?” Su voz temblaba ligeramente, y sus manos se movían nerviosas, casi como si quisiera arrancarse las uñas.
“Tranquilo, niño,” respondió Golden con calma.
“No van a encontrar nada.” “¿Cómo así?” preguntaron todos al unísono, mirándolo con incredulidad.
Golden sonrió, su voz teñida de confianza.
“Ya lo verán.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com