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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 79

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  4. Capítulo 79 - 79 Problemas a la vista
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79: Problemas a la vista 79: Problemas a la vista Kilibur colocó el dedo índice en la frente de Paltio y lo conectó con el plano de búsqueda.

Sin embargo, esta vez, el entorno no estaba tan distorsionado como antes.

—¿Por qué se ve normal?

—preguntó Paltio, mirando a su alrededor con curiosidad.

—Pues es por mi poder —respondió Kilibur con una sonrisa—.

He removido toda ilusión de este lugar, dejándolo en su forma original: un espacio limpio y sin tanta locura.

—Bien, a lo que vinimos —dijo Paltio, recuperando su enfoque.

De pronto, Rykaru apareció flotando al lado de Paltio.

El príncipe suspiró, aun preguntándose cómo el pequeño ser lograba colarse en esos momentos sin que nadie lo notara.

Una puerta se abrió frente a ellos, revelando un largo pasadizo.

Kilibur señaló el camino.

—Debes seguirlo, Paltio.

El joven príncipe avanzó con Rykaru en sus brazos, mientras Golden aparecía de repente junto a Kilibur.

—Oye, me hubieras preguntado antes de hacer eso —dijo Golden, cruzándose de brazos.

—Sí, pero no había tiempo —respondió Kilibur, sonriendo traviesamente—.

Será mejor que lo sigamos.

Paltio continuó por el pasillo hasta llegar a una puerta blanca que se materializó frente a él.

Al abrirla, encontró un cuarto con varias pantallas proyectadas en las paredes.

Una voz medio robótica resonó en la habitación: —Joven, ¿qué buscas?

Paltio, algo confundido por la voz, respondió: —Quiero encontrar el cetro de Avocios… Bueno, la parte del cetro que está en este reino.

—Muy bien —respondió la voz robótica.

De inmediato, todas las proyecciones se fusionaron y se colocaron frente a Paltio, mostrándole exactamente dónde debería estar la pieza.

—Bien, lo tengo —dijo Paltio, satisfecho.

En ese momento, Golden entró en la habitación junto con Kilibur.

—Qué bueno que ya la tienes.

Ahora vamos a comunicarnos con Avocios —dijo Golden, visiblemente emocionado.

—¿Y qué le pasa?

¿Por qué está tan entusiasmado?

—preguntó Paltio, mirando a Kilibur con curiosidad.

—Es que Golden es el siervo más ferviente y la primera mano de Avocios —explicó Kilibur, sonriendo ante la energía de Golden.

—Ya veo —dijo Paltio, asintiendo lentamente.

Luego añadió con cierta preocupación—: ¿Y cómo regresamos?

No será como tus otros amigos que me tiraron un golpe para despertarme o algo, ¿verdad?

—No, yo no soy tan bárbaro para hacer eso —respondió Kilibur con una sonrisa inocente.

Sacó un triángulo y un palito—.

Lo haremos con esto.

—Ah, solo con un instrumento musical… ¡Qué alivio!

—dijo Paltio, relajándose.

Sin embargo, cuando Kilibur tocó el instrumento, un fuerte sonido agudo hizo que Paltio llevara las manos a sus oídos, gritando de dolor.

El ruido fue tan intenso que lo levantó del suelo de golpe.

Al salir de ese lugar y regresar al mundo real, Paltio fulminó a Kilibur con la mirada.

—Me dijiste que no eras bárbaro como tus amigos, pero resultaste ser peor.

Prefería el pequeño golpe para despertar; ese ruido casi me vuela el cerebro.

—Lo siento —dijo el niño zorro, visiblemente apenado mientras bajaba la mirada.

Ahora que tenían el lugar donde buscar la pieza del cetro, estaban a punto de salir en su búsqueda cuando escucharon un anuncio resonar por todo el reino: —¡Se declara ley marcial!

¡Nadie debe salir de sus casas!

¡Se realizará una revisión completa de cada recinto!

Pronto, un contingente de guardias comenzó a desplegarse por la zona, irrumpiendo en los locales y hogares sin previo aviso, derribando puertas e ingresando con violencia.

La tensión en el aire era palpable.

Entre los soldados, la noticia de Zor sobre la desaparición de la fuente del poder que mantenía sometida a la gente había generado frustración y rabia.

Zor lideraba la intervención, furioso tras abandonar los canales subterráneos sin encontrar respuestas.

Había dejado un equipo inspeccionando la zona en busca de pistas sobre cómo alguien pudo escapar sin dejar rastro.

“Seguramente fue brujería”, pensó para sí mismo, pero luego sacudió la cabeza.

“O tal vez una ilusión creada por ese zorro bribón.” Sin embargo, no tenía tiempo para especular; si el general llegaba a enterarse de que el zorro seguía libre, lo usaría como trofeo en su sala.

Harto de ser el “policía bueno”, Zor decidió adoptar un enfoque más agresivo.

Entró a los lugares sin previo aviso, decidido a obtener respuestas.

Al llegar al lugar donde se encontraban Paltio y su grupo, Zor se dirigió directamente a ellos.

Con una voz autoritaria, preguntó: —¿Han visto a estas personas?

—Mostró un papel con los dibujos de Paris y Kilibur—.

El chico de cabello claro no pertenece a este reino, así que no hay razón para ocultarlo.

—No, no hemos visto a ninguno —respondieron algunos de los presentes, tratando de mantener la calma.

—¿Están seguros?

—insistió Zor, mostrando nuevamente el papel con los retratos.

Sin previo aviso, Zor sacó su espada y, colocándose detrás de Alita, la puso en su cuello.

Su mirada fría y calculadora recorrió al grupo.

—¿Están seguros?

—repitió, esta vez con un tono amenazante.

—¡Oiga, déjela!

¡Ella no ha hecho nada malo!

—exclamó Ron, dando un paso adelante.

—Tú no te metas, mocoso.

Yo soy el que hace las preguntas aquí —respondió Zor con frialdad, presionando ligeramente la espada contra el cuello de Alita.

Ahora tenía a su amiga a su merced, y todos sabían que estaba dispuesto a usarla como medio para obtener información.

Paltio, sintiendo cómo la adrenalina y el miedo se mezclaban dentro de él, tomó valor para hablar, aunque su voz temblaba ligeramente: —Si usted no lo sabe, fui enviado por Tejod para encontrar la parte del cetro de este reino.

Quiero hacerlo lo antes posible y marcharme de aquí para entregárselo a Tejod.

¿Quiere que se moleste con usted?

¿Cómo se llama?

Zor lo miró con una sonrisa torcida, disfrutando del nerviosismo del joven príncipe.

—Lo sé —respondió con desdén—.

Solo a ti y a tu tonto mayordomo nos mencionaron en el mensaje, junto con tu sirviente Pax.

Estos dos mocosos que están contigo no estaban incluidos, así que puedo hacer lo que me plazca con ellos…

¿No te parece?

—Su tono era amenazante, cargado de intención.

—¡Maldito cobarde!

—gritó Ron, con los puños cerrados y una mirada llena de furia.

Zor ignoró el insulto y, con un gesto despectivo, ordenó a sus hombres: —Bien, llévense a estos dos.

Voy a ver qué tienen que decirme.

—¡Espera!

¡No puedes llevarte a mis amigos!

—exclamó Paltio, dando un paso al frente con determinación.

—Es verdad, no puedes llevártelos.

Yo respondo por ellos —dijo Lukeandria (Pax), saliendo al frente con firmeza, tratando de proteger a Alita y Ron.

Zor soltó una carcajada burlona antes de responder: —Tú no tienes ese tipo de poder, sombrita roja.

Con una sonrisa fría, añadió: —Voy a ver si puedo sacarles información.

Me los quedaré hasta que me digan la verdad… por cualquier método posible.

Paltio estaba a punto de lanzarse hacia Zor para defender a sus amigos, pero Mok lo detuvo con firmeza, colocando una mano en su hombro.

Ron negó con la cabeza, indicándole en silencio que no debía actuar impulsivamente.

Alita, con la espada aún en su garganta, le lanzó una mirada suplicante, pidiéndole que se mantuviera tranquilo.

Zor, antes de marcharse con sus prisioneros, se giró hacia el grupo con una sonrisa siniestra: —Qué raro que estas cosas pasan justo cuando llegan ustedes… No tendrán algo que ver, ¿verdad?

Ya veremos.

Ah, y bueno, si están buscando la pieza del cetro, les sugiero que lo hagan y se vayan lo antes posible de aquí.

Con una última mirada heladora, Zor se retiró, dejando a los presentes paralizados por el peso de sus palabras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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