La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 59
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- Capítulo 59 - 59 La Verdad de Lukeandria 2
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59: La Verdad de Lukeandria (2) 59: La Verdad de Lukeandria (2) Cuando cumplí once años, mi hermano decidió ir a pelear, siguiendo los pasos de mi padre.
Había entrenado durante todo ese tiempo a un grupo de soldados sobrevivientes, pensando en recuperar lo que alguna vez fue nuestro y vengar a nuestros caídos.
Con determinación, regresamos al lugar donde antiguamente se alzaba nuestro hogar.
Al principio, parecía que podríamos tener éxito.
Logramos hacer retroceder a los invasores, pero nuestra esperanza duró poco.
Tejod regresó, convocado por su general, y esta vez no mostró piedad.
Invocó a esos seres con los que ya nos hemos enfrentado: los Spelectrums, criaturas implacables que arrasaron con todo a su paso.
Mi madre cayó ante ellos con un grito desgarrador que aún resuena en mi memoria.
Mi hermano continuó luchando con valentía, pero era evidente que estábamos perdiendo.
Todo estaba perdido.
Yo quería seguir peleando, demostrar que había aprendido lo suficiente para enfrentarme a ellos, pero mi hermano me detuvo una vez más.
Antes de noquearme, sus últimas palabras resonaron en mi mente como un eco imborrable: “Vive, hermana.” En ese momento, pensé que ya era lo suficientemente fuerte… pero me equivoqué.
Susurrándome las mismas palabras de mi padre: “No todo está perdido.
Siempre hay un mañana.
Valora tu vida, porque mientras vivas, siempre habrá esperanza” antes de dejarme inconsciente.
Cuando desperté, vi a mi hermano colgado como un trofeo en la entrada de la gran tienda de Tejod.
Su cuerpo había sido convertido en jade rojo, y un letrero sostenido junto a él decía: “Aquí yace el último de la raza lúcuma.” Mi mundo se derrumbó completamente.
El lugar que alguna vez fue llamado Lucumenios cambió su nombre a “The Crimson Dead”, un recordatorio cruel impuesto por Tejod tras la masacre de mi pueblo.
Era un nombre que quemaba como fuego cada vez que lo escuchaba.
Al ver a mi hermano de esa manera, me invadió un aire de impotencia.
Quería correr hacia Tejod y acabar con él con mis propias manos, pero un sujeto mayor me detuvo antes de que cometiera una locura.
“No vale la pena perder tu vida por algo tan tonto como la venganza,” me dijo con firmeza.
“Vive.” Sus palabras eran casi idénticas a las de mi hermano antes de dejarme fuera de combate.
Sin embargo, no podía aceptarlo.
Mi corazón clamaba justicia, y la sed de venganza era lo único que me mantenía en pie.
El sujeto que me detuvo era fuerte, incluso a pesar de su edad.
Me derrotó fácilmente, a pesar de todos mis años de entrenamiento.
Reconoció mi potencial y decidió entrenarme él mismo.
Me enseñó técnicas avanzadas de combate, sigilo y ocultamiento.
“Te entreno porque quiero que sobrevivas a lo que vendrá,” me dijo un día mientras practicábamos.
“Estás completamente sola en este mundo.
Tu pueblo ha sido aniquilado, y si no te preparas, tu destino será el mismo.” Durante un año, entrené incansablemente bajo su tutela.
A los doce años, me dije a mí misma: “Soy la última de mi especie.
Debo vengarme.” El hombre, sabiendo lo que planeaba, intentó disuadirme una vez más antes de partir.
“No hagas nada tonto, como enfrentarte al ejército de las Sombras Rojas tú sola,” me advirtió.
“La venganza no te devolverá a los tuyos.” Pero no le hice caso.
Mi corazón estaba cegado por la ira y el dolor.
Decidí actuar por mi cuenta e infiltrarme en las filas de las Sombras Rojas para encontrar la forma de acabar con Tejod y consumar mi venganza.
Mientras tanto, otras tribus que también habían sido invadidas por Tejod escucharon sobre mí.
Vieron cómo me entrenaba y decidieron enlistarme en sus filas, creyendo que mi fuerza y determinación podrían ser útiles en su lucha contra el tirano.
No sabía si confiar en ellos, pero acepté su oferta.
Sabía que necesitaba aliados si quería tener una oportunidad real de enfrentarme a Tejod.
Nos infiltramos por unos desagües abandonados hasta llegar al campamento de las Sombras Rojas.
Allí capturamos a uno de los guardias.
Se llamaba Pax, un soldado común cuya lealtad estaba condicionada por las circunstancias.
Uno de los miembros de nuestro grupo lo interrogó hábilmente y logró sacarle información valiosa.
Pax reveló que el ejército rojo estaba conformado por cerezas y fresas, pueblos que también habían sido invadidos por las sombras.
Sin embargo, Tejod les había ofrecido una opción: servirle y unirse a su ejército o ser aniquilados junto con sus familias.
El grupo decidió quitarle la armadura a Pax y me la entregaron a mí.
Según ellos, yo era la candidata perfecta para infiltrarme entre las filas enemigas.
El plan era sencillo pero peligroso: fingir ser Pax utilizando una caja de cambio de voz que uno de nuestros técnicos había creado especialmente para mí.
Mi misión sería escalar dentro del ejército hasta convertirme en la mano derecha de Tejod, momento en el que tendría la oportunidad de acabar con él.
“Y es así como llegué a ser casi la mano derecha de Tejod,” concluyó Lukeandria tras terminar su relato.
Su voz tembló ligeramente al añadir: “Con este viaje que estoy haciendo contigo, Paltio, supongo que, me lo otorgara y podre acercarme lo suficiente a él desprevenido, para poder consumar mi venganza.” Ron, quien siempre tenía algo que decir, se quedó callado por un momento antes de preguntar: “Pensé que las lúcumas eran parte del ejército de las Sombras Rojas.” “¡No!” respondió Lukeandria con firmeza, su tono cargado de seriedad.
“De ahí viene el nombre de Pax…
Pensé que te lo habías inventado,” comentó Alita con curiosidad, arqueando una ceja mientras miraba al soldado.
Pax simplemente la observó por un momento, con una expresión serena pero cargada de ironía.
“Sí,” respondió secamente, como si esa única palabra encapsulara todo lo que había pasado y quién era él ahora.
Luego, mirando directamente a Paltio, continuó: “Por eso necesito tu ayuda para restaurar la armadura.
Aún la necesito.
No pude despedirme de mi padre como tú lo hiciste, Paltio… ni hablar de mi madre y mi hermano.” Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, rodando lentamente por sus mejillas mientras luchaba por mantener la compostura.
Todos los presentes escucharon su historia en silencio, con tristeza y pesar dibujados en sus rostros.
Nadie hizo comentarios ni bromas; la seriedad de las palabras de Lukeandria llenaba el ambiente.
Paltio fue el primero en reaccionar.
Se acercó a ella y colocó una mano sobre su hombro en señal de apoyo.
“Estoy contigo, pase lo que pase,” le dijo con determinación.
Alita y Ron asintieron en silencio, uniéndose al gesto de solidaridad.
Incluso Mok, siempre reservado y formal, le dedicó unas palabras de aliento: “Su sacrificio no será en vano, Lukeandria.
Encontraremos la manera de honrar su memoria.” Golden, aunque más distante, también expresó su pesar.
“La venganza no es el camino,” dijo con calma, aunque su tono no era de reproche.
“Pero ahora que te conozco mejor, te apoyaré para enfrentar a Tejod.
Juntos encontraremos la forma de derrotarlo.” Lukeandria soltó una risa débil, secándose las lágrimas con el dorso de su mano.
“Todos son unos tontos,” murmuró, tratando de ocultar su vulnerabilidad tras una máscara de sarcasmo.
“No van a poder hacer nada contra Tejod y sus tropas.
Yo ya lo intenté.” “Es cierto,” respondió Paltio con firmeza, su voz resonando con convicción.
“Pero en ese entonces no nos tenías a nosotros.” Lukeandria lo miró sorprendida, pero Paltio no se detuvo ahí.
“Yo también pensé en vengarme de Tejod en algún momento, pero dejaré que Avocios lo juzgue.
Lo que sí sé es que encontraré la manera de salvar a los pueblos y liberarlos del mal oscuro.
Venceremos al Rey Oscuro.” Lukeandria sacudió la cabeza, incrédula.
“Si ni siquiera puedes con Tejod, menos podrás con Urugas,” replicó con amargura.
“¿Por qué eres tan pesimista?” intervino Alita con dulzura, pero sin perder su determinación.
“Siempre hay una luz de esperanza mientras el bien siga vivo.” Lukeandria la miró fijamente, sus ojos llenos de dolor y experiencia.
“Niña, tengo catorce años y vi cómo la esperanza se escapaba día a día de mi vida,” respondió con seriedad.
“No van a vencerlo.
Es demasiado poderoso.” A pesar de sus palabras, su voz tembló ligeramente, como si alguna parte de ella quisiera creer en lo que Alita decía, aunque su pasado le negara esa posibilidad.
“Siempre hay una opción,” interrumpió Mok con calma, pero firmeza.
Sus palabras resonaron como un eco tranquilizador en el silencio de la habitación.
“No todo está perdido.
Siempre hay un mañana.
Valora tu vida, porque mientras vivas, siempre habrá esperanza.” Lukeandria escuchó esas palabras como un eco del pasado, un recordatorio de algo que su hermano y su padre solían decirle cuando aún estaban a su lado.
Las frases de Mok tocaron una fibra profunda dentro de ella, despertando recuerdos que creía enterrados bajo años de dolor y rencor.
En su mente, comenzó a revivir momentos felices: la risa de su hermano durante los entrenamientos, la sabiduría serena de su padre al liderar al pueblo y el cariño de su madre.
Por un instante, el peso de la venganza pareció aligerarse, aunque solo fuera un poco.
Con cuidado, Lukeandria se secó las lágrimas una vez más, esta vez con un gesto más suave, menos desesperado.
Miró al grupo, sus rostros llenos de determinación y apoyo, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
“Tontos,” murmuró, pero su tono ya no era de amargura ni sarcasmo.
Era una sonrisa genuina, cargada de gratitud y tal vez, por primera vez en mucho tiempo, un atisbo de esperanza.
“Tendré que poner mi esperanza en ustedes,” dijo finalmente, su voz más ligera, casi como si estuviera aceptando una verdad que había negado durante años.
Fue la primera vez que los demás vieron a Lukeandria sonreír de verdad ante ellos.
No era una mueca forzada ni una máscara de indiferencia; era una expresión sincera, que iluminaba brevemente su rostro y revelaba la persona que aún luchaba por salir a flote bajo capas de dolor y rabia.
El ambiente en el vehículo cambió sutilmente.
La tensión que antes pesaba sobre todos se disipó, dejando espacio para algo nuevo: una conexión más profunda, una promesa compartida de luchar juntos, sin importar lo que el futuro les deparara.
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