La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 83
- Inicio
- Todas las novelas
- La Ultima Esperanza de Avocadolia
- Capítulo 83 - 83 Twinpillar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
83: Twinpillar 83: Twinpillar —Es que tú corres muy rápido, mientras que nosotros nos demoramos en llegar —dijo Nakia con un suspiro, mirando al felino.
—Vamos, dejemos las preguntas para después.
Ayúdenme a buscar entre los escombros antes de que alguien venga a revisar el lugar por el sonido de esa alarma —indicó Mok con urgencia, tomando rápidamente la iniciativa.
El mayordomo comenzó a excavar con la ayuda de sus cuchillos, levantando grandes bloques de piedra y desintegrándolos con su espada.
Lukeandria, por su parte, empezó a buscar por otro lado, removiendo escombros con determinación.
Fue entonces cuando encontró algo: un sombrero y una bufanda negra.
Al parecer, pertenecían al doctor Ribeus.
Pero lo que realmente la dejó en shock fue ver un anillo familiar: el anillo de agua que Mok le había prestado a Alita.
Llamó a Mok y al resto del grupo, entregándoles el anillo con manos temblorosas.
Lukeandria aún no podía creerlo.
Los dos chicos, a quienes en un principio solía amargar con sus comentarios sarcásticos, habían logrado ganarse su estima durante el viaje.
Y ahora, saber que estaban muertos le dolía profundamente, aunque trataba de no demostrarlo.
Mok, al ver el estado de Lukeandria, dejó de buscar en su área y decidió centrarse en el lugar donde ella había encontrado el anillo.
Cavó con más fuerza, desesperado por encontrar alguna pista adicional.
Sin embargo, no había nada más que tierra y algunos charcos de líquido oscuro regados por el suelo.
Iba a seguir excavando cuando escucharon pasos acercándose a la distancia.
—¡Es mejor que salgamos de aquí, miau!
—alertó Toco-Toco, moviendo la cola nerviosamente—.
Viene un gran contingente de soldados de las Sombras.
Lukeandria permaneció inmóvil, hundida en sus pensamientos.
Se reprochaba mentalmente por no haber sido más firme cuando Zor se llevó a Ron y Alita.
Su mente estaba llena de remordimiento.
—No hay tiempo, Lukeandria.
¡Salgamos de aquí!
—insistió Mok, tomándola de la mano para sacarla de su trance.
Finalmente, el grupo regresó por donde habían venido, asegurándose de no ser detectados.
Una vez a salvo, Lukeandria se apoyó contra una pared, golpeándola con frustración.
Las lágrimas amenazaban con escapar de sus ojos mientras murmuraba: —Fue mi culpa… No debí dejar que se los llevaran.
Ahora Paltio estará devastado.
Mok intentó consolarla, colocando una mano en su hombro: —Tranquila, Lukeandria.
Es terrible ver que ellos dos hayan fallecido, pero debemos ser fuertes por Paltio y apoyarlo en su misión.
Nakia, incapaz de contener su dolor, lloraba abiertamente: —No puedo creer que mi alumna esté… muerta.
No puede ser… Toco-Toco, con voz más suave de lo habitual, añadió: —Aunque les gustaba molestarme viéndome como una mascota tierna, me caían bien.
No puedo creer que se hayan ido… Mok, con tristeza en su voz, concluyó: —Será mejor que volvamos con Paltio.
Ya no podemos hacer nada más aquí.
Todos comenzaron a caminar en silencio hacia el lugar por el que habían venido, cargando con el peso de la noticia que tendrían que darle al príncipe.
Mientras avanzaban, Mok reflexionaba en silencio: “¿Quién osaría atacarlos así, sabiendo que estas Sombras Moradas son poderosas?” Mientras tanto, Paltio escuchó su nombre resonar a lo lejos: —¡Paltio!
¡Paltio!
El joven príncipe se limpió los ojos, tratando de enfocar la vista para identificar quién lo llamaba.
Era Kilibur, quien corría hacia él con una expresión preocupada.
—¿Qué pasó?
—preguntó Paltio, incorporándose rápidamente, listo para enfrentar cualquier noticia.
—Qué bueno que despiertas —dijo Kilibur con una sonrisa mientras sostenía una pequeña llama en su mano—.
Tus botas se apagaron con la caída, pero menos mal que conjuré fuego para poder ver algo.
—¡Papi, papi!
¡Qué bueno que estás despierto!
Yo estaba preocupado…
—dijo Rykaru, flotando cerca de Paltio con una mezcla de alivio y alegría en su voz.
—¿No te hiciste daño?, ¿verdad?
—preguntó el príncipe, mirando al pequeño ser con preocupación.
—No, me aferré a ti…
Además, ¡me protegiste durante la caída!
—respondió Rykaru con una sonrisa inocente.
—Qué bueno —dijo Paltio, sobándole cariñosamente la cabeza antes de incorporarse por completo.
Luego de un rato, Paltio miró a su alrededor y preguntó: —¿Dónde estamos?
Paris intervino rápidamente: —No lo sé.
Lo último que recuerdo es que estábamos cayendo, y luego aparecimos aquí abajo, en lo que parece un pozo subterráneo abandonado.
—¡Vaya caída!
—exclamó Chiki, sacudiéndose como si quisiera quitarse polvo imaginario—.
Me hubiera gustado tener un cojín, pero salté entre las paredes antes de caer.
Traté de levantarlos, pero no despertaban.
Miren, ahí hay una especie de camino.
No me adentré porque me quedé a protegerlos.
—Gracias, Chiki —dijo Paltio con sinceridad, dedicándole una pequeña sonrisa al perro.
—Yo los curé con mis poderes —añadió Kilibur—.
Esa caída debió doler mucho.
—Gracias, Kilibur —respondió Paltio, asintiendo con gratitud hacia el niño zorro.
—De momento no hay cómo volver a subir —indicó Paris, mirando hacia arriba, donde solo se veía oscuridad—.
Lo mejor será continuar por ese camino.
—Pero, ¿qué fue lo que ocasionó que cayéramos?
—preguntó Paris, frunciendo el ceño mientras intentaba recordar más detalles.
—No lo sé —respondió Golden con seriedad—.
Algo cayó sobre nosotros y provocó que todo colapsara.
Sin otra opción en mente y ningún lugar a donde ir, decidieron continuar por el túnel subterráneo.
Paltio encendió nuevamente las luces de sus botas, iluminando el camino frente a ellos.
Mientras avanzaban, Paltio sintió una vibración familiar.
Las tres piezas del cetro que ya poseía comenzaron a brillar intensamente dentro de su bolsa.
—Entonces estamos cerca —dijo Paltio con determinación—.
No era literalmente en el viejo granero, sino en este sitio.
Justo cuando estaban a punto de avanzar, algo enorme se posó frente a ellos.
Era una inmensa criatura parecida a un gusano de tierra, pero con brazos y piernas.
Su tamaño era comparable al de un elefante, y sus ojos morados los miraban con furia evidente.
El enorme animal comenzó a pararse y caminar hacia ellos, lanzando puños al suelo con fuerza devastadora.
—¡Cuidado!
—gritó Chiki, colocándose rápidamente delante del grupo para bloquear los ataques con sus diminutas patas.
—¡Vaya, sí que es fuerte ese perro!
—comentó Paris, impresionada al ver cómo Chiki detenía los golpes sin retroceder ni un centímetro.
—¡Nada mal, gusano subdesarrollado!
¡Pero yo soy más fuerte!
—exclamó Chiki, quien, con renovada energía, se lanzó al ataque nuevamente, usando sus pequeñas patas como si fueran puños de luchador profesional.
El gusano comenzó a retroceder ante los feroces golpes del perro, pero lo que Chiki no sabía era que aquello formaba parte de una trampa.
De pronto, en la parte delantera del cuerpo del gusano emergieron unos ojos adicionales y una boca llena de filosos dientes, revelando su verdadera naturaleza.
—¡Ten cuidado, Chiki!
Ese monstruo es un señuelo —advirtió Kilibur con urgencia, su voz cargada de preocupación mientras detectaba algo extraño en el gusano—.
Es como si una ilusión lo estuviera ocultando.
—¿Un señuelo?
—repitió Chiki, deteniéndose por un momento, visiblemente confundido.
Antes de que pudiera reaccionar, el gusano se partió en dos con un movimiento brusco.
Cada mitad cobró vida propia, moviéndose exactamente como el primero, pero ahora eran dos criaturas idénticas.
Ambas comenzaron a hablar al unísono con voces graves y siniestras: —Tonto perro… No molestes.
Tú solo eres un aperitivo.
Tenemos otras presas frente a nosotros que nos van a saciar.
—¡Esa cosa ahora habla!
—exclamó Paris, retrocediendo instintivamente mientras su rostro reflejaba tanto asombro como temor.
“Somos los gusanos protectores de este lugar.
Somos los Twinpillar”, declararon las criaturas al unísono que continuaron transformándose.
De sus brazos emergieron guantes de boxeo gigantes que brillaban con un aura amenazante.
Sin previo aviso, lanzaron un ataque rápido y coordinado hacia Chiki.
El perro intentó esquivar, pero fue demasiado tarde.
Los golpes impactaron con fuerza devastadora, sepultándolo bajo una avalancha de escombros.
—¡No, Chiki!
—gritó Paltio, corriendo hacia donde había caído su compañero mientras sentía cómo la desesperación se apoderaba de él.
Los gusanos, ahora identificados como los Twinpillar, mostraron sus filosos dientes con una sonrisa malévola, claramente satisfechos con el resultado de su emboscada.
Parecían hambrientos, ansiosos por continuar con su cacería y devorar al resto del grupo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com