La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 61
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61: Rochet 61: Rochet “¿Dónde estamos?” preguntó Lukeandria, sacudiéndose la tierra que cubría su armadura.
Su voz resonó en el aire frío y húmedo de aquel lugar desconocido.
“No lo sé,” respondió Mok mientras se limpiaba con cuidado el traje arrugado.
“Hace poco tiempo que yo también desperté.” Lukeandria lo miró de reojo, tratando de recordar cómo había llegado ahí.
“¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?” “No mucho,” dijo Mok con calma profesional.
Ambos dirigieron su atención hacia el entorno que los rodeaba.
Frente a ellos se extendía una gran cueva iluminada por destellos brillantes que provenían de las paredes y el techo.
El mineral relucía como si contuviera fragmentos de estrellas capturadas en piedra.
Era impresionante.
“Con este mineral,” dijo Lukeandria, rompiendo el silencio, “podríamos hacer funcionar esa máquina durante mucho tiempo.
Incluso podríamos acelerarla.” Mok asintió pensativamente, su expresión serena pero cargada de reflexión.
“Es increíble,” dijo Lukeandria, mirando los cristales con asombro mientras sacudía algo de polvo de su armadura.
“Pero…
¿cómo vamos a explicárselo al principito?
Seguro ya debe estar preguntándose por qué tardamos tanto.
Ya sabes lo impaciente que es.” Mok ajustó ligeramente el cuello de su traje, siempre impecable incluso en situaciones inusuales.
“No creo que esté tan preocupado,” respondió con calma.
“Probablemente sigue inmerso en su entrenamiento.
Además, recuerda lo que dijo Golden: para él, el tiempo allá transcurre diferente.
Un día aquí puede ser como un mes allá.” Además, no necesita dormir ni comer.” “Tienes razón,” admitió ella, cruzándose de brazos.
“Lo había olvidado.
A veces desearía tener ese mismo privilegio…
podría usarlo para mejorar mis habilidades y acabar de una vez con Tejod.” “Bien,” interrumpió Mok con su habitual compostura.
“Parece que solo seremos tú y yo para salir de aquí.” El mayordomo hablaba con la tranquilidad propia de alguien acostumbrado a servir en la alta alcurnia del reino de Avocadolia.
Sin perder más tiempo, ambos comenzaron a recolectar los minerales, guardándolos cuidadosamente en unas bolsas.
“Ojalá hubiéramos traído la bolsa sin fondo del señorito,” pensó Mok para sí mismo mientras llenaba otra bolsa hasta el borde.
De pronto, una vibración sorda recorrió el suelo bajo sus pies.
La cueva tembló ligeramente, y una voz grave y retumbante inundó el espacio.
Era profunda, casi como un rugido, y parecía acercarse cada vez más.
Un par de ojos luminosos aparecieron en la oscuridad, brillando con el mismo resplandor que los cristales de las paredes.
Poco a poco, una criatura gigantesca emergió de entre las sombras.
Era un topo monstruoso, aunque no uno cualquiera.
Tenía dos pares de patas delanteras enormes, garras afiladas como cuchillas nuevas y un cuerpo tan grande que casi llenaba la caverna.
“¡Un topo!” exclamaron Lukeandria y Mok al unísono, retrocediendo instintivamente.
“¡No soy un topo!” replicó la criatura con voz atronadora.
“Acaso los topos tienen cuatro patas delanteras.
Además, yo puedo ver en cualquier parte gracias a mis ojos brillantes.
Soy un Rochet.” Lukeandria frunció el ceño, intentando recordar.
“Un Rochet… Creo haber escuchado ese nombre antes.
Es una de las criaturas creadas por Tejod, ¿verdad?” La mención del nombre hizo que el Rochet gruñera con furia contenida.
“¡Una sombra roja!
¿Qué haces aquí?
¡Odia a todas las sombras!
Pero sobre todo odio a las sombras rojas, porque pertenecen a ese sujeto llamado Tejod, quien me creó.” El Rochet dio un paso adelante, sus garras resonando contra el suelo de piedra.
La tensión en el aire era palpable.
“Tranquilo, señor Rochet,” dijo Lukeandria con calma, alzando las manos en señal de paz.
“No hemos venido a causar problemas.
Solo necesitamos unos cuantos cristales para hacer funcionar nuestro vehículo y marcharnos sin molestarlo.” El Rochet inclinó su enorme cabeza hacia Mok, sus ojos brillantes reflejaban curiosidad y desconfianza.
“Veo que tienes modales, señor mayordomo,” respondió con voz grave.
“Pero ¿qué hace alguien como tú aliado con una sombra roja?” Mok, siempre sereno, trató de suavizar la tensión explicando pacientemente su misión y los motivos por los que habían llegado allí.
Hablaba con precisión y cortesía, intentando transmitir sinceridad a través de cada palabra.
Aunque el Rochet parecía inteligente y capaz de razonar, algo en su mirada sugería que no confiaba plenamente en ellos.
Sin embargo, después de escuchar atentamente, la criatura dio un paso atrás, aunque con una condición clara: quería una disculpa de Lukeandria, o acabaría con ella.
Mok, entendiendo la gravedad del momento, convenció a Lukeandria para que accediera.
Con un suspiro resignado, esta se disculpó brevemente, aunque su tono dejaba entrever su frustración.
Una vez calmado, el Rochet reveló un interés inesperado.
“Quiero conocer a ese príncipe del que hablan,” declaró, su voz resonando como un eco profundo.
“Si pertenece a la realeza, tal vez pueda enseñarme sobre esa vida.
A cambio, les daré algunos cristales.” Mok reflexionó por un instante antes de responder.
“Tenemos un trato,” dijo finalmente, “pero debemos salir de aquí para poder traerlo.” El Rochet asintió lentamente, pero añadió otra condición.
“Solo uno de ustedes puede ir,” gruñó, fijando sus ojos luminosos en Lukeandria.
“Y será ella.” Ambos intercambiaron miradas preocupadas, pero sabían que no tenían otra opción.
“Buena suerte, Lukeandria,” dijo Mok mientras la criatura comenzaba a moverse, usando sus garras afiladas para excavar un camino ascendente.
La tierra bajo sus patas empezó a ablandarse, transformándose gradualmente en arena cálida y movediza.
Cuando llegaron a la superficie, el Rochet detuvo su avance y miró directamente a Lukeandria.
“Tienes quince minutos para traer al príncipe,” advirtió, su voz cargada de amenaza.
“Si no regresas a tiempo, me comeré al mayordomo.” Lukeandria asintió rápidamente y, sin perder ni un segundo, echó a correr hacia donde esperaba encontrar a Paltio y su grupo.
En otro lugar, Paltio estaba preparándose para recibir el poder que Golden le había prometido.
“¿Estás listo?” preguntó Golden, observándolo con atención.
“Sí,” respondió Paltio, tomando aire profundamente.
Cerró los ojos y se concentró mientras Golden comenzaba a transferirle el diez por ciento de su poder.
Era un flujo constante pero controlado, como un río de energía pura que entraba en los accesorios que llevaba: unas botas y guantes especiales.
Las botas de Paltio empezaron a cambiar de color, adoptando un verde vibrante que resplandecía con una luz propia.
Los guantes siguieron el mismo patrón, emanando ondas verdes que iluminaban todo a su alrededor.
El lugar entero parecía transformarse por momentos, como si una pintura mágica estuviera cubriendo el mundo con destellos esmeralda.
El joven sintió cómo una corriente eléctrica recorría cada fibra de su cuerpo, desde las puntas de sus dedos hasta lo más profundo de sus venas.
El poder de Golden entraba con fuerza, provocándole un dolor agudo que se concentraba especialmente en sus extremidades, como si miles de pequeñas descargas estuvieran atravesándolo.
Sus ojos irradiaron una luz dorada intensa, tan brillante que iluminó todo el lugar, proyectándose hacia el cielo como un faro celestial.
Paltio luchaba por mantener el control.
Sabía que, si no podía manejar ni siquiera ese diez por ciento del poder de Golden, no tendría esperanza de soportar la fuerza completa de este.
No había tiempo para entrenar poco a poco, para adaptarse de manera gradual.
Era ahora o nunca.
El príncipe permaneció inmóvil, firme como una estatua, aunque su mente parecía estar a kilómetros de distancia.
Su respiración era profunda pero controlada, su cuerpo temblaba ligeramente bajo la presión, pero no cedió ni un centímetro.
A pesar del esfuerzo sobrehumano, no dejó que sus rodillas se doblaran ni que su postura flaqueara.
Era como si cada músculo, cada nervio, estuviera al límite, gritando por rendirse, pero Paltio se negaba a ceder.
Entonces, una voz lo llamó desde la distancia, sacándolo de su trance.
Parpadeó rápidamente, abriendo los ojos mientras regresaba al presente.
La luz dorada en su mirada se desvaneció lentamente, dejando tras de sí un brillo residual que aún titilaba en sus pupilas.
Golden, observándolo con atención, rompió el silencio.
“¿Cómo te sientes?” preguntó con calma, aunque sus ojos reflejaban una mezcla de curiosidad y preocupación.
Paltio bajó la vista hacia sus manos, notando cómo su cuerpo se sentía más ligero, casi etéreo, como si pudiera flotar con solo pensarlo.
Inspiró profundamente y levantó la mirada, posándola sobre Toco-Toco.
Una sonrisa confiada comenzó a dibujarse en su rostro.
“Ahora verás,” dijo, su voz cargada de determinación.
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