La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 65
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65: Un Nombre 65: Un Nombre “Esto es el huevo que me dio el mercader…
Pero ¿qué hace aquí?
¿Y por qué es tan grande?” se preguntó Paltio, observando con asombro cómo el objeto irradiaba destellos arcoíris mientras apagaba todas las luces a su alrededor, sumiendo el lugar en una oscuridad casi total.
“¿No les parece extraño?” dijo, dirigiéndose a Golden, quien también parecía intrigado por lo que estaba ocurriendo frente a sus ojos.
De pronto, el huevo lanzó un destello brillante hacia el cielo y comenzó a desquebrajarse.
El suelo bajo los pies de Paltio tembló con cada rotura, como si el mundo entero estuviera a punto de colapsar.
“Creo que va a nacer,” indicó Toco-Toco, mirando el huevo con cautela.
“Vaya, sí que eres todo un genio,” respondió Golden con ironía, aunque su tono denotaba preocupación.
“Tan pronto…” murmuró Paltio, observando cómo el huevo seguía rompiéndose.
Con cada pedazo que caía, el suelo vibraba más fuerte, levantando pequeñas nubes de polvo.
Finalmente, el huevo se partió en dos, y los fragmentos cayeron a ambos lados con un estruendo ensordecedor, dejando una densa cortina de polvo en el aire.
A través de la neblina, una gran sombra emergió, con unos ojos brillantes que parecían perforar la oscuridad.
“¡Qué cosa tan grande es esa!
¿Nos comerá?
¿Nos hará algo?
¡Miau!” exclamó Toco-Toco, visiblemente asustado.
Paltio lo miró sorprendido.
Nunca había visto al gato así.
Siempre arrogante y relajado, Toco-Toco jamás mostraba miedo.
Sin embargo, ahora parecía genuinamente alterado.
La sombra comenzó a moverse rápidamente hacia ellos, acercándose con pasos gigantescos que retumbaban como truenos.
A medida que avanzaba, su tamaño fue disminuyendo gradualmente, aunque era difícil distinguir su forma debido a la nube de polvo que levantaba.
Cuando finalmente llegó frente a Paltio, una voz tierna y dulce resonó en el aire: “Te encontré.
Tú eres mi papi.” Paltio, quien había cerrado los ojos y cubierto su rostro con las manos debido a la intensa luz que emanaba del huevo, bajó lentamente las manos.
Frente a él, descubrió una criatura pequeña, casi del tamaño de un peluche.
Tenía una forma redondeada, como una esfera blanca casi transparente, con enormes ojos azules que irradiaban ternura.
Dos orejas largas, similares a las de un conejo, pero caídas como las de un perro labrador, enmarcaban su cabeza.
En el centro de su frente brillaba una pequeña esfera multicolor, como si contuviera un arcoíris dentro de ella.
Su enorme boca se abría en una sonrisa amigable, dejando ver una lengua juguetona que salía de vez en cuando.
Paltio estaba absorto, incapaz de apartar la mirada de la criatura que ahora lo observaba con curiosidad.
Finalmente, logró articular una pregunta: “¿Eres lo que estaba dentro del huevo?” La criatura asintió con entusiasmo.
“Sí,” respondió con su voz dulce y melodiosa.
“Pero…
¿Cómo ingresaste al plano mental creado por Golden?
¿Y qué haces aquí?” preguntó Paltio, lleno de intriga.
La criatura soltó una risita melodiosa y respondió con inocencia: “No sé cómo llegué aquí, pero sentí tu presencia dentro de este lugar, papi…
O sea, tú, Paltio.” Hizo una pausa breve antes de continuar: “Además, afuera todo estaba muy aburrido.
Solo había silencio, el mayordomo durmiendo —por Mok—, y la chica de cabello rojo ondulado arreglando sus cosas —por Lukeandria.
Ah, y tus amigos también estaban durmiendo —por Ron y Alita.” “Así que ya eres padre y no nos lo dijiste,” bromeó Toco-Toco con tono travieso.
“Te lo tenías muy guardado, niño.
Aunque eres muy joven…
¡Miau!” “¡No, para nada!” replicó Paltio, sonrojándose visiblemente ante el comentario del gato.
“¿Cómo crees eso?” intervino Golden, dirigiéndose a Toco-Toco con un tono ligeramente reprobatorio.
Era evidente que el comentario del minino era absurdo, pero no dejaba de ser incómodo para el príncipe.
Paltio, intentando desviar la atención, se volvió hacia Golden.
“¿Conoces esta especie de ente, animal o monstruo?” preguntó, señalando a la criatura frente a él.
Golden negó con la cabeza, desconcertado.
“No tengo ni la más mínima idea de qué es,” admitió.
“Nunca había visto algo así.” La criatura, al notar la conversación sobre su origen, comenzó a ponerse triste, sus enormes ojos azules perdiendo parte de su brillo.
Antes de que pudiera llorar, Paltio se acercó rápidamente y le dedicó una sonrisa cálida.
“No te preocupes, son cosas de adultos,” dijo mientras la consolaba.
“Todo está bien.” La criatura asintió, aunque aún parecía algo insegura.
“Debes ponerme un nombre,” dijo con voz dulce.
“Así como le pusiste al Rochet, que lo llamaste Rocky.” Golden y Paltio intercambiaron miradas sorprendidas.
“¿Cómo sabes eso?” preguntó Paltio, intrigado.
“Estuve observando todo desde el interior de mi recipiente,” explicó la criatura con orgullo.
“Aunque estaba oscuro por la bolsa en la que me metiste, igual podía ver lo que pasaba.” “Entonces…
¿qué eres exactamente?” preguntó Paltio, inclinándose ligeramente hacia ella.
“Bueno, no lo sé con certeza,” respondió la criatura con sinceridad.
“Solo escuché al comerciante llamarme ‘el huevo de un Domadoin’.
No me preguntes qué es eso porque no sé más.” La criatura dejó a los tres con la palabra en la boca, mirándolos con curiosidad.
“Una cosa más,” interrumpió Toco-Toco, inclinando la cabeza.
“¿Por qué conoces nuestra lengua y por qué puedes hablar?” “Porque puedo hablar, supongo,” respondió la criatura encogiéndose de hombros.
“Creo que aprendo la lengua del primer ser vivo que se me asigna.
Así lo pienso yo.” “Oye, Paltio, ahora que te dije todo lo que tenías que saber…
¿me puedes colocar un nombre?
O lloraré,” advirtió la criatura con voz melancólica, sus enormes ojos azules comenzando a humedecerse.
Antes de que Paltio pudiera responder, la criatura estalló en un llanto estruendoso que resonó por todo el plano mental creado por Golden.
El suelo bajo sus pies se distorsionó violentamente, como si un terremoto estuviera desgarrando la realidad misma.
“¡Haz que pare, haz que pare, miau!” gritó Toco-Toco, retorciéndose en el suelo.
Los felinos tenían un oído extremadamente sensible, y el grito de la criatura era insoportable para él.
Paltio y Golden también sentían un agudo dolor en los oídos, aunque en menor medida.
“Está bien, tranquilo,” dijo Paltio rápidamente, levantando a la criatura con delicadeza y llevándola hacia su pecho.
La criatura, al sentirse acunada, dejó de llorar casi al instante, aparentemente satisfecha con la atención recibida.
“Eso estuvo bueno,” comentó la criatura con una sonrisa traviesa, “pero debes darme un nombre o volveré a llorar.” “De acuerdo, déjame pensar,” respondió Paltio, tratando de mantener la calma mientras la criatura lo observaba con expectativa.
“¿Qué nombre le puedo colocar?” murmuró el joven príncipe, examinando detenidamente a la extraña criatura.
Pasaron varios nombres por su mente —Juan, Will, Tron— pero ninguno parecía adecuado.
Cada vez que sugería uno, la criatura fruncía el ceño y amenazaba con otro berrinche.
“¡Vamos, chico, dale un buen nombre o nos volverá locos!” exclamó Toco-Toco desde el suelo, cubriéndose las orejas con las patas.
“Sí, Paltio, ¡dale uno bueno y rápido!” añadió Golden, visiblemente incómodo por el caos que reinaba en el plano mental.
Paltio seguía buscando, pero el dolor en sus oídos aumentaba con cada segundo que pasaba.
Movía letras en su mente, combinaba nombres ya existentes, pero no podía conformarse con algo mediocre.
Sabía que cualquier nombre insípido solo provocaría otro grito devastador de la criatura.
Estaba contra la pared, nervioso y sudoroso, mientras pensamientos contradictorios cruzaban su mente: ¿Y si no le gusta?
¿Y si vuelve a llorar?
Finalmente, tras lo que parecieron horas, un nombre surgió en su mente como una chispa de inspiración.
Levantó a la criatura hasta la altura de su cabeza y la miró directamente a los ojos.
“Ya tengo uno bueno para ti,” anunció con determinación.
Luego, alzándola encima de su cabeza como si fuera una ofrenda, declaró: “Te llamarás…
Rykaru.”
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