La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 7
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7: Golden 7: Golden —¡No, Paltio!
—gritó Mok con amargura y tristeza en la voz, viendo cómo su señorito era devorado por el Oboros.
—¡No, Paltio!
—repitió Alita.
—¡No, tonto Paltio… por qué lo hiciste!
—exclamó Ron, con los ojos llenos de lágrimas.
—Debemos irnos —dijo Pax con frialdad—.
Ya no hay salvación para él.
Además, estamos rodeados por esas bestias.
—¡Pero no hay a dónde ir!
—respondieron Alita y Ron al unísono, al ver que las copias del monstruo los cercaban por todos lados.
—Es el Oboros real —dijo Mok, mirando fijamente al coloso que había engullido a su príncipe—.
Si destruyo el prisma, los venceremos —pensó el mayordomo, aún consumido por la rabia que le quemaba el pecho.
—Espera, mayordomo —le advirtió Pax—.
Que la ira no te nuble el juicio.
Pero Mok ya había sacado sus cuchillos.
Con un movimiento veloz, lanzó cien de ellos hacia el Oboros real.
Sin embargo, antes de alcanzarlo, las copias se interpusieron, recibiendo los ataques y multiplicándose al instante.
—¡Maldición!
—maldijo Mok.
—Te lo dije —dijo Pax—.
Esas cosas no dejarán que toquen a su líder.
—Entonces no hay otra opción —concluyó Mok, apretando los dientes.
Pax lanzó un puñado de polvo al suelo.
El contacto con la piedra lo transformó en una densa nube de humo que los envolvió por completo.
Rápidamente, agarró al terco mayordomo para alejarlo del campo de batalla.
Alita y Ron, aunque renuentes, decidieron ayudarlo esta vez y se llevaron a Mok con ellos.
Se refugiaron detrás de unas rocas, fuera del alcance de las criaturas.
Allí, Alita observó el rostro de Mok.
Nunca, antes había visto tanta furia en sus ojos.
—Todavía hay una posibilidad de que Paltio esté vivo —le dijo en voz baja—.
Relájate.
—No puedo… —respondió Mok, con la voz temblorosa—.
El señorito Paltio es alguien muy importante para mí.
Lo vi crecer desde que nació.
Viste cómo esa cosa se lo tragó, pero no necesariamente lo comió.
Si logramos derrotar al Oboros, tal vez podamos sacarlo de allí.
—Es verdad —reaccionó Mok, intentando recomponerse—.
Pero si vamos a hacer algo, debemos ser rápidos.
—Bueno… no quiero sonar como un ave de mal agüero —interrumpió Pax—, pero dentro de esa criatura hay un ácido potente.
A veces, ni siquiera los dientes matan primero… es el interior lo que acaba con uno.
Si no actuamos pronto, Paltio desaparecerá para siempre.
—Pobre Paltio… —murmuró Ron, abatido.
—¡Tenemos que salvarlo!
—afirmó Alita con decisión.
—Sí —asintió Mok—, pero la clave está en separar al Oboros real de las copias.
El problema es que parece haber una conexión entre ellos.
Cada vez que intento atacar solo al original, las otras se interponen sin importarles nada.
—Así es —dijo Pax—.
Son inteligentes.
Trabajan como una colmena.
Mientras discutían cómo actuar y el tiempo corría en su contra, en el interior del Oboros, Paltio se encontraba sumido en la más completa oscuridad.
De repente, un resplandor verde comenzó a iluminar poco a poco aquel lugar nauseabundo.
Un líquido espeso y viscoso empezó a caer desde el techo de la cavidad, corroyendo el suelo donde tocaba.
Paltio retrocedió, sintiendo cómo el ácido comenzaba a derretir las suelas de sus botas.
Se las quitó rápidamente, quedando solo en medias.
El líquido seguía cayendo, cada vez más rápido, disolviendo incluso las rocas cercanas.
—¡Ay, no… ay, no!
—exclamó Paltio, aterrorizado—.
Voy a morir así… No quiero terminar aquí.
Necesito salvar a mi pueblo… y a los otros reinos.
No puede acabar todo así… El ácido se extendió a su alrededor, dejándole apenas unos centímetros para moverse.
Pronto llegó hasta sus pies.
Paltio cerró los ojos, convencido de que ese sería su fin.
Pensó en todas las cosas que nunca haría, en las promesas que no cumpliría, en los amigos que quedarían atrás…
Pero entonces, justo cuando el líquido estaba a punto de tocarlo, una especie de campo de energía lo envolvió por completo, protegiéndolo del ácido.
El líquido se evaporó al contacto, desapareciendo en forma de vapor.
Paltio abrió los ojos, incrédulo.
Estaba envuelto en una luz tenue que provenía de su interior.
La semilla…
brillaba ahora con intensidad.
Y entonces escuchó una voz.
—Hola, muchacho.
—¿Quién eres?
—preguntó Paltio, sorprendido.
—¿Acaso pensaste que estaba muerto o que esto era un sueño?
—No… bueno, sí… ¿Quién eres tú?
—Primero que nada, se dice “gracias”.
Y segundo… tú deberías decírmelo primero a mí: ¿quién eres?
—No estoy dentro de ti, niño —dijo la voz—.
Estoy dentro de la semilla.
—¡Ay!
Perdón… también me olvidé de mis modales —se disculpó Paltio, un poco avergonzado—.
Pero no te veo… ¿quién eres?
—Y yo sí puedo verte a ti —respondió la voz con cierta diversión—.
Así que haré esto… De la semilla brotó una luz suave, y de ella emergió un holograma: la figura de un sujeto envuelto en una armadura dorada, brillante como el sol naciente.
—Mi nombre es Golden —dijo con solemnidad—.
Y tú, joven príncipe… pareces ser de buen linaje.
—Hola, Golden —respondió Paltio, sorprendido, pero calmándose un poco—.
Soy Paltio, el príncipe Paltio de Avocadolia.
—Mucho gusto, alteza —saludó Golden con una leve inclinación.
—Pero… ¿qué haces tú dentro de mi semilla?
—preguntó Paltio, curioso y aún algo incrédulo.
—Ni yo mismo lo sé, muchacho —confesó Golden—.
Solo recuerdo que estaba junto a mi gran y todo poderoso amo, Avocios, protegiéndolo… y luego me desvanecí.
Desperté aquí, dentro de esta semilla.
Al parecer, tus lloriqueos me despertaron.
—¡No estaba llorando!
—protestó Paltio.
—Sí, claro… como digas —replicó Golden con disimulo—.
Y… ¿no puedes salir de ahí?
—Lo intenté hace unos minutos —respondió Golden—, pero no pude.
Hay alguna magia que me lo impide.
—¿Cómo llegaste ahí?
—insistió Paltio.
—Principito —suspiró Golden—, ya te dije que no lo sé.
¿Eres distraído o qué?
—Un poco… —admitió Paltio entre risas nerviosas.
—Oye… ¿sabes cómo podemos salir de aquí?
—preguntó Paltio, recuperando la seriedad.
—¿Dónde estamos, niño?
—Dentro de una bestia monstruosa llamada Oboros.
—Ah… Ya decía yo por qué hay tanto ácido en este lugar… Y eso explica por qué las paredes se mueven.
—Entonces… ¿puedes sacarme?
—Podría —contestó Golden—, pero tendría que darte un poco de mi poder desde aquí.
No puedo hacer mucho estando conectado a ti solo por esta semilla.
Hizo una pausa antes de continuar: —Dijiste Avocadolia… Ese es el reino donde mi amo dio forma a su creación, un paraíso para la gente aguacate… o palta, como ustedes se llaman.
—Así es —confirmó Paltio—.
Quizá por eso estás conmigo.
Mi abuelo dijo que esta semilla era especial pensé no creerle pero creo que tuvo razón en eso… puede que mi destino esté ligado al tuyo.
—Puede ser —reflexionó Golden—.
Si mi señor me colocó en ti, debe ser por algo.
Supongo que es para protegerte… y otras cosas.
—Sí, pero ahora ando en una cruzada —explicó Paltio—.
Busco reunir las partes del cetro, la última fuente de magia de Avocios.
—¿Dijiste la última fuente?
—preguntó Golden, su tono tornándose más grave—.
Entonces… ¿mi señor ha muerto?
—No lo sé —respondió Paltio con tristeza—.
También lo estamos buscando.
—Entiendo… —murmuró Golden—.
Dijiste “estamos”.
¿Tienes compañía afuera?
—Sí —asintió Paltio—.
Mis amigos están allá fuera, peleando contra bestias iguales a esta.
—Ah… deben de ser poderosos guerreros —comentó Golden con admiración.
—Bueno… no necesariamente —rio Paltio—.
Aunque uno sí.
—¿Y para qué quieres el cetro?
—preguntó Golden, interesado.
—Pues… —empezó Paltio, pero fue interrumpido.
—No me lo digas —lo detuvo Golden—.
Ya leí tus pensamientos y tu mente.
—¡Oye!
¡Eso es personal!
—protestó Paltio.
—Perdón —se excusó Golden—, pero necesitaba saber rápido las cosas.
Ahora entiendo: estás buscando el cetro porque las sombras atacaron a tu pueblo y otros reinos.
Quieres dárselo a ese tal Tejod.
—¡Eh!
Es por un buen motivo —se defendió Paltio.
—No —negó Golden con voz firme—.
Por eso no te ayudaré.
—¡Por favor!
Lo necesito.
Tal vez pueda encontrar a Avocios en el proceso… y revertir el mal que corrompe el mundo —suplicó Paltio.
—No, muchacho —replicó Golden con autoridad—.
Mi rey no permitiría que su última fibra de poder cayera en manos del enemigo.
—Pero yo no planeaba dárselo —insistió Paltio—.
Si leíste mi mente, sabrás que pensaba usar el cetro para encontrar las piezas, y a través de ellas, encontrar a Avocios en el proceso.
Con su ayuda, enfrentaremos al ejército de las sombras.
Golden se quedó callado por unos instantes, meditando.
—Bien, niño… —dijo al fin—.
Si veo que tu alma es pura y blablablá… Está bien.
Te daré una ayuda.
Hizo una pausa y añadió con tono serio: —Pero primero debemos salir de este lugar horrendo y con olor a rancio.
—Bueno… tú lo pediste, niño —advirtió Golden—.
Esto te va a doler.
No sé si lo soportarás.
En ese instante, Golden volvió a meterse dentro de la semilla.
Una gran aura dorado comenzó a emanar de ella, expandiéndose poco a poco hasta cubrir todo el cuerpo de Paltio.
Su piel brilló como el sol, irradiando energía por cada poro.
Hasta sus ojos se iluminaron con una luz cálida y poderosa.
Una inmensa esfera de energía se formó a su alrededor, creciendo con fuerza… hasta que estalló en una explosión cegadora que sacudió las entrañas del Oboros.
Mientras esto sucedía, Mok y los demás seguían trabajando en un plan para salvar a Paltio.
—Bien, ya saben lo que hay que hacer —dijo el mayordomo, avanzando con decisión.
Pax encendió su llama azul para iluminar la cueva.
Pero justo entonces, Alita y Ron llamaron la atención de las bestias gritando con fuerza, atrayendo hacia ellos a los Oboros.
Las criaturas llegaron rugiendo, rodeándolos por completo.
El Oboros real, con su prisma ámbar brillando bajo la penumbra, caminaba entre sus copias como un rey entre súbditos.
—¡Bien, prepárense!
—gritó Mok.
Sacó sus cuchillos y los lanzó con precisión, bloqueando los colmillos de algunas bestias que intentaban atacar.
Luego desenvainó su espada, listo para el golpe definitivo.
Corrió hacia el Oboros real.
Solo tendría una oportunidad.
Cuando estaba a punto de alcanzarlo, la bestia rugió con furia… y de repente, varias copias surgieron de la nada, interponiéndose entre él y su objetivo, protegiendo al líder como una muralla viva.
—¡Maldición!
—exclamó Mok—.
¡No me lo esperaba!
—Yo tampoco —admitió Pax—.
Pensé que solo se multiplicaban al ser atacadas… pero parece que el maldito monstruo también puede crearlas con un simple rugido.
—Estamos perdidos… —dijo Mok con voz derrotada—.
La oportunidad que propuse… se fue al tacho.
Miró al gigantesco Oboros, que parecía sonreír con arrogancia.
El mayordomo no pudo evitar caer de rodillas al suelo, apretando los puños con impotencia.
No había más que hacer.
Por primera vez, aceptó la derrota.
No podría salvar a su señorito.
Justo cuando todos sentían que todo estaba perdido, el Oboros emitió un rugido… pero no de furia, sino de dolor.
El prisma en su pecho brilló intensamente, y el cuerpo de la criatura se infló como un globo antes de explotar en mil pedazos.
Entre los escombros y la oscuridad, algo brilló con fuerza… algo muy familiar.
Y todos, asombrados, exclamaron al unísono: —¡Paltio!
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