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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 58

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  4. Capítulo 58 - 58 La Verdad de Lukeandria 1
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58: La Verdad de Lukeandria (1) 58: La Verdad de Lukeandria (1) En un pueblo muy, pero muy lejano de los cinco reinos donde ahora se encuentran ustedes, vivían los lúcumos, un pueblo noble y resiliente, en un lugar llamado Lucumenios.

Era un rincón del mundo donde la tranquilidad parecía tejerse con hilos de oro, y el trabajo diario se convertía en un acto de comunidad.

Bajo el principio de la equidad, todos compartían por igual: a cada ciudadano le tocaba lo mismo, ni más ni menos.

No había lujos desmedidos ni carencias injustas; todo estaba distribuido con sabiduría y justicia.

Los campos florecían bajo el sol, los ríos cantaban mientras serpenteaban entre las tierras fértiles, y las risas de los niños resonaban como música en las calles empedradas.

Eran días serenos y prósperos, donde la armonía parecía ser la ley natural de la vida.

Cada amanecer traía consigo la promesa de un nuevo comienzo, y cada atardecer pintaba el cielo con tonos cálidos que parecían abrazar al pueblo entero.

En Lucumenios, no existían las sombras del miedo ni las garras de la ambición desmedida.

Era un lugar donde la paz no era un sueño lejano, sino una realidad tangible que todos cuidaban con esmero.

Mi padre, un hombre imponente y respetado, era el líder de nuestro ejército.

Su presencia inspiraba seguridad y justicia; siempre enseñó a proteger al desvalido y a mantener el orden en nuestro pueblo.

Era un héroe en potencia, un pilar fundamental de nuestra comunidad.

Él siempre decía: “No todo está perdido.

Siempre hay un mañana.

Valora tu vida, porque mientras vivas, siempre habrá esperanza.” Durante mucho tiempo, no nos faltó nada.

Vivíamos en lo que muchos considerarían una utopía… hasta que el destino decidió cambiarlo todo.

n día, sin previo aviso, algo cambió.

Los recursos que antes parecían inagotables comenzaron a escasear.

Los ríos que alimentaban nuestros campos se secaron, dejando nuestras tierras áridas y nuestra gente hambrienta.

El agua, que alguna vez fluyó generosa y cristalina, se convirtió en un recuerdo lejano, como si la misma vida nos hubiera abandonado.

Mi padre, siempre protector y decidido, no podía quedarse de brazos cruzados mientras su pueblo sufría.

Investigó el problema con la urgencia de quien sabe que cada segundo, cuenta.

Lo que descubrió fue devastador: una gran cantidad de soldados, un ejército implacable y organizado, había rodeado nuestro pueblo.

Se habían apoderado de nuestras fuentes de agua, asfixiándonos lentamente, como una garra invisible que nos estrujaba hasta quitarnos el aliento.

Eran las Sombras Rojas, un nombre que pronto se convirtió en sinónimo de terror.

No eran simples invasores; parecían una fuerza sobrenatural, despiadada y calculadora.

Su presencia no solo amenazaba nuestra supervivencia, sino también nuestra identidad como pueblo.

Con cada día que pasaba, sentíamos cómo nuestra utopía se desmoronaba frente a nuestros ojos, reemplazada por el miedo y la desesperación.

La tranquilidad que alguna vez definía a Lucumenios ahora era un eco distante, sustituido por el silencio opresivo de un pueblo al borde del colapso.

Decidido a proteger a su gente, mi padre lideró un primer ataque contra las Sombras Rojas.

Con la fuerza de un león defendiendo a su manada, enfrentó a sus enemigos sin vacilar.

Logró repeler sus fuerzas y sembrar el caos entre sus filas, causándoles graves problemas.

Por un breve instante, pareció que la victoria estaba de nuestro lado.

La esperanza renació en los corazones de nuestro pueblo, como una pequeña llama que luchaba por no apagarse.

Sin embargo, esa llama fue cruelmente extinguida.

Poco después, apareció Tejod en persona.

Su presencia era abrumadora, como si la oscuridad misma se hubiera manifestado en forma humana.

Con una magia oscura y devastadora, enfrentó a mi padre.

A pesar de su valentía y habilidad, mi padre no pudo resistir el poder abrumador de aquel ser maligno.

Frente a toda mi gente, Tejod realizó un acto de crueldad inimaginable.

Con un gesto de su mano, convirtió a mi padre en jade rojo, transformando su cuerpo en una frágil estatua de piedra preciosa.

Luego, con una risa endemoniada que aún resuena en mis pesadillas, comenzó a destruirlo pedazo a pedazo.

Cada fragmento que caía al suelo era como un golpe directo a nuestros corazones, un recordatorio brutal de nuestra impotencia.

Lo peor no fue solo ver cómo lo reducía a nada, sino escuchar su risa retorcerse en el aire mientras lo hacía.

Era como si disfrutara del sufrimiento de mi padre, como si quisiera demostrar que nadie podía oponerse a él sin pagar un precio terrible.

Cada pieza que rompía era un eco de muerte, una declaración clara de su poder absoluto.

Y nosotros, paralizados por el horror, solo pudimos mirar cómo el héroe que nos había protegido durante tanto tiempo era despedazado frente a nuestros ojos.

Fue entonces cuando mi mundo se derrumbó.

Tuve que ver con mis propios ojos cómo mi héroe, mi protector, era aniquilado sin piedad.

Quise correr hacia él, atacar a ese monstruo con mis propias manos, pero mi hermano me detuvo.

Me sujetó con fuerza y me dijo: “Tendrás tu momento… pero no ahora.” Sabía que yo estaba cegada por la ira y el dolor, así que, sin más remedio, me noqueó y me sacó del lugar antes de que fuera demasiado tarde.

Mi hermano, un joven guerrero tan ágil y rudo como mi padre, tomó la decisión de huir junto con mi madre y algunos sobrevivientes.

Tejod había lanzado una gran represalia sobre nuestro pueblo, reduciéndolo a cenizas y estableciendo una base de avanzada en los restos de nuestro hogar.

Desde allí, utilizaba los recursos que quedaban para abastecer a sus tropas y realizar rituales oscuros que solo aumentaban su poder.

Los sobrevivientes, fieles a la memoria de mi padre, juraron venganza.

Bajo la dirección de mi hermano, comenzamos a planear cómo derrotar a Tejod y recuperar lo que nos había sido arrebatado.

A los siete años, mi hermano comenzó a entrenarme a mí en conjunto con mi madre.

Escondidos en las sombras, lejos del radar de Tejod, aprendimos a pelear, a sobrevivir y a canalizar nuestra ira en cada golpe.

Los entrenamientos eran brutales, implacables.

No había espacio para la debilidad ni para el descanso; cada día era una prueba física y mental que parecía no tener fin.

La sed de venganza me mantenía en pie cuando mis piernas temblaban y mis brazos apenas podían sostener una espada.

Era como un fuego que ardía dentro de mí, consumiendo todo lo demás: el miedo, la tristeza, incluso la compasión.

Con cada golpe que daba, sentía cómo la rabia se afilaba como una hoja, convirtiéndome en algo diferente, algo más duro.

Con el tiempo, me volví más fuerte, más rápida, más letal.

Mi cuerpo respondía sin vacilar, como si fuera una máquina diseñada para la guerra.

Pero mientras mi exterior se endurecía, mi corazón seguía siendo un peso que no podía dejar atrás.

La imagen de aquella noche fatídica —el momento en que vi morir a mi padre frente a mis ojos— estaba grabada a fuego en mi memoria.

Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la risa endemoniada de Tejod y veía los fragmentos de jade rojo caer al suelo.

Creía que era invencible, que nada podría detenerme.

Pero esa certeza solo era una máscara.

Bajo la superficie, sabía que nunca sería lo suficientemente fuerte para borrar lo que había perdido.

Y aunque mi cuerpo era capaz de enfrentarse a cualquier enemigo, mi corazón aún llevaba el peso de aquellos momentos que nunca podría recuperar.

A los siete años, mi hermano comenzó a entrenarme a mí en conjunto con mi madre.

Escondidos en las sombras, lejos del radar de Tejod, aprendimos a pelear, a sobrevivir y a canalizar nuestra ira en cada golpe.

Los entrenamientos eran brutales, implacables.

No había espacio para la debilidad ni para el descanso; cada día era una prueba física y mental que parecía no tener fin.

La sed de venganza me mantenía en pie cuando mis piernas temblaban y mis brazos apenas podían sostener una espada.

Era como un fuego que ardía dentro de mí, consumiendo todo lo demás: el miedo, la tristeza, incluso la compasión.

Con cada golpe que daba, sentía cómo la rabia se afilaba como una hoja, convirtiéndome en algo diferente, algo más duro.

Con el tiempo, me volví más fuerte, más rápida, más letal.

Mi cuerpo respondía sin vacilar, como si fuera una máquina diseñada para la guerra.

Pero mientras mi exterior se endurecía, mi corazón seguía siendo un peso que no podía dejar atrás.

La imagen de aquella noche fatídica —el momento en que vi morir a mi padre frente a mis ojos— estaba grabada a fuego en mi memoria.

Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la risa endemoniada de Tejod y veía los fragmentos de jade rojo caer al suelo.

Creía que era invencible, que nada podría detenerme.

Pero esa certeza solo era una máscara.

Bajo la superficie, sabía que nunca sería lo suficientemente fuerte para borrar lo que había perdido.

Y aunque mi cuerpo era capaz de enfrentarse a cualquier enemigo, mi corazón aún llevaba el peso de aquellos momentos…

sin saber que lo peor aún no había llegado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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