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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 Toco-Toco
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9: Toco-Toco 9: Toco-Toco Paltio y sus amigos se deslizaban sigilosamente entre las casas y hogares abandonados cuando escucharon unos ruidos provenientes de lo que parecía ser un sótano con puertas aseguradas por cadenas oxidadas.

Mok sacó uno de sus cuchillos y, sin hacer ruido, cortó las cadenas que bloqueaban la entrada.

Al abrir las puertas, todos se quedaron perplejos al descubrir un pasadizo oscuro del que emanaban sonidos angustiantes, como lamentos de personas sufriendo.

—Entremos —dijo Paltio con determinación—.

Alguien debe necesitar ayuda.

—Oigan, Paltio, ¿pero no querías buscar la pieza del cetro?

—intervino Golden, algo preocupado.

—Sí, pero no puedo dejar de ayudar a alguien que está en peligro, si puedo hacer algo lo intentare —respondió el príncipe sin dudarlo.

—Bien, eres noble, chico —comentó Golden, aunque en su mente pensó: “Espero que eso no juegue en tu contra en el futuro”.

Se adentraron en el sótano cuidadosamente.

Al llegar al final del camino, descubrieron que este se dividía en varios túneles oscuros.

—¿Y ahora qué camino tomamos, Paltio?

—preguntó Ron, mirando los pasajes con incertidumbre.

—No lo sé —respondió el príncipe, tocándose la barbilla mientras evaluaba las opciones.

De repente, se escucharon alaridos desgarradores que resonaron en todas las direcciones.

—¡¿Qué es eso?!

—exclamó Alita, visiblemente asustada.

—Se escucha como si alguien estuviera en constante dolor —añadió Mok, observando a la muchacha con preocupación.

—Aquí deberíamos separarnos —propuso Ron, tragando saliva para disimular su miedo.

Aunque temblaba por dentro, quería aparentar valentía—.

Es lo más lógico para cubrir terreno.

Son seis caminos y nosotros somos cuatro.

Dos deberían regresar, si es que vuelven, para revisar los otros dos túneles.

—No necesitas hacer eso —interrumpió Golden.

—¿Tienes una idea o cómo hacerlo sin separarnos?

—preguntó Paltio, intrigado.

—Claro.

Y tengo a alguien que nos puede ayudar.

Espero poder traerlo —respondió Golden con seguridad.

—¿Quién?

—preguntaron todos al unísono.

—Bien, entonces lo traeré —dijo Golden antes de llamar en voz alta—: ¡Toco-Toco!

Ven aquí, mi querido y valiente compañero.

Del holograma de Golden emergió una sombra con unos ojos hipnotizantes.

Era una criatura pequeña, similar a un gato, que caminaba sobre sus dos patas traseras.

Su pelaje era negro con franjas rojas, y llevaba un ojo verde y otro rojo.

En su cintura reposaban dos “sai gemelas”, sujetas a un cinturón rojo como la sangre, y en su cuello brillaba un medallón dorado con un rubí carmesí incrustado.

—Dígame, señor, ¿para qué soy bueno, miau?

—preguntó Toco-Toco, haciendo una reverencia respetuosa hacia Golden desde fuera del holograma.

—Excelente que pudiste salir, ahora quiero que ayudes a estas personas a descifrar por cuál de estos caminos deben ir.

Hazlo rápido, mi fiel ayudante —ordenó Golden.

—Como diga, señor Golden, miau —respondió el felino con entusiasmo.

En un abrir y cerrar de ojos, Toco-Toco desapareció de su vista.

Se movía tan rápido que apenas se distinguía su rubí reluciente con cada giro que daba.

Después de unos momentos, el pequeño gato regresó y anunció: —Listo, maestro.

Ya revisé los seis túneles.

Todos se conectan entre sí.

—¡Guau!

¿En serio pudo revisar todo eso?

¡Es increíble!

—exclamó Paltio, impresionado.

—Eso es imposible… ¡Es muy rápido!

—agregó Mok, igualmente sorprendido.

Toco-Toco, que estaba lamiéndose las patas delanteras con aire despreocupado, respondió: —Así es, soy muy rápido.

—Sí, es el más rápido que conozco —indicó Golden con orgullo, provocando que el felino se sonrojara ligeramente.

—Vaya, es adorable —dijo Ron mirando al minino con una sonrisa.

Todos lo quedaron observando.

—Sí, es un tanto adorable y chiquito —comentó Alita acercándose a Toco-Toco, pero no pensé que el chico rudo fuera tan sensible —añadió, mirando a Ron con picardía.

—Yo… pues… nada —balbuceó Ron, sonrojándose mientras miraba hacia todos lados y silbaba para disimular.

Todos se rieron.

Alita se acercó aún más a Toco-Toco y le jaló los cachetes cariñosamente.

—¡Qué lindo!

—exclamó ella.

—¡Oigan, niña, suéltame!

¡No soy tu peluche!

—protestó el gato, tratando de zafarse.

Ron los observaba desde lejos, y en su interior pensaba: “Yo también quiero tocar al michi”.

—Bueno, Toco-Toco —intervino Paltio, recuperando la atención del grupo—, ¿puedes decirme si escuchaste algún ruido extraño por donde fuiste?

—Un ruido, escuché muchos, aunque todo estaba oscuro —respondió el gato, enderezándose orgulloso—.

Pero de mi vista nada se escapa; tengo los sentidos más agudos.

—Entonces, ¿por cualquier camino que tomemos llegaremos al mismo sitio?

—preguntó Mok.

—En efecto —confirmó Toco-Toco.

—Bien, entonces vamos —dijo Paltio, y todos lo siguieron encendiendo sus pequeñas linternas.

Mientras tanto, Toco-Toco se comunicó telepáticamente con Golden: —Bueno, regreso donde usted, señor.

Esa chica está loca, mire cómo dejó mis bigotes —se quejó, zafándose finalmente del abrazo de Alita.

—Todavía no.

Puede que te necesiten —respondió Golden.

—Bien, solo sigo sus órdenes —dijo el gato, resignado.

Por fuera, se escuchó un miau un tanto molesto.

El grupo siguió avanzando por el pasadizo elegido hasta llegar al final, donde encontraron gritos de dolor que provenían de todas partes.

—No podemos ver nada —dijeron Ron y Alita al unísono.

Las pequeñas linternas apenas alumbraban a menos de un metro de distancia.

—Paltio, es momento de que le des un uso a tus botas —indicó Golden.

—¿Y qué debo hacer?

—preguntó el muchacho.

—Pues lo único que debes hacer es chocar tus botas dos veces.

El joven príncipe obedeció y golpeó sus botas dos veces.

De inmediato, una luz brillante emanó de ellas, iluminando todo el recinto y haciendo que las botas adquirieran un tono dorado reluciente.

—¡Genial!

Esas botas son excelentes —exclamó Alita—.

Yo también quiero unas.

Al iluminar completamente el lugar, pudieron ver a miles de personas encerradas en jaulas que se extendían desde el suelo hasta el techo.

Había tres pisos de celdas apiladas, llenas de habitantes de Hassdalia.

—Son los residentes de Hassdalia —dijo Paltio con gravedad—.

Aquí es donde los tienen.

Este debe ser el calabozo.

—Sí, pero me pregunto por qué se quejan y lanzan esos gritos —reflexionó Mok en voz alta.

—Es porque están conectados a esa especie de cosas metálicas en la cabeza —observó Ron, señalando los cascos que cubrían las cabezas de cada ciudadano, conectados a cables gruesos.

—Pero ¿qué les hacen?

—preguntó Alita, horrorizada.

—Mira, los cables van hacia esa especie de máquina que está por allá —indicó Paltio, señalando una estructura imponente.

La máquina era una computadora antigua, enorme, con cables que serpenteaban por el suelo y luces de colores que parpadeaban constantemente.

—Entonces, si destruimos esa cosa, los podremos salvar —añadió Paltio.

—Rápido, Mok, acaba con esa cosa —ordenó el príncipe.

De inmediato, Mok sacó varios cuchillos de su saco y, con movimientos precisos, cortó los cables y dañó la máquina.

Un destello de chispas emergió del aparato mientras este dejaba de funcionar.

La gente dejó de gritar y, poco a poco, todos cayeron al suelo, rendidos.

—¿Qué les pasa?

—preguntó Alita, preocupada.

Golden le indicó a su ayudante felino que los revisara.

Como un rayo, Toco-Toco se deslizó entre las jaulas y regresó con rapidez para informarles: —Todos están bien.

Solo fue un desmayo.

—Menos mal —suspiró Paltio, visiblemente aliviado.

Pronto, mientras discutían cómo sacar a los prisioneros de las celdas, escucharon una voz que provenía de lo alto: —Creo que algo le ha pasado a la máquina.

Será mejor que revise… En la parte más alta, parecía que alguien intentaba abrir lo que lucía como una puerta metálica.

—¡Rápido!

¡Debemos escondernos!

—exclamó Paltio, y todos buscaron refugio.

—Golden, ¿cómo apago el brillo de mis botas?

—preguntó Paltio en un susurro apresurado.

—Escóndanse por allá —indicó Toco-Toco, señalando una roca cercana.

Todos siguieron al gato y se ocultaron tras ella.

—Ahora, ¿cómo apago esto?

¡Alguien viene!

—dijo Paltio, mirando sus botas doradas con urgencia.

—Ah, me olvidaba.

Solo debes chocarlas una vez —respondió Golden rápidamente.

Paltio golpeó sus botas una vez, y el resplandor mágico se apagó de inmediato, sumiéndolos en una oscuridad profunda.

—Así que dos veces para iluminar y una para apagar.

Qué loco… Esto hace que quiera tener unas urgentemente —comentó Alita en un susurro apenas audible.

La voz de la persona se escuchaba cada vez más molesta.

Sin embargo, no venía solo.

Ordenó a sus acompañantes que prendieran las luces.

De inmediato, el lugar se iluminó, revelando a un sujeto de aspecto peculiar: tenía cara de rata y vestía una bata de laboratorio, como si fuera un científico o algo similar.

Estaba en una especie de ascensor acompañado por dos soldados de la sombra azul.

—¡Rápido, bajemos!

—ordenó el sujeto.

Uno de los soldados accionó una palanca, y la máquina comenzó a descender lentamente.

Al llegar abajo, el hombre de cara de rata se alteró al ver que su máquina estaba completamente destruida.

—¿¡Quién fue!?

—gritó, furioso—.

¿¡Quién de todos ustedes fue el que destruyó mi preciado invento!?

—preguntó, recorriendo con la mirada a los prisioneros en las celdas.

Como nadie respondió, su expresión se oscureció aún más.

—¡Ah!

¿No quieren hablar?

Entonces, si no lo hacen por las buenas, lo harán por las malas.

¡Levántense, haraganes!

—gritó, presionando un botón en la pared.

Las celdas se electrificaron instantáneamente, provocando gritos de dolor entre los prisioneros.

—¡Ahora sí!

¿Me van a decir quién fue?

Porque nadie, absolutamente nadie, saldrá de esta “sala” hasta que hable el culpable —amenazó el sujeto con una sonrisa cruel.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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