Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 80

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. La Ultima Esperanza de Avocadolia
  4. Capítulo 80 - 80 Llego El doctor
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

80: Llego El doctor 80: Llego El doctor Paltio no se había separado de sus amigos desde que inició el viaje.

Ahora que habían sido capturados por Zor, se sentía perdido.

No podía simplemente abandonarlos, buscar la pieza del cetro e irse como si nada hubiera pasado.

—Ese maldito Zor… ¿Quién se cree que es?

—murmuró Pax, en realidad Lukeandria disfrazada, con rabia contenida—.

No puede dejar sin efecto a un soldado de alto rango de las Sombras Rojas como yo.

—Pero tiene razón —intervino Golden con seriedad—.

Ellos no estaban incluidos en el acuerdo con Tejod.

—Sí… Pobre Alita —dijo Nakia, bajando la mirada con preocupación.

—Espero que ese tonto no se doblegue —añadió Chiki, refiriéndose a Ron.

—Todo esto es mi culpa… —susurró Kilibur, abatido—.

No debieron rescatarme.

¡Ah!

¿Por qué todo sale mal justo cuando habíamos logrado algo aquí?

—exclamó Paris, frustrada.

Mok permanecía en silencio, observando a Paltio con preocupación.

Sabía lo mucho que le costaba ver a sus amigos en peligro y el tormento que estaba sintiendo en ese momento.

Golden estuvo a punto de decirle a Paltio que quería contactar a Avocios, pero se detuvo.

Sería demasiado egoísta de su parte insistir en eso mientras Paltio lidiaba con el peso de lo que podría ocurrirles a sus compañeros.

Rykaru, flotando cerca de Paltio, lo miró con tristeza: —Papi, sé que te sientes triste porque se llevaron a tus amigos… Lo siento.

Rykaru también se siente triste porque no puede hacer nada para ayudarte.

Paltio lo miró con una mezcla de gratitud y melancolía.

—Gracias, Rykaru… Pero no sé qué hacer en estos momentos.

—Señorito, encontraremos el modo de recuperarlos —dijo Mok con firmeza, colocando una mano en el hombro de Paltio—.

Ya verá que hay una manera de salvarlos.

Mientras tanto, en una especie de torre ubicada casi en los límites del reino, Zor había llevado a Alita y Ron, esposados de manos y pies.

Al llegar a la parte más alta, los metió en una pequeña celda.

Con una sonrisa malévola, les dijo antes de marcharse: —Bueno, estarán aquí hasta que venga el especialista que los hará cantar como canarios.

Sacaré hasta la última palabra que necesito saber.

Zor salió por una puerta, dejándolos solos.

En el resto de la torre, otras celdas estaban vacías o contenían personas que parecían ausentes, con la mirada perdida y sin emitir sonido alguno.

Ron intentó tranquilizar a Alita, aunque su propia voz temblaba de rabia: —Tranquila, Alita.

Saldremos de aquí y no diremos nada.

No le daremos esa satisfacción a ese sujeto.

Alita bajó la cabeza, tratando de contener las lágrimas.

—No lo sé, Ron… Ese tipo es de temer.

Me dejó helada cuando colocó esa espada fría en mi garganta.

Por poco pensé que iba a acabar conmigo en ese instante… Pensé que sería mi final.

—Ese maldito cobarde… Lo odio —respondió Ron, apretando los puños—.

Quería salvarte y acabarlo por lo que te hizo.

No dejaría que te hicieran nada, ni mucho menos que te tocaran un pelo.

—Lo sé… —dijo Alita con la voz entrecortada, como si estuviera al borde de las lágrimas—.

Sé qué harías cualquier cosa por salvar a tus amigos.

Eres terco, como Paltio… Por eso siempre se han llevado tan bien.

—Lo siento… —murmuró Ron, con la voz cargada de frustración—.

Bajé la guardia ante ese sujeto.

Era demasiado rápido.

No sabía qué hacer en ese momento… Mis manos sentían ganas de acabarlo, pero no podía… Perdóname.

No podría soportar la idea de perderte, Alita.

Hizo una pausa, como si luchara internamente con sus palabras.

—No podía defenderte y, al mismo tiempo, guardar el secreto de que Kilibur estaba con nosotros.

Es como poner dos cosas que me importan en una balanza… No sabría cuál elegir.

—Lo entiendo… —respondió Alita, aún abrumada por todo lo que había pasado.

Hubo un momento de silencio entre ellos, roto solo por la respiración entrecortada de Ron.

Finalmente, habló con determinación: —Pero sin dudarlo… te elegiría a ti.

Has sido mi amiga durante años, igual que Paltio.

Aunque eso significara rendirme.

—¿Qué cosas dices, Ron?

—replicó Alita, volteándose hacia él con las mejillas sonrojadas.

En la mente de Ron pasaban innumerables pensamientos.

La idea de que algo pudiera pasarle a Alita sin antes decirle lo que sentía lo atormentaba.

No quería simplemente verla como una amiga; sus sentimientos iban mucho más allá.

Sin embargo, las palabras se le trababan en la garganta, formando un nudo imposible de deshacer.

Por su parte, Alita también quería decir algo.

Después de todo, Ron la había salvado innumerables veces, siempre lograba hacerla reír con sus ocurrencias, e incluso había muerto por ella una vez, solo para revivir después.

El hecho de que este viaje pudiera llegar a su fin mucho antes de lo esperado la llenaba de tristeza.

Sabía que, tal vez, nunca tendría la oportunidad de expresar lo que realmente sentía por él.

En paralelo, en la torre, una voz resonó desde una caracola colocada sobre un escritorio.

Era el general, llamando a Zor.

—Señor Zor, ¿qué ha encontrado sobre el guardián?

¿Y el paquete?

—preguntó el general, refiriéndose al zorro Kilibur.

Zor tragó saliva antes de responder: —Bueno, señor, el Sapurus fue vencido.

Cuando llegamos, el zorro no estaba en el lugar.

La máquina estaba destruida, pero no había rastros de violencia en la puerta, como si algo o alguien supiera cómo entrar.

Parecía que se lo hubiera tragado la tierra… o algo lo hizo desaparecer.

El general soltó un bufido de irritación al otro lado de la línea.

—No me importa cómo ocurrió.

Ya tengo suficiente con controlar a la población descontrolada.

Escúcheme bien, Zor: tiene tres horas para encontrar al zorro, o ya sabe lo que le espera.

—Pero, señor… —intentó argumentar Zor.

—¡Tres horas!

—repitió el general con severidad, cortando la comunicación abruptamente.

Zor mordisqueó nerviosamente su dedo índice, sabiendo que no tenía tiempo que perder.

Decidió actuar rápido para resolver el problema cuanto antes.

Justo en ese momento, la puerta detrás de él se abrió lentamente.

Zor giró rápidamente, aliviado al ver quién entraba.

—¡Ah, es usted!

Qué bueno que llegó.

El recién llegado era un sujeto misterioso que portaba un maletín.

Vestía un saco marrón oscuro, un sombrero del mismo tono y unos lentes oscuros que, junto con una bufanda negra, cubrían casi todo su rostro.

Solo se alcanzaba a ver su cabello negro.

Su presencia imponía respeto, y su voz, profunda y perturbadora, resonó en la habitación: —¿Dónde están mis pacientes?

Zor, aunque acostumbrado a situaciones difíciles, sintió un escalofrío al escucharlo.

—Vaya, es cierto lo que dicen… Es un poco atemorizante, incluso para mí.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera esperando instrucciones.

—Bien, doctor Ribeus, sígame.

Es por aquí.

El doctor Ribeus siguió a Zor por un largo pasillo mal iluminado, cuyas paredes de piedra parecían absorber cualquier sonido.

El eco de sus pasos resonaba siniestramente en el silencio opresivo.

Al llegar a la celda donde estaban Ron y Alita, el doctor se detuvo frente a los barrotes, observando a los dos jóvenes con una mirada insondable tras sus lentes oscuros.

Con movimientos lentos y deliberados, abrió su maletín y extrajo un instrumento que parecía sacado directamente de una película de terror: un artefacto metálico con puntas afiladas y engranajes que giraban de manera casi hipnótica.

Lo sostuvo en alto, permitiendo que la tenue luz de las antorchas reflejara su brillo amenazante.

—“Es momento de empezar” —dijo el doctor con una voz gélida, cargada de una calma perturbadora.

Una carcajada baja y gutural escapó de sus labios, resonando como un eco desde ultratumba.

Era un sonido que helaba la sangre, uno que hacía evidente que disfrutaba cada segundo de lo que estaba a punto de hacer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo