La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 57
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57: Perdón y ¿Chihuahua?
57: Perdón y ¿Chihuahua?
Paltio seguía esperando una respuesta de Golden, pero el silencio dentro de su mente era abrumador.
Los espectros ya estaban a pocos pasos de él, sus figuras esqueléticas proyectando sombras amenazantes bajo la tenue luz de la cueva.
Justo cuando parecía que no había escapatoria, algo extraño ocurrió.
“¡Tomen esto, tontos espectros!” gritó Silver con determinación, sosteniendo en sus manos un aparato que parecía una aspiradora gigante.
Encendió el dispositivo, y una poderosa succión comenzó a arrastrar a los espectros hacia él.
Estos empezaron a gritar, pero esta vez no era un grito de furia o dolor; más bien parecía un lamento lleno de molestia y frustración.
Silver, sin detenerse, continuó operando su arma.
Los dos entes fueron succionados por completo dentro del aparato, forcejeando desesperadamente mientras intentaban liberarse, pero era inútil.
Finalmente, Silver apagó la máquina y cerró herméticamente la bolsa de la aspiradora en un recipiente cubierto de símbolos antiguos.
Con habilidad, moldeó el recipiente entre sus manos hasta convertirlo en una especie de roca sólida y extremadamente dura.
Ron observó con asombro cómo Silver manipulaba el material sin esfuerzo, como si fuera arcilla blanda, aunque sabía que debería ser imposible deformarlo sin herramientas especializadas.
“Y con esto se termina,” anunció Silver con satisfacción, arrojando el recipiente al abismo.
Lukeandria estaba atónita.
Nunca había visto a nadie derrotar a los Spelectrums tan fácilmente.
Era evidente que Silver poseía habilidades extraordinarias, algo que ni siquiera ella podría haber logrado sola.
Una vez que la conmoción pasó, Paltio se acercó a Silver y le dio las gracias, aunque su expresión aún reflejaba frustración.
Su enojo no estaba dirigido a Silver, sino a Golden, quien había cumplido su palabra de no salir en presencia de Silver, incluso cuando eso casi le costó la vida.
“¡GOLDEN!” gritó Paltio desenfrenadamente, su voz resonando en toda la cueva.
Dentro de la semilla, Toco-Toco miró a Golden con curiosidad.
“Señor, creo que lo llaman…
¡Miau!” dijo el felino.
“No lo creo,” respondió Golden con indiferencia.
“Sí, señor, es el mocoso Paltio, y lo hace con un tono de voz que no me gusta.
Parece como si estuviera gritando…
Tal vez está en problemas.” Golden reflexionó por un momento.
Aunque su orgullo lo mantenía alejado, las palabras de Toco-Toco hicieron eco en su mente.
Quizás el príncipe realmente necesitaba su ayuda.
Tragándose su testarudez, decidió salir de la semilla y enfrentarse a la situación.
Cuando apareció frente al grupo, Paltio lo recibió con una mezcla de alivio y enojo.
“¿Por qué no viniste cuando te llamé?
¡Casi me matan esos espectros!” exclamó el príncipe, señalando hacia donde momentos antes habían estado las criaturas.
Golden bajó la cabeza, avergonzado.
“Lo siento, Paltio.
Me comporté como un tonto,” admitió con sinceridad.
Luego, dirigiéndose a Silver, añadió: “Gracias por salvarlo.
No sé qué habría pasado si no hubieras estado aquí.” Silver simplemente asintió, aceptando las disculpas con una sonrisa leve.
Sabía que Golden siempre había sido orgulloso, pero también entendía que su resentimiento tenía raíces profundas.
Finalmente, Golden decidió contarles la verdad sobre su conflicto con Silver.
“Pues verán,” comenzó, tomando aire antes de continuar.
“En la guerra contra las sombras, mis compañeros y yo —éramos cinco en total— fuimos designados como los guerreros personales de Avocios.
Nuestra misión era protegerlo ante cualquier peligro, sin importar las circunstancias.
Pero durante la batalla más grande que nuestro dios enfrentó, Silver no estuvo presente en el campo de batalla.
Si hubiera estado allí, tal vez habríamos podido vencer a las sombras ese día, y el mundo no estaría como está ahora.” Golden hizo una pausa, mirando a Silver con una mezcla de nostalgia y tristeza.
“Por eso me odias, ¿verdad?” preguntó Silver en voz baja, rompiendo el silencio.
“Así es,” respondió Golden, su voz teñida de melancolía mientras bajaba la mirada.
“Pero hasta ahora me cuesta trabajo entender lo ocurrido en aquel entonces.
Solo vi tu ausencia como una traición…
Una herida que tardó años en sanar.” Hizo una pausa breve, como si las palabras pesaran más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Su expresión reflejaba una mezcla de arrepentimiento y vulnerabilidad, algo poco común en él.
“Supongo que mi orgullo no me dejó ver más allá de mi propio dolor,” añadió en un murmullo, casi como si hablara consigo mismo.
En ese momento, una voz resonó en la mente de Silver.
Era clara y autoritaria.
“Cuéntales,” ordenó la voz.
“¿Estás seguro?” preguntó Silver en silencio, buscando confirmación.
La voz respondió con firmeza: “Sí, ya es el momento.” Silver procedió a contar la razón por la que ese día tuvo que marcharse.
“Según la misión que me encomendó Avocios,” explicó con calma, “debía llevar la última carga de su poder y embeberla en el cetro que se encontraba en Avocadolia.” “¿Entonces fuiste tú quien cargó el cetro?” preguntó Mok, sorprendido.
“Así es, señor mayordomo,” respondió Silver con una inclinación respetuosa.
“Mi señor previó que, en un momento crítico antes del avance de las sombras hacia su reino matriz, debía restaurar el poder al último bastión y recipiente entregado a los Avocados para que no se extinga la última llama de esperanza.
Por eso decidí partir, para evitar que esa carga cayera en manos enemigas.
Avocios sabía que aquella batalla estaba perdida desde el principio.” Hizo una pausa, como si recordara los momentos difíciles que vivió durante esa misión.
“Me demoré demasiado en llegar y completar mi tarea porque los caminos estaban destruidos y ennegrecidos por las sombras.
Coloqué la última sustancia de energía que nuestro dios me había confiado en el cetro y me retiré, esperando al príncipe de Avocadolia según el presagio de mi señor por estos lares.
Pensé que optarían por ir al revés de Reedalia, hacia Fuertelia…
Pero veo que me equivoqué.
Me disculpo, Paltio.
Hubiera sido mejor quedarme a pelear contigo en la batalla que se avecina a tu puerta.” “No te preocupes, todos cometemos errores” respondió Paltio con una sonrisa sincera.
“No fue tu culpa que las sombras se salieran con la suya.” “Me enorgullece su respuesta, señorito,” indicó Mok con admiración en su voz.
Golden, visiblemente afectado por las palabras de Silver, bajó la cabeza.
“Tenías esa labor…
No lo sabía.
Perdóname, amigo,” dijo con genuino arrepentimiento.
Silver asintió lentamente.
“Te perdono, Golden.
Sabía que no entendías mis razones en aquel entonces.” Ambos se miraron por un momento, sus viejas rivalidades desapareciendo ante la comprensión mutua.
Con una leve sonrisa, limaron asperezas, dejando atrás años de resentimiento.
Ahora que todo estaba arreglado, Paltio tomó la palabra.
“Debemos continuar con nuestro destino.” “Entonces, ¿te unirás a nosotros para vencer a Urugas?” preguntó Golden con esperanza en su voz hacia Silver.
antes.
Sin embargo, nos volveremos a encontrar en el camino, tal como mi dios me lo presagió.” Golden lo observó por un momento, sus ojos entrecerrados como si intentara descifrar algo más detrás de las palabras de Silver.
“¿Tienes otros secretos que ocultar?” preguntó finalmente, su tono mezcla de curiosidad y recelo.
Pero casi de inmediato, Golden suspiró y agitó la mano, desestimando su propia pregunta.
“No importa.
Lo dejaré pasar…
Ahora entiendo que tienes tus objetivos y las tareas que Avocios te encomendó.
No soy quién para cuestionarlas.” A pesar de su aparente indiferencia, era evidente que Golden aún sentía cierta incomodidad ante la idea de los secretos no revelados de Silver.
Sin embargo, también parecía dispuesto a aceptar que algunas cosas debían quedar sin respuesta, al menos por ahora.
“Bien, pero ahora, ¿cómo vamos a irnos?” preguntó Lukeandria, cruzándose de brazos.
Mok sonrió con seguridad.
“Por eso no hay problema.
Leí el manual del profesor y descubrí cómo hacer que el carruaje funcione sin caballos.” Antes de partir, Silver se acercó a Paltio con seriedad.
“Tengan cuidado.
Alguien en tu reino los traicionó.
Ese día vi a uno de los tuyos hablar con alguien de las Sombras Rojas.
Ese sujeto está en Reedalia.
No pude verlo bien, pero sé que está allí.” “¡Eh, tú!” exclamó Silver, señalando directamente a Ron.
Ron parpadeó confundido y se señaló a sí mismo con gesto inocente.
“¿Yo?” “Sí, tú, chico pelo de puercoespín,” indicó Silver con una sonrisa irónica, claramente disfrutando del apodo improvisado.
“Dijiste que querías ser fuerte, ¿verdad?
Bueno, te dejaré un amigo mío para que te acompañe y te entrene.” Ron frunció el ceño, ligeramente ofendido por el apodo, pero su curiosidad pronto superó su indignación.
“¿Un amigo tuyo?
¿Qué clase de amigo?” preguntó, cruzándose de brazos mientras miraba a Silver con escepticismo.
Silver no respondió de inmediato, limitándose a sonreír con una expresión enigmática que solo aumentaba la intriga.
De detrás de Silver apareció un pequeño chihuahua de pelaje rojo brillante.
El animal levantó la cabeza con orgullo, aunque su tamaño diminuto lo hacía parecer más gracioso que intimidante.
“Su nombre es Chiki.
Él te enseñará,” dijo Silver con una sonrisa irónica.
El perro gruñó levemente, obviamente molesto, y levantó la cabeza hacia Silver con una mirada indignada.
A pesar de su diminuto tamaño, su voz resonó profunda y grave, completamente opuesta a lo que uno esperaría de un chihuahua tan pequeño.
“¿Me va a dejar con este pelo verde, señor?” protestó Chiki en un tono autoritario y ofendido, señalando con su pequeña pata hacia Ron.
Silver lo miró con diversión.
“Entrénalo muy bien, Chiki.
No hay tiempo que perder.
Los acompañaras en el camino,” ordenó mientras acariciaba al pequeño perro.
Chiki ladró enérgicamente y asintió con decisión.
“¡Sí, lo haré!
¡Convertiré a este mocoso en alguien fuerte!” Todos rieron ante la escena, aunque era evidente que el pequeño chihuahua tenía personalidad suficiente para compensar su tamaño.
Todos subieron al vehículo, no sin antes despedirse de Silver.
El ambiente era una mezcla de gratitud y nostalgia mientras observaban cómo el peculiar sujeto les dedicaba un último gesto de despedida antes de perderse entre las sombras de la cueva.
“Qué tonta pelea,” comentó Ron con una sonrisa irónica, mirando a Golden aún con algo de burla.
“A veces las personas se pelean por cada estupidez.” Golden volteó a ver a Ron como si quisiera fulminarlo con la mirada.
Aunque llevaba el casco puesto, el peso de su desprecio era casi tangible, y Ron sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
Era como si las palabras de Golden pudieran atravesar el metal y clavarse directamente en su alma.
Sabía que Ron tenía razón —por mucho que le costara admitirlo—, pero su orgullo era un muro impenetrable que aún no estaba dispuesto a derribar.
Golden cruzó los brazos con gesto altivo, evitando cualquier contacto visual adicional, como si eso fuera suficiente para invalidar lo que acababa de escuchar.
Sin embargo, el leve temblor en su postura delataba que las palabras de Ron habían tocado una fibra sensible.
Ron tragó saliva, dándose cuenta de que tal vez había ido demasiado lejos.
“Eh…
¿era necesario tanto drama?” murmuró, tratando de aligerar el ambiente con una sonrisa nerviosa, aunque sabía que Golden no estaba de humor para bromas.
Mok, por su parte, se puso manos a la obra.
Presionó unos botones en el panel del carruaje, activando un mecanismo oculto.
Del chasis emergieron unas fajas metálicas que rodearon las ruedas, transformándolas en algo parecido a las orugas de un tanque.
Con un leve zumbido, el vehículo comenzó a avanzar suavemente, incluso activándose en modo piloto automático.
Paltio, sentado en uno de los asientos traseros, miraba pensativo por la ventana.
Su mente no dejaba de dar vueltas a las palabras de Silver.
“Alguien en tu reino los traicionó…
Ese sujeto está en Reedalia.” ¿Quién podría haber sido?
La idea de que alguien cercano a él hubiera conspirado con las Sombras Rojas lo llenaba de una mezcla de confusión y rabia contenida.
En ese momento, Lukeandria se acercó a él, visiblemente nerviosa.
“Paltio,” dijo con voz baja, casi susurrando, “¿puedes reparar mi casco y mi armadura?” Su tono era tímido, y un leve rubor apareció en sus mejillas mientras evitaba mirarlo directamente.
El príncipe la miró sorprendido.
“Claro que sí,” respondió con una sonrisa amable.
“Pero, a cambio, tendrás que decirnos por qué estás en las Sombras Rojas.
Sabemos que solo los hombres pueden ser soldados de Tejod.” Lukeandria lo miró con una ceja levantada, fingiendo molestia.
“Ahora sí recuerdas cosas importantes, ¿verdad?
Pero cuando eran cosas triviales, ni siquiera prestabas atención.
Vaya príncipe que eres.” Paltio soltó una carcajada, incapaz de contenerse ante el comentario sarcástico de la joven.
“Bien jugado,” admitió, levantando las manos en señal de rendición.
Lukeandria suspiró, cruzándose de brazos.
“Está bien,” dijo finalmente, su expresión relajándose.
“Creo que tienen derecho a saber mi historia, ya que, de todos modos, no podrán hacer nada contra Tejod.”
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