La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 87
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87: Revelaciones (2) 87: Revelaciones (2) —Pues verás, Paltio… —comenzó Avocios con un tono pausado pero cargado de significado—.
Cuando estuvimos en guerra, uno de tus antepasados me otorgó su apoyo.
Luchó junto a mis guerreros y, con el tiempo, incluso se convirtió en uno de mis guardianes.
Hace mucho tiempo, le dije que, si alguna vez necesitaba algo, podía recurrir a esta esfera, y en caso de emergencia, esta le concedería un deseo… cualquier deseo, libre de restricciones.
Podía haber pedido juventud eterna, vida infinita o su propio reino, o una vida llena de aventuras.
Pero no… Él decidió guardarla para cuando la emergencia fuera grave.
La esfera fue pasando de generación en generación hasta llegar a las manos de tu abuelo.
Esa también fue una de las razones por las que hice que tu familia fuera la que pudiera manejar mi poder.
Tienen sangre de uno de mis guardianes recorriendo tus venas.
—Entonces, por eso somos afines a tus armas… ¡Qué genial!
—interrumpió Paltio con una mezcla de asombro y entusiasmo, procesando rápidamente la información.
Avocios continuó sin detenerse: —Cuando tu padre conoció a tu madre, enfrentaron un problema: no podían tener hijos.
Era una situación devastadora para ellos, el no tener un heredero.
Un día, tras varios intentos, el milagro pareció concederse… y naciste tú.
Pero solo estuviste presente unos segundos en este mundo.
Tu abuelo, al ver lo que estaba sucediendo y al no querer perderte, al igual que tus padres, decidió usar la esfera que les entregué.
Tu abuelo integró esa esfera en tu semilla, pidiendo con todas sus fuerzas que pudieras sobrevivir… y pidiéndome a mí que te permitiera vivir.
Y así fue como, al estar conectado a mí, sentí tu presencia renacer en este mundo.
Cuando vi que todo estaba perdido, decidí colocar a mi leal compañero y guardián, Golden, en ti para que algún día pudiera enseñarte y ayudarte a desarrollar tu poder.
¿Por qué crees que puedes utilizar el poder de Golden y amoldarlo a ti?
Eso ni siquiera él lo sabe… Por eso te lo digo a ti en este lugar.
—Eso quiere decir que… decidiste que yo sería el próximo creador.
Te estabas preparando para tu muerte y creando un recipiente en mí… —reflexionó Paltio, su voz llena de sorpresa y comprensión—.
Esto es algo que todos deberían saber… Soy realmente una extensión tuya.
Si no fuera por esa esfera, yo estaría muerto… Te lo debo —dijo Paltio con gratitud sincera.
—No, mi niño… Yo no quiero abusar de mi poder y dejarte todo este problema a ti.
Es algo fortuito que hayas terminado en medio de este embrollo en el que te encuentras ahora —respondió Avocios con calma, aunque su tono revelaba cierta tristeza—.
Además, nadie puede saber que eres una extensión mía… aún no.
Eres alguien único, alguien que ha pasado tiempo entre los seres vivos de este mundo, conviviendo con ellos.
Algo que yo no podría hacer, pues me ven como un todo… como su dios y nada más.
Colocaré una restricción para que ni siquiera Golden pueda leer esta información en tu mente.
—Pero gracias a eso pude conocer personas… Bueno, sigo conociendo más gente y el mundo —reflexionó Paltio con una sonrisa sincera en su rostro—.
Yo solo estuve en Avocadolia sin saber del resto del mundo, ni de otras razas como las de Lukeandria o Paris, que ahora nos acompaña, ni mucho menos de los guardianes.
Estoy agradecido por eso.
—Vaya… Eres un mejor yo de lo que esperaba —respondió Avocios con un tono cálido y orgulloso—.
Uno muy dadivoso y que no le importa la adversidad; siempre irás a apoyar a quien sea.
Eres digno de admirar, mi pequeño Paltio.
Avocios hizo una pausa antes de continuar: —Bueno, vuelve con tus amigos y recorre lo que te falta de camino.
El creador susurró unas palabras que resonaron en la mente de Paltio, devolviéndolo al lugar donde estaban sus compañeros.
No sin antes decirle algo más en el susurró que impacto al muchacho.
—Oiga, señor… ¿Qué pasó?
Se había quedado callado —preguntó Golden, mirando hacia donde antes se proyectaban los ojos de Avocios.
—No, no fue nada —respondió Avocios con calma, aunque algo parecía alterar ligeramente la imagen de sus ojos infinitos.
De pronto, un muro comenzó a levantarse frente a ellos, revelando una luz brillante al final del túnel.
—Señor, déjeme ir por usted, por favor —suplicó Golden, dando un paso adelante con urgencia.
—No, no puedes —respondió Avocios con firmeza, aunque su voz denotaba cierta tristeza.
La imagen de sus ojos comenzó a distorsionarse, como si algo estuviera interfiriendo.
Finalmente, Avocios dijo: —Lo siento, chicos, pero ya no tengo tiempo.
—¡Lo encontraremos, señor Avocios!
¡Ya verá!
Salvaremos este mundo y lo limpiaremos de la maldad de la sombra —declaró Paltio con determinación, aunque en su corazón sabía que aún quedaban muchas preguntas sin respuesta.
Y con esas últimas palabras, Avocios desapareció.
Paltio permaneció en silencio por unos instantes, pensativo.
“Debimos haberle preguntado quién es o qué es Urugas”, se reprochó mentalmente.
Con muchas cosas en la cabeza, decidió salir de ahí y reencontrarse con sus amigos.
Al seguir el camino que Avocios les había abierto, una vez afuera, el túnel volvió a cubrirse de tierra, sellándose tras ellos.
Justo en ese momento, Paltio escuchó una fuerte alarma que resonaba por todo el reino: “¡Alerta, alerta!
Nos encontramos en riesgo.
¡Nos atacan!” —¿Quién podría estar atacándonos?
—preguntó Kilibur, quien seguía disfrazado de Mok, mirando a su alrededor con preocupación.
—Será mejor que volvamos a esa casa en la que estábamos y nos encontremos con Mok y los otros.
Aprovechemos este evento caótico para salir de este reino —sugirió Golden, analizando rápidamente la situación.
Todos acordaron regresar al punto de encuentro.
Mientras tanto, en el reino, explosiones resonaban por doquier, iluminando el cielo oscuro con destellos de fuego y humo.
—¡Es momento de volver rápido!
—exclamó Paris con urgencia mientras el sonido de las explosiones se acercaba cada vez más.
El grupo corrió hacia el lugar acordado, esquivando ataques y el caos que se desataba a su alrededor.
Finalmente, llegaron y abrieron la puerta con rapidez.
Dentro, encontraron a Mok, Lukeandria, Nakia y Toco-Toco, quienes tenían expresiones sombrías y caras llenas de tristeza.
Paltio entró con entusiasmo, sin notar inmediatamente el ambiente pesado que flotaba en el aire.
—¡Chicos, chicos!
Nos encontramos con Avocios y conseguimos la pieza —dijo con una sonrisa radiante—.
¿Dónde están Ron y Alita?
Tenemos que contarles todo lo que nos reveló Avocios; seguro que les encantará.
Pero mientras hablaba, Paltio comenzó a notar algo extraño: no había señales de sus amigos por ningún lado.
Empezó a buscar frenéticamente en cada rincón del lugar, llamándolos con insistencia.
—¿Dónde están, muchachos?
Esto es serio… ¡Debemos salir de aquí!
No se escondan; sé que Mok los trajo sanos y salvos junto con Alita.
No es momento para bromas, chicos… ¿Dónde están?
¡Mok, Lukeandria, mis amigos!
Lukeandria intentó hablar, pero las palabras parecían atascadas en su garganta.
Su mirada estaba baja, incapaz de enfrentar directamente a Paltio.
—Señorito Paltio… —comenzó Mok, con una voz que denotaba un peso inusual—.
Es mejor que tome asiento.
Paltio se detuvo de golpe, sorprendido por el tono solemne y serio de Mok, algo que nunca antes había escuchado ni visto en él.
—¿Qué pasa, Mok?
—preguntó Paltio, ahora visiblemente preocupado, sintiendo cómo un nudo comenzaba a formarse en su estómago.
Mok tomó aire profundamente, reuniendo el valor necesario para decir lo que venía a continuación.
Luego, con firmeza y un dolor evidente en su voz, declaró: —Señorito… lo siento mucho, pero sus amigos… ¡están muertos!
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