La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 89
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- Capítulo 89 - 89 Un Rayo de Luz
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89: Un Rayo de Luz 89: Un Rayo de Luz “¿Cómo que puede ser una posibilidad?”, preguntó Mok, levantando una ceja con escepticismo.
“¿No recuerdan?
Cada uno de los ayudantes de los guardianes fue asignado a mis amigos para que entrenaran”, explicó Paltio con urgencia.
“Una vez que estuvieran listos, estos se irían porque están enlazados a ellos”.
“Vaya, eso sí lo recuerdo, señorito”, dijo Mok mientras limpiaba su monóculo con un pañuelo, su expresión pensativa.
“Sí, como te dije: puede ser que sí, o puede ser que no”, respondió Golden con cautela.
“Nuestros acompañantes forman un vínculo mental con la persona a la que les asignamos.
Este pacto es indestructible hasta que se cumpla una de dos condiciones: o se completa la tarea por la que fueron enviados, o el individuo muere.
No hay otra forma de romper ese lazo”.
“¡Rápido, Nakia, Chiki!
Traten de comunicarse con ellos”, ordenó Paltio, su voz llena de esperanza renovada.
El ave y el perro cerraron los ojos, concentrándose profundamente.
Pasaron varios minutos en silencio absoluto, pero finalmente ambos abrieron los ojos con expresiones frustradas.
“Puede deberse a dos motivos”, explicó Nakia.
“O están inconscientes, o algo está bloqueando nuestro campo”.
“Tal vez si estuviéramos más cerca de ellos sería mejor”, añadió Chiki.
“Nuestro campo tiene límites.
La distancia podría estar interfiriendo”.
“¿Pero por dónde empezar a buscar?”, murmuró Paltio, llevándose una mano al mentón mientras sostenía a Rykaru con la otra.
De pronto, algo cruzó su mente.
“¡Paris!
Quizá ella sepa algo.
Ella mencionó que podrían haber sido los de la resistencia quienes atacaron la ciudad tratando de liberar una batalla contra las sombras moradas”.
Se secó las lágrimas rápidamente y se lavó la cara con agua fresca.
Determinado, se levantó de un salto y comenzó a caminar en busca de las chicas.
Quería darles la noticia —o al menos lo que él creía que era una buena idea— y aprovechar para disculparse con Lukeandria por su anterior enfrentamiento.
Siguió el sendero por donde creía que podían estar.
A lo lejos, divisó sus figuras y apresuró el paso hacia ellas.
Sin embargo, antes de que pudiera hablar, Lukeandria lo cortó con un bufido.
“¿Qué quieres, tonto?
¿Viene otra vez a echarme la culpa?”, espetó, lanzándole una mirada seria.
“Tranquila, Lukeandria”, intervino Paris con calma, colocándose entre ellos.
“Escuchemos qué tiene que decir Paltio.
Después de todo, soy mayor que ustedes y sé que a veces las cosas no son lo que parecen”.
“No, nada de eso”, comenzó Paltio, bajando la cabeza en señal de arrepentimiento.
“Te pido disculpas por mi comportamiento de hace rato.
Estuvo mal, y lo siento mucho.
Me siento apenado, en verdad lo lamento”.
Lukeandria lo miró fijamente, incrédula.
“¿Tú?
¿Haciendo una reverencia?
¿Quién lo diría?
O ya te volviste loco, o algo tramas”, dijo, aunque su tono tenía un matiz menos agresivo, como si estuviera intrigada por el cambio repentino en el príncipe.
“Sí, puede ser que un poco de ambas”, respondió Paltio con una actitud renovada, su voz firme pero amable.
“Bien, déjame pensarlo”, dijo Lukeandria, cruzándose de brazos.
Sin embargo, Paris le dio un codazo sutil para animarla a aceptar.
“Está bien, te perdono.
Suelta lo que tengas que decir, habla de una vez”, dijo Lukeandria finalmente, aunque su tono seguía siendo algo brusco.
“Bien, es cierto, Paris.
Tú dijiste que pudo haber sido la resistencia quienes atacaron el reino.
¿Podrías llevarme a ellos?
Quizá mis amigos están con ellos.
Podría darse la posibilidad, ¿no creen?”, explicó Paltio con urgencia.
“Recuerden que cuando me contaron lo que pasó, no vieron los cuerpos.
Además, los soldados no se acercaron a ese lugar”.
“Sí, es cierto.
Puede darse esa posibilidad: que hayan sido salvados por alguien de mi equipo y liberados”, reflexionó Paris, frunciendo el ceño mientras analizaba la situación.
“Pero es una probabilidad mínima, una en un millón.
No estoy segura de sí lo que dices es factible o no”.
“Pero puede ser… Aún hay esperanza.
Podemos ir a buscarlos”, insistió Paltio, su voz cargada de determinación.
“Pues podríamos, chico”, comenzó Paris, pero fue interrumpida por Lukeandria.
“¡Pero espera!”, exclamó Lukeandria, levantando una mano para detener la conversación.
“Ya te quedan poco tiempo por andar triste, enojado y frustrado, desesperanzado y una mezcla de sentimientos negativos estos tres días que pasaron.
Ahora solo te quedan diez días antes de que tu tiempo se cumpla.
El último reino está a cinco días de aquí porque esta ruta es más larga.
Supongamos que logras encontrar la pieza en un día, te quedaría muy poco tiempo para regresar con Tejod”.
“Sí, lo sé y lo entiendo”, murmuró Paltio, bajando la cabeza, apenado.
“La próxima vez que te comportes como un tonto, te voy a dar un montón de coscorrones hasta dejarte morado de lo dorado que eres, principito tonto”, dijo Lukeandria, dando un pequeño golpe en el brazo de Paltio.
“Sí, creo que me lo merecía por tratarte así.
Lo siento mucho, y por ponerme en ese estado”, admitió Paltio, frotándose el brazo donde había recibido el golpe.
“Bien, pero debes disculparte con todos, y en especial con tu mayordomo”, añadió Lukeandria, señalando a Mok con un gesto.
Mok y Kilibur se acercaron al grupo justo en ese momento.
Paltio respiró hondo y se disculpó con todos por su actitud negativa durante los últimos días.
Sus palabras fueron sinceras, y aunque algunos lo miraron con escepticismo, sus disculpas parecían genuinas.
Una vez aclarado todo, Paris asintió.
“Veo que tienen un plan.
Es una probabilidad remota, pero podemos arriesgarnos.
Recuerden que no vieron los cuerpos de tus amigos, y Toco-Toco tampoco vio a nadie de las Sombras Moradas llevárselos.
Eso nos da algo de esperanza”.
“Bien, creo que nos tendremos que separar desde aquí”, anunció Paris con decisión.
“Yo me encargaré de buscar a tus amigos.
Tengo esta caracola con la frecuencia de la radio de tu vehículo, así que estaremos en contacto mientras tú, Paltio, vas a buscar la última pieza del cetro”.
“Está bien”, dijo Paltio con un asentimiento firme, aunque su mirada aún reflejaba preocupación mezclada con esperanza.
“Yo también iré con ella”, anunció Kilibur, tomando posición junto a Paris.
“Recuerden que me buscan, y es probable que la noticia ya se haya extendido por los reinos”.
“Bien, nosotros también iremos con ustedes”, añadió Nakia, mientras Chiki asentía con decisión.
“Después de todo, ellos son nuestros alumnos.
Podemos comunicarnos con ellos si estamos lo suficientemente cerca, y además debemos entrenarlos para lo que se viene”.
“Bien, es momento de irnos”, dijo Paris, ajustándose la mochila sobre su hombro.
“Cuídate, Kilibur”, murmuró Golden, su voz cargada de preocupación sincera.
“Tú también”, respondió él con una leve sonrisa antes de girarse hacia Paltio.
“Espero y encuentren a tus amigos”.
“Si… Esperemos por Avocios”, concluyó Paris, mirando hacia el horizonte como si calculara mentalmente las posibilidades.
Kilibur se cambió rápidamente de ropa, vistiendo un kimono azul oscuro decorado con dibujos de estrellas doradas que brillaban débilmente bajo la luz de la oscuridad.
Luego, con un gesto elegante de su mano, creó caballos ilusorios que relincharon suavemente, listos para llevar al grupo hacia donde estaba el equipo de Paris.
Antes de partir, Kilibur sacó a su animal ayudante, similar al que tenían Golden y los otros guardianes.
Un pequeño hurón verde con ojos marrones apareció de entre sus ropas, moviendo la nariz con curiosidad.
Kilibur lo levantó suavemente y lo entregó a Lukeandria.
“Este es Lume”, dijo Kilibur, presentando al hurón con una sonrisa.
“Te ayudará a entrenar”.
“Bien, maestro, ya verá cómo saco a relucir a esta chica y la convierto en una guerrera prometedora”, declaró Lume con entusiasmo, su tono confiado y algo burlón.
“¡Soy una guerrera!”, replicó Lukeandria, cruzándose de brazos con una mezcla de indignación y orgullo.
“Sí, eso dices”, respondió Lume, arrastrando las palabras con un tono sarcástico que hizo reír a algunos de los presentes.
Sin más palabras, ambos equipos se despidieron.
Lukeandria, Mok y Paltio emprendieron su camino hacia el siguiente reino, siguiendo el rumbo impuesto por Tejod desde el inicio del viaje.
Los tres juntos, como debió haber sido desde el principio.
El viento soplaba suavemente, llevando consigo el aroma fresco de la hierba y el mar cercano.
Diez días quedaban antes de que el alba marina llegara.
Diez días para cumplir con su misión y enfrentar lo que les esperaba al final del camino.
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