La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 81
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- Capítulo 81 - 81 Doctor Ribeus
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81: Doctor Ribeus 81: Doctor Ribeus —Bueno, lo dejo en sus manos, doctor.
Recuerde que no tiene mucho tiempo: solo media hora para entregarme la información que necesito —dijo Zor con tono autoritario antes de retirarse.
—No se preocupe.
Lo tendrá en menos tiempo —respondió el doctor Ribeus con una sonrisa confiada mientras manipulaba un panel de control frente a él.
En ese momento, Ron y Alita estaban atados a unas sillas similares a las usadas en diálisis, pero en lugar de extraer sangre, un líquido desconocido comenzaba a fluir hacia sus cuerpos a través de tubos conectados a sus brazos.
—Con este suero, me dirán todo lo que quiera saber —se burló el doctor, soltando una risa baja y escalofriante.
Luego añadió—: Váyase.
Yo trabajo mejor solo, y no me gusta tener entrometidos en mi labor.
—Bien, me voy.
Pero ya sabe: media hora —repitió Zor antes de cerrar la puerta con fuerza, dejando al doctor a solas con sus “pacientes”.
Minutos antes, el doctor les había mostrado una herramienta terrorífica, aunque en realidad era una máquina diseñada para inducirles un sueño profundo.
Una vez inconscientes, la misma máquina extendió unas patas metálicas y ganchos que parecían manos, trasladándolos a un cuarto similar a una sala de intervenciones médicas.
—Tranquilas criaturitas… Pronto obtendré sus mayores secretos y podré cobrar mi dinero —murmuró el doctor, ajustándose los lentes oscuros mientras observaba a los jóvenes desde la penumbra.
Desde sus camillas, Ron y Alita deliraban levemente debido al sedante.
—Sé fuerte, Alita —murmuró Ron con voz débil.
—Tú también… —respondió ella, apenas consciente.
Mientras tanto, en otro lugar, Paltio y su grupo intentaban idear un plan para salvar a sus amigos.
—Golden, ¿pudiste leerle la mente a ese sujeto, Zor?
—preguntó Paltio, mirando al anciano con esperanza.
—No.
Parece que traía algo que impedía leerle la mente —respondió Golden con frustración evidente en su tono.
—Parece que esos sujetos se preparan muy bien, a pesar de que odian tanto la magia como la tecnología —comentó Lukeandria, cruzándose de brazos.
—¿Qué vamos a hacer?
¿Cómo encontraremos a los chicos y al cetro al mismo tiempo?
—intervino Paris, visiblemente angustiada.
—Ni siquiera sabemos dónde están —añadió Nakia, bajando la cabeza con preocupación.
—Quizá Toco-Toco pueda buscarlos… aunque me duela decirlo —dijo Chiki, mirando al felino con una mezcla de resignación y confianza.
—¡Sí!
Con mi velocidad, podré encontrarlos, miau —respondió Toco-Toco, inflando el pecho con orgullo.
—No lo creo.
Seguramente tienen alguna especie de trampa contra intrusos —interrumpió Kilibur, negando con la cabeza.
Todos seguían pensando en algún plan que pudiera ayudarlos a salvar a sus amigos cuando Mok hizo un ruido con las manos para captar su atención.
—Debemos dividirnos en dos equipos —propuso con firmeza—.
Uno irá a salvar a los muchachos, y el otro buscará la pieza del cetro.
Señorito Paltio, no será fácil, pero tendremos que separarnos nuevamente.
Iré con Lukeandria y Nakia por sus amigos, no sin antes enviar a Toco-Toco a investigar el lugar.
Y usted puede ir con Chiki, Paris y Kilibur.
—¡Y yo!
—interrumpió Rykaru, levantando una de sus orejas con entusiasmo.
—Sí, tú también irás con el señorito Paltio —añadió Mok, sonriendo ante la insistencia del pequeño ser.
—Pero ellos están siendo buscados.
No durarían mucho en las afueras —argumentó Paltio, preocupado.
—Por eso no te preocupes, Paltio.
Ahora que he recuperado mis poderes, puedo hacer que todos piensen que somos Pax y Mok —explicó Kilibur con seguridad—.
Es como el truco que usa Golden, pero mejor.
—¡Ah!
Como el truco que usas tú, Golden —comentó Mok, mirando al ser dorado con una sonrisa traviesa.
—Sí, pero a diferencia de su poder mental, yo puedo hacer que las cosas se vean exactamente reales, sin ningún problema.
Imágenes proyectadas, incluso voces… Exactamente como hizo mi compañero pero mejor y realista—añadió Kilibur con orgullo.
—Tenías que decirlo… —murmuró Golden, fingiendo molestia, aunque un deje de envidia asomaba en su tono.
—Bien, espero que todo salga de acuerdo a lo que estamos planeando —dijo Paltio con seriedad mientras veía a Mok y su equipo prepararse—.
Suerte les deseo —añadió, dedicándoles una última mirada cargada de confianza.
Lukeandria se acercó a Paris y le dijo en voz baja: —Volveré por ti, no lo dudes.
Mok, siempre eficiente, encontró unas telas viejas en el lugar y, con su habilidad como sastre (habilidad adquirida durante años de servicio en el palacio), creó disfraces improvisados para ocultar sus presencias.
—¡Vamos a ser como ninjas!
—exclamó Lukeandria mientras se colocaba uno de los disfraces, ajustándose la tela alrededor del cuerpo con una sonrisa traviesa.
—Sí, porque necesitamos pasar desapercibidos —respondió Mok, terminando de ajustar un parche negro sobre su rostro.
Pronto, Toco-Toco se lanzó a toda velocidad a buscar a los amigos de Paltio.
Con su súper oído, escuchó a unos guardias hablar sobre un tal doctor Ribeus.
Según las voces, estaba en la torre prisión, ubicada casi en las afueras del reino.
Sin perder ni un segundo, el gato regresó con la información.
—La torre… Sé dónde queda —indicó Paris, quien rápidamente dibujó un mapa en una hoja libre encontrada en el lugar.
—¡Genial!
Eres toda una artista —comentó Lukeandria, impresionada por la precisión del dibujo.
—Bien, es hora de irnos —dijo Paltio, observando cómo Kilibur usaba su magia para transformar a Paris y a sí mismo en copias idénticas de Mok y Pax.
—¡Vaya!
Es como verme en un espejo —murmuró Mok, sorprendido al observar a las réplicas mágicas frente a él.
Paris, ahora disfrazada como Pax, se acercó a Lukeandria y le dijo: —Suerte, amiga.
—Lo mismo digo —respondió Lukeandria con una sonrisa cálida antes de partir.
Sin más palabras, el equipo liderado por Mok salió rumbo a la búsqueda de Alita y Ron.
Antes de marcharse, Mok se giró hacia Paltio y le dijo: —Señorito, cuídese mucho.
El grupo se metió por los canales subterráneos, guiados por Toco-Toco, quien buscaba el camino correcto hacia la torre prisión.
Por su parte, Paltio junto con Kilibur y Paris, transformados en Mok y Pax, salieron del lugar por la puerta principal, listos para cumplir su misión.
Cada equipo, con su respectiva tarea en mente, partió con determinación.
Se desearon mutuamente cuidado, prometiendo no arriesgarse demasiado.
En tanto, el doctor Ribeus seguía observando cómo la máquina ingresaba la última gota del líquido en los cuerpos de Alita y Ron.
Una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro bajo la bufanda negra.
—Bien… En unos segundos me dirán lo que tengo que saber —murmuró, conteniendo apenas su emoción—.
3, 2, 1… Pueden abrir los ojos.
Los dos chicos abrieron los ojos lentamente.
Ron miró a Alita, y ella a él.
Ambos parecían desorientados, pero algo en sus expresiones había cambiado.
—Veamos… Una pregunta fácil para empezar y confirmar si el suero funcionó —dijo el doctor, inclinándose ligeramente hacia ellos—.
Oye, niño… Veo que te quedas mirando a la mocosa a tu lado.
¿Ella te gusta?
¿Es tu novia?
Ron trató de resistirse.
Sabía que no debía responder, pero algo en su cerebro lo obligó a mover la boca sin poder detenerse.
Las palabras escaparon de sus labios antes de que pudiera controlarlas: —¡Sí!
Ella es la que me da fuerzas día a día.
Es la más hermosa chica del reino, y yo… Yo la… —Pero antes de que Ron terminara la frase, el doctor lo interrumpió con una mueca de asco: —¡Bien!
Suficiente… ¡Qué incomoda y cursi respuesta!
Odio lo cursi, es repugnante; me dan ganas de vomitar —exclamó Ribeus, sacudiendo la cabeza con desagrado—.
Aunque veo que el suero sí funciona después de todo.
Es mío, mi creación, y siempre da buenos resultados —se jactó, ajustándose los lentes oscuros mientras sonreía con arrogancia.
Alita se sonrojó intensamente ante la declaración de Ron.
Ella también estaba a punto de responder algo similar, pero el doctor alzó una mano, exigiendo silencio.
—¡Silencio!
—ordenó con firmeza—.
Es momento de que me digan la verdad… Lo que el señor Zor quiere saber.
El doctor sacó un retrato y la colocó frente a ellos.
—Primero quiero que me digan: ¿conocen a estas personas?
—preguntó, señalando las imágenes de Paris y Kilibur en la foto.
Ambos contestaron al unísono: —¡Sí!
—Excelente —respondió Ribeus con satisfacción—.
Y ahora, ¿por qué mintieron?
—Porque estábamos tratando de esconderlos —dijeron ambos, luchando por mantenerse callados, pero las palabras escapaban de sus bocas sin control.
Ribeus continuó con su interrogatorio: —Y desde cuándo conocen a estos sujetos, ¿eh?
—Desde el día de hoy —respondieron al mismo tiempo, aunque intentaban detenerse, apretando los puños y tensando sus músculos.
Pero era inútil; el suero los obligaba a decir la verdad.
—Bien, están cooperando —murmuró el doctor, anotando cuidadosamente cada detalle en su libreta con una caligrafía precisa.
Ron y Alita se miraron mutuamente, horrorizados.
Ambos pensaban lo mismo: “Maldición, si seguimos así, sabrán exactamente dónde están los dos.” Finalmente, el doctor formuló la pregunta más peligrosa: —Y ahora, la pregunta del millón: ¿DÓNDE ESTÁN ESTOS DOS?
Los chicos no tenían escapatoria.
El suero los forzaba a hablar sin parar, y justo cuando estaban a punto de revelar que Paris y Kilibur estaban con Paltio, escondidos en la bolsa que siempre llevaba consigo, un fuerte estallido resonó en el lugar.
Una explosión sacudió la torre, lanzando escombros por todas partes y generando una nube de polvo que envolvió la sala.
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