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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 88

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  4. Capítulo 88 - 88 Tristeza
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88: Tristeza 88: Tristeza “Alita y Ron están muertos”, dijo Mok con voz grave.

“¡No!

¡No puede ser cierto!

Dime que no es verdad, Mok”, replicó Paltio, su voz temblorosa por la incredulidad.

“Lo siento, Paltio, pero es verdad… miau”, añadió Toco-Toco con un tono bajo, casi como si sus palabras fueran un eco doloroso de lo inevitable.

El ambiente se llenó de un silencio denso, roto solo por los sollozos contenidos y el peso invisible de la pérdida.

Incluso Rykaru, siempre tan impasible, parecía abatido.

“¿Cómo que muertos?”, preguntó Kilibur, su voz entrecortada.

“Si…

Alita y Ron están muertos”, confirmó Nakia, como si repitiéndolo pudiera hacerlo más real.

“No…

no, no puede ser cierto.

Mis amigos no…” Paltio cayó de rodillas, golpeando el suelo con sus puños cerrados mientras lágrimas caían sin control de sus ojos.

El dolor emanaba de cada gesto, cada respiración entrecortada.

Lukeandria, con la mirada baja y la voz cargada de culpa, intervino: “Lo siento, Paltio.

Si hubiera podido intervenir mejor, nada de esto habría pasado”.

Sus palabras flotaron en el aire, pesadas como una confesión.

“Pero ¿qué vamos a hacer ahora?”, preguntó Chiki, su voz quebrándose.

“Ese tonto cabeza dura de Ron…

No puede haber muerto.

Fue un buen discípulo”.

De pronto, una serie de explosiones cercanas sacudió el lugar.

“¡¿Qué pasa?!”, exclamó Kilibur, poniéndose de pie de un salto.

“¿Quién está atacando a las sombras?”, preguntó Lukeandria, buscando respuestas con la mirada.

“Tal vez sea el ejército de la resistencia”, sugirió Paris, tratando de mantener la calma.

“Sí, no hay duda.

Deben ser ellos.

Debemos ir y encontrarnos con ellos”.

“¿Cómo saben que están muertos?”, murmuró Paltio desde el suelo, su voz apenas audible mientras Rykaru lo observaba con preocupación, intentando consolarlo con una mano en su hombro.

En ese momento, algo estalló sobre sus cabezas, destrozando el techo de la casa.

Mok reaccionó rápidamente, levantando sus cuchillos para proteger al grupo de los escombros que llovían sobre ellos.

“¡Debemos salir de aquí o también moriremos!”, gritó Mok mientras apartaba los restos del techo con movimientos precisos.

Todos corrieron hacia el carruaje, excepto Paltio, que permaneció inmóvil, aferrado al suelo con desesperación.

“Lo siento, señorito”, murmuró Mok antes de darle un golpe firme en la nuca, provocando que Paltio perdiera el conocimiento.

Sin perder tiempo, Mok lo levantó y lo subió al carruaje junto con los demás.

El reino se había convertido en un verdadero campo de batalla.

Explosiones iluminaban el cielo oscuro, y edificios colapsaban a su alrededor.

“Será mejor que pongas en marcha el vehículo”, le dijo Mok a Lukeandria con urgencia.

El carruaje comenzó a avanzar a toda velocidad, esquivando explosiones y estructuras que se desplomaban como gigantes heridos.

“¡Vamos, encuentra la salida!

¿Por dónde salimos de este maldito reino?”, gritó Lukeandria, sus manos firmes en las riendas.

Toco-Toco saltó del carruaje y corrió a toda prisa hacia los bordes del reino.

Regresó en cuestión de minutos, jadeando.

“Miau…

Todas las salidas están destruidas, menos una: la que lleva al océano”.

“¿Pero no tenemos un barco?”, preguntó Paris, frunciendo el ceño.

“Yo creo que sí”, respondió Mok con seguridad.

“Dirige el carruaje hacia allí”, le ordenó a Lukeandria.

La chica obedeció, y el grupo se dirigió hacia el único camino disponible.

A medida que avanzaban, veían a civiles refugiándose en los rincones más oscuros del reino, mientras soldados corrían de un lado a otro, demasiado ocupados protegiendo lo que quedaba del territorio como para prestarles atención.

Al llegar al agua, Mok murmuró para sí: “Bien… espero que esto funcione”.

El vehículo avanzaba hacia la orilla, levantando pequeñas olas a su paso.

“Mok, ¿qué haces, tonto mayordomo?

¿Nos quieres ahogar?”, gritó Lukeandria, con una mezcla de incredulidad y nerviosismo en su voz.

“No, tranquilos.

Este vehículo nos ayudará a salir”, respondió Mok con calma, confiado en lo que estaba haciendo.

De pronto, el carruaje comenzó a transformarse en algo inesperado: sus ruedas se retrajeron, y su estructura metálica adoptó la forma de un pequeño barco.

Avanzaba por el mar sin mostrar signos de hundimiento.

“¡Caray!

Ese profesor es un maldito genio”, exclamó Lukeandria, impresionada.

“Recuérdenme pedirle disculpas otra vez por lo que hice esa vez”.

“¿Qué hiciste?”, preguntó Paris, curiosa.

“Pues ella pensó que era el enemigo”, respondieron Nakia y Toco-Toco al unísono.

“¡Tontos animales!

No tienen por qué andar con el chisme”, replicó Lukeandria, molesta, cruzándose de brazos.

El extraño barco navegó por horas, dejando atrás poco a poco el reino de Pinkertalia.

Rykaru permanecía sentado cerca de Paltio, observándolo mientras dormía.

Se acercó a él y se quedó a su lado, vigilante.

“Espero no le hayas dado tan fuerte, señor Mok, a mi papi”, dijo Rykaru con seriedad.

“O se las verá conmigo”.

“Tranquilo, solo fue un pequeño golpe para noquearlo, no para matarlo.

Estará bien”, aseguró Mok, intentando calmar al pequeño ser.

Paltio, sumido en un sueño agitado, revivía una pesadilla: veía cómo sus amigos, Ron y Alita, caían ante sus ojos.

“¡No, Ron!

¡No, Alita!”, gritó despertándose de golpe, empapado en sudor.

Al abrir los ojos, intentó abrir la puerta del vehículo, pero casi se cae al agua si Mok no lo hubiera sujetado a tiempo.

“Relájese, señorito”, dijo Mok con firmeza, sosteniéndolo.

“¿Dónde estamos?”, preguntó Paltio, desorientado.

“Estamos en el mar.

Pronto llegaremos a tierra para bajar”, explicó Mok.

“¿Y Pinkertalia?” “Lo siento, señorito, pero ya salimos del lugar”.

“¿Y Alita y Ron?

¿Dónde están?

¿Los dejamos allá?”, preguntó Paltio, alterado.

“Lo siento, señorito, pero como sabe…

ellos están…”, comenzó Mok, pero no pudo terminar la frase.

“Lo sé…

Es que solo no quería creerlo”, murmuró Paltio, mientras lágrimas brotaban de sus ojos.

Sin poder contenerse, abrazó a Mok con fuerza.

El mayordomo, sorprendido pero comprensivo, correspondió al abrazo, tratando de consolar al príncipe.

Permanecieron así por un tiempo, hasta que finalmente llegaron a tierra firme.

El vehículo volvió a transformarse en el carruaje tanque, y todos bajaron para descansar.

Mientras Kilibur y Lukeandria recolectaban leña, Mok se adentró en la zona para cazar algo de comida.

Preparó una sencilla cena y llevó un plato a Paltio, pero el príncipe apenas lo miró.

Había perdido el apetito, sumido en un dolor que parecía consumirlo por completo.

“Paltio, ¿estás bien?”, preguntó Rykaru, acercándose con preocupación.

“Sí, Rykaru…

voy a estarlo.

Quizá me tome tiempo”, respondió Paltio con voz cansada.

Pasaron tres días desde que habían abandonado Pinkertalia.

Durante ese tiempo, Paltio apenas había hablado o comido.

Su tristeza era palpable, un peso que todos podían sentir en el aire.

“¿Vas a seguir así todos los días?

Supéralo ya, niño”, dijo Lukeandria con brusquedad, perdiendo la paciencia.

“¿Cómo voy a superarlo?”, gritó Paltio, enfrentándola con furia en los ojos.

“¿Qué sabes tú de dolor?

¡Todo esto es tu culpa!

Si hubieras hecho valer tu autoridad como soldado de las Sombras Rojas, tal vez ellos estarían aquí con nosotros”, le espetó, su voz cargada de resentimiento.

“¿Mi culpa?

¡Yo no tengo la culpa de eso!”, exclamó Lukeandria, visiblemente molesta.

“Además, ¿cómo no voy a saber de dolor?

Yo perdí a toda mi gente, a mi familia…

Tonto niño, madura.

Las cosas son así: la vida es cruel”.

Sin darle tiempo a responder, Lukeandria se alejó unos pasos, evitando mirarlo.

“¡No huyas!”, gritó Paltio, furioso, apretando los puños con frustración.

“¡Vuelve aquí!” “Voy a dar un paseo por la zona”, respondió ella sin girarse.

“Ven conmigo, Paris”.

Ambas se marcharon, dejando a Paltio junto con Mok, Kilibur, Rykaru y los demás.

El príncipe permaneció en silencio por unos segundos, respirando agitado.

Finalmente, Mok intervino con suavidad: “Señorito, no puede hacer eso.

Ella también quiso ayudar.

Debería pedirle disculpas”.

Paltio bajó la cabeza, su ira disolviéndose lentamente en un mar de culpabilidad.

“Lo sé… lo siento, Mok.

No fue mi intención desquitarme con ella.

Es solo que… mis amigos…” Su voz se quebró, incapaz de terminar la frase.

Golden observaba desde lejos, pero no dijo nada.

No era de esas personas capaces de mediar o de ofrecer palabras reconfortantes; simplemente no sabía cómo manejar ese tipo de situaciones.

Kilibur intentó hablar, pero al no conocer bien a los amigos de Paltio, sus palabras quedaron suspendidas en el aire, inseguras y poco convincentes.

“Lo sé, señorito, lo sé”, dijo Mok, acercándose para poner una mano en su hombro.

“Ellos son como su familia.

Los conoce desde hace mucho tiempo.

Su dolor es comprensible”.

“Papi, no te sientas mal”, interrumpió Rykaru con ternura, abrazando a Paltio.

“Yo siempre estaré a tu lado y no te abandonare”.

En ese momento, algo hizo eco en la mente de Paltio.

Frunció el ceño, pensativo.

“Momento… Dijiste ‘a mi lado'”, murmuró, mirando a Rykaru fijamente.

“Esa palabra… ¿Qué significa?” “Sí, dije eso”, confirmó el pequeño ser con inocencia.

Paltio se quedó callado, reflexionando.

Luego, levantó la vista hacia Golden con renovada esperanza.

“Golden, tú crees que, si Nakia y Chiki siguen aquí, eso podría significar que mis amigos están vivos.

¿Es posible?” Golden dudó por un instante, pero luego asintió lentamente.

“Es cierto… Podría ser una posibilidad”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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