La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 77
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77: Zor 77: Zor Momentos antes, Kilibur había sido retirado de la máquina cuando algo extraño comenzó a suceder en el reino.
Momentos antes, Kilibur había sido retirado de la máquina cuando algo extraordinario comenzó a suceder en el reino.
Poco a poco, los ciudadanos dejaron de repetir o incluso pensar en las palabras que los habían dominado durante tanto tiempo: “Todos somos amigos y Mejod es un gran líder.” Sin embargo, poco después, las emociones y pensamientos comenzaron a cambiar.
Los ciudadanos ya no realizaban sus quehaceres diarios y, en lugar de eso, se sentían extraños, confundidos, como si algo dentro de ellos hubiera sido alterado.
Lentamente, empezaron a interactuar entre sí, notando detalles inquietantes: algunos sujetos con armaduras, que antes lucían los colores del reino, ahora portaban uniformes oscuros con una insignia morada distintiva.
Era evidente que habían estado bajo una ilusión poderosa, pero ahora esa ilusión comenzaba a desvanecerse.
Los ciudadanos, sintiendo una mezcla de curiosidad y alarma, comenzaron a reunirse en pequeños grupos que rápidamente crecieron en número.
Las plazas y calles se llenaron de gente murmurando entre sí.
—Creo que estamos bajo ataque de las Sombras Moradas —dijo uno de los ciudadanos, señalando la insignia en los brazos de los guardias.
—¡Sí!
—respondieron algunos, asintiendo con preocupación.
—¿Qué podemos hacer?
—preguntaron otros.
Uno de los adultos jóvenes, tratando de mantener la calma, respondió: —Primero, no debemos causar alarma.
Si los guardias descubren que nos hemos liberado de lo que sea que nos tenían controlados, podríamos empeorar las cosas.
Creo que fue un hechizo.
—¡Sí!
—coincidieron los demás.
Pero antes de que pudieran organizarse, los guardias cercanos se acercaron al grupo con expresiones severas.
—¿Qué están haciendo aquí reunidos?
—preguntó uno de ellos, autoritario—.
¡Deberían estar cumpliendo con sus labores!
Uno de los ciudadanos, indignado, respondió: —¡No serviremos más a ustedes!
—y lanzó una manzana hacia uno de los guardias.
Otros lo imitaron, encarándolos abiertamente.
El plan inicial de evitar llamar la atención quedó completamente descartado.
Los soldados, sorprendidos por la repentina rebelión, intentaron controlar a la multitud, pero los ciudadanos estaban decididos a enfrentarlos.
Sin embargo, los soldados de las Sombras Moradas eran expertos en combate cuerpo a cuerpo.
Con movimientos precisos y fuertes, lograron dispersar a los ciudadanos, aunque esto solo alimentó más la tensión.
Pronto, estas escenas comenzaron a repetirse en todas partes del reino.
La alarma sonó estridente, anunciando que algo grave estaba ocurriendo.
En el palacio, Mejod, el líder de las sombras moradas, preguntó con calma: —¿Qué pasa?
El general Tredus, arrodillándose rápidamente, respondió: —No es nada, señor.
Nada que no podamos resolver.
—Bien —respondió Mejod, apretando su bastón—.
Entonces procederé a entrar a mi palacio a descansar un poco.
Espero que esto no se agrave.
—No, señor —aseguró Tredus, manteniendo su posición inclinada mientras veía a Mejod retirarse.
Tredus convocó de inmediato una reunión de emergencia con sus principales líderes.
Una vez que todos llegaron, se dirigió a uno de ellos: —¿Qué está ocurriendo?
¿Por qué los ciudadanos están actuando así?
El interpelado negó con la cabeza.
—No lo sé, señor —respondió con honestidad.
Uno de los líderes, un hombre corpulento, se levantó de su asiento.
—Los ciudadanos están actuando como si tuvieran voluntad propia.
Están tratando de alzarse contra la armada —explicó, su tono grave reflejando preocupación.
El general Tredus colocó una mano en su barbilla, pensativo.
Sus ojos recorrieron la sala mientras analizaba las posibles causas de la situación.
De pronto, su rostro se tensó y golpeó la mesa con un puño, dejando claro su frustración.
—¡Ese ser debe haberse escapado!
¡Seguramente el prisionero logró liberarlo!
—exclamó, su voz cargada de ira.
Un líder corpulento, más calmado que los demás, intervino: —Señor, tranquilo.
No sería fácil vencer a la criatura Sapurus que lo resguarda, ¿no cree?
Pero otro líder, un anciano delgado, replicó: —Entonces, ¿cómo explica que la gente haya salido del poder de la ilusión del zorro?
Un tercero, más joven, añadió: —¿Y ya le informó esto al señor Mejod?
—¡No!
—respondió Tredus con energía, alzando la voz—.
Pensará que somos una sarta de inútiles.
En ese momento, alguien desde el fondo de la sala habló.
Era Zor, un hombre musculoso, aunque no tanto como Tredus, completamente calvo y conocido por su ambición.
—Entonces no hay otra opción que mandar un contingente —dijo con firmeza, levantándose de su asiento—.
Yo me ofrezco.
Los demás líderes intercambiaron miradas y murmuraron entre sí: —Como siempre, adulador, Zor.
El general Tredus lo observó un momento antes de responder: —Bien.
Lleva un puñado de soldados y revisa.
Sé discreto —ordenó, señalándolo con un dedo autoritario.
—Sí, señor —respondió Zor, inclinando ligeramente la cabeza.
Pero antes de que pudiera retirarse, Tredus lo detuvo con una advertencia fría: —Y, Zor… No me falles, o tu cabeza estará en esa vitrina.
Todos sabían lo que había en la vitrina del general: trofeos de guerra, lanzas rotas, espadas melladas y otras reliquias macabras que atestiguaban su brutal eficiencia.
Zor tragó saliva, asintió rápidamente y salió raudamente de la sala, llevándose consigo un contingente grande de soldados.
Los demás líderes se quedaron para encargarse del desorden que crecía en el reino.
Zor avanzó por los túneles que conducían a la parte subterránea, guiando a sus hombres con paso decidido.
Observó el entorno con una mezcla de asombro y cautela.
—Vaya, este lugar es un laberinto —murmuró para sí mismo—.
Menos mal que tengo un mapa.
Si no, cualquiera se perdería aquí.
Sin perder tiempo, él y sus hombres llegaron finalmente a la puerta por la que Paltio y sus amigos habían entrado.
Sin embargo, al llegar, se encontraron con un problema inesperado: la enorme anca del sapo bloqueaba la entrada.
—Señor, hay un problema —informó uno de los soldados—.
La puerta está abierta, pero el anca del Sapurus está bloqueándola.
—Retírenla —ordenó Zor sin vacilar.
El soldado negó con la cabeza.
—No podemos, señor.
Es demasiado fuerte.
Incluso varios hombres intentaron empujarla y golpearla, pero no se mueve ni un centímetro.
Zor frunció el ceño, molesto por el contratiempo.
Después de unos segundos de reflexión, sugirió: —Entonces utilicen explosivos.
El soldado lo miró con preocupación.
—Está prohibido usar magia o tecnología aquí, señor.
Solo el general o Mejod pueden autorizarlo.
Zor miró al soldado con una mezcla de frustración y autoridad, su voz cargada de advertencia: —Debo decirte algo: si no resolvemos esto a toda costa, el general me cortará la cabeza.
Y si yo caigo antes, haré que lo pagues caro.
Te pongo al mando de esta misión.
¿Entendido, muchacho?
El soldado tragó saliva, visiblemente nervioso.
—Entendido, señor —respondió, inclinándose ligeramente antes de retirarse a buscar los explosivos.
Del otro lado, gracias a la enorme pata del sapo que aún bloqueaba la entrada, el grupo tenía un poco más de tiempo para pensar.
Pero sabían que no sería por mucho; pronto los soldados llegarían con los explosivos.
—¡No quiero quedarme aquí!
—exclamó Paris, entrando en pánico mientras miraba hacia la puerta con ojos desorbitados.
Mok, Alita, Ron, Lukeandria y un inconsciente Paltio se reunieron rápidamente, intentando decidir qué hacer.
Si eran descubiertos por los soldados, las consecuencias serían devastadoras: los capturarían y los obligarían a trabajar como esclavos, separándolos de Paltio.
Peor aún, Lukeandria, quien estaba suplantando a Pax, sería llevada ante un castigo mucho peor que la muerte hasta que lograran extraer respuestas de ella.
Paris volvería a ser prisionera, y Kilibur regresaría a su estado de rehén.
Rykaru, con sus grandes ojos llenos de preocupación, preguntó tímidamente: —¿Y yo?
Lukeandria lo miró con seriedad, aunque su tono era amable: —Pues tú… Conociéndolo, te llevarían donde Tejod para estudiarte y hacerte cosas horribles.
Rykaru comenzó a repetir frenéticamente, con lágrimas acumulándose en sus ojos: —¡Yo no quiero eso!
¡Yo no quiero eso!
—¡Ay, no!
¡Ahí vamos otra vez!
—exclamó Toco-Toco, rodando los ojos mientras anticipaba el ruido que el pequeño ser iba a causar.
En su momento de desesperación, Rykaru colocó sus pequeñas orejas sobre la cabeza de Paltio, buscando consuelo o tal vez una solución.
Sin embargo, en ese instante, un gran destello emergió de su contacto, iluminando al príncipe con una luz cegadora.
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