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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 90

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  4. Capítulo 90 - 90 El Anciano
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90: El Anciano 90: El Anciano “Bien, ahora tengo un compañero con quien practicar, como lo hacen Paltio y sus amigos.

Qué interesante”, murmuró Lukeandria, observando al pequeño hurón verde con curiosidad.

“Así que este es tu espacio mental, Lume”, preguntó, mirando a su alrededor.

“Sí, así es.

Y mi señor Kilibur me dijo que te entrenara, así que ahí vamos”, respondió Lume con una sonrisa traviesa antes de desaparecer en un destello.

De pronto, varias imágenes idénticas de Lume aparecieron frente a Lukeandria, moviéndose rápidamente hacia ella con intenciones de ataque.

“¡Vaya!

Unas simples ilusiones no van a poder conmigo”, exclamó Lukeandria con confianza, pero pronto se dio cuenta de que no eran simples ilusiones.

Eran tan reales como ella, rodeándola por todos lados y atacándola sin piedad.

En cuestión de segundos, Lukeandria estaba tendida en el suelo, jadeando y cubierta de pequeños rasguños.

“Vaya, pensé que eras más fuerte.

¿No decías que eras una guerrera?”, dijo Lume en tono burlón, cruzando sus patas delanteras.

“¡Sí lo soy!

Me agarraste desprevenida.

Voy de nuevo”, replicó Lukeandria, poniéndose de pie con determinación.

El hurón le lanzó una mirada desafiante.

“Bien, vamos de vuelta”.

En simultáneo, Paltio entrenaba con Toco-Toco, practicando los ataques y técnicas que debía dominar.

Necesitaba alcanzar el 100 por ciento del poder de Golden, tal como Avocios le había indicado.

Rykaru observaba desde lejos, tratando de imitar los movimientos de Paltio.

Sentía una profunda frustración por no haber podido proteger a su padre en el pasado.

“Vaya, veo que tú también quieres entrenar, pequeño Rykaru”, dijo Golden, acercándose al pequeño ser blanco.

“Sí, quiero ser fuerte para proteger a mi papi, Paltio”, respondió Rykaru con convicción en su voz.

“Bien, esa es la actitud.

No sé cómo entrenar a un Domadoin, pero puedes empezar con esto”, dijo Golden, creando una estructura compleja de aros flotantes en las paredes.

“Con esto probaremos tu agilidad”, añadió el ser dorado, señalando los aros.

El pequeño Rykaru asintió decidido.

“Está bien”.

Con un salto ágil, pasó por el primer aro.

Una vez logrado, las paredes comenzaron a transformarse, generando pequeñas plataformas móviles.

Rykaru rebotaba entre ellas con rapidez, saltando de una a otra para alcanzar el segundo aro, luego el tercero y el cuarto.

Sin embargo, ya se notaba el cansancio en su respiración entrecortada.

Golden, preocupado, intervino: “Estás bien, pequeñín.

Si gustas, paramos por hoy”.

Rykaru lo miró con firmeza.

“Nunca.

No me voy a dar por vencido.

Debo ser más fuerte para proteger a mi papi”, se dijo a sí mismo, dándose ánimos.

Pero al intentar llegar al quinto aro, que estaba mucho más alto, falló.

Cayó sin poder agarrarse de nada, ya que no tenía brazos ni manos.

Gritaba y lloraba, intentando usar sus orejas para sujetarse de los muros que sobresalían, pero fue inútil.

Continuó cayendo, su cuerpo acelerándose hacia el suelo desde una altura peligrosa.

Golden reaccionó rápidamente, utilizando su poder telequinético para desacelerar la caída del pequeño.

Rykaru flotó suavemente hasta tocar el suelo, temblando y con lágrimas en los ojos.

Rykaru quería seguir entrenando, pero hizo un puchero al no poder completar el ejercicio.

“Yo tengo que ser más fuerte… Debo de serlo”, murmuró con voz temblorosa, sus pequeñas orejas caídas por la frustración.

“Tranquilo, pequeño.

En un solo día no vas a poder volverte más fuerte, pero si entrenas aquí, donde el tiempo fluye diferente, puede que en un mes —que equivale a un día en el mundo real— te vuelvas mucho más fuerte”, explicó Golden, tratando de animarlo con una sonrisa amable.

“Bien, pero debes enseñarme mejor”, insistió Rykaru, mirándolo con determinación.

“De acuerdo, trataré de crear algo adecuado para ti”, respondió Golden, impresionado por la resolución del pequeño.

Después de todo, su actitud decidida merecía ser recompensada.

Mientras tanto, Paltio escuchó algo desde lejos.

“¿Acaso oí a Rykaru llorando?”, preguntó, deteniendo su entrenamiento por un momento.

“Te lo pareció.

Debes concentrarte, miau”, dijo Toco-Toco, blandiendo sus dos armas con agilidad mientras observaba a Paltio con ojos atentos.

“Sí, tienes razón”, respondió Paltio, poniéndose nuevamente en guardia.

Por otro lado, Mok estaba ocupado revisando el vehículo mientras los demás entrenaban en sus espacios mentales.

“Vaya, el señorito y Lukeandria están en entrenamiento en esos mundos mentales que ellos describen…

Bueno, yo tendré que seguir leyendo este manual para ver qué otras funciones, tiene este vehículo”, murmuró para sí mismo mientras hojeaba el manual con curiosidad.

“¡Ah, ya está!

Esta pequeña máquina puede preparar té muy rápido sin necesidad de fuego.

Es excelente.

Ese profesor sí que sabe”, pensó en voz alta, admirando la tecnología del vehículo.

El carruaje estaba a punto de avanzar cuando, de pronto, Mok divisó a alguien tirado en medio del camino.

Decidió detener el vehículo antes de que pudiera arrollar al sujeto.

Con cautela, bajó del carruaje, siempre alerta para proteger a Paltio y Lukeandria.

Se acercó al desconocido y se inclinó ligeramente.

“¿Se encuentra bien?”, preguntó.

Sin embargo, el sujeto no respondió con claridad; su rostro permanecía hundido en la tierra, y sus palabras eran ininteligibles.

Intrigado, Mok decidió levantarlo con cuidado para voltearlo.

Al hacerlo, descubrió que era un anciano de barba larga y cabello esponjoso, vestido con harapos y visiblemente desorientado.

“Señor, señor, ¿está bien?”, preguntó Mok, sacudiéndolo suavemente.

El anciano no despertaba, lo que preocupó momentáneamente al mayordomo.

“Parece que está muerto”, pensó Mok, pero al revisar su corazón, detectó latidos débiles.

En ese instante, percibió un extraño olor proveniente de la boca del hombre.

“Al parecer, se ha emborrachado tanto que ni siquiera puede reaccionar”, concluyó Mok, frunciendo el ceño.

Rápidamente, sacó un poco de té de Arajua, conocido por su efecto revigorizaste.

El anciano, al inhalar el aroma intenso del té, comenzó a recuperar la consciencia.

Parpadeó varias veces antes de hablar: “Pero ¿qué pasó?

¡Qué buena fiesta fue la de ayer!

Y ahora…

¿dónde estoy?” Al abrir los ojos, vio a Mok frente a él y se llevó un susto, apartándose torpemente.

“¡Hip!

¿Y tú quién eres, señor bien vestido?”, preguntó el anciano, aún bajo los efectos del alcohol.

“Estamos en medio de la nada, señor.

¿Sabe qué está haciendo aquí?”, preguntó Mok, intentando mantener la calma ante la situación surrealista.

“Bueno, lo único que recuerdo es que estaba celebrando en una taberna y tomé un par de copitas…

¡Nada más!

Y después…

todo se puso borroso.

¡Hip!

¡Hip!”, balbuceó el anciano, rascándose la cabeza con confusión.

“Aún sigue con los efectos del alcohol”, murmuró Mok para sí mismo, observando al anciano con una mezcla de paciencia y resignación.

“No creo que me pueda dar respuestas concretas en este estado”.

El hombre, entrecerrando los ojos, logró enfocar su mirada hacia el carruaje detrás de Mok.

De inmediato, sus ojos se abrieron más, y una expresión de asombro —mezclada con admiración embriagada— cruzó su rostro.

“¡Ese vehículo tuyo es muy lujoso para ser de un pueblerino cualquiera!

Seguro perteneces a la realeza”, afirmó el anciano, señalando el carruaje con un dedo tembloroso mientras soltaba otro hipido.

Mok arqueó una ceja, algo incómodo por la atención no deseada.

“Mi nombre es Mok, y sí, es un vehículo real.

Dígame, ¿cómo se llama usted?”, preguntó con cortesía, aunque su tono dejaba entrever cierta impaciencia.

“Mi nombre es…

¡hip!

¡hip!

…”, balbuceó el anciano, llevándose una mano a la frente como si intentara recordar algo importante.

Su memoria parecía estar tan nublada como su juicio en ese momento.

Yo Soy Luc…ca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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